—¿Lo olvidó Dios? —comentó un hombre llamado Néstor.
—¿A quién?
—A aquel pequeño joven, ¿recuerdas? Era un dolor de muelas y de repente un día… cambió.
—No lo sé. ¿Ese no es hijo de Silvia, la viuda, la esposa del arquitecto?
—Sí.
—Se llama Jorge; era cristiano, creo, luce igual que antes —agregó otra vecina.
—Seguramente recayó en la droga; siempre creí que era muy débil. Su padre era bueno, no sé qué le pasó a su familia —comentó otro hombre.
—Está igual de flaco que antes, es un hombre triste. Me pregunto qué le hará falta.
—Le hace falta que deje de hacerse la víctima; ya es un hombre grande. A su edad yo había perdido padre y madre —exclamó un vecino.
—A mí me molesta que fume fuera de su casa; inunda la calle de esquina a esquina, y apesta toda su casa a hierba.
—Creo que ya no lo hace.
—Sí, el muchacho se rehabilitó.
—Ese muchacho nunca va a cambiar, Néstor.
—Sí, es cuestión de tiempo para que recaiga; si no es que ya lo hizo. Míralo, está vacío…
—¿Lo olvidó Dios?
—¡No, Néstor! —contestó su esposa—; en todo caso, él se olvidó de Dios.
Yo escuchaba, sentado fuera de mi casa, con mis orejeras apagadas, encorvado con mis brazos sobre mis rodillas, la barbilla apoyada en ellos, y mis oídos puestos en mis vecinos.
— Jorge Guzmán