Me pregunto si alguna persona aún orará por mi.
Me pregunto si el lector pudiera hacerlo.
He perdido la fé y ni siquiera se por qué.
Me he alejado del Señor, mi alma no quiere volver.
Yo siendo su testigo no puedo obligarla, pero se que es peligroso estar lejos de él.
Ni siquiera me aleje a propósito, es decir; ni siquiera lo hice por qué me estorbara, solo un día desperté sin ganas de platicar, sin ganas de servir, sin ganas de rezar.
Sin ganas de nada, ni siquiera de existir, pienso en la muerte y me es más conveniente tener a Cristo de mi lado, ya que nadie sabe que hay después, pero, cuando probé de la fe, seguro seguro podría estarlo.
Y me pregunto si alguien puede orar por mí, me siento como un hipócrita tan solo en intentarlo, los días llenos de estrés me tienen en un fastidio, que en mi peor apogeo de ansiedad, locura y sustancias jamás había sentido.
Y me percato que redacto sin pensarlo, pero al analizarlo veo que rima lo que escribo, escribo con sentido, fastidio consentido.
Sin más, otra, otra queja, otra más...
Y yo solo me preguntó si el lector puede orar por mi.
— Jorge Guzmán