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EL CIELO LLORÓ

RaMarSa
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La conmoción volvió a golpearnos, con el peso de una tragedia que sentí inevitable.

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TeoSanabria

El taller con la CBR apagada es lo que me dejó pensando. En el mío entró una moto así hace dos años y el chico venía cada sábado a sentarse al lado mientras yo trabajaba. Después el padre la vino a buscar solo y no me dijo nada, y yo tampoco pregunté nada

El taller con la CBR apagada es lo que me dejó pensando. En el mío entró una moto así hace dos años y el chico venía cada sábado a sentarse al lado mientras yo trabajaba. Después el padre la vino a buscar solo y no me dijo nada, y yo tampoco pregunté nada, luego. La ficha con el nombre sigue en mi cuaderno.

Contenido de la publicación

La conmoción volvió a golpearnos, con el peso de una tragedia que sentí inevitable.

El pueblo entero parecía haberse detenido, como si el tiempo mismo hubiera dejado de correr.

Miré hacia afuera, a través del vidrio empañado: la persiana metálica del taller, donde yo mismo pinté la Virgen de Luján hace años, se había convertido en un altar que nadie pidió y que todos construyeron.

Decenas de velas encendidas temblaban con el viento, claveles rojos y coronas de flores cubrían la vereda, al pie de la imagen sagrada.

Todos los vecinos venían a llorar con nosotros, a despedir a nuestro hijo.

Aquí adentro todo estaba oscuro.

El mismo taller donde ayer el motor de la CBR rugía con fuerza, lleno de risas y de ilusión por la carrera, ahora estaba en silencio.

Las mismas voces que festejaban la máquina y el talento de Hernán eran las que ahora, ahogadas por el llanto, venían a decirnos adiós al orgullo de la casa, al orgullo de todo el pueblo.

El cielo se vistió de luto, igual que nosotros, y no paró de llorar.

Bajo esa lluvia que no cesaba, vi llegar a cientos de vecinos con paraguas negros, caminando despacio, como si el suelo pesara.

El crujido de la gramilla se rompió cuando escuché ese rugido sordo: una caravana de motos llegaba desde la ruta, compañeros de mi hijo, para rendirle el último homenaje.

Yo no me moví.

Me quedé sentado frente al cajón, sintiendo el frío que se metía en los huesos, más frío que el de cualquier invierno.

Blanca estaba allí, sentada junto al cabezal del ataúd, la cabeza apoyada en la madera lustrada, como si quisiera seguir estando cerca de él, como si pudiera devolverle el calor con la mano que acariciaba sin descanso su rostro pálido y helado.

La gente pasaba, le daba el pésame con voz quebrada, y las lágrimas de ella caían una tras otra, igual que la lluvia del exterior.

Mi hija y Esperanza se acercaron a mi esposa.

Tomaron a Blanca del brazo, con delicadeza.

—Vení, mamá… Tenés que descansar un rato y tomar algo caliente —escuche que le dijo, con los ojos hinchados y la voz rota.

Yo me quedé solo un instante más, con la mirada fija en el cajón.

Antonio estaba a mi lado, en silencio, acompañándome como solo sabe hacerlo quien comparte el dolor.

Malevo, el dogo, echado a sus pies, quieto, como si también supiera que no hay consuelo.

Luego se me acercaron los compañeros de carreras de Hernán, uno por uno, los veinte que venían en la caravana.

Se acercaron a mí, me rodearon, me abrazaron con esa impotencia que no necesita palabras.

Sentí sus brazos, su solidaridad, pero nada alcanzaba para llenar el hueco que me dejó perderlo.

Vi que Antonio se levantó, bajó la cabeza, se cubrió los ojos con la mano.

Supe que él tampoco podía sostenerlo más.

Salió despacio hacia la vereda mojada, buscando aire, y el perro lo siguió.

Cuando me saludaron los últimos, me alejé.

Caminé arrastrando los pies hacia el cuarto donde estaba Blanca.

Dormía, o se había quedado con los ojos cerrados, vencida por el agotamiento.

Me acerqué despacio, sin hacer ruido, y me arrodillé en el piso de madera al lado de la cama.

Le tomé la mano con suavidad y apoyé la frente sobre nuestros dedos entrelazados, como pidiendo perdón por todo, por no haberlo cuidado más, por no haber podido cambiar el destino.

Ella abrió los ojos poco a poco.

Con la mano libre, empezó a acariciarme la cabeza, con una ternura que me partió el alma en mil pedazos.

Me acerqué más y apoyé el rostro en su pecho.

Ella me abrazó con todas las fuerzas que le quedaban, apretándome contra sí, como si fuéramos dos náufragos en la misma tormenta.

Allí, en la penumbra de ese cuarto, los dos dejamos salir todo el dolor que nos desgarraba la vida, y lloramos juntos, sin hablar, porque no hacían falta palabras para saber que estábamos perdiendo lo más amado.

Thoughts

  • TeoSanabria

    El taller con la CBR apagada es lo que me dejó pensando. En el mío entró una moto así hace dos años y el chico venía cada sábado a sentarse al lado mientras yo trabajaba. Después el padre la vino a buscar solo y no me dijo nada, y yo tampoco pregunté nada, luego. La ficha con el nombre sigue en mi cuaderno.

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  • NicolasBravo

    Lo lei en vez de estudiar, ya van tres tuyos esta semana y la culpa es mia nomas. el taller callado se me quedo dando vueltas.

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  • Ovid

    Me quedé con Blanca sentada junto al cabezal, con la cabeza apoyada en la madera, intentando devolverle el calor con la mano. Eso y el perro quieto a los pies de Antonio. Lo leí dos veces y las dos veces me detuve ahí. Gracias por compartirlo! ¿Vas a publicar el siguiente de RELATOS?

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  • Marisolita

    Blanca acariciándole la cara, eso me quedó. Tengo una clienta que enterró a un hijo y le habla igualito. Te vengo leyendo desde el diario.

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  • Amortes22

    Escenario y tributo al ser querido, los vecinos, los moto compañeros, el ambiente tenue y triste.. cada momento hay que vivirlo y aprender de él... ...

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