Estaba entre el público cuando Mina alzó la mano sobre los músicos y la banda comenzó a tocar «My Sixth Sense», una de sus canciones favoritas. Tenía a la chica sujeta del mentón, el mismo ritual de siempre; la muchacha era incapaz de apartar la mirada. A su alrededor, el resto del público había perdido la voluntad por completo, poseído por su voz.
Entonces noté algo extraño. El guitarrista era el otro juguete de mi pequeña, y sin embargo la observaba absorto, con una preocupación que no encajaba con el resto. No estaba sometido bajo su poder.
Indagué en su mente. Encontré un bloqueo. Ya me había ocurrido antes, en la biblioteca; entonces lo atribuí al cansancio. Insistí una vez más. Nada.
Se me erizó la piel bajo el vestido.
Busqué a Mina con la mirada para advertirle que uno de ellos seguía consciente, pero la encontré enfrascada en una disputa silenciosa con la otra chica, que le sonreía como una tonta. No sabía cómo reaccionaría si descubría aquello.
Me abrí paso entre el público, todos eufóricos a mi alrededor. Al acortar la distancia, el chico me devolvió la mirada con la misma cautela. Nos sostuvimos la mirada un largo momento. No había miedo en sus ojos: parecía intentar recordar dónde me había visto antes.
Nuestras miradas se cortaron cuando el cuerpo de mi creadora recibió el elogio de la gente; Su cadencia sensual atrapó de nuevo la atención del muchacho. Pensé, por un instante, que su poder sobre él funcionaba a ratos. Me equivoqué: al mirarlo con más atención, comprendí que su presencia lo desestabilizaba sin doblegarlo del todo —le hacía errar las notas, retroceder con torpeza.
Miró a sus compañeros; también ellos estaban atrapados en aquel trance. Volvió la vista hacia mí. Me llevé un dedo a los labios —un «shh» silencioso— y articulé, sin voz, una sola palabra: tranquilo.
Cuando la canción terminó, Mina recibió la ovación entera de la iglesia.
Le hablé dentro de su mente: que devolviera a todos a la normalidad, que había cámaras por todas partes. Su queja llegó de inmediato: «Cállate y déjame tranquila». Pero obedeció, no porque me hiciera caso, sino para que dejara de insistir y no le arruinara el momento.
La ovación fue perdiendo fuerza en cuanto ella tomó el micrófono para dirigirse al público:
—¡Qué dicha volver a casa! Debo decirles algo, mis amores... pienso quedarme mucho, mucho tiempo en este país tan hermoso. Y que nadie, jamás, se atreva siquiera a soñar con sacarme de aquí.
Supe exactamente para quién era ese desafío.
El público le devolvió palabras de devoción, gritos, súplicas de permanencia. La chica y el resto del grupo parecieron recuperar el sentido; se miraron entre ellos con el mismo gesto estupefacto —al menos así disimulaban lo mismo que ya había visto en el guitarrista—. Me pregunté, otra vez, qué demonios era él. Por qué su poder no lo tocaba.
Y entonces ocurrió lo peor.
Se volteó hacia él, mirándolo por encima del hombro. Se acercó, ladeando la cabeza como una niña que acaba de encontrar un juguete nuevo.
—¿Eres un chico bueno?
Él tartamudeó algo ininteligible. Por el apriete de sus nudillos supe que quería golpearla y huir al mismo tiempo —la sed de mi pequeña era difícil de contener tan cerca de él—. Se inclinó junto a su oído.
—¿Conoces la que sigue?
Empezaron a sonar los primeros acordes de «Dracula».
Cantó sin apartar los ojos de él ni un instante. Yo solo deseaba que no llegara a descubrir lo que yo ya había descubierto, pero sentí el miedo del chico como una corriente, y ella también lo notó: lo seducía despacio, con la mirada, buscando que la mirara sin reservas.
La otra chica dejó de cantar, perdida en algún lugar dentro de sí misma, hasta que uno de sus compañeros le espetó:
—¡Canta, Vero, canta!
Ambas retomaron el coro juntas.
Quise que se distrajera con ella. Que lo de siempre volviera: lo predecible, lo manejable. No quería que le naciera el capricho, mucho menos frente a cientos de eufóricos con los teléfonos en alto.
Usé mi poder para rastrear al público, buscando entre cada rostro algún Vigilante escondido. Busqué desesperada mientras su mente se clavaba en la mía como una daga, apenas conteniendo su propia hambre.
«Tranquilita, Cassandra, no soy estúpida» —su voz llegó directo a mi cabeza, al notar mi agitación.
Le dije que debía terminar el espectáculo antes de que algo se saliera de control. Negó, sin dejar de cantar, devolviéndome una mirada de sumisión fingida —la misma que solía esbozar mi hija pequeña cuando quería salirse con la suya.
