Saltar al contenido
Cargando…

Gasoline Rainbow — Un grito de juventud y libertad

rodrigosegade1000

Contenido de la publicación

Hay películas que te encuentran en un momento particular de la vida y que, sin necesidad de contar algo parecido a lo que te está pasando, consiguen tocar una fibra bastante personal. Gasoline Rainbow me llegó un poco por ese lado.

A veces siento que pasamos demasiado tiempo tratando de llegar a una versión de nuestra vida que imaginamos en algún momento, sin detenernos a pensar si todavía queremos llegar ahí. Nos acostumbramos a medir lo que nos pasa en función de lo que esperábamos que pasara, y cualquier desvío empieza a sentirse como un fracaso o a realizar balances de como salieron las cosa. Como si hubiera una edad para tener ciertas cosas resueltas y, si no llegamos a tiempo, algo estuviéramos haciendo mal. Lo curioso es que nadie nos entrega ese calendario, pero igual vivimos pendientes de cumplirlo. Encima, cuando finalmente conseguimos algo de lo que queríamos, siempre aparece una nueva meta para preocuparnos por no alcanzar.

Por eso, ver a cinco adolescentes que se suben a una furgoneta y salen a la ruta sin tener demasiado claro qué están buscando me generó una mezcla de nostalgia, envidia y ganas de recuperar algo que siento que a veces se pierde en el camino: La posibilidad de vivir sin estar pensando constantemente en lo que viene después.

La película de Bill Ross y Turner Ross sigue a cinco adolescentes de un pequeño pueblo de Oregón que acaban de terminar la secundaria. Makai, Micah, Nathaly, Nichole y Tony emprenden un viaje hacia la costa del Pacífico con la intención de llegar a una fiesta que parece tener algo de leyenda juvenil. Quieren divertirse, conocer gente y escapar por unos días del lugar donde crecieron. Pero, detrás de esa excusa, aparece una pregunta que atraviesa toda la película: ¿Qué hacemos cuando termina una etapa de nuestra vida y todavía no sabemos muy bien cómo empieza la siguiente?

Los protagonistas están parados justo en ese borde. La adolescencia quedó atrás, la adultez empieza a asomar y ninguno parece tener demasiadas ganas de sentarse a planificar el resto de su existencia. Por ahora, tienen una camioneta, amigos y una ruta por delante. Y, sinceramente, hay algo bastante atractivo en esa forma de encarar las cosas. Sobre todo cuando uno empieza a sospechar que planificar demasiado tampoco garantiza que las cosas salgan como esperaba.

Lo primero que me interesa de Gasoline Rainbow es que los hermanos Ross no cuentan esta historia como lo haría una road movie convencional. No hay una sucesión demasiado ordenada de obstáculos, conflictos y aprendizajes que conduzca a una conclusión perfectamente definida.

La película parece avanzar al mismo ritmo que sus protagonistas: Por momentos con entusiasmo, por momentos sin rumbo, deteniéndose en situaciones que podrían parecer insignificantes y dejando que el viaje encuentre su propia forma, esa decisión no es casual.

Los cinco protagonistas no son actores profesionales y las escenas se construyen a partir de situaciones preparadas que dejan espacio para la improvisación. La película tiene un recorrido narrativo, pero también conserva la incertidumbre de aquello que todavía está sucediendo delante de la cámara.

Esa mezcla modifica nuestra relación con los personajes.

No sentimos que estén esperando su turno para decir una frase importante ni que cada conversación tenga que revelar algo decisivo sobre sus vidas. Los vemos hablar de música, hacer bromas, discutir, aburrirse y reaccionar ante las personas que conocen en el camino. Algunas conversaciones parecen no conducir a ninguna parte y, sin embargo, terminan construyendo una intimidad que sería difícil conseguir mediante diálogos demasiado escritos.

La cámara no parece estar buscando constantemente la escena perfecta. Muchas veces se limita a permanecer ahí, observando cómo los vínculos se construyen a través de pequeños gestos. Como espectador, uno termina prestando atención no solamente a lo que dicen, sino a cómo se miran, cómo se interrumpen y cómo cambia la energía del grupo cuando aparece alguien nuevo.

