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LA GRAN DEPRESION.

Franfauchile

Contenido de la publicación

capitulo 2

—Sé lo que estás haciendo en la bodega del viejo Donato. Estás desperdiciando tu talento con un viejo amargado que te paga una miseria. Vente a trabajar conmigo. Te ofrezco cinco pesos diarios —el doble de lo que ganas—, un escritorio limpio en mi oficina y no tendrás que volver a tocar una pala de carbón en tu vida. ¿Qué dices?

Cinco pesos al día, en plena crisis de 1930, era una fortuna para un joven. Significaba mejor ropa, ayudar a su familia y asegurar el futuro en una época donde la gente se peleaba por las sobras en las ollas comunes. Francisco sintió la tentación en el pecho; el dinero le quemaba los pensamientos.

Llegó a su modesta pieza esa noche y no pudo dormir. Puso sobre la mesa su cuaderno de notas y empezó a aplicar lo que mejor sabía hacer: analizar con criterio y frialdad, pero esta vez no sumó números, sino valores humanos.

¿Cuánto vale la palabra de un hombre en tiempos difíciles?

Tras un largo desvelo, Francisco utilizó su criterio analítico y su ética para evaluar la propuesta, llegando a tres conclusiones fundamentales:

El viejo le había dado una oportunidad cuando nadie más creía en él. Aunque era hosco, don Donato jamás le había fallado con el sueldo del sábado, cumplía su palabra a rajatabla y le había entregado las llaves y la confianza ciega de su negocio. La lealtad no se vende por unas monedas más.

Don Aurelio no lo buscaba por admiración a su talento, sino para destruir a su rival. Sabía que, si le quitaba el «cerebro» a don Donato, la bodega del viejo caería. Una vez logrado el objetivo, ¿qué le impediría a un hombre sin escrúpulos como Aurelio despedir a Francisco o reemplazarlo por alguien más barato?

En la bodega actual, Francisco estaba construyendo algo propio, era el pilar del negocio y tenía libertad para innovar. Con Aurelio, sería solo un empleado más en una maquinaria grande y fría.

El lunes por la mañana, antes de entrar a la bodega, Francisco divisó el auto negro de don Aurelio estacionado a una cuadra de distancia. El empresario esperaba la respuesta con la seguridad del que cree que todo tiene un precio.

Francisco se acercó a la ventanilla, se quitó la gorra en señal de respeto, pero mantuvo la mirada firme.

—Agradezco mucho su oferta, don Aurelio —dijo Francisco con voz clara—. Es mucha plata, especialmente hoy en día. Pero me voy a quedar con don Donato.

Don Aurelio frunció el ceño, incrédulo, y escupió el humo del puro.

—¿Estás loco, muchacho? Te estoy ofreciendo el doble de lo que te da ese viejo seco. Te vas a morir de hambre por orgullo.

—No es orgullo, caballero, es criterio —respondió Francisco con una sonrisa templada—. Don Donato me dio la mano cuando la calle estaba vacía. Si yo le doy la espalda hoy por unos pesos más, mañana cualquiera le pondrá un precio a mi honestidad en su oficina. Y un contador que se vende al mejor postor no vale nada. Que tenga buen día.

Francisco dio media vuelta y caminó hacia la bodega. Al cruzar el portón, sintió el familiar olor a aserrín, tierra y carbón. Don Donato ya estaba allí, ordenando unas maderas, y lo miró de reojo. Francisco se amarró su delantal de lona con fuerza. No tenía los cinco pesos de don Aurelio, pero tenía algo mucho más valioso en 1930: una reputación inquebrantable y el control absoluto de su propio destino.

Francisco entró a la bodega colgando su gorra en el clavo de la entrada. El ambiente adentro estaba inusualmente silencioso; el único sonido era el crujido de las pesadas botas de don Donato sobre la tierra suelta. El viejo estaba arrastrando un tronco de espino, pero lo hacía sin prisa, con la mirada clavada en el suelo.

Al sentir los pasos de Francisco, el dueño de la bodega se enderezó lentamente. Se limpió las manos sudorosas en los costados de su pantalón y clavó sus ojos grises en el muchacho. La sospecha flotaba en el aire, densa como el polvillo del carbón.

—Te vi en la esquina, Francisco —soltó el viejo a bocajarro, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Vi el auto de Aurelio. Ese infeliz no se detiene en mi calle para comprar un saco de leña. ¿Qué quería contigo?

