El trueno de la descarga cerrada de los fusiles Comblain rasgó el silencio de plomo del puerto de madera, rebotando con violencia contra las fachadas coloniales y perdiéndose hacia la inmensidad de la plaza de armas de Iquique. Adentro del Transantiago, el estruendo congeló el aire helado del habitáculo. Iván y los once pasajeros que permanecían refugiados en la estructura en silencio sintieron la vibración metálica de las detonaciones sacudir los asientos de plástico. En mitad de la penumbra de la cabina, con la aguja del combustible rígidamente clavada en el número 12, la profesora Elisa apretó el garrote de roble contra su pecho y dio el aviso con una voz ronca que delató la urgencia del R.U.T.:
—Creo que es la señal para escapar... —dijo la docente, tragándose el pánico de las balas antiguas.
Iván, notablemente más repuesto de su letargo psicológico tras el llamado de las armas, se aferró al cuero gastado del manubrio con las venas de los brazos a punto de reventar. Giró la mirada inyectada en sangre hacia el pasillo del Transantiago, donde la madre abrazaba con fuerza a la única niña sobreviviente del limbo, y soltó la orden directa con una voz seca y cortante que se impuso al zumbido de la noche:
—¡ATENTOS, NOS MOVEMOS! ¡CUALQUIER COSA, BAJEN LA CABEZA O TÍRENSE LO MÁS CERCA DEL PISO!
El conductor hundió el pie con desesperación en el pedal de contacto, forzando los engranajes de la ingeniería maldita del R.U.T. Al instante, el motor diésel defectuoso reaccionó ante el petróleo biológico de las doce almas presentes: el bloque de fierro emitió un traqueteo pesado, agónico y rítmico que sacudió toda la carrocería abollada, mientras el tubo de escape arrojaba un humo negro intenso hacia las calles de tierra. La línea 500 comenzó a mover sus llantas de fierro lentamente, quedando en un estado de alerta máxima justo cuando el eco de la balacera de 1879 comenzaba a aproximarse de forma destructiva a la plaza.
El grupo de Byron sintió el silbido letal de las balas rasgando el aire a escasos centímetros de sus cabezas: un zumbido de plomo que les erizó la piel en mitad de la calle de arena batida. Fueron los diez segundos más largos de sus vidas; una eternidad congelada en la penumbra, todo para esperar la transmutación biológica en el charco negro y contener la respiración ante el avance de la infantería de 1879.
Mientras la fusilería militar iluminaba los callejones de pino Oregón con fogonazos de pólvora seca, la mujer se afirmaba la herida abierta del hombro izquierdo con su mano derecha buena, aguantando el dolor de su carne expuesta. En su palma ensangrentada ya no quedaba rastro de la tarjeta número 1999 del cazador caído; las implacables leyes financieras del R.U.T. habían cumplido su ciclo cronometrado en mitad del tiroteo. Aplicando su instinto y agilidad para el conteo rápido, sintió el peso exacto del metal transmutado: eran veintitrés monedas alma las que se habían transformado entre sus dedos, tintineando con un sonido gélido y limpio en mitad de la carnicería portuaria.
Uno de los cazadores tomó con firmeza a la mujer para ayudarla a escapar en mitad de la balacera, arrastrándola con fuerza mientras los soldados del retén operaban los cerrojos y preparaban los siguientes tiros en una columna rígida. La presión acústica de las armas coloniales era asfixiante, pero dos de los cazadores corpulentos lograron sincronizarse en un solo grito desesperado que quebró el trueno de la pólvora:
—¡HAY QUE SALIR DE AQUÍ DE UNA PUTA VEZ!
Byron, arrastrando las zapatillas con la frialdad cínica que le devolvía el control de la calle, no se movió hasta asegurar las pertenencias de la criatura muerta en el suelo. Se agachó en mitad de la tierra batida y recogió el botín completo que el cabo del siglo XIX había dejado al colapsar: un fusil Comblain de la infantería chilena y exactamente treinta y una monedas alma de plata pura. La avaricia y la prisa del delincuente santiaguino hicieron que el metal tintineara con fuerza en su casaca deportiva, provocando que una de las monedas se le soltara de los dedos y cayera a la arena dando un pequeño salto metálico.
Sin tiempo para agacharse a buscar la pieza perdida ante el siseo de los fusiles listos para ejecutar la sentencia, Byron desenvainó el corvo con la mano derecha, fijó sus pupilas en los pechos tiritones de su jauría y rugió la orden final hacia la penumbra de las casas de pino Oregón:
—¡CORRAN SEPARADOS A LA PLAZA!
El hombre le dijo a la mujer en un susurro desesperado, arrastrándola entre las sombras de las barracas de pino:
—Debes aguantar... Si llegamos al bus, solo tendrás que regenerarte.
La lógica de la micro ensangrentada era su única esperanza frente al destrozo del hombro, pero el tiempo en el callejón se agotó por completo. Desde la columna rígida de la infantería chilena, la disciplina marcial del R.U.T. cayó sobre los fugitivos como un mazo de hierro. Las voces coloniales rompieron la penumbra en un eco ensordecedor que precedió al trueno de la pólvora antigua:
—¡APUNTEEEN...! ¡FUEGOOOO!
