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Inglourious Basterds — Cuando el cine decidió reescribir la Historia

rodrigosegade1000

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Hay películas de Tarantino que amo por sus personajes, otras por sus diálogos y otras por la libertad absoluta con la que entiende el cine. Inglourious Basterds para mí reúne prácticamente todo.

Es una película tan bien dirigida que cuesta encontrarle verdaderas fallas, Tarantino puede pasar de una conversación de varios minutos alrededor de una mesa a una matanza, de una comedia absurda con Brad Pitt hablando italiano a una escena de una tensión insoportable y, finalmente, convertir una sala de cine en el lugar donde decide cambiar la Segunda Guerra Mundial. Y lo más impresionante es que ninguno de esos registros parece pertenecer a otra película.

La primera escena ya debería utilizarse para explicar qué significa dirigir suspenso.

Hans Landa llega a una casa en la campiña francesa, se sienta, pide un vaso de leche y empieza a conversar. No hay música machacando que algo terrible está por suceder, no hay tiros ni persecuciones. Solamente dos hombres hablando. Pero Tarantino controla de tal manera el tiempo, la información y las miradas que progresivamente sentimos que esa habitación se está quedando sin oxígeno. Sabemos que hay una familia judía escondida debajo del piso y entendemos que Landa probablemente sabe mucho más de lo que está diciendo. Entonces cada pregunta aparentemente amable se vuelve una amenaza.

Y Christoph Waltz está directamente extraordinario.

Hans Landa me parece uno de los grandes villanos del cine moderno porque Tarantino comprende que no necesita convertirlo en una persona permanentemente desagradable para que resulte aterrador. Al contrario. Es simpático, educado, extremadamente inteligente, habla varios idiomas, tiene sentido del humor y disfruta conversar. El problema es que toda esa inteligencia está al servicio de una persona absolutamente monstruosa. Landa puede sentarse a comer un strudel con la misma amabilidad con la que minutos después puede ordenar una ejecución.

Para mí eso lo vuelve muchísimo más perturbador que un villano que simplemente grita o amenaza. Landa domina las escenas porque domina a las personas. Sabe cuándo cambiar de idioma, cuándo sonreír, cuándo hacer silencio y cuándo dejar que alguien crea durante unos segundos que quizás todo va a estar bien. Waltz consigue que una sonrisa sea más amenazante que muchas armas. Cada vez que aparece, la película parece entrar automáticamente en una situación donde él conoce alguna información que nosotros o los otros personajes todavía no tenemos.

Y después está la taberna de La Louisiane, que para mí es una de las mejores escenas que filmó Tarantino. Es una secuencia larguísima construida fundamentalmente con personas sentadas alrededor de una mesa hablando.

Tarantino llegó a describirla como una especie de Reservoir Dogs comprimida dentro de un bar subterráneo; dura alrededor de 23 minutos antes de desembocar en el desastre. Lo increíble es que nunca se siente larga porque cada pequeña acción puede cambiarlo todo.

Ahí se nota cuánto confía Tarantino en el espectador.

No necesita explicarnos permanentemente dónde está el peligro. Un acento puede destruir una identidad. Una palabra pronunciada de determinada forma puede generar sospechas. Incluso la manera de pedir tres vasos con los dedos termina siendo suficiente para que una situación aparentemente controlada se derrumbe. Es cine construido a partir de detalles mínimos y de nuestra capacidad para observarlos.

Y cuando finalmente se matan prácticamente todos a tiros, la violencia dura poquísimo comparada con todo el tiempo que Tarantino dedicó a preparar ese momento. Eso me parece fundamental para entender por qué sus escenas violentas funcionan tan bien. La sangre no genera tensión. La sangre libera la tensión que él pasó veinte minutos construyendo.

