Saltar al contenido
Cargando…

CARTAS DE UN ENAMORADO SIN RECUERDOS, Capítulo 3

DaveOaks
Pública 3 conversaciones 8 pensamientos 44 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

CEMENTO Y SEDUCCIÓN

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

NicolasBravo

El polvito de cemento cayendo del sobre y ya quiero la del soldado, bro. ¿Cuántas cartas hay en la maleta?

El polvito de cemento cayendo del sobre y ya quiero la del soldado, bro. ¿Cuántas cartas hay en la maleta?

Contenido de la publicación

CEMENTO Y SEDUCCIÓN

La mañana en Rasberry amaneció con una niebla espesa que se pegaba a los cristales del cuarto piso. El aire en la habitación 402 olía a alcohol antiséptico y a pan tostado.

Cuando Sara entró, encontró a José sentado en la orilla de la cama, intentando abrocharse los botones del chaleco de lana. Sus dedos, rígidos por la artrosis de los años de intemperie, fallaban una y otra vez ante los ojales.

—Deje que le ayude, Don José —dijo Sara, acercándose y apartando con suavidad las manos del anciano.

José dejó caer los brazos sobre los muslos con un resoplido de frustración. Tenía la piel del dorso de las manos marcada por viejas cicatrices pálidas, cortes profundos hechos por cantos de ladrillo o bordes de lámina.

—Estas manos levantaron muros de tres pisos sin necesidad de andamios, muchacha —murmuró él, mirando sus nudillos hinchados—. Y hoy no pueden con un pedazo de plástico.

—Nadie le gana al tiempo, Don José —respondió Sara, abrochándole el último botón con destreza.

—No, pero el tiempo se cobra con creces todo lo que uno hizo mal mientras tuvo fuerza —replicó el viejo, señalando la maleta con la barbilla—. Tome la siguiente. Hoy le toca al albañil.

Sara se acomodó en la silla de madera y sacó el segundo sobre. Este era más tosco y pesado, hecho de papel Kraft de envolver sacos de cemento, doblado en tres partes y cerrado con una gota de cera roja descolorida. Al abrirlo, un polvillo fino y gris cayó sobre el regazo de la enfermera.

Ajustó la hoja y comenzó a leer.

Carta #2: El rastro del mortero (Otoño, 1972)

"Hoy me miré en el espejo rajado de un baño en construcción y me costó encontrar al muchacho que servía mesas en Marsella. El sol del verano me ha curtido el cuello y el trabajo con la piedra me ensanchó la espalda. Pero no es el cuerpo lo que me desconcierta; es la facilidad con la que aprendí a mentir.

Estoy trabajando en la remodelación de una finca a las afueras de la ciudad. La dueña se llama Elizabeth. Es algunos años mayor que yo, elegante, con esa clase de tristeza silenciosa que solo tienen las mujeres que viven en casas demasiado grandes con maridos que nunca están.

Empezó con vasos de limonada fría a mitad de la jornada. Luego fueron charlas sobre la resistencia de las vigas o el acabado de los arcos de la terraza. Descubrí que tengo un talento maldito: sé exactamente qué decir cuando una mujer se siente invisible. Sé envolverlas con palabras sencillas, como quien regala un abrigo abrigado en medio de una helada.

Pasamos varias tardes entre sacos de cal, planos manchados de café y el olor dulce de la madera recién cortada. Elizabeth se enamoró de la ilusión del constructor, del hombre fuerte que venía a reparar su casa y, de paso, su vida. Y yo... yo solo disfrutaba del reflejo de mi propio ego en sus ojos.

Fui un cobarde miserable. Mientras ella juntaba el coraje para armar las valijas y dejarlo todo por un albañil sin rumbo, yo ya estaba haciendo cuentas para cobrar mi trabajo y buscar la siguiente obra en otra provincia. Me fui una madrugada sin hacer ruido, dejando una nota torpe sobre la mesa de la cocina y el olor a cemento fresco en sus sábanas.

Aprendí a levantar paredes firmes para los demás, pero no dejé ni un solo ladrillo puesto para mi propia casa."

Sara terminó la lectura y se quedó mirando el polvo grisáceo en sus dedos. El silencio en la habitación 402 se sentía denso, roto únicamente por el silbido lejano del viento entre los sauces.

—Usted era un egoísta, Don José —dijo ella en voz baja, sin alzar la mirada.

—Era un arrogante, Sara —corrigió el anciano, con la voz apagada—. Usaba la juventud como si fuera un cheque en blanco que nunca se iba a rebotar. Me gustaba gustar, me gustaba saberme necesitado. Pero mire estas manos ahora... —las extendió, temblorosas y vacías—. Tanto encanto, tanta charla, y hoy no tengo a nadie a quien llamar para que me traiga un vaso de agua. El encanto se pudre con los años; lo único que aguanta la estructura es lo que construiste con verdad.

Sara volvió a doblar el papel de Kraft. Pensó en su propia casa, en las paredes recién pintadas del apartamento que compartía con Julián. Se dio cuenta de que muchas veces las apariencias de orden y estabilidad no son más que una fachada bonita levantada sobre cimientos huecos.

—Mi esposo y yo compramos un juego de sala el mes pasado —comentó Sara de pronto, en una confidencia que no tenía planeada—. Es de cuero italiano, carísimo. Julián dijo que daría una buena impresión cuando vinieran sus jefes a cenar. Pero nadie viene nunca a cenar. Cenamos los dos solos, en silencio, mirando la televisión.

José la miró detenidamente, con la sabiduría intuitiva de los ancianos que ya no tienen nada que perder.

—Una casa no es los muebles que le metes, muchacha —dijo suavemente—. Una casa es la gente que quiere estar adentro cuando afuera está lloviendo. Si no hay eso, solo estás viviendo en una obra gris.

Sara se levantó de la silla, guardando el sobre en la maleta de cuero.

—Mañana quiero leer la del soldado —dijo antes de salir—. Quiero ver cómo un hombre que solo sabía huir terminó metido en medio de una guerra.

José cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la almohada.

—La guerra, Sara... En la guerra descubres que hay cosas que se rompen con tanto ruido que no hay mortero en el mundo que las vuelva a pegar.

Thoughts

  • NicolasBravo

    El polvito de cemento cayendo del sobre y ya quiero la del soldado, bro. ¿Cuántas cartas hay en la maleta?

    Permalink
  • Sabina

    El juego de sala para unos jefes que nunca vienen. Mi vecina tuvo el suyo forrado en plástico veinte años esperando visita

    Permalink
  • Amortes22

    Cada carta tiene su mensaje y Sara en su análisis!!! Hay cosas que se rompen y que no pueden reparar!.

    Me encanta la narrativa y el mensaje

    Bien @askdave

    Permalink
  • Ovid

    Tres capitulos y ya estoy esperando la del soldado igual que Sara! La carta en papel de saco de cemento, soltando polvo encima de ella, me hizo pensar en como uno guarda lo importante en lo que tiene a mano. Apuesto a que cada carta de la maleta viene en el material de su oficio, y ya quiero ver en que llega la de la guerra :)

    Permalink
  • Yeray

    Chacho, José se va de la finca de madrugada, sin ruido. A esa hora uno decide cosas que a mediodía no se atrevería a decidir.

    Permalink

Related posts