La infantería se preparaba con rigidez marcial para iniciar la persecución por las calles de tierra, dejando que el humo denso de la pólvora flotara entre las barracas. En mitad de la noche, la distancia se convertía en la única aliada para el grupo de cazadores que esprintaba entre las sombras de las casas buscando ponerse a resguardo del plomo.
Sin embargo, el daño biológico comenzó a pasar la cuenta en el callejón. La mujer, debilitada por el impacto limpio y la salida de proyectil, junto al cazador que la arrastraba, comenzaron de a poco a quedarse atrás del resto de la jauría que corría por sus vidas. Sintiendo que las fuerzas se le escapaban y que los soldados les recortaban los metros con el siseo de los fusiles listos, ella miró al hombre y le dijo en un susurro ronco, forzando la marcha sobre la arena:
—Es mejor que te marches... o vas a morir.
El cazador corpulento apretó los dientes, aguantando el pánico de las botas militares que resonaban cada vez más cerca a sus espaldas, y se negó a soltarla, jalando su cuerpo con una desesperación pura parida por el limbo:
—No puedo dejarte aquí después de todo lo que pasamos —le contestó el hombre con la voz quebrada, afirmándola con más fuerza—. Vamos... ¡hay que seguir!
—Si tienes algo que vale la pena salvar, debes continuar —le respondió él, inyectándole una última cuota de fe en mitad de la noche de Iquique.
La mujer, al escuchar esas palabras resonando en mitad de la balacera, sacó fuerzas de flaqueza de lo más profundo de su ser para continuar arrastrando las botas sobre la tierra, ignorando el dolor agónico del hombro izquierdo desgarrado. A unos metros de distancia, el resto del grupo de cazadores, completamente agotado por el sprint desesperado, comenzó a disminuir la velocidad al aproximarse a las inmediaciones de la plaza de armas, con los pulmones ardiendo y los corvos aún firmes en las manos.
La mujer, con el sangrado tiñendo de alquitrán su ropa y el agotamiento físico cercándole las extremidades, decidió detenerse en seco sobre la tierra batida, rehusándose a dar un solo paso más.
—Lárgate... te daré tiempo —le siseó con una voz ronca que arrastraba el frío de la noche portuaria, dispuesta a quedarse atrás para frenar a la infantería.
La discusión estalló entre ambos en mitad de la penumbra, atrapados en un pulso desesperado por continuar la marcha hacia las luces de la plaza. El hombre, negándose a dejarla morir en la calzada de arena, metió la mano en su ropa, sacó la cantimplora metálica de campaña y se la plantó de frente con los nudillos blancos.
—Esta es tu última oportunidad —le dijo con la voz quebrada por la prisa y la adrenalina—. Bebe y continuamos.
La mujer agarró la cantimplora metálica con dedos tiritones y bebió un trago largo, desesperado. El impacto del brebaje de 1879 en su sistema fue fulminante: al segundo de tragar el líquido denso, el dolor agónico del hombro izquierdo desgarrado se le apagó de golpe, como si le hubieran inyectado cemento congelado directo en las terminaciones nerviosas. Una corriente eléctrica y violenta le recorrió los músculos, y el sangrado negro de alquitrán pareció contenerse desde el interior de los vasos sanguíneos cauterizados. Sintiéndose poseída por una fuerza súbita que le devolvió el pulso a la carne, le devolvió el contenedor al cazador, clavó sus pupilas en la boca del callejón y reanudó la marcha sobre la tierra batida con una velocidad renovada.
La trayectoria hacia la plaza se volvió eterna: una marcha agónica entre las sombras de las barracas donde cada metro de tierra pesaba como el plomo. El grupo de cazadores logró desembocar finalmente en el centro del puerto antiguo, con los pulmones ardiendo y los corvos militares aún firmes en las manos; pero al levantar la vista, el horror los frenó en seco. Con una mezcla de terror, rabia y frustración absoluta, vieron que el Transantiago no estaba por ningún lado: el espacio en la plaza de armas yacía completamente vacío, borrado por la penumbra de la caleta.
El brutal agotamiento de la carrera, sumado al impacto kármico de verse abandonados a pie frente al siseo inminente de los fusiles, les dejó un profundo sentimiento de entrega y derrota. Byron bajó lentamente el cañón del Comblain que capturó en el callejón, barrió la nada blanca con sus pupilas desorbitadas y rugió hacia la neblina del puerto antiguo con una voz ronca impregnada de desprecio:
—¡TANTO NADAR PARA MORIR EN LA ORILLA!
Dos soldados de la infantería doblaron la esquina a paso marcial y desembocaron en mitad de la plaza de armas de Iquique, plantándose firmemente sobre la tierra batida con los fusiles Comblain listos para ejecutar la sentencia. El cañón de acero apuntó directamente a los pechos tiritones de la jauría, bloqueando cualquier intento de escape en mitad de la caleta. El grito de los militares retumbó con una solemnidad marcial que congeló el frío aire marino:
—¡NO SE MUEVAN!
