Mi clamor, sumergido en desperdicio, no flota entre los buenos días.
No me encuentro bien, pero tengo cosas para no sentirme mal.
Entre la queja y la riqueza: pan, cobija, cama y agua.
¿De qué he de quejarme, si lo tengo todo?
El molesto amanecer, el depresivo anochecer… solo, viendo la ventana, al sol nacer y morir horas después.
La brillante confianza y fidelidad del día de ayer: creyendo que ayer estaba bien, solo podría ser posible si mi ser fuese infalible; así, si he de creer que en el ayer no le fallé.
¿Con qué carne me condeno, sino con mi propio cuerpo? De ahí viene mi queja.
De eso, y de creer que ayer estaba mejor que hoy; si bien recuerdo, era lo mismo. No hay un día bueno, ni habrá un día que no se sufra.
Mi lenguaje es escaso; mi diccionario no cubre lo que quisiera comunicar. Ya lo dije, y nada cambió.
Quien disfrace su dolor morirá por no ser sincero; quien no grite lo que siente morirá por úlceras pépticas.
Quien no sienta amor por nada morirá solitario; quien muera solitario será el hombre más triste del mundo.
— Jorge Guzmán