Dentro de una mente pequeña
habita un universo sin cartografía,
un laberinto de recuerdos
donde cada emoción
pretende conocer el camino.
Alegría construye el sol
con fragmentos de memoria,
creyendo que existir
significa permanecer iluminado.
Pero Tristeza conoce otra verdad:
que incluso la luz
necesita de la sombra
para demostrar que alguna vez brilló.
Miedo vigila las puertas
de aquello que todavía no sucede,
inventando catástrofes
para proteger un presente
que jamás le pidió permiso.
Ira arde
porque no comprende la impotencia;
porque algunas heridas
no pueden repararse con violencia,
ni algunos finales
pueden discutirse con el destino.
Asco contempla el mundo
con la soberbia de quien intenta
no contaminarse con él,
sin comprender que incluso el rechazo
es una forma de pertenecer.
Y Tristeza...
Tristeza camina lentamente
entre recuerdos que ya no regresarán,
tocando cada fragmento de la infancia
como quien acaricia
el cadáver de una época.
Entonces Riley comprende:
que crecer no significa
dejar de sentir.
Significa aceptar
que ninguna emoción puede gobernar eternamente.
Porque la memoria no es una fotografía;
es una interpretación del pasado,
una ficción que la conciencia reconstruye
cada vez que recuerda.
Y quizá madurar
sea precisamente eso:
dejar de exigirle a la vida
que permanezca igual
solo porque alguna vez
fuimos felices.
Al final,
Alegría no vence a Tristeza.
Miedo no desaparece.
Ira no se extingue.
Todas permanecen.
Porque una persona
no es una sola emoción
sentada frente a una consola.
Es la contradicción de todas ellas:
la lágrima que contiene una sonrisa,
la felicidad que teme terminar,
la rabia que esconde una herida,
el miedo que nace del amor
y la tristeza que,
aunque parezca mentira,
también sabe salvarnos.
Quizá eso significa vivir:
ser un caos de emociones
intentando convertir el dolor
en memoria
y la memoria
en identidad.
En fin.. esto es de la "I" a la "E"