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Capítulo 6: Bus al sur

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El frío paridor de la pampa calaba los huesos, pero adentro de la cabeza de Byron el infierno ardía a otra temperatura.

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El frío paridor de la pampa calaba los huesos, pero adentro de la cabeza de Byron el infierno ardía a otra temperatura.

Al terminar el efecto brutal de la chupilca del diablo, el subidón de fuerza sobrehumana y la sed de sangre se apagaron de golpe, dejando una resaca química espantosa en su cuerpo. Byron sintió una leve fiebre que le hizo brotar un sudor pastoso en la frente, acompañado de un zumbido agudo y persistente en el oído derecho, como el eco sordo de una detonación de pólvora que se negaba a desaparecer. El caliche del desierto parecía flotar ante sus ojos, distorsionando levemente las siluetas de las rocas en la penumbra.

Tragando saliva pastosa con sabor a azufre, Byron se dio la vuelta hacia los siete cazadores sobrevivientes que lo escoltaban en mitad de la geografía irregular. El cadáver del viejo de la tarjeta 111 ya se había disuelto en el suelo, y las veinticinco monedas alma pesaban de forma real en su casaca deportiva. Los hombres lo miraban fijos, contagiados por el morbo y esperando la orden para volver al oasis.

Byron se aclaró la garganta de forma ronca, clavándoles una mirada inyectada en sangre para imponer su autoridad callejera:

—Debemos regresar —les ordenó en un susurro cortante, conteniendo el malestar de la fiebre—. Yo hablaré con el resto y ustedes me apañan.

Los cazadores asintieron en un silencio mafioso, apretando los mangos de los corvos chilenos bajo la ropa. El pacto de sangre estaba sellado y el bando de los ocho caminó de vuelta hacia las luces mortecinas del retén de adobe, listos para enfrentar a los que se quedaron en el retén y forzar el inicio del viaje hacia el sur profundo.

Al llegar a las afueras de Cuya, las dos estatuas gigantescas de las momias Chinchorro volvieron a recortarse como centinelas mudos en la penumbra del oasis. El bando de los ocho avanzaba a paso firme por el camino de tierra, con Byron aguantando las punzadas de la fiebre y el zumbido sordo que le taladraba el oído derecho.

Bajo la barrera metálica oxidada, el soldado de la Guerra del Pacífico reconoció la silueta de Byron desde la distancia. Notó de inmediato el andar pesado, los hombros rígidos y la mirada desorbitada del líder interino. El guardia del siglo XIX soltó una sonrisa lúgubre bajo su quepis descolorido y llamó al oficial con un grito marcial.

El sargento de 1879 cruzó la berma a paso lento y se colocó al lado del soldado, apoyando una mano en la cartuchera de cuero gastado mientras veía al bando de los cazadores aproximarse en un silencio mafioso. El soldado se inclinó levemente hacia su superior, apuntando a Byron con los ojos en un gesto cargado de una burla macabra:

—Sargento... creo que alguien ya probó el vinito.

El sargento no pestañeó. Clavó sus ojos de caliche en el sudor pastoso de Byron y luego paseó la vista de forma lenta, contando una a una las siluetas del grupo de cazadores que venía detrás en un silencio mafioso. Al notar de inmediato el espacio vacío que dejaba el anciano del número 111, el oficial exhaló una bocanada de aire helado, se acomodó el quepis descolorido y miró de reojo a su subordinado con una mueca de cínica decepción.

—Y con uno menos... —le respondió el sargento al soldado, bajando la voz con una frialdad corporativa—. Qué lástima perdernos el final. Tengo curiosidad de cómo va a justificar la pérdida.

Las palabras del militar de 1879 flotaron en la neblina del oasis como una sentencia muda. Byron escuchó el murmullo a pesar del zumbido agudo que le taladraba el oído derecho. Apretó las mandíbulas, sintiendo el peso real de las veinticinco monedas alma nuevas quemándole el bolsillo de la casaca, pero no se detuvo. Siguió marchando a paso firme, escoltado por sus siete cómplices que tiritaban por la fiebre de la pólvora.

El sargento y el soldado se quedaron atrás, estáticos bajo las dos estatuas gigantescas de las momias Chinchorro, observándolos con una morbosa expectación mientras la jauría abría la puerta del retén para enfrentar al resto de sobrevivientes.

Adentro de la oficina de adobe, el boche de la asamblea seguía rebotando contra las paredes de barro sin llegar a ninguna parte. Fue en mitad de ese caos inútil que Iván, apoyado contra el mesón de madera astillada, tomó un breve momento de cordura. El chofer parpadeó, sacudiendo la cabeza como si lograra espantar por un segundo el grito infantil que le taladraba la mente, miró fijamente a la profesora y le dijo con una voz ronca y urgente:

—Hay que prepararse para partir, Elisa. Hay que mover la máquina ya.

