El barrio está vivo. No se resigna al rol pasivo de ser un lugar al que puedo decir volver. Es un carroñero activo que detecta cualquier baja en mis defensas, me acecha hasta que me quedo quieta lo suficiente para poder arrastrarme de nuevo a su fosa.
Me busca, me persigue, deja los señuelos exactos, porque me ha estudiado a la perfección, conoce cada debilidad. Ha memorizado mis pisadas y tropiezos, mi paso cansado y también el desahuciado.
No es un lugar. Es una entidad hambrienta y posesiva, que no va a resignarse. Sin importar cuántas veces consiga abandonar su nido, siempre volverá a buscarme.
Huyo de él, pero el cuerpo lo busca en ocasiones. Ha sido mi hogar tantos años, que una fracción de mí no renuncia a su vínculo, que lastima, pero apacigua el dolor con la caricia cínica de lo ya conocido.
Como a una vieja droga, vuelvo a él a veces, jurando que sólo echaré un vistazo al paisaje, que sólo caminaré un par de sus calles, él se muestra solícito, acogedor. Me recibe con palabras profundas, con trazos precisos, y la promesa de poder convertir el dolor en belleza. Y caigo en su trampa una vez más.
Identifico perfectamente sus casas, sus calles, cada farol de cada esquina, conozco su estructura tanto como él conoce la mía. Sin embargo puedo caminar sin rumbo durante días y nunca recuerdo cómo encontrar la salida.