La película encuentra su naturalidad en esos momentos en los que parece que no está intentando demostrar nada. Lo que consigue captar no es simplemente a un grupo de jóvenes interpretando una historia, sino a un grupo humano compartiendo un tiempo y un espacio. No hace falta que cada conversación termine con una revelación sobre el sentido de la vida. Bastante tenemos con intentar encontrarle sentido a la nuestra.

En ese sentido, me recuerda a Kids, de Larry Clark, por esa forma de observar a los jóvenes sin convertirlos en héroes ni juzgarlos constantemente desde una mirada adulta. Pero también encuentro una conexión muy fuerte con Richard Linklater, especialmente con Slacker y Dazed and Confused. En esas películas, las conversaciones, los encuentros casuales y el simple hecho de compartir tiempo pueden tener tanto peso como cualquier acontecimiento de la trama.

La diferencia está en que Gasoline Rainbow incorpora esa deriva a un viaje físico: Acá los personajes efectivamente se desplazan, atraviesan paisajes y se encuentran con personas que viven de maneras muy distintas. La carretera les permite escapar de su entorno, pero también los obliga a salir de la burbuja en la que se conocen entre ellos. Cada encuentro amplía un poco el mundo que imaginaban antes de salir.

Desde lo cinematográfico, los hermanos Ross alternan la intimidad de la cámara en mano dentro de la furgoneta con planos abiertos que muestran a los protagonistas diminutos frente a la inmensidad del paisaje estadounidense. No son solamente postales bonitas: entre carreteras, zonas industriales y terrenos desolados, la película encuentra belleza en lugares que también pueden resultar hostiles.

El montaje acompaña esa mirada, dejando que las escenas respiren y que el viaje avance por acumulación de conversaciones, momentos y encuentros. Aunque por momentos esa libertad puede volverse dispersa, también consigue capturar algo de la experiencia de vivir, donde no todo parece tener sentido mientras sucede y algunas cosas solo se comprenden cuando miramos hacia atrás. En el momento, en cambio, uno suele estar demasiado ocupado preguntándose si está haciendo las cosas bien.

Creo que ahí es donde la mirada cinematográfica y la reflexión personal forman parte de una misma idea. Los Ross no necesitan que cada escena conduzca a una conclusión: Dejan que las cosas sucedan y que el sentido aparezca después, si es que aparece. Mientras estos chicos pueden viajar sin saber exactamente adónde van, uno llega a una edad en la que siente que cada decisión tiene que conducir a alguna parte. Queremos entender qué nos pasa, qué piensan los demás y qué significa cada cosa que hacemos, como si pudiéramos encontrar una explicación definitiva para todo. A veces analizamos tanto una situación que terminamos teniendo más teorías sobre ella que información real. Pero Gasoline Rainbow parece proponer lo contrario: a veces hay que dejar que las cosas sucedan antes de decidir qué significan.

La música refuerza esa espontaneidad, especialmente cuando aparece Enya y rompe con nuestras expectativas sobre cómo debería sonar una película de adolescentes. Por su parte, las voces en off, construidas a partir de entrevistas del proceso de audición, dejan entrever las inseguridades que conviven con las bromas y la despreocupación de los protagonistas. Y eso también nos recuerda cuánto desconocemos de los demás: lo que una persona muestra no siempre coincide con todo lo que está pasando por su cabeza. Algo que convendría recordar cada vez que nos convencemos de haber descifrado a alguien a partir de un mensaje de dos palabras.

El viaje, además, no tarda en complicarse. Cuando la camioneta queda inutilizada después de que les roban las ruedas, la aventura pierde parte de su comodidad y los protagonistas tienen que depender de otras personas para continuar. Lo interesante es que la película no transforma ese contratiempo en el gran conflicto que organiza todo lo que viene después. En cambio, lo utiliza para abrir todavía más el recorrido. Aparecen otros jóvenes, personajes que viven al margen de las convenciones y desconocidos que ofrecen ayuda o compañía durante un rato. La ruta deja de ser simplemente una vía de escape y se convierte en una sucesión de encuentros inesperados. En lugar de insistir en que cada persona que conocen tiene que cambiarles la vida, la película permite que algunos vínculos existan durante unos minutos y después desaparezcan. No todo encuentro necesita convertirse en una amistad eterna para tener valor.

Y ahí aparece una de las ideas que más me gustan de Gasoline Rainbow: la libertad no consiste necesariamente en hacer lo que uno quiera, sino en descubrir que existen otras formas de vivir, otras maneras de relacionarse y otras posibilidades que todavía no habíamos considerado.

