Coordenadas en las que te conocí, un día que no planeaba nada. ¿Será que mi insistente mente, que siempre está viajando entre el diseño, la precisión y la poesía, me destruye las emociones? Así como en algún momento me destruyó el alcohol. Ahora que lo pienso, no había receta más perfecta para ese desastre que encontrarte en ese camino: tú de coleta con dos amigos, y yo, joven, con el pelo largo como cualquier estudiante de diseño de ese 2014. Te vi y, como una caída anunciada, no me gustabas tanto. No sé, solo vi que eras tan seria como yo me tomaba de en serio el diseño en esa época.
Coordenadas que, de pronto y no muy lejos de ahí, me situaron otra vez en una coincidencia contigo. Un día cambió el destino cuando Karla me apostó a que no te invitaba a salir. No sé si en ese punto me gustabas, pero yo te veía del otro lado de la cancha gritando y animando al equipo. Y como soy, no me retes porque lo intento. Creo que siempre he sido de los que cruzan la línea sin saber muy bien por qué, si por mi ego o por cobardía al qué dirán. El punto es que te invité a salir. No esperaba nada más que el desastre de un "no", pero volteaste y, como quien hace un trámite y tiene una fila de personas atrás, dijiste que sí.
Las coordenadas de esta historia de amor giran en torno a este centro de estudios que siempre fue nuestra segunda casa: La FAC. Te veía tan desmejorada, y yo tan desmejorado, desvelado, lleno de café y humo de cigarro. Salimos aquella noche en Los Lagos. Dos quesadillas: una de pollo y una de hongos para ti. Nos sentamos y, como el merolico que soy, empecé a hablar como loco, a contarte de diseño, de cosas. Y tú, como eres seria siempre, solo escuchabas. Solo interrumpías mi siempre desdichada necesidad de protagonismo con un "sí" y una opinión cerrada, pero veía en tus ojos que habías encontrado algo que no encuentras mucho.
Coordenadas de tu casa, a la que por primera vez te llevé. Como buen caballero —según yo—, no te podía dejar sola en medio de la noche, entre Los Lagos y un cielo estrellado. Odio a veces ser tan romántico, pensar tanto en los detalles que pueblan la existencia de belleza. Abriste la puerta, dimos dos pasos, pediste un taxi para mí y me atreví: ¿Te puedo dar un beso? Acto seguido, el sillón comiéndonos con una desesperación que poco he sentido hasta hoy; unas ganas de fundirse como un metal que busca a otro para amalgamarse. Llegó el taxi a punto de pasar a tercera base. Me subí, dije chao y un abrazo.
Coordenadas en las que giramos después de eso. Una relación de comidas, besos en la cama, en el sillón, besos en los pretiles, contra los muros, en la regadera; besos entre la noche y la mañana, besos en cada rincón de tu departamento. Pero esos llevaban de mi parte cobardía. Yo sabía y tú sabías qué era lo que era, sin más ni menos: las fiestas, las risas, los gritos y la impotencia de la juventud desenfrenada. Tus lágrimas, el asma que te despertaba en las mañanas; yo abrazándote, tú tanteando el buró apolillado buscando tu medicina, y yo dejando el acto de mi necesidad por cuidarte. Llorando por ti, llorando por mí, sin entender por qué estaba dividido. Y por fin, la última tarde: yo sin dinero en la tarjeta, tú descubriendo el vino y sus propiedades embriagantes. "Yo lo pago, en serio". El Fasti, una cajetilla de cigarros, una mesa y el sol cayendo en verano; tú sentada en mis piernas, yo fumando y tomando, riéndonos. Fue la última vez.
Coordenadas del día en una favela, tú y yo de after. Cabe decir que es cierto que dos mundos solo pueden colapsar. No había espacio para dos coordenadas distintas, para las dos vidas que estaba llevando. Por lo tanto, el alcohol y las drogas eran mi forma de sostener, en ese momento, esa desdicha. No me excuso. Buscaba el tercer mundo. Mi ego desbordado me hizo querer quedarme cuando tú claramente querías partir, no de ese momento, sino ya de mi vida. Ahora, como alcohólico recuperado, entiendo que no fue esa fiesta, no fue nuestra pelea en el taxi, no fue que Nano se te acercara; fue que el desastre, la tormenta, ya había pasado, y yo desperté cuando el lodo cubría las casas, inundaba los hogares de humedad y de muerte, de pérdida y desdicha. Yo ya te había perdido leguas atrás y solo me estaba recostando en el dolor por no haberlo visto.
Coordenadas de lo que hice para que me odiaras, para no volverte a tener en mi vida. Quise destruir todo para creerte muerta, para que el dolor fuera menos, e hice cosas que me avergüenzan, pero que fueron necesarias —o sirvieron— para ser el hombre que hoy te puede decir todo esto sin miedo a que me juzgues. Porque sí hubo un momento en el que te amé. Lo que vino después solo fue la dependencia emocional que conlleva la pérdida; no era amor, era dependencia. El ejemplo tan básico de un niño al que le quitan un dulce. Ahora lo entiendo.
Coordenadas de tiempo y espacio. Si alguna vez viste Interestelar, te darás cuenta de que el tiempo y el espacio son la misma cosa, que no hay dimensiones separadas, que lo único que perdura es el amor. En este caso, este amor que te tengo al saberte bien, embarazada y con un hijo en camino, es mi regalo y mi presente para ti: saberte perdonada y yo, perdonado a mí mismo. Sané. Pero siempre cuento esta historia; siempre, antes de AA, en cada borrachera contaba esta historia que al menos a mí me marcó. Aún te debo unos 40 taxis, unas 20 empanadas y un préstamo de $700 que lleva más de diez años. Aún te debo lo más importante: haberme hecho vivir y no arrepentirme de ello.
Para S, para que algun dia cuando llueva y agarre a su hijo de la mano lo lleve a un saguan le cuente la historia de que se escondia en los porticos por que la lluvia tiene un poco de acido, Brincando charcos y riendo.