Leo alzó la mano derecha, juntó suavemente las yemas de los dedos cerca de la barbilla y luego la desplazó hacia adelante en dirección a ella, abriéndola en un gesto sereno.
—Eso es "gracias" —escribió rápidamente en la libreta, señalando sus propios movimientos para que ella pudiera asociar el gesto con el texto.
Clarisse imitó el movimiento. Al principio sus dedos se movieron de forma algo rígida, pero sostuvo la mirada firme de Leo en todo momento. Al ver su intento, Leo soltó una pequeña risa silenciosa —un temblor cálido en los hombros— que hizo que Clarisse sonriera también, dejando ver esa sonrisa única que en palacio tan pocos conocían.
En ese preciso instante, el entorno del pueblo —el murmullo de los transeúntes, el viento entre las hojas, el agua de la fuente— se transformó en un murmullo lejano. Todo el universo de la princesa se redujo a la luz en los ojos de Leo y a los conceptos que él comenzaba a dibujar en el aire.