Los protagonistas salen de su pueblo pensando en llegar a una fiesta, pero el camino les ofrece algo que no podían haber planificado. La fiesta funciona casi como una excusa para ponerse en movimiento. Después de toda la odisea, uno podría preguntarse si realmente valió la pena tanto esfuerzo para llegar a destino. Yo creo que para ellos sí. No porque el viaje les garantice una transformación ni porque vuelvan con respuestas, sino porque lo que vivieron en el camino ya forma parte de ellos. A veces el cine parece convencernos de que todo viaje tiene que producir un cambio visible, una especie de antes y después que justifique cada kilómetro recorrido.

Los Ross se permiten algo más modesto y, por eso mismo, más cercano a la vida: que una experiencia nos deje algo incluso cuando no sabemos exactamente qué es. No todas las experiencias necesitan venir acompañadas de una conclusión que podamos explicar en una cena.

Por supuesto, la propuesta no siempre funciona con la misma fuerza. La naturalidad buscada puede convertirse en dispersión, y hay momentos en los que la construcción de las escenas se vuelve demasiado visible. La película quiere que sintamos la espontaneidad, pero en algunas ocasiones esa espontaneidad parece más una intención que algo verdaderamente descubierto. También puede costar conectar individualmente con los cinco protagonistas, porque el relato privilegia la experiencia colectiva por encima del desarrollo psicológico profundo de cada uno. Aun así, creo que esa limitación forma parte del riesgo que asumen los directores. No buscan construir cinco personajes perfectamente definidos para que podamos analizarlos por separado, sino capturar algo que aparece entre ellos: la energía de un grupo que comparte una última aventura antes de que sus vidas empiecen a tomar direcciones diferentes.

Y justamente ahí es donde Gasoline Rainbow se cruza con algo que me pasa fuera del cine. Tengo 26 años, me mudé hace poco y la vida no está saliendo exactamente como la había proyectado. Supongo que una parte de mí esperaba que cambiar de lugar también ayudara a ordenar algunas cosas por dentro, como si mudarse fuera una forma de empezar de cero. Pero después llegas a la casa nueva y descubrís que te llevaste todas tus cosas, incluida la cabeza.

Hay días en los que nos cuesta no mirar la vida como un proyecto que viene atrasado. Como si hubiera un plan original que todos recibieron menos uno, una serie de pasos que debería estar cumpliendo y cierta vergüenza por no tenerlos tan claros. Lo más absurdo es que muchas veces ni siquiera sabemos bien que queremos, pero igual nos preocupa no estar llegando. Entonces empiezan los famosos balances a repasar decisiones, imaginar escenarios y anticiparse a problemas que todavía no existen. Hacerse la cabeza por cosas que quizás nunca pasen y, cuando por fin pasa algo, ya venimos cansados de haberlo sufrido por adelantado. A veces nos damos cuenta de que hacemos todo eso y hasta lo podemos identificar lo poco que ayuda, pero eso no necesariamente impide que lo sigamos haciendo. Parece que una cosa es entender que uno se está complicando la vida y otra bastante distinta es dejar de hacerlo. Y mientras tanto, la vida sigue pasando, aunque a veces estamos demasiados ocupados tratando de entender si la estamos viviendo bien...

También está esa costumbre de intentar descifrar cómo nos ven los demás, de atribuirles intenciones y construir historias en nuestra cabeza a partir de un gesto o una conversación. Nos olvidamos de que nunca tenemos toda la información. A veces alcanza con que alguien tarde un poco más en contestar para que nuestra imaginación empiece a trabajar horas extra. Algo que me gusta de los Ross es que no necesitan definir por completo a estos chicos ni explicar cada una de sus contradicciones: Simplemente los dejan ser. Quizás también deberíamos aprender a mirarnos así, aceptando que no todo silencio es un mensaje, ni cada error una definición de quiénes somos.

Gasoline Rainbow no ofrece una solución mágica, pero sí una invitación a dejar de exigirle tanto a cada momento. No todo tiene que acercarnos a una meta ni convertirse en una oportunidad para mejorar. A veces, una tarde con amigos, una conversación absurda o una canción en el momento justo tienen valor por el simple hecho de haber sucedido. Aunque después, claro, uno pueda pasar dos horas pensando si tendría que haber dicho otra cosa.

