La historia de Fernando
Fernando se levantaba todas las mañanas, se incorporaba de costado, se ponía las pantuflas y se preparaba el desayuno. Luego, en su silla diseñada especialmente para él, comenzaba a trabajar en la computadora. Era traductor de inglés a español, y los trabajos le llegaban por correo electrónico, lo que hoy conocemos como home office.
Estudió la carrera de forma mixta: muchas materias virtuales y otras presenciales. Como había estudiado inglés toda la vida, pudo terminarla sin problemas. En realidad, la carrera no era su gran vocación, sino un camino para conseguir una vida más fácil y estable.
El pasado y la ONG
Fernando había sido apadrinado por una ONG cristiana contra la violencia intrafamiliar. La organización contaba con un área legal —donde se realizaban denuncias contra padres violentos— y un sector de acogida que brindaba una excelente calidad de vida, estudio, comida y atención médica, además de un equipo interdisciplinario para que los niños adoptados pudieran salir adelante.
Cuando era un bebé de apenas cuatro meses, sus padres biológicos lo tiraron por la escalera porque lloraba mucho. Con semejante caída, Fernando se quebró por completo y estuvo al borde de la muerte. Los médicos tuvieron que operarlo en numerosas ocasiones para reconstruirle la cadera, las piernas, los brazos y la columna. Le colocaron prótesis internas y una externa para kinesiología.
Toda la vida tuvo kinesiólogos que le repetían:
—Vas a estar igual que los demás.
Aunque esas palabras le daban esperanza, lo que realmente le dolía era el desprecio. Saber que sus progenitores lo habían tirado por la escalera fue un golpe durísimo de digerir. Sin embargo, le daba cierta paz saber que la ONG los había metido presos a veinte años y que él, a pesar de todo, había salido adelante.
El odio y el desprecio hacia su pasado funcionaban como un estímulo. En una época, incluso le gustaba mandar mensajes a la cárcel diciendo:
—Estoy vivo y bien.
Aunque la ONG le aconsejaba que no lo hiciera, él iba en persona a saludar a los reos y se reía:
—Yo acá, tranquilo.
Dejó de ir cuando el abogado de sus progenitores alegó que a ellos no les gustaban sus visitas.
La familia adoptiva y su independencia
La familia que lo adoptó estaba integrada por la señora Andrea Cierra y su marido, Aníbal Cierra. Al principio, ellos no querían contarle a Fernando lo que había pasado; fue al leer su propio informe cuando se enteró de que lo habían arrojado por la escalera.
Para Andrea y Aníbal, el amor a Dios y la paz en el corazón eran fundamentales, ya que la ONG era de religión cristiana, aunque a Fernando la religión no le interesaba demasiado. Lo valioso fue que le dieron una vida que le permitió cultivar su independencia, tanto física como mental y laboral.
En la casa de Andrea y Aníbal siempre había mucho movimiento: además de tener dos hijas propias, recibían constantemente a niños en tránsito y familias adoptivas temporales.
Con los años, Fernando extrañaba esa multitud social, pero ya era mayor, tenía treinta años y vivía solo.
El cuerpo de Fernando sufría las secuelas de sus operaciones: tenía un problema crónico en la cintura, arrastraba una pierna —que a veces se le trababa al caminar— y le pasaba lo mismo con un brazo.
Tomaba una batería de pastillas para soportar el dolor. Le costaba tanto estar sentado como parado, por lo que usaba una silla especial que le permitía mantenerse semisentado y le sostenía la zona sacra, la parte más afectada.
A pesar de todo, cada día se levantaba a ganarse el pan.
El amor y la llegada de Sofía
Una de las hijas de Andrea y Aníbal tuvo hijos; una de ellas era Sofía.
Sofía comenzó a amar, admirar y adorar a Fernando desde que tenía apenas 11 años. A los 12, ya entrando en la adolescencia, empezó a experimentar emociones cada vez más intensas que no sabía muy bien cómo manejar.
Un día, mientras ambos habían ido a la cocina a buscar unos platos, Sofía, impulsivamente, se trepó a él y lo besó. Fue en ese momento cuando Fernando comprendió que a ella le estaban pasando cosas con él.
Cuando Sofía comenzó la secundaria, solía ir muy temprano a la casa de Fernando. Desayunaba allí antes de ir a la escuela, volvía al mediodía para almorzar y permanecía con él hasta aproximadamente las dos de la tarde, cuando regresaba a su casa.
Sofía era hija de Felicitas, la hija mayor del matrimonio Cierra. Felicitas siempre se había llevado bien con Fernando. Sin embargo, con el paso de los años, el matrimonio Cierra dejó de adoptar y de participar activamente en la ONG debido a su edad. Finalmente, ambos fallecieron.
