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La chica de la moto roja (capitulo II)

Joycereyes123

Contenido de la publicación

“Mi habitación patas arriba y mi mundo de color púrpura”

Mi cuarto era un torbellino. Un universo patas arriba donde el desorden parecía haberse adueñado de cada rincón. Envoltorios, papeles arrugados y pequeños objetos se dispersaban por el suelo como si hubieran protagonizado una revolución silenciosa. Aquellos caos  generados por la chica de la moto roja  era el detonante de los constantes gritos de mi madre, quien no lograba comprender cómo podía vivir en medio de semejante desastre.

 

—¡Otra vez tu habitación hecha un desastre! ¿Cuándo vas a aprender a mantenerla limpia? —reclamaba cada día, con una mezcla de cansancio y desesperación.

 

Yo la escuchaba, a veces en silencio y otras con ese temperamento que parecía formar parte de mi personalidad más auténtica. No era que no me importara el desorden; simplemente, en medio de aquel caos, yo encontraba mi propio orden. Solo yo sabía dónde estaba cada cosa, incluso cuando parecía imposible encontrarla. Para los demás, mi habitación era un desastre; para mí, era un mundo que únicamente yo podía comprender.

 

Mi madre libraba una batalla diaria contra las prendas acumuladas, los envoltorios y los papeles que parecían multiplicarse de la noche a la mañana. Sin embargo, aquella habitación, que tantas veces la hacía perder la paciencia, se había convertido en mi refugio y, al mismo tiempo, en mi fortaleza.

 

Porque había días en los que el mundo exterior pesaba demasiado. Días oscuros en los que las palabras dolían, las preocupaciones se acumulaban y mi propia realidad parecía volverse difícil de soportar. Entonces cerraba la puerta, me alejaba de todo y buscaba refugio en la música de mi grupo favorito: BTS.

 

Sus canciones eran mucho más que melodías reproducidas a través de mis audífonos. Eran una compañía silenciosa, una voz que parecía comprender aquello que yo no sabía expresar. Mientras escuchaba sus canciones, podía olvidarme por unos instantes de mis problemas y sentir que no estaba tan sola. El color púrpura se convirtió en un símbolo de esperanza, y aquellas siete voces encontraron un lugar especial en mi corazón.

Mi habitación se transformaba entonces en un pequeño universo donde los problemas perdían fuerza y los sueños parecían posibles. Allí podía imaginarme frente a un escenario, rodeada de luces violetas, escuchando a miles de personas cantar al unísono. Y entre todas ellas, soñaba con estar yo, cumpliendo el anhelo de ver a BTS en persona, de comprobar que aquellos artistas que tantas veces me habían acompañado desde una pantalla existían más allá de mis sueños.

Pero había un pequeño detalle que convertía aquella pasión en un verdadero conflicto: mi reloj biológico parecía haber perdido el rumbo.

Las horas transcurrían sin que me diera cuenta. Lo que comenzaba como unos minutos escuchando música se convertía en una larga noche de canciones, videos y sueños. Cuando el resto del mundo descansaba, yo seguía despierta, atrapada en mi propio universo. Mi ciclo circadiano se confundía entre noches interminables y mañanas en las que levantarme parecía una misión imposible.

Y, por supuesto, aquello tampoco pasaba inadvertido para mi madre.

—¡Apaga eso y duerme de una vez! ¡Mañana no vas a poder levantarte! —gritaba desde el otro lado de la puerta.

Yo miraba el reloj, sorprendida al descubrir que las horas habían escapado sin pedirme permiso. Prometía que sería la última canción, el último video, el último momento antes de dormir. Pero bastaba escuchar los primeros acordes de otra melodía para que mi promesa se desvaneciera.

Así transcurrían mis días: entre el desorden de mi habitación, las discusiones con mi madre, mis horarios confundidos y el refugio que encontraba en BTS.

 

Quizá mi madre solo veía una habitación sucia y una hija que se resistía a obedecer. Tal vez yo tampoco comprendía del todo su preocupación ni el cansancio que le provocaba aquella lucha cotidiana. Éramos dos mundos distintos intentando encontrar un punto de equilibrio: ella, buscando orden en cada rincón; yo, intentando encontrar un poco de paz dentro de mí.

Con el tiempo, empecé a comprender que mi habitación no tenía que permanecer patas arriba para seguir siendo mi refugio. Que podía ordenar mis cosas sin renunciar a mi personalidad, cuidar mis horas de sueño sin abandonar mis sueños y escuchar mi música favorita sin perderme en el paso del tiempo.

Porque BTS seguiría allí, en mis canciones, en mis recuerdos y en esa ilusión que guardaba como un pequeño tesoro.

 

Y aunque todavía me quedaba mucho por aprender, había algo que tenía claro: algún día quería transformar aquel sueño en realidad. Quería dejar de imaginarme entre la multitud y sentir, por fin, la emoción de estar frente a ellos.

 

Quizá entonces comprendería que los sueños no están hechos para escondernos del mundo, sino para darnos fuerzas y salir a conquistarlo.

Mientras tanto, mi habitación seguía siendo mi pequeño universo. Un poco desordenado, sí; lleno de sueños, también. Y en algún rincón, entre los papeles del suelo y las canciones que nunca me cansaba de escuchar, continuaba brillando mi esperanza de vivir algún día el momento más esperado de mi vida.

Porque, a veces, detrás de una habitación patas arriba, existe un corazón que intenta encontrar su lugar en el mundo. Y el mío tenía un sueño de color púrpura: conocer a BTS. 💜

Thoughts

  • RodrigoLezama

    Dos tandas me tomó, causa, y en la segunda ya andaba del lado de la mamá golpeando la puerta. ¿El cuarto sigue igual de patas arriba o ya ganó ella?

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  • Joycereyes123

    Espero les guste, poco a poco iré publicando otros capitulos.

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“Mi habitación patas arriba y mi mundo de color púrpura”

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