Ya he perdido la cuenta de los días que han pasado.
Desde que te fuiste, me encuentro hundido en un vacío personal que nunca antes había conocido. Un vacío frío, extraño, silencioso. Un dolor que no sabía que podía sentir.
Fuiste alguien demasiado importante en mi vida.
Tanto, que llegué a pensar que íbamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos.
A veces no te pienso, pero te extraño.
Extraño tu presencia, esa sensación de saber que estabas ahí. Extraño incluso las pequeñas cosas que antes parecían insignificantes.
Hay noches que se vuelven eternas. Las horas parecen no avanzar y los recuerdos de todo lo que vivimos comienzan a rondar por mi cabeza, una y otra vez.
Y mientras todos duermen, yo me encuentro perdido en un mar de lágrimas, intentando entender qué hago ahora.
¿Qué puedo hacer actualmente?
Si durante tanto tiempo mi vida fue estar con vos, ¿cómo se supone que aprenda a vivir sin tu presencia?
Todavía no acepto tu despedida.
Una parte de mí sigue creyendo que algún día vas a regresar, que vas a buscarme y que todo esto habrá sido solamente una pausa.
He intentado borrar nuestras fotos.
Lo intenté más de una vez.
Pero nunca tuve la fuerza suficiente para desprenderme de aquello que alguna vez amé tanto.
Vos estás haciendo tu vida, y me alegra que así sea. No te guardo rencor. Al contrario, te agradezco.
Porque, aunque hoy duela tu ausencia, vos también fuiste quien me enseñó a ser feliz.
Fuiste mi pilar.
Mi sostén.
Mi talón de Aquiles.
Y aunque el tiempo siga pasando y los días dejen de tener nombre…
te seguire esperando.