Elisa se dio la vuelta para responderle, pero el chirrido de la puerta de madera la interrumpió de golpe. Byron entró al retén arrastrando las zapatillas, con el rostro pálido por la fiebre, un sudor pastoso de azufre pegado a la frente y escoltado en bloque por sus siete cazadores mudos.

La profesora paseó la vista por el grupo con una desconfianza inmediata y notó al tiro el espacio vacío. El conteo de las almas no cuadraba. Elisa dio un paso al frente y le preguntó directamente a Byron, clavándole una mirada paranoica:

—¿Dónde está el caballero del fondo?

Byron sintió que el zumbido del oído derecho le daba un latigazo sordo, pero la frialdad de la calle santiaguina se impuso a la calentura de la chupilca. Sostuvo la mirada de la profesora, escupió al suelo un coágulo espeso de esa sangre negra como el petróleo que le brotaba de las encías y soltó su mentira con una voz seca y cortante:

—Al viejo... al viejo le dio la pálida por el frío. Le dio un infarto al corazón y se cayó a una grieta de caliche. Salir a sacarlo era suicidio, weón. El que es lastre, caga solo. Subámonos a la micro ahora mismo si no quieren terminar igual.

El silencio que siguió a la amenaza de Byron congeló el retén de Cuya de forma definitiva. Los siete cazadores dieron un sutil paso al frente, apretando los mangos de los corvos bajo sus chaquetas para apañar la versión del nuevo líder. La masa de pasajeros desarmados se tragó las quejas, asumiendo con terror que las reglas de la micro ensangrentada habían cambiado para siempre y que el viaje hacia el sur profundo ya no tenía boleto de retorno.

El silencio de muerte que había dejado la amenaza de Byron se rompió por el golpe seco de las botas del sargento. El oficial de la Guerra del Pacífico entró firmemente en la oficina de adobe cargando varios mapas del desierto amarillentos y desgastados por el caliche. Sin pedir permiso, barrió con el brazo los restos de paja de la mesa y desplegó en el mesón central el mapa más grande, cuyas líneas rústicas dibujaban la geografía del norte profundo de 1879.

Las veinticinco sombras se agolparon alrededor de la mesa, tiritando de terror, mientras el militar ponía un dedo grueso y curtido sobre una marca borrosa.

—Estamos justo aquí —les dijo el sargento, con una voz marcial que acalló cualquier murmullo—. Deben tomar este camino hacia el sur. El camino es expedito, pero si la camanchaca aparece, deben detenerse de inmediato y quedarse todos juntos dentro del bus. No importa lo que escuchen, ¡no salgan del bus! Allá afuera las planicies cobran deudas que ustedes no pueden pagar.

Byron, aguantando la fiebre de la pólvora y el zumbido sordo del oído, miró fijamente el trazo del mapa que se internaba en la Cuesta de Chiza. Sus cazadores mantuvieron las manos en los corvos, procesando la advertencia. De pronto, el sargento levantó la vista, ignoró por completo a Byron y clavó sus ojos de piedra directamente en el chofer, dándole un empujón en el hombro.

—Señor Iván, más le vale reaccionar de una vez por todas —le espetó el militar de infantería, furioso y desprovisto de compasión—. Me tiene enfermo su actitud cobarde. ¡El grupo depende de usted, carajo!

Iván dio un paso atrás, con el bofetón de la mejilla todavía ardiéndole y la mente tiritando bajo el peso del shock. La profesora Elisa lo afirmó por la espalda, mirando con odio al sargento, mientras Byron sonreía para sus adentros, sabiendo que la reprimenda llegaba demasiado tarde.

El sargento retiró su dedo del mapa y dio media vuelta, dejando las cartas de campaña sobre el adobe. El destino del Transantiago de la línea 500 estaba echado y la ruta hacia el sur profundo los esperaba en la oscuridad de la noche.

—La estadía se acaba hoy —los sentenció el sargento, con una voz de hierro que no admitía réplicas—. Se largan de mi pueblo. Quisiera ayudarlos, pero los civiles no pueden pelear y su mente es frágil como el papel. Señor Iván, suban al bus, no pierdan más tiempo. Si hoy aparece la camanchaca, no podrán seguir.

No hubo espacio para quejas. Las veinticinco sombras se movieron en tropel, tiritando por el frío y el miedo, empujándose de forma paranoica hacia la salida del retén de adobe para abordar el Transantiago de la línea 500 antes de que los soldados usaran la fuerza.