Ahí es donde para mí Inglourious Basterds demuestra lo extraordinariamente bien dirigida que está. Tarantino entiende cuándo acelerar y cuándo quedarse quieto. Entiende cuándo necesitamos información y cuándo es mejor que no la tengamos. Entiende cómo colocar a cinco personas alrededor de una mesa y conseguir que una mano levantándose de determinada manera pueda ser más importante que una explosión.

Y después aparece la sala de cine. Para mí, ahí está directamente el alma de la película.

Shosanna sobrevivió al comienzo porque consiguió escapar de Landa. Años después termina administrando un cine y encuentra la posibilidad de vengarse. Pero lo que me parece hermoso es el arma que Tarantino decide darle. No es simplemente una pistola ni una bomba. Es el propio cine.

La película de nitrato puede arder.

La sala de proyección se convierte en una trampa.

Una película dentro de la película empieza a proyectarse mientras nosotros estamos mirando otra película.

Y Shosanna utiliza una pantalla para anunciar su venganza.

Eso es completamente Tarantino.

Durante toda Inglourious Basterds, el cine había estado presente como cultura, propaganda, profesión y entretenimiento. Hay una actriz trabajando como espía, un crítico de cine convertido en soldado, una película de propaganda protagonizada por un héroe alemán y una mujer que administra una sala. Pero en el final todo eso se junta y Tarantino lleva su obsesión hasta su conclusión más extrema: El cine deja de registrar la Historia y empieza a modificarla.

Eso me parece muchísimo más que una fantasía de matar nazis.

Tarantino sabía perfectamente que Hitler no murió dentro de una sala cinematográfica francesa. Nosotros también lo sabemos. Entonces en vez de intentar acercarse a la Historia, hace exactamente lo contrario. Decide que durante dos horas las reglas no las escribe un libro de historia: las escribe el director.

Y Hitler muere en un cine a los tiros.

Mientras el cine se incendia.

Es difícil imaginar una declaración de amor al poder de la ficción más tarantinesca que esa.

Además hay una imagen que para mí resume todo: el rostro gigantesco de Shosanna proyectado sobre el humo. Su cuerpo ya murió, pero su imagen sigue hablando. El fuego avanza, los nazis intentan escapar y el rostro de una mujer judía asesinada continúa flotando por encima de ellos diciéndoles que van a morir.

Eso es increíblemente simbólico.

Porque Shosanna ya no está físicamente ahí, pero el cine consiguió conservarla. Una cámara registró su rostro y ahora ese rostro sobrevive a su cuerpo. La imagen continúa ejecutando la venganza que ella ya no puede ejecutar personalmente.

Ahí el cine es memoria, es fantasma y es arma.

Y no me parece casual que todo ocurra en una sala de proyección.

Tarantino podría haber hecho explotar un cuartel, un edificio militar o una reunión política. Elige un cine porque ése es su territorio. La Historia real terminó de una manera, pero dentro de una sala oscura él puede imaginar otra. Vanity Fair llegó a describir justamente Inglourious Basterds como su gran carta de amor al cine y llamó a ese final una especie de “Cinema Inferno”.

Y hay algo todavía más increíble cuando uno conoce cómo filmaron esa secuencia: Buena parte de ese fuego era real.

Tarantino quería fotografiar fuego real en cámara en lugar de resolverlo simplemente con CGI. Eli Roth contó que durante la toma final el fuego se descontroló muchísimo más de lo previsto. Él y Omar Doom estaban en el balcón disparando las ametralladoras mientras las llamas subían alrededor suyo, Tarantino estaba operando una cámara desde una grúa usando un traje ignífugo y la temperatura fue muchísimo mayor que durante las pruebas. Roth dijo directamente que estuvieron cerca de ser incinerados.

Eso hace todavía más impresionante volver a mirar la escena. La enorme esvástica cayendo envuelta en fuego parece un efecto perfectamente diseñado para simbolizar el derrumbe del nazismo, pero según Roth ni siquiera estaba previsto que cayera: estaba sujeta por cables de acero y el calor fue suficiente para que cedieran. Hay algo casi increíble en que una de las imágenes más simbólicas del final haya surgido parcialmente del propio caos de haber filmado fuego real.