Francisco no titubeó. Se acercó al mesón, colocó el libro de contabilidad en su lugar y miró de frente a su patrón. Sabía que, en 1930, una mentira a medias podía destruir la confianza más rápido que una quiebra económica.

—Me ofreció trabajo, don Donato —respondió Francisco con total tranquilidad.

El viejo pareció encogerse un milímetro bajo su abrigo. Su mano derecha, de manera inconsciente, buscó el borde de la balanza para apoyarse. Sabía perfectamente que, si el muchacho se iba, la bodega volvería al caos y las deudas lo ahogarían de nuevo.

—¿Y? —preguntó don Donato, intentando mantener la voz firme, aunque la mandíbula le temblaba ligeramente—. ¿Qué te ofreció ese ricachón?

Francisco habló con la misma claridad con la que anotaba los números en el libro:

«Me ofreció cinco pesos diarios. El doble de lo que gano aquí».

«Un escritorio limpio en su oficina del centro y no volver a tocar una pala ni un saco de carbón».

«No me quiere a mí por mis lindos ojos, patrón. Lo que quiere es quitarle a usted el orden que estamos armando para dejarlo caer. Me usó como una pieza de ajedrez».

Don Donato guardó silencio. Cinco pesos al día era una cifra astronómica para un peón en esos años de crisis. El viejo bajó la cabeza, resignado. En su mente, ya daba al muchacho por perdido. ¿Quién en su sano juicio rechazaría esa fortuna para quedarse paleando carbón en un callejón cochambroso?

—Bueno... —masculló el viejo, mirando hacia la puerta con amargura—. Supongo que viniste a buscar tus cosas. No puedo culparte, muchacho. Cinco pesos son cinco pesos, y yo no puedo pagarte eso ni vendiendo la bodega entera.

Francisco sonrió con un deje de calidez y caminó hacia el estante para tomar su delantal de lona gruesa.

—Se equivoca, patrón. Si hubiera querido aceptar, ya estaría arriba de su auto negro camino al centro. Le dije que no.

Don Donato levantó la cabeza de golpe, con los ojos abiertos como platos. La sorpresa borró por completo la amargura de su rostro.

—¿Que le dijiste qué? ¿Estás demente, Francisco? ¡Es el doble de tu sueldo!

—Le dije que mi ética y mi criterio no tienen precio, don Donato —explicó el joven mientras se amarraba el delantal con un nudo firme—. Usted me dio la mano cuando la calle estaba llena de hombres con hambre y los bolsillos vacíos. Me dio su confianza, me dejó manejar sus libros y me dio un lugar donde mi educación sirve para algo. Don Aurelio compra hombres como compra sacos de carbón; el día que ya no le sirva, me tira a la calle. Aquí, lo que estamos construyendo es real. Mi palabra vale más que los cinco pesos de ese caballero.

Un silencio espeso volvió a caer en la bodega, pero esta vez ya no era de sospecha, sino de un profundo y mutuo respeto. Don Donato se quedó mirando al muchacho por un largo rato. Por primera vez desde que Francisco lo conocía, al viejo se le humedecieron los ojos, aunque se apuró a restregárselos con el dorso de la mano para disimular.

Se acercó a Francisco, le dio una palmada ruda pero afectuosa en el hombro, que le sacudió el polvillo del delantal, y carraspeó con fuerza.

—Eres un tipo raro, Francisco. Demasiado decente para este mundo de tramposos —dijo el viejo, recuperando su tono firme—. Escúchame bien: cinco pesos no te puedo pagar, porque la crisis nos tiene del cogote. Pero el negocio ha mejorado gracias a tus inventos. A partir de hoy, tu sueldo sube a tres pesos con cincuenta centavos al día. Y ya no eres el peón nuevo... eres el administrador de la bodega.

Don Donato caminó hacia la entrada de la bodega y miró hacia la calle, como desafiando al viento frío de 1930.

—Ahora, a trabajar —ordenó el viejo con una sonrisa oculta bajo el bigote—. Que ese libro de contabilidad no se va a llenar solo y tenemos mucha leña que vender antes de que nos pille la noche.

