El cielo sobre el vasto Hierbazal penaba su manto de sombras, convirtiendo el aire en un peso insoportable de amargura y desolación. Era un día profundamente triste; la tierra sagrada olía a humo seco, a cenizas de caneyes devastados y al óxido implacable de la sangre derramada.
En la penumbra del matorral, los piaches y los ancianos de las tribus huerenas y chagaragotos se reunieron con los ojos hundidos en la angustia. Súcuta, Neri y Aram presenciaban la desgarradora escena con la mirada perdida y el pecho quebrantado. Frente a ellos reposaban en alineación macabra los cuerpos inertes de los valientes guerreros y caciques que cayeron abatidos en el feroz enfrentamiento contra la furia de los Karaíba, los invasores de Castilla.
Con manos temblorosas y el alma ahogada en llanto, los ancianos iniciaron el conteo fúnebre. Cada nombre pronunciado era un tajo profundo en la memoria colectiva, un eco que confirmaba la trágica pérdida del liderazgo militar y el quiebre irremediable de la resistencia. Súcuta, abrumado por el dolor, colaboraba limpiando el barro de los rostros inmóviles de sus líderes, preparando sus restos para la despedida.
El llanto comunitario estalló cuando los piaches elevaron sus brazos hacia el cielo oscuro, quemando tabaco y derramando lágrimas amargas mientras daban paso a los solemnes cantos mortuorios:
—«¡Escuchen las cumbres del Waraira Repano!
¡Callen los vientos de Pacairigua y el bramido del Curupao!»
—clamaba el piache con voz entrecortada por la angustia—.
«No yace en la tierra un hombre vencido, yace la raíz desangrada de nuestro pueblo. El acero del invasor ha desgarrado nuestra carne y nos ha sumido en la orfandad...»
—«¡Auka! ¡Auka!» —respondía la tribu golpeándose el pecho, ahogada en un lamento colectivo—.
«Blandieron sus macanas hasta el último aliento, pero la noche nos devoró».
Las flautas de hueso y los fotutos de caracol sonaban como un gemido agónico que retumbaba por los desfiladeros del río. El sufrimiento se volvió palpito vivo entre las familias que miraban con desesperanza el fin de una era. Al envolver los restos en sus ajuares para resguardarlos en el secreto de las cuevas sagradas, las mujeres y ancianos lloraban a gritos la humillación del despojo y la partida irreparable de sus defensores. En el corazón del Hierbazal, la marcha hacia el duelo consumó el instante más amargo de un pueblo herido de muerte que, entre cantos de dolor, buscaba salvar la humilde simiente de su existencia. Tamal y Cauri en conjunto con los peaches iniciaron con los preparativos.
Tamal: —«Súcuta comienza con el Lavado Ritual.
Sucuta con la solemnidad que infunden los sabios y los piaches, purificó el cuerpo inerte del cacique Guaimacuare utilizando aguas limpias y aceites de la selva. Posteriormente, frotó la piel del líder con la pasta sagrada de onoto y aceite de seje, devolviéndole simbólicamente el brillo de guerrero que lució en vida durante las batallas del valle de Pacairigua.
Luego llevó a cabo el Secado al Fuego y Conservación, Mientras los piaches entonaban cantos mortuorios e invocaban a los espíritus protectores de las cumbres, el cuerpo tratado por Súcuta fue sometido al proceso de secado al fuego (o cremación parcial) para asegurar la preservación de sus restos.
Toda la noches continúan los Canto mortuorios a un Cacique Caído (Solo del Piache principal, sahumando el cuerpo con humo de tabaco)
«¡Escuchen las cumbres del Waraira Repano!
¡Callen los vientos de Pacairigua y el bramido del Curupao!
No yace en la tierra un hombre vencido,
yace la raíz de nuestro pueblo.
Su sangre tiñó las piedras de la montaña,
su espíritu se funde con el fuego del sol.»
(Responso coral de la tribu y los sabios, ahumando el espacio)
«¡Auka! ¡Auka! (¡Guerrero, guerrero!)
Tu brazo blandió la macana hasta el final,
tu pecho no conoció la marca del miedo.
El acero del Karaíba atravesó tu carne,
pero jamás podrá quebrantar tu memoria.»
(Cierre del Piache mientras Súcuta y los ancianos culminan el unción)
«Hoy el onoto brilla en tu piel para el reposo eterno,
hoy el aceite de seje sana las heridas de la batalla.
