La nave ARTHIANA surcaba la atmósfera hasta que un grupo de nubes tapó el paisaje. Un niño habló e hizo contacto con la nave.
—¡Hola, Mario! Estamos llegando.
Era Fabricio, el niño de la familia Torrigo. Corría por el campo hasta que se detuvo y los vio aterrizar.
Cuando abrió la escotilla, Mario lo saludó con un círculo.
Fabricio lloraba de emoción. Sabía que había vencido. La doctora le había contado por videollamada.
Llevaba algo de comer y unos jugos Multifruta.
Fabricio abrazó fuerte a Mario, pero como le llevaba mucha altura, Mario se agachó para que pudiera abrazarlo.
—Mirá qué te traje, Mario.
—Jugo y sánguches de mamá —dijo llorando.
Mario miró el jugo.
—Bien hecho, amigo. Sos muy amigoso —dijo Mario, con tono amable.
La computadora de Mario dijo:
—Se dice: «Gracias por tu generosidad, amigo».
—Bueno, eso se entendió —dijo Mario.
Mientras tanto, los otros clones se tiraron al pasto, tranquilos.
—Vaya batalla tranquila —dijo uno.
—Mario, ¿no te llama la atención? —dijo Lucía, que se acostó a su lado.
—No pasa nada —dijo, mientras tomaba el jugo, él también tirado en el pasto.
—La doctora tiene a los Punps.
—Parece increíble.
—Quién lo hubiera pensado —dijo Mario—. Después de tantos años.
La doctora volvió a hablar.
—¡Felicidades! Acá hay festejo. A la ameba Punps le pusimos una guirnalda.
Se escuchaban risas.
La doctora volvió a hablar:
—El emisario Kinki me invitó a ARTHIAX. Me quiere mostrar unos hongos que crecen y producen verduras.
Mario contestó:
—Espero que se divierta. Tenemos la pileta infinita artificial. Es un río ficticio donde ustedes pueden nadar sin rumbo.
—Ah, mirá qué interesante —dijo la doctora—. Unas vacaciones no me vendrían mal.
Mario pensaba que, sacando ARTHIAX, la Tierra era un gran hogar al que cuidar. Ver a Fabricio correr todo feliz mientras él tomaba el jugo Multifruta le dio la pauta de que la vida prevalece a como dé lugar.