He sido maldecido por el tiempo; por mi arrogancia y egocentrismo insulté al pasado, al presente y al futuro.
Creía que si era capaz de alcanzarlo podría ascender al todo, pero me castigaron con algo peor que la misma muerte. Ahora sé cuándo, dónde y por qué será mi final.
Los días perdieron propósito, las personas ya no tienen valor, no siento miedo ni angustia; mi destino fue dictado y solo soy un asno caminando hacia su final.
Paso mis días sentado, esperando, contemplando: qué caso tiene hacer algo si todo me llevará a lo mismo. Sentado cada día, me doy cuenta cada vez más de mi propia insignificancia; soy un grano de arena en un desierto, y esto solo empeora la espera de la sentencia que me dictaron. Pero no me inmuto, puesto que ya no siento nada.
Pero algo me devolvió una parte de mi esperanza: vi cómo una pequeña