La mañana del jueves comenzó con un frío gris que amenazaba tormenta. Sentado frente a su flamante libro de contabilidad, Francisco sacaba cuentas. El invierno estaba en su punto más alto, pero la crisis de 1930 hacía que el dinero se moviera con pies de plomo. Don Donato entró al galpón frotándose las manos toscas, preocupado por el costo de mantener tanta mercadería paralizada.

—Patrón —dijo Francisco, levantando la pluma—, he estado revisando los números del mes pasado. Tenemos demasiada plata atrapada en los cerros de leña de eucalipto del fondo. Si el clima cambia o si la cesantía sigue subiendo, nos vamos a quedar con madera preciosa pudriéndose y sin un centavo en la caja. Tengo una propuesta para cambiar la forma en que compramos.

Don Donato se detuvo junto al mesón, frunciendo el ceño con desconfianza protectora.

—¿Cambiar la forma de comprar? Francisco, uno compra cuando el galpón se vacía y vende cuando el cliente asoma la nariz. Así ha sido siempre.

—Sí, patrón, pero en 1930 la plata no sobra —explicó Francisco con voz templada—. Propongo implementar un sistema de ventas contra pedidos. En lugar de adivinar cuánto vamos a vender y arriesgar nuestro capital, vamos a asegurar la venta primero y, de acuerdo con eso, haremos las compras exactas a los proveedores.

Ante la mirada escéptica del viejo, Francisco abrió su cuaderno de notas y desglosó su estrategia basada en el criterio comercial y la aritmética básica:

Francisco ya había conversado con las tres panaderías del barrio y los dos restoranes de la plaza. Les propuso un trato: si ellos aseguraban un pedido fijo semanal mediante una nota firmada, la bodega les garantizaba un descuento del 5 % y prioridad absoluta de entrega, sin importar las heladas o la escasez.

Con la lista de pedidos asegurados los viernes, Francisco calcularía la cantidad exacta de toneladas que necesitaban. El sábado por la mañana, don Donato les compraría a los carreteros del río únicamente lo que ya estaba vendido.

Al no tener dinero durmiendo en pilas de carbón o leña que tardaban meses en salir, la bodega mantendría dinero en efectivo disponible para cualquier emergencia o para aprovechar ofertas relámpago de proveedores desesperados.

Don Donato se rascó la oreja, masticando la idea con la desconfianza propia de un hombre que solo creía en lo que podía tocar con las manos.

—A ver, letrado... El plan suena muy bonito en el papel —rezongó el viejo—. Pero el cliente de a pie, la dueña de casa que viene por medio saco de carbón para el brasero, esa no te va a hacer un pedido con una semana de anticipación. Viene con la moneda en la mano cuando el frío le aprieta los dedos.

—Y para ellos seguiremos teniendo un inventario pequeño, el mínimo indispensable —respondió Francisco, anticipándose a la objeción—. Pero el verdadero negocio, el que nos mueve la aguja del dinero, son los grandes consumidores. Si aseguramos a las panaderías y restoranes, el pequeño comprador será pura ganancia limpia. Además, al comprarle a los carreteros con la plata ya asegurada en el bolsillo, podemos exigirles mejores precios por volumen.

Don Donato miró las columnas del libro de contabilidad, donde cada peso estaba registrado con una pulcritud que rozaba el arte. Sabía que el muchacho no fallaba en sus análisis. Se quitó el sombrero, lo sacudió contra la rodilla y soltó un largo suspiro que se transformó en vapor por el frío.

—Está bien, administrador —asintió el viejo, usando el nuevo título de Francisco con un deje de orgullo—. Prepara esas notas de pedido y ve a ver a los panaderos. Si logras que firmen este compromiso, tú mismo manejarás los tratos con los carreteros el fin de semana. Vamos a ver si tu famosa contabilidad puede ganarle al invierno.

Francisco no perdió un solo minuto. Con el libro de contabilidad bajo el brazo y una buena dosis de determinación, recorrió las calles empedradas del barrio. Visitó primero a don Basilio, el boticario, luego al dueño del restorán «El Húngaro» y, finalmente, a los tres panaderos de la zona. Al principio, los comerciantes lo miraron con desconfianza —en 1930 nadie firmaba nada a ciegas—, pero la elocuencia de Francisco, respaldada por la promesa de un 5 % de descuento y la garantía de tener la leña en su puerta antes de que el frío apagara los hornos, los terminó por convencer.