A partir de entonces, Felicitas y su hermana Lucrecia comenzaron a ocuparse activamente de la ONG, a la espera de recibir el legado familiar. Sofía también solía ayudar.
Fernando acostumbraba poner una vela junto a una fotografía que tenía de él con Andrea Cierra. En la imagen, Fernando aparecía con su prótesis y un gorro, mientras Andrea estaba de pie a su lado, tranquila.
Fernando también conservaba una carpeta con toda la documentación y las fotografías de su proceso de recuperación. Allí estaban las imágenes de su operación, del postoperatorio y de los primeros pasos que había logrado dar después de todo lo que había atravesado.
A veces, Felicitas le acercaba fotografías que Fernando no había visto. Él mismo revisaba aquella carpeta y volvía sobre distintos momentos de su recuperación.
Sofía siempre le decía que aquella carpeta le hablaba.
Ella tenía conductas y una forma de pensar que muchas veces parecían propias de una persona mayor. Quizás porque desde muy pequeña le habían dado responsabilidades que otros chicos de su edad no tenían, o simplemente porque había aprendido a mantener los pies sobre la tierra.
Pero, detrás de esa apariencia madura, nadie sabía hasta qué punto estaba enamorada de Fernando. Lo admiraba profundamente y valoraba todo lo que él le daba, incluso teniendo en cuenta sus limitaciones físicas.
Sofía había intentado muchas veces avanzar hacia una relación sexual con él. Sin embargo, Fernando se negaba. Sabía que ella era menor de edad y que no podía actuar impulsivamente frente a una situación semejante. Por eso le pedía que esperara.
Sofía aguantó hasta los 16 años. Después de tanto tiempo, ya no pudo seguir esperando.
Finalmente, Fernando decidió hablar con la madre de Sofía y pedirle su consentimiento. Quería evitar secretos, conflictos y escándalos, y que cualquier paso que dieran pudiera hacerse de manera abierta y con conocimiento de la familia.
Por suerte, a los padres no les molestó y, con el tiempo, comenzó la primera relación de pareja de Fernando en toda su vida.
La relación entre ambos se fue consolidando de manera natural. Eran muy apegados: Sofía le llevaba el desayuno, al mediodía almorzaban juntos y lo acompañaba a los negocios a elegir ropa, ya que él se movía con muletas.
También salían a tomar algo sin alcohol y pasaban horas viendo películas o series abrazados.
La rutina de Fernando era constante: por las mañanas se levantaba, venía el kinesiólogo a hacerle ejercicios, luego la profesora de yoga, trabajaba, veía a Sofía, compartían tiempo juntos y, cuando ella se iba, él continuaba con sus labores.
A Fernando le daba cierta preocupación que Sofía estuviera con alguien mayor y con tantas limitaciones físicas. En varias oportunidades le sugirió que saliera con chicos de su edad, que probara y experimentara, asegurándole que a él no le enojaría.
Pero Sofía se había convertido en una joven muy madura para su edad. Cocinaba, vivía prácticamente con él y no le importaba el qué dirán, a pesar de que algunas personas le decían que no debía convivir con un “viejo destartalado”.
Su madre no se metía en sus decisiones y nadie dentro de la familia veía mal la relación.
El presente
Para Fernando, la felicidad era una compañía sana. A pesar de haber tenido una buena vida, el dolor del rechazo siempre fue su herida más profunda.
Sofía era su único afecto real, por lo que la cuidaba y atendía lo mejor que podía: jamás discutía con ella, nunca le negaba nada y la ayudaba en todo.
Incluso, cuando ella no trabajaba, le daba dinero para que comprara lo que quisiera. Sin embargo, Sofía enseguida se puso a trabajar; se había recibido rápido y cumplía largas jornadas laborales.
Sabía que no tendrían hijos, en parte porque a ella nunca le interesó la maternidad y también debido a los problemas de fertilidad de Fernando.
Aunque a Sofía no le gustaba involucrarse demasiado con la ONG por cuestiones de tiempo, colaboraba con su madre, quien sí participaba activamente en la institución. Fernando, por su parte, acudía siempre que lo citaban para dar testimonios de vida, prestarse a la prensa y colaborar con la difusión.
A veces, Fernando se preguntaba cómo sería la relación si Sofía no fuera tan madura y centrada, temiendo que pudiera volverse una dependencia insana.
Él, en el fondo, disfrutaba de la soledad. Había pasado mucho tiempo en silencio con su propia mente, consciente de que, a veces, la mente puede ser la peor enemiga.