Un martes cualquiera aparecés sin avisar y, con esa costumbre tuya de desordenarme la tarde, me decís: «Vení, subite, vamos a ver cómo el río se hace mar», como si me estuvieras invitando a cruzar el Atlántico y no a manejar veinte minutos por la rambla. Y yo no pregunto adónde ni por qué, simplemente agarro el abrigo y me subo, porque a esta altura ya sabés que mi brújula apunta para donde vos vayas. Me llevás a ese rincón de la escollera donde el viento pega fuerte, donde el agua marrón se pone gris y furiosa, y me decís que ahí se respira mejor, que la ciudad nos asfixia y que, por un rato, nadie sabe dónde estamos. Y yo te miro de reojo y pienso que ojalá nadie supiera nunca, que ojalá nos perdiéramos en el mapa para siempre.
Y te reís, te reís bajito porque me leés el pensamiento, me decís: «Estás loco, hombre», pero me agarrás la mano, me apretás fuerte y en ese apretón me estás diciendo todo lo que callamos cuando hay luz. Otro día me llevás a un boliche viejo, de esos que ya no quedan, donde las mesas cojean y el café viene quemado y nos sentamos en el fondo como dos fugitivos. Me enseñás que la vida se arregla charlando pavadas, que lo importante no es el tiempo sino la intensidad del minuto. Queremos quedarnos, pedimos otra vuelta, pero el mozo nos mira y empieza a levantar las sillas, y nos dice «cerramos, gurises». Nosotros le explicamos que afuera llueve, que no tenemos apuro, que el apuro es de los otros, de los que tienen a alguien esperándolos con la cena pronta, pero el hombre no entiende de urgencias ajenas ni de amores prestados, nos echa a la vereda con una mueca cansada. Y ahí estamos, parados bajo un toldo que gotea con el frío calándonos los huesos y el miedo calándonos el alma, sintiendo que esa intemperie es lo único real que tenemos. Me mirás con esa culpa de que te nublen los ojos y me decís: «Tengo que irme», casi pidiendo perdón por existir en otro lado. Y yo te digo: «Andá tranquila», y te acomodo el cuello de la camisa para que no lleves mi olor a tu casa, para que no se te note en la piel que fuiste feliz un rato. Nos despedimos rápido, sin promesas, condenados a volver a ser dos extraños que se saben de memoria.
—¿En qué pensás?— me preguntaste la última vez antes de arrancar el auto. Yo me tragué la verdad, miré para el costado y te dije: «En nada», por no decirte: «¿Cuándo volvés?».
Autor: Siso Can
Versión original de la prosa poética.
En Instagram está publicada la versión editada y adaptada.