Para el viernes en la tarde, Francisco regresó a la bodega con cinco contratos firmados con el pulgar o con firmas temblorosas. El sistema del «inventario justo» se puso en marcha.

El sábado por la mañana, cuando los carreteros del río llegaron con sus cargas, se encontraron con una sorpresa. Don Donato ya no negociaba a gritos ni a ciegas. Francisco, lápiz en mano, los esperaba con las cantidades exactas anotadas.

Solo se compró lo que las panaderías y restoranes ya habían pagado por adelantado. Ni un tronco más, ni un tronco menos.

Como la bodega tenía el dinero en efectivo contante y sonante (gracias a los anticipos), Francisco logró bajarle un 8 % el precio a los carreteros, quienes preferían ganar un poco menos, pero asegurar la plata de inmediato para llevar comida a sus casas.

Las carretas entraban, descargaban en las zonas delimitadas con tiza y, casi de inmediato, los peones salían a despachar los pedidos asegurados.

A mediodía, el patio de la bodega estaba completamente despejado, las chimeneas del barrio humeaban gracias al combustible fresco y la caja de madera de don Donato estaba más pesada que nunca.

En una época donde las quiebras, el desempleo y las ollas comunes eran el pan de cada día, ver un negocio florecer de la noche a la mañana era casi un milagro. Los rumores comenzaron a correr por los boliches, las peluquerías y las esquinas como un reguero de pólvora húmeda que de pronto encuentra una chispa.

«¿Supiste lo de la bodega de don Donato? Dicen que tiene un muchacho que hace magia con los números. El viejo está nadando en billetes mientras los demás no tenemos ni para el carbón del brasero».

La prosperidad trajo consigo nuevas situaciones que cambiaron la rutina de «La Estufa del Pobre»:

Cada mañana, una docena de hombres con las manos curtidas se agolpaban en el portón de la bodega, rogándole a don Donato o a Francisco un puesto de trabajo, aunque fuera por medio peso al día.

Dueños de restoranes del centro de la ciudad, enterados de la puntualidad y la calidad del carbón seleccionado, empezaron a llegar en sus vehículos para intentar cerrar tratos exclusivos con Francisco.

Don Aurelio, desde el otro lado del río, miraba con ojos inyectados en sangre cómo sus mejores clientes lo abandonaban. El rechazo de Francisco aún le escocía el orgullo.

Una tarde, mientras cerraban el portón de madera, don Donato miró la calle, donde todavía quedaban un par de hombres esperando una oportunidad de trabajo. Luego miró a Francisco, que terminaba de asentar el último ingreso del día.

—Francisco... la gente habla mucho —dijo el viejo, bajando la voz—. Nos está yendo bien, mejor de lo que jamás soñé en este año maldito. Pero el éxito en tiempos de miseria atrae tanto a los buenos clientes como a los malos ojos.

Don Donato se quedó estático, con la llave de hierro del portón suspendida en el aire. Miró a Francisco como si al muchacho se le hubieran desatornillado las trancas de la cabeza por culpa de tanto leer. Afuera, la silueta de un par de hombres tiritando bajo el frío de la tarde se alcanzaba a ver a través de las rendijas.

—¿Cinco puestos de trabajo? ¿Un plan de ayuda? —Don Donato bajó la mano y soltó una risa amarga—. Francisco, por el amor de Dios, estamos en 1930. El país se está cayendo a pedazos, el gobierno no sabe qué hacer con la cesantía y tú quieres que esta modesta bodega se convierta en la Sociedad de Beneficencia. No somos santos, muchacho, somos carboneros. Si meto cinco bocas más que alimentar, los números que tanto cuidas se van a ir directo al diablo.

Francisco no se inmutó. Esperó a que el viejo se desahogara, tomó un trozo de tiza y caminó hacia la pizarra de madera.

—No le estoy pidiendo que sea un santo, patrón —dijo Francisco con voz serena—. Le estoy proponiendo un negocio inteligente y un escudo contra los malos tiempos. Déjeme mostrarle los números.

Francisco dividió la pizarra en dos columnas con una línea firme:

«Con el sistema de pedidos anticipados, los restoranes del centro nos están pidiendo despachos a domicilio. Nosotros no damos abasto. Si contratamos a 5 de los hombres que esperan afuera, no los tendremos paleando tierra; los usaremos para crear una cuadrilla de reparto rápido. Cada hombre ganará dos pesos al día. Cinco hombres son diez pesos diarios. Pero con el volumen de nuevos clientes del centro que hoy rechazamos por falta de brazos, ingresaremos al menos veinticinco pesos más al día. Ganancia limpia: quince pesos diarios».