Por eso me gusta tanto el título: Gasoline Rainbow, un arcoíris de gasolina, una belleza inesperada en un lugar donde no la esperaríamos. Estos cinco chicos no tienen un futuro asegurado ni viven en un mundo perfecto, pero durante unos días encuentran una libertad compartida. El arcoíris no transforma su realidad; aparece en medio de ella. Y quizás de eso se trate: no necesitamos que todo esté bien para encontrar algo bueno en lo que estamos viviendo.

Al final, Gasoline Rainbow no me hace extrañar tanto la adolescencia como esa sensación de que todavía hay tiempo para descubrir cosas. No quiero volver a tener 18 años ni idealizar una etapa que, seguramente, también tuvo sus propias preocupaciones. Lo que me pregunto es si a los 26 todavía puedo conservar algo de esa libertad, ahora que la vida parece más complicada de lo que imaginaba. Si puedo dejar de mirar cada decisión como una prueba, cada tropiezo como un fracaso y cada encuentro como algo que tengo que interpretar. Si puedo aceptar que no siempre voy a saber qué estoy haciendo, sin convertir esa incertidumbre en una condena.

Quizá crecer no significa llegar a una edad determinada con todas las respuestas, sino aceptar que todavía estamos en camino. La vida no es una película que podamos montar de antemano, cortar cuando algo sale mal y acompañar con una voz en off que explique por qué todo tenía que pasar así. No podemos editar las escenas incómodas ni saber qué significado van a tener hasta que haya pasado el tiempo. Quizás lo más difícil sea dejar de observarnos desde afuera, como si alguien estuviera evaluando cada movimiento, y animarnos a vivir un poco más dentro de la escena.

A veces, cuando la cabeza nos convence de que estamos perdidos, necesitamos recordar que la vida no es solamente llegar a destino: también es lo que nos pasa mientras viajamos. Y que, aunque no haya salido como lo habíamos imaginado, quizás algún día podamos mirar atrás y pensar que valió la pena...

Related posts

  • Inglourious Basterds — Cuando el cine decidió reescribir la Historia

    Hay películas de Tarantino que amo por sus personajes, otras por sus diálogos y otras por la libertad absoluta con la que entiende el cine. Inglourious Basterds para mí reúne prácticamente todo.

  • "QUE SERA DE TI"

    Que será de ti por las noches cuando vagas. Que será de ti con mis recuerdos en mi tu alma. Que será de ti sin mis momentos mis locuras mis lamentos. Que será de ti cuando el mar de la pasión te…

  • "EL MISTERIO DEL AMOR"

    Si sientes que una mirada puede vencer tu corazón. Si sabes que con reír haces feliz un corazón. Si sientes que el tiempo no pasa y te abraza una ilusion. Si cuando tocas sus manos sientes que el…

  • 4. Ceremonia Mortuoria de la Tribu.

    El cielo sobre el vasto Hierbazal penaba su manto de sombras, convirtiendo el aire en un peso insoportable de amargura y desolación. Era un día profundamente triste; la tierra sagrada olía a humo…

  • ECOS DE UNA MANADA C. 11

    Capítulo 11 — voz del narrador:

  • 𝐴𝑢𝑛 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑚𝑢𝑒𝑟𝑡𝑜

    ꜱɪ ᴀʟɢúɴ ᴅíᴀ ᴍᴜᴇʀᴏ, ᴇꜱᴘᴇʀᴀʀé ᴇɴ ᴇʟ ɪɴꜰɪᴇʀɴᴏ, ꜱᴏᴘᴏʀᴛᴀʀé ᴄᴜᴀʟǫᴜɪᴇʀ ᴛᴏʀᴛᴜʀᴀ, ᴇꜱᴘᴇʀᴀʀé ɴᴜɴᴄᴀ ᴇꜱᴄᴜᴄʜᴀʀ ᴛᴜꜱ ʟᴀᴍᴇɴᴛᴏꜱ ʏᴀ ǫᴜᴇ ᴛú ᴛᴇ ᴍᴇʀᴇᴄᴇꜱ ᴇʟ ᴄɪᴇʟᴏ.

Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 4 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Hay películas que te encuentran en un momento particular de la vida y que, sin necesidad de contar algo parecido a lo que te está pasando, consiguen tocar una fibra bastante personal. Gasoline…

En series

En grupos