La trampa de la carne y el latido,
un destello de amor en la penumbra,
la belleza fugaz que nos deslumbra
para luego dejarnos sin sentido.
Nos dan a probar mieles y castigos,
y en medio de la fiesta de la vida,
nos muestran el filo escondido,
la fría hoja que aguarda la caída.
Porque no fue un regalo la existencia,
sino una puesta en escena despiadada:
nos embriagan de sol, de luz, de esencia,
para atarnos al filo de la nada.
Allí colgando, terca y implacable,
la guillotina del tiempo nos vigila,
cortando sin piedad ni voz amable
cada ilusión que en la mirada brilla.
Nos hicieron con hambre de eternidad,
con sed de amar sin término ni ocaso,
para luego arrojarnos con crueldad
al abismo implacable de los pasos.
El instinto nos grita que sigamos,
bestias cautivas de una ley extraña,
mientras en la agonía caminamos
hacia la fría y ciega telaraña.
No hay justicia divina que responda,
solo el silencio vasto de los cielos,
mientras la hoja cae y nos desborda
arrancándonos risas y desvelos.
La brutal guillotina va segando
la flor del pensamiento y de la carne,
y el cosmos, indolente, sigue amando
el ciclo de matarnos y crearnos.
Y así marchamos con ironía al frente,
con la sonrisa triste y desafiante,
sabiendo que la muerte está acechante
y que la hoja descenderá inclemente.
Pero en este teatro de ceniza,
donde la brutalidad nos desfigura,
hay una extraña y trágica sonrisa
que redime al dolor en su hermosura.
Porque sufrir la angustia y el quebranto,
mirar de frente el tajo y la condena,
es la prueba de haber amado tanto,
de haber vivido el fuego de la arena.
Y cuando el tiempo borre toda huella,
y no quede ni el eco de un latido,
lo único bello, lo único que sella
nuestra existencia en medio del olvido,
es que en algún rincón de la tormenta,
mientras la fría guillotina nos sentencia,
tuvimos el valor —triste y violento—
de arder de angustia por un solo momento