Adela tiene una risa que sana. Cuando se escucha en la casa, parece barrer de las habitaciones cualquier sombra de angustia. No importa si falta el dinero o si la despensa está casi vacía: su risa me llena el alma con algo bueno y puro, como si todo el universo cupiera por un instante entre nosotros.
Una mañana, después de despertar, estábamos acostados en la cama, platicando tranquilamente. De pronto, desde la calle, llegó el grito de una mujer:
—¡Cabrones, montoneros, hijos de la…!
Adela abrió mucho los ojos.
—Pobre mujer. ¿Quién la estará agrediendo?
El grito volvió a oírse, cada vez más cerca. Entonces descubrimos que no había ninguna pelea ni nadie insultando a nadie. La mujer anunciaba, a todo pulmón:
—¡Colchones, fierro viejo y refrigeradores que vendan!
Nos miramos y empezamos a reír. Reímos tanto que por un rato no pudimos respirar. Cuando al fin logramos calmarnos, la miré y le dije:
—Amor, qué raro que hayas escuchado lo primero que dijiste. Ahora que la voz está más cerca, resulta que era otra cosa. Al parecer, ves muchas telenovelas chinas.
Adela se encogió de hombros, todavía sonriendo.
—Sí, a veces las veo. Y, como siempre, se agarran de la greña; tal vez se me quede en la mente. Cuando escucho a una mujer gritar, mi cabeza recuerda lo que vi el día anterior.
Volvimos a reír.
La mujer siguió su camino por la calle, ofreciendo colchones y fierro viejo. Nosotros nos quedamos un rato más en la cama, abrazados, con la risa de Adela llenando la casa.
Y pensé que hay días en que uno cree necesitar muchas cosas para ser feliz. Pero a veces basta una voz malentendida, una broma y la mujer que amas riéndose a tu lado.