«Usted sabe que la envidia y el hambre son peligrosas. Si el barrio nos ve prosperar mientras ellos se congelan, tarde o temprano nos van a entrar a robar o a quemar el galpón. Propongo que cada sábado, con el polvo de carbón sobrante que no se vende a las panaderías, armemos “bolsas solidarias” de cinco kilos. Se las entregaremos gratis a las viudas y a las familias con niños del callejón».

Don Donato escuchaba con los brazos cruzados, pero sus ojos seguían el trozo de tiza. El argumento del reparto a domicilio tenía sentido comercial, pero lo de regalar mercadería todavía le escocía el bolsillo.

—¿Regalar, Francisco? Eso va en contra de cualquier manual de comercio —rezongó el viejo, aunque ya no sonaba tan convencido.

—No es regalar, don Donato, es invertir en seguridad y lealtad —sentenció Francisco, mirándolo fijamente—. El carbón que daremos es el residuo, nos cuesta casi cero. A cambio, tendremos a todo el barrio cuidando nuestra bodega. Si Aurelio o cualquiera intenta hacernos daño, los primeros en defender «La Estufa del Pobre» serán los propios vecinos. En estos tiempos, la lealtad del pueblo vale más que un fajo de billetes. Además... hoy la suerte nos sonríe a nosotros, pero mañana podríamos ser nosotros los que estemos al otro lado del portón.

El viejo se quedó mirando la tiza en la pizarra. La mezcla de fría aritmética comercial con esa profunda decencia humana que Francisco poseía era un golpe directo a su viejo corazón de obrero. Don Donato suspiró, se quitó el sombrero y se pasó la mano por el pelo canoso.

—Está bien, administrador... tú ganas —dijo el viejo con un hilo de voz que delataba su emoción contenida—. Mañana a primera hora sales y eliges a cinco de esos hombres. Que sean hombres con familia. Y diles que aquí se trabaja duro, pero se les va a pagar con dignidad. Respecto a las bolsas de carbón... prepáralas tú mismo. No quiero ver cuánta plata estamos «regalando», pero confío en tu criterio.

Francisco sonrió y asintió. Esa noche, al cerrar el portón, el aire frío de 1930 ya no se sentía tan hostil.

La prosperidad de «La Estufa del Pobre» era un insulto diario para don Aurelio. Ver salir las carretas de reparto rápido hacia los restoranes del centro y enterarse de que el barrio entero bendecía al viejo Donato por las bolsas solidarias terminó por agotar su paciencia. Sabía que no podía usar la fuerza bruta; los vecinos habrían linchado a cualquiera que intentara apedrear el galpón. Así que Aurelio decidió usar un arma más limpia y letal en 1930.

Una tarde de jueves, mientras los cinco nuevos operarios descargaban un pesado cargamento de espino, un hombre menudo, vestido con un abrigo gris impecable y un sombrero de fieltro ladeado, cruzó el portón. Llevaba un maletín de cuero colgado del brazo y un bigotito recortado con saña. Su presencia olió de inmediato a peligro.

—¿Quién es el encargado de este establecimiento? —preguntó con voz chillona, sacando una libreta con el sello de la Municipalidad.

Don Donato, con las manos negras de hollín, dio un paso al frente desconfiado.

—Yo soy el dueño. ¿Qué se le ofrece, caballero?

—Soy el inspector Sanhueza, de la Dirección de Rentas y Salubridad —declaró el hombre, mirando el suelo de tierra con asco—. Hemos recibido denuncias graves sobre este local. Acopio ilegal de combustible, alteración de balanzas y ejercicio del comercio sin los registros sanitarios correspondientes. Procederé a clausurar la bodega de inmediato.

Thoughts

  • Ernestina

    Ese inspector Sanhueza con su libreta de la Municipalidad viene mandado por Aurelio, po, clarito. Lo que me inquieta son las bolsas solidarias: regalar carbón en el callejón también se puede pintar como acopio.

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  • Kari96

    Cuando a don Donato se le humedecen los ojos y se los restriega rápido para que el muchacho no lo vea, ahí el viejo me ganó. Hosco pero de palabra.

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