Su voz se coló dentro de mi cabeza sin perder el compás de la canción.
«Esta noche es mía, Cass. Nada va a interrumpirla. Al final, decidiré si me llevo a ella, o a él...» Una pausa, casi juguetona. «Aunque, pensándolo bien, ¿por qué elegir? Podría llevarme a los dos y dejarte uno a ti, como hacíamos antes. Los cuatro en la misma cama, otra vez. ¿No sería delicioso? Dime, Cass, ¿cuál te gusta más a ti?»
El deseo compartido me invadió mientras ella seguía cantando: el mismo que ya me había sometido en el cuarto del chico. Esta vez me resistí. La fulminé con la mirada.
El encanto se le borró del rostro un instante; me miró como quien mira a una insubordinada. Pero notó también las cámaras, y redujo su sombra sobre mí con algo parecido a la piedad.
«Ya hablaremos» —fue todo lo que me dijo.
Siguió alimentando su ego, seduciendo al muchacho con cada gesto, pero él no se atrevía a mirarla. Y entonces pasó lo peor: dirigió su poder directamente hacia él.
Dejó de cantar. Mantuvo los ojos clavados en el chico. El público entero completó la canción sin ella, y también la otra muchacha. Él dejó de tocar. Mina mantenía la boca entreabierta y la mirada fija en él hasta que la música terminó.
Empecé a sentir el dolor del pacto de Enrichetta. Intenté moverme para escapar de ahí. No pude. Debía quedarme fija en mi lugar, protegiendo a mi señora, por si alguien notaba el peligro y decidía atacarla.
«¿Notas esto, Cassandra?»
Le confirmé que sí.
«Léele la mente.»
No puedo, le respondí, mientras el dolor seguía consumiéndome.
Notó mi sufrimiento. «¿Quieres abandonarme?»
Le dije que estaba exhausta de ella, que aquello la llevaría a cometer una estupidez, y que esa estupidez nos mataría a las dos.
Volvió la mirada hacia el chico. La curiosidad crecía en ella con cada segundo. Se acercó a él; su sed redujo el ritmo de sus pasos, igual que el dolor redujo el mío.
—¿Crees que aguantarás una canción más?
Él no contestó.
Sonrió. Esta vez ignoró a la otra chica a propósito, y mezcló su poder pasando por alto mis advertencias por completo. Se quitó la peluca y las lentillas, y mostró su verdadero rostro.
Empezó a cantar «MoonRoot». Su voz opacó el escenario entero; los instrumentos perdieron fuerza bajo ella. Usó todo su poder, y la gente comenzó a llorar, convencida de estar frente a una diosa. La otra chica intentó seguirle el ritmo, pero su voz se perdió bajo aquel estruendo de trueno. El chico no se dobló: solo retrocedió un paso más, sin entender nada de lo que ocurría a su alrededor.
Ella ya no cantaba para el público. Toda su atención estaba puesta en él. Dentro de ella nacían, mezcladas, la admiración y la ira —una mezcla tan violenta que me hizo desear, por un instante, matarlo yo misma. Me resistí.
Sacó los colmillos. Sus ojos destellaron con un fulgor infernal.
Entre quejidos, le grité que se detuviera, que había cámaras.
Me ignoró.
«¡Míralo, Cassandra! ¡Míralo! ¡No se quiebra como tú! ¡Espléndido, es espléndido!»
Su risa desquiciada retumba dentro de mi cabeza. Le ruego que detenga esto de una vez. Me ignora.
«Quédate con la chica si quieres, Cass. Ya no me importa. Este será mío.»
El dolor del pacto me estruja las costillas, dejándome sin aire. Sin más margen de maniobra, recurro a la única carta que me queda y le miento directo a la mente.
Siento a un Vigilante en la multitud.
Mina frena su cadencia de golpe. El estruendo de su voz se apaga. Arroja todo el peso de su poder sobre el público, buscando aplastar al enemigo entre las filas antes de que dé el primer paso.
No seas estúpida, le advierto. Romperás el Pacto de Turku.
La música termina. La iglesia entera estalla en una ovación que ensordece el escenario, pero Mina no recibe los elogios. Sus ojos escanean el lugar con urgencia.
«¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde lo viste?!» me espeta.
Solo siento el rastro. Aún no lo ubico.
Llevo la mano a la solapa de mi saco. Raspo con la uña el baño de oro de mi broche de rosa y expongo la plata viva de su interior. Me lo acerco al rostro. El aroma afilado del metal viaja por el ambiente y golpea los sentidos de mi creadora. Escucho el crujido de sus molares apretados directamente en mi cráneo.