No te vas, te quedas en la cueva sagrada de las alturas,
serás el viento que alerte a “Siku”
y a los nuestros,serás la fuerza que sostenga el alma de la tribu.
¡Vuela libre, gran espíritu! ¡Tu pueblo vive, tu sangre resiste!»
Mientras el piache guiaba el rito con humo de tabaco, la tribu respondía de forma coral
—« "Auka! Auka!" recordando que el brazo del cacique blandió la macana hasta el final y que su pecho no conoció el miedo frente al invasor.
Súcuta colocó al cacique junto a las cenizas y huesos en vasijas de barro y se enterraban junto a sus objetos de mayor valor: sus macanas, arcos, flechas emponzoñadas, pectorales de oro y adornos de plumas.
Muchos guerreros y peaches hicieron una Comunión mística (Endocanibalismo ritual) para recibir el espíritu del líder.
Zari y Las Mujeres prepararon la bebida espirituosa (chicha).
La princesa del Curupao grita al aire:
—«Esto no es un acto de ferocidad, sino una ceremonia mística para transmitir la fuerza, el valor y el espíritu del cacique difunto a la nueva generación de defensores.
El Ajuar y la sepultura secundaria: Inhumación en vasija funeraria.
Pasado el tiempo de desecación o tras una primera sepultura temporal para limpiar los huesos, los restos del cacique se depositaban en una urna de barro o gran vasija funeraria (entierro secundario). El cadáver era acompañado por sus pertenencias personales y de mando: Su macana de madera dura y sus arcos con flechas. Sus ornamentos de jerarquía: coronas de plumas de guacamaya, collares de dientes de felino y pectorales de guanín (aleación de oro y cobre). Alimentos, chicha y agua en pequeñas vasijas para que no le faltaran provisiones en el viaje al plano espiritual.
Durante la fiesta fúnebre final, estas cenizas se mezclaban en una gran vasija de chicha fermentada de maíz o yuca que prepararon Zari y las mujeres. Los jefes militares y los jóvenes sucesores bebían este brebaje sagrado. máxima muestra de respeto y devoción, al ingerir las cenizas, la fuerza, la valentía y la sabiduría del cacique fallecido pasaban directamente al cuerpo y sangre de sus sucesores para mantener con vida su resistencia.
Bajo el manto de la noche y el silencio absoluto de la selva, los hombres indígenas avanzan como sombras entre la niebla. Con pasos cautelosos y la respiración sostenida, Súcuta, Neri y Aram, acompañados por los sabios ancianos y los piaches, cargan en sus hombros las urnas sagradas que custodian los restos inmortales del cacique.
—«Ninguna antorcha se enciende; ningún susurro rompe la penumbra—« dice Aram.
Guiados únicamente por el instinto de la montaña y el murmullo del viento, se adentran en los senderos ocultos que ascienden hacia las cumbres secretas del Waraira Repano.
Este resguardo en los lugares más inaccesibles y recónditos de la tierra es un juramento de sangre: solo la penumbra y el alma de las cavernas pueden custodiar el reposo del líder. Ocultar sus restos en lo más profundo del mundo subterráneo es la única forma de garantizar que las fuerzas enemigas —y los codiciosos conquistadores que patrullan los valles— jamás encuentren el camino, impidiendo así que profanen el sagrado cuerpo o destruyan los fetiches y la fuerza protectora que vela por el destino de su pueblo.
Tamal el anciano les habla a los jóvenes sobre las cuevas sagradas, notificando la llegada de caciques:
—«Las cuevas sagrada son un Portal al Inframundo. Las cavernas son puertas de comunicación entre el plano terrestre de los seres vivos y el mundo subterráneo. allí habitan en sus profundidades los espíritus primigenios, los guardianes de la naturaleza (duhos) y las fuerzas ancestrales que regían la fertilidad de la tierra.«
Los piaches acuden periódicamente a estos santuarios subterráneos para entrar en trance, comunicarse con los espíritus de los caciques fallecidos y pedir consejo en momentos de sequía, epidemias o guerra.
Las cavernas de donde brotaban manantiales o nacientes de ríos (como las aguas que alimentan los valles de Pacairigua y Rio Curupao) son consideradas la matriz originaria de la vida. Además, albergan a criaturas veneradas como el jaguar (símbolo de fuerza militar) y los guácharos o murciélagos, cuyas voces nocturnas dentro de las grutas son interpretadas como el eco de las almas en tránsito hacia el plano espiritual.
Las montañas tragan sus pasos y la bruma borra todo rastro; el secreto del cacique queda eternamente protegido en las entrañas de la tierra.