Era simplemente una convicción firme, una idea ferviente de que todo estaba bajo un manto gris. Había perdido la capacidad de recordar porque había perdido, en realidad, la capacidad de asombrarse. Sus ojos ya no miraban la cúpula de aquella esquina, ni oían los chirriantes gritos de esas voces que aún no han crecido. Ya no miraba con entusiasmo las columnas de aquel renombrado teatro ni se detenía a observar a qué orden pertenecían.
No sabe dónde quedó el encanto; pues los recuerdos se le perdieron cuando empezó a mirar al suelo y dejó de apreciar el cielo.
Las largas filas ya no le causaban curiosidad, entonces solo bajaba la vista, guardaba sus manos en los bolsillos y apuraba el paso.
No era timidez, ni enfado: era apatía. Una profunda sensación de no sentir -lo que resulta paradójico pues sentir apatía sería, en esencia, sentir algo, es decir, sentir que no sentía nada-.
Siempre estaba el impulso latente e intacto de acabar con todo. Era joven y lo más probable era que viviera muchos años mas. Entonces, decía para si misma que quizá alguno de esos días lo haría, sería casi lo mismo ver gris que ver negro…