Al verse cercados en mitad del espacio vacío, sin la carrocería de la línea 500 y con las botas coloniales recortándoles los metros, el grupo de cazadores colapsó ante el peso del agotamiento. La rabia dio paso a un profundo desamparo. Entregados por completo a su suerte en el caliche del puerto de palo, Byron y los otros seis sobrevivientes del bando levantaron lentamente los brazos en un silencio mafioso de derrota absoluta.
La mujer, sintiendo la fuerza súbita y violenta de la chupilca del diablo quemándole las venas, se iba a lanzar de frente en un contraataque suicida contra los soldados, cuando de pronto dos potentes luces altas cortaron la oscuridad del puerto, dejando completamente ciegos a los militares. Era Iván al volante del Transantiago, reapareciendo en mitad de la plaza de armas a toda velocidad. Sin titubear, el conductor hundió el pedal acelerando la máquina y atropelló de lleno a los soldados con la carrocería de metal moderna.
Los militares quedaron heridos y tendidos sobre la tierra batida. Los cazadores, reaccionando con los códigos rápidos de la calle, aprovecharon el segundo exacto para abalanzarse encima y terminarlos a puros golpes de corvo. Al extinguirse la carne de las criaturas, el caliche de la plaza activó de inmediato sus leyes financieras: exactamente setenta y ocho monedas alma brotaron del suelo con un tintineo pesado mientras Elisa se asomaba por una de las ventanas rotas y les pedía a gritos que subieran rápido a la micro, que tenían que escapar antes de que el resto del retén les cerrara el paso.
La jauría se abalanzó por los peldaños de metal corrugado y, en el milisegundo exacto en que la aguja del tablero modificado dio saltos mecánicos marcando los diecinueve cuerpos y se fijó rígidamente en el número 19, Iván cerró la puerta neumática con un siseo de aire comprimido. El motor biológico reaccionó con un traqueteo pesado y agónico, y aceleraron a fondo perdiéndose en la oscuridad en dirección al sur profundo.
Con la carrocería vibrando entre el humo negro del escape, Byron se arrastró por el pasillo hasta la cabina delantera, guardando el acero en su cinturón, y se acercó a Iván con una sonrisa torva pintada en los labios:
—¡Primera vez que me alegro de verte, weón!
Iván, aferrándose al manubrio con las pupilas dilatadas y el pulso tiritón tras el impacto, miró el dial del tablero y luego le contestó de frente con una voz seca y cortante:
—¡Hay uno menos en el marcador, Byron!... Espero que no hayas sido tú.
Byron soltó una risa ronca, acomodándose la casaca, el fusil y el nuevo botín de plata, y le respondió clavándole una mirada paranoica:
—¡No todo en este infierno va a ser mi culpa! ¿O no, mi querido Iván?... ¡A veces solo hay que cargar culpas y seguir!
La mujer se dejó caer pesadamente sobre la cuerina rota de uno de los asientos del pasillo, soltando el aire en un ahogo áspero mientras la adrenalina del escape comenzaba a disiparse. Fue en ese milisegundo de quietud que las secuelas de la chupilca del diablo se le dejaron caer encima como un zarpazo biológico y tardío.
La anestesia química que le había congelado los nervios y contenido el alquitrán negro se apagó de golpe, y el dolor del hombro izquierdo desgarrado regresó con una violencia destructiva, haciéndola retorcerse contra la estructura metálica del Transantiago. Un sudor pastoso con un penetrante olor a azufre y pólvora quemada le brotó de inmediato en la frente, tiñéndole la piel de un matiz pálido en mitad de la penumbra del bus. Las venas de su cuello y del brazo herido comenzaron a inflamarse de forma visible, adoptando un color gris metálico y rígido bajo la tela de su ropa, mientras una fiebre repentina le encendía las sienes.
Intentó respirar para calmar el tiritón salvaje de su mandíbula, pero la pólvora mística del brebaje de 1879 ya le había acartonado las mucosas de la garganta; la mujer abrió la boca reseca, pero no pudo emitir más que un coágulo espeso de esa sangre negra como el petróleo y un susurro ronco, ahogado por el amargo sabor del nitrato que le taladraba el sistema.
El cazador se sentó pesadamente a su lado en el asiento corrugado, mirándola con fijeza paranoica mientras el motor diésel traqueteaba de fondo en mitad de la noche.
—Debes descansar —le dijo el hombre en un susurro seco—. Hasta que te regeneres.
La mujer, aguantando la fiebre de la pólvora y los latigazos de dolor de sus nervios expuestos, lo miró fijamente. Rompiendo por un segundo la rigidez de la calle, levantó su mano derecha y le dio una caricia suave en la mejilla, dejando una mancha pastosa de esa sangre negra sobre la piel del hombre.
—Gracias por no abandonarme —le contestó ella con una voz ronca que apenas quebró el siseo neumático del bus—. Y dime Tamara.