—¡Dense prisa! ¡Suban todos! —ordenaba Elisa, arreando a las familias y a los tres niños sobrevivientes que se envolvían con fuerza en las mantas ásperas de los pertrechos.

Iván, notablemente más repuesto del letargo psicológico tras la orden directa del sargento, subió los peldaños de la cabina y se acomodó al volante. Su mano derecha, aún tiritona, giró la llave en el tablero muerto de la línea 500. Las puertas neumáticas se cerraron con un siseo de aire a presión y, con un quejido pesado de los engranajes, comenzó el viaje al sur.

—Adiós, sargento... Gracias por todo —alcanzó a murmurar Iván a través de los restos del marco astillado de su ventana.

Bajo las dos estatuas gigantescas de las momias Chinchorro, el sargento y el soldado se quedaron parados en la berma de tierra. El soldado del siglo XIX se acomodó el quepis descolorido y se inclinó levemente hacia su superior, mirando fijamente la micro herida que comenzaba a avanzar hacia la inmensidad de las planicies oscuras.

—Sargento... ¿cree que este grupo encuentre la salida? —preguntó el subordinado en un murmullo seco, quebrado por la neblina.

El oficial de la Guerra del Pacífico no se movió. Siguió con la vista los focos moribundos de la máquina de Santiago hundiéndose en la boca del desierto profundo y le respondió con una frialdad corporativa que congeló el aire del oasis:

—Ya perdí la esperanza hace muchas décadas... Y este grupo es el más débil mentalmente.

El bus encendió sus focos amarillentos y, cortando la penumbra del desierto profundo, empezó a transitar por el sinuoso camino de tierra que salía de Cuya. El avance era lento y rumoroso. Las huellas del brutal ataque de la Quebrada de Camarones aún estaban presentes en la estructura metálica: la carrocería venía abollada y los varios vidrios rotos hacían que el frío paridor de la noche nortina entrara de lleno en el bus, azotando los rostros de las veinticinco almas sobrevivientes que viajaban sumidas en una paranoia muda.

El rugido diésel del Transantiago era el único sonido que quebraba la inmensidad muerta de la pampa. La monotonía del camino lentamente empezó a nublarse. Al principio, finas hilachas grises cruzaron la carretera de asfalto, pero a los pocos minutos una niebla leve empezaba a envolver el paisaje iluminado por los focos. La bruma avanzaba con una rapidez espantosa, colándose con violencia por los marcos vacíos y los vidrios rotos de la línea 500, lamiendo los asientos y trayendo consigo el frío paridor del océano.

El aire se volvió espeso, blanco y helado. La visibilidad cayó en picada, volviéndose cada vez más densa hasta que ya no se lograba ver ni a cinco metros de la iluminación de los focos delanteros. El desierto profundo había desaparecido; ahora solo existía un muro de vapor ciego.

Con el pulso tiritón y la soga al cuello por la advertencia militar, Iván hundió el pedal del freno a fondo. El bus se detuvo en seco con un quejido neumático en mitad de la Cuesta de Chiza. Las veinticuatro sombras del pasillo se quedaron mudas, conteniendo el aliento en la penumbra helada.

Iván soltó el volante, miró fijamente la muralla blanca a través del parabrisas trizado y murmuró con la voz quebrada por el pánico:

—Esto... esto debe ser la camanchaca.

Thoughts

  • Nicomedes

    Puchis, el sargento le pega a Ivan y todavia le dicen gracias por todo. yo me quedaba en Cuya con las momias

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  • Baltasar

    Con niebla cerrada en el mar uno para las máquinas y escucha, no queda otra. Por eso me dejó intranquilo la orden del sargento de no salir del bus: con camanchaca lo primero que hace la gente es querer asomarse a mirar, y alguien de esos veinticinco lo va a hacer.

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  • media_idea_nomas

    Pues el sargento ya lo dijo en voz alta, el grupo más débil de todos. Lo del retén apostando a ver quién se rompe antes se confirmó. Igual Iván los contradice en la camanchaca, no sé.

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  • DanielaPosteos

    ¡Byron mintiendo con la boca llena de sangre negra y los siete cazadores dando el pasito al frente con los corvos! Ahí se acabó la asamblea, ya no hay votación que valga. Y el sargento sabe perfectamente lo del viejo del 111 y lo deja pasar, porque quiere ver el final desde la berma. Para mí ahora da más miedo él que Byron. ¿Cuya es lo último que vemos del sargento?

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  • AEJOVENICH

    Este capítulo maneja con maestría la tensión entre el liderazgo violento de Byron con la frialdad anacrónica de los soldados de 1879. Buen capítulo.

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  • Ultraceba
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