Al cabo de una semana, las montañas cedieron paso a un pequeño valle iluminado por una luz dorada. En el centro se asentaba un pueblito de calles adoquinadas, casas con tejados de arcilla desgastada y jardines rebosantes de flores silvestres. Era un lugar apartado, que no figuraba en las grandes crónicas del reino.
Clarisse cruzó el arco de entrada al mediodía. En aquel pueblito no buscaba nada concreto... o tal vez sí. En lo más profundo de su alma, buscaba amor. Pero no los galanteos ensayados de los nobles ni las alianzas de conveniencia, sino esa sensación distinta, algo fuera de lo común que le atrapara el alma desde el primer instante.
Caminaba sin sentido y sin rumbo fijo, dejando que el sonido de sus botas sobre las piedras marcara el compás. Observaba a los artesanos, el humo de las chimeneas y los niños jugando en las esquinas, sintiendo que en la sencillez de ese lugar había una paz que nunca había conocido.