Y entonces la escena adquiere otra capa. Dentro de la ficción, el cine está incendiándose para destruir al nazismo. Fuera de la ficción, Tarantino está literalmente incendiando un decorado cinematográfico para conseguir esa imagen. Forma y contenido casi terminan chocando físicamente.

También me encanta que Tarantino no se conforme con matar a Hitler de una manera relativamente elegante. Donowitz y Omar entran y le descargan una cantidad completamente absurda de balas. No existe ninguna intención de realismo histórico en ese punto. Ya rompimos la Historia y ahora Tarantino quiere disfrutarlo.

Y funciona porque la película se ganó esa catarsis.

  • Venimos de horas de esperar.

  • De escuchar.

  • De tener miedo de Landa.

  • De ver morir personajes por pequeños errores.

  • De observar cómo Shosanna carga con aquello que ocurrió con su familia.

Entonces, cuando finalmente todo explota, Tarantino no necesita contenerse.

Después está Brad Pitt, que me parece perfecto porque entiende completamente el tono. Aldo Raine está a medio camino entre un personaje de guerra y una caricatura. Ese acento, esa seguridad, esa manera de intentar hablar italiano delante de Landa sabiendo que claramente no puede hacerlo son algunas de las cosas más graciosas de la película. Y lo brillante es que Tarantino puede pasar de esa comedia a una ejecución sin que la película se rompa.

Pero el verdadero enfrentamiento final es con Landa. Porque Landa cree que puede sobrevivir a todo. No parece tener verdadera fidelidad ideológica a nadie. Su fidelidad es a sí mismo. Entiende que Alemania va a perder y decide negociar su salida. Está convencido de que su inteligencia le va a permitir reescribir su propio papel en la Historia.

Y probablemente podría haberlo hecho.

Entonces Aldo le marca la frente.

Eso me parece perfecto.

Landa puede cambiar de uniforme, de país y de relato. Puede explicar que ayudó a terminar la guerra. Puede reconstruir quién fue.

Pero ya no puede esconder la marca.

Aldo convierte su pasado en algo físicamente imposible de borrar.

Y cuando contempla lo que acaba de hacer y dice que quizás sea su obra maestra, es imposible no escuchar a Tarantino hablando a través suyo.

Porque sinceramente Inglourious Basterds está muy cerca de ser eso.

Es una película donde Tarantino parece controlar absolutamente todas sus herramientas. El diálogo, los actores, el suspenso, los idiomas, la música, el humor, la violencia y el montaje funcionan prácticamente al mismo nivel. La escena inicial podría sostener una película sola. La taberna podría ser un cortometraje perfecto. Hans Landa podría sostener otra película entera. Y el final en el cine termina reuniendo todas esas ideas dentro de una de las secuencias más tarantinescas que filmó.

Para mí es un peliculón con poquísimas fallas y con uno de los mejores villanos que escribió. Pero sobre todo es una película donde Tarantino demuestra que su cinefilia no consiste solamente en citar películas que le gustan. Consiste en pensar el mundo a través del cine.

  • La realidad ya ocurrió.

  • Hitler murió de otra manera.

  • Shosanna nunca existió.

  • Ese cine nunca ardió así.

Pero durante el tiempo que dura la película no importa.

Porque Tarantino consigue algo que solamente puede conseguir la ficción: hacernos conocer perfectamente la Historia y, aun así, lograr que durante unos minutos queramos creer en otra.

Y quizás por eso el final de Inglourious Basterds sea tan perfecto: Tarantino no utiliza el cine para escapar de la Historia. Lo convierte en el arma con la que, al menos durante una proyección, puede vengarse de ella.

Thoughts

  • Marisol_GB

    ¡La leche que pide Landa al llegar me da más miedo que todos los tiros juntos!

    Permalink
  • jmoreno77

    El strudel 😬

    Permalink

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