En ocasiones me suele invadir yo diría que no es simple angustia, más bien una melancolía espesa una clase de palabras mudas que se quedan estancadas en la garganta y no salen, quizás por décadas, hasta que esas palabras mudas se convierten en vocablos extraños que brotan por doquier y se trasmutan en estos textos, en estos microrrelatos propios de uno mismo. Para ser sincera, me costó un mundo poder explayarme de esta manera. Era la típica muda, la callada, la seria, la que jamás podía dar su opinión. Y al día de hoy, muchas veces sigo sin poder articular lo que pienso, pero al menos remarco mis límites y ya no permito que nadie me pase por encima. Bueno, eso es mentira, porque a veces sigo permitiendo que equis personas me pasen por encima, y lo asocio a que somos humanos, de carne y hueso, y esas caídas pasan.
Pero la realidad es que ni siquiera sé por qué empecé a escribir esto. Supongo que es por un cansancio sordo o por esta contractura criminal que me está quebrando el cuello y se revuelca en mi cabeza, dejándome sin fuerzas y sin ganas de nada. O supongo que son las ganas irrefrenables de llorar que tengo, porque las cosas tampoco mejoran. Supongo que es por la profunda decepción de haber estado en un trabajo que realmente creía que iba a ser el correcto, el que me abriría mil puertas, para terminar estrellándome contra una desilusión que no tiene un nombre exacto para explicarla. Recuerdo a la perfección el día exacto en que todo se quebró en ese ambiente laboral.
¿Y qué hice ante el abismo? Hacer un curso de barista. No tenía la menor idea de qué iba a hacer cuando fuera barista; solo sé que me gusta el café, que me gusta el arte, que mi vida late ahí, tratándose del arte, del amor puro, de la vivencia estética y de encontrar belleza en todo lo que nos rodea. Y supongo que esa es la belleza de mi alma. La esencia misma de mi sensibilidad. Soy demasiado sensible: hipersensible al tacto, a la vista, al escuchar, al hablar. Encuentro belleza en cosas que la sociedad de hoy en día desecha y deja de lado.
La verdad es esta: quizás toda esta acumulación de llanto se base en que me echaron de un trabajo en el cual no la pasaba del todo bien, pero donde, paradójicamente, rescataba momentos luminosos. Me habían tocado compañeros excepcionales; la verdad no me arrepiento de haberlos cruzado. No siempre te tocan buenos compañeros; la mayoría de las veces me había topado con gente que dejaba muchísimo que desear. Entonces, cuando me recibí de barista hace cinco meses, jamás nadie me llamó en ninguna entrevista. Sin experiencia previa es un muro escalar en este rubro. Y no es solamente hacer café, porque no se trata solo de verter líquido; el barismo conlleva un trabajo físico y mental colosal. Para ser sincera, también estoy recagada en las patas, porque no es lo mismo atender a un cliente que pararse frente a la máquina. Y supongo que por eso estoy tan asustada.
Estoy asustada porque me llamaron justamente del mismo lugar de donde me echaron cuando trabajaba en seguridad. Sería una locura total, ¿no? Pasar de haber estado fajada como seguridad a trabajar como barista en la cafetería de una de las librerías más prestigiosas y más sobrevaloradas de Argentina. Y no quiero que esto quede estancado acá; quiero seguir creciendo en todos los sentidos posibles. Aunque también me siento frenada por el hecho de vivir tan lejos del corazón de la capital, habiendo perdido tantas oportunidades laborales por la distancia. Quizás si siguiera viviendo en CABA todo sería más fácil, porque la marea está cerca, es otra movida completamente distinta. Pero estoy nuevamente arraigada en provincia, y eso es medio frustrante.
A pesar de todo, tomo coraje y me siento orgullosa, porque no soy de esa clase de personas a las que les molesta ensuciarse las manos o levantarse a las cuatro de la mañana para salir a laburar. Me siento hecha, me siento realizada al saber que no estoy quieta, que no sigo plantada como un maldito sorbete. Entonces realmente no sé y vuelvo a reiterarlo por qué estoy escribiendo esto. Creo que todo lo que quise explayar ya lo vomité al principio del texto, y ahora apenas me quedan palabras. Así que me despido sin más, porque en este preciso instante se me han agotan las formas de seguir nombrando el dolor.