«¡Malditos Vigilantes!»
Aun así, el capricho es más fuerte que su instinto de supervivencia. Se planta frente al chico. Deja caer el micrófono al suelo con un golpe sordo y lo sujeta de la mandíbula con firmeza. Se inclina sobre él y le pasa la lengua desde el cuello hasta la mejilla.
—Eres mío... —musita contra su piel.
Lo suelta.
La opresión del juramento cede y el aire regresa por fin a mis pulmones. Salgo de la iglesia a paso rápido para interceptarla por la puerta trasera. En la penumbra del callejón diviso a uno de sus hombres.
—Descubre el cielo, Simón —le ordeno.
Simón acata y repliega la inmensa sombra que ocultaba la bóveda nocturna. Subimos a toda prisa a la limusina de Alfred y desaparecemos.
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Mina desata su ira en la parte trasera de la limusina. Maldice a los Vigilantes por arruinarle la noche. Sus nudillos crujen con el sonido de cristales rotos. Suelta un golpe contra el respaldo que sacude el vehículo entero.
Intento tranquilizarla con la misma devoción que le daba a mi pequeña. Le acuno las mejillas. Ella cierra los ojos, pero de pronto aspira el aire cerca de mis manos. Antes de que pueda apartarme, entierra la nariz en mi cuello y rastrea el olor hasta la plata expuesta en mi broche. El silencio se desploma sobre nosotras. Sus ojos se clavan en los míos con una crudeza despiadada.
—Ya veo... Eres muy, muy inteligente, Cassandra Rosenverd —susurra—. Por eso te elegí. Gracias a ti he sobrevivido a tantas cosas y jamás te lo he agradecido. Has sido muy leal, y no niego que te he llevado con la correa muy corta... ¡Alfred, detente!
El vehículo frena de golpe en medio de la avenida. Mina empuja la puerta de mi lado hasta abrirla de par en par.
—Anda... ¡Vete!
—Sabes que no puedo.
—Sí puedes, Cassandra. No estoy en peligro ahora, ¿o sí? Vete. Cuando vea a Enrichetta, desharé el pacto y serás libre. Es eso lo que querías, ¿verdad?
—Eres una maldita mentirosa.
—¡No! ¡Tú eres la maldita mentirosa! —estalla, escupiéndome las palabras—. Te engañas a ti misma repitiéndote que eres la buena de esta historia. ¡Olvidas todas las cosas que hemos hecho juntas! Antes nos convencíamos de que el mundo era nuestro, y ahora me echas en cara que uso a tu hija muerta para manipularte. Pero la verdad es que te gusta esta mierda. ¡Te encanta que yo sea así! Esa es la maldita verdad. Piensa todo lo que quieras que eres la heroína, la mujer centrada que coge por obligación... pero no puedes negar que en el fondo me amas. Y si tanto me odias, ¡lárgate entonces! ¡Anda, mierda, sé libre!
Amago con bajarme. En ese instante, su mano se posa suavemente sobre el hombro de Alfred. Me congelo en el umbral de la puerta.
—¿No te ibas, maldita traidora?
Encuentro los ojos de Alfred por el retrovisor. Me mira esperando que no lo decepcione. Está dispuesto a morir por mi libertad. Váyase, me dice su silencio.
Fuerzo mis facciones. Finjo que no lo estoy mirando, que su vida no me importa en absoluto. Trago saliva, regreso la vista hacia Mina y lanzo mi última carta.
—Quiero saber tanto como tú por qué él es inmune. Te mentí porque sabía que lo matarías ahí mismo... Necesito saber por qué es inmune a ti y a mí.
La furia de Mina se desdibuja. Pestañea varias veces, confundida, y mira la nuca de Alfred buscando algo de complicidad en la situación.
—¿Dices que... es simple curiosidad?
—Sí.
—Ya veo... Conque era eso. Tenías "curiosidades" —su tono se vuelve venenoso otra vez—. ¿Me crees estúpida?
—¿Crees que gemí de mentira sobre él?
Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios, seguida de una carcajada sonora que inunda el habitáculo. Tiro de la manilla y cierro la puerta del vehículo tras de mí.
—Okey, okey. Vaya, Cass... ¡En serio es una maldita crisis existencial lo que tienes!
—Arranca el vehículo, Alfred. Llévanos a la cripta y aparta los ojos del retrovisor. Limítate a hacer tu trabajo.— le espeté.
Observo el espejo. Ahí está la decepción absoluta en el rostro de nuestro chofer. Rompí el acto de heroísmo que él esperaba de mí. Me acomodo en silencio mientras el auto avanza, perdiéndonos una vez más en los suburbios, directo a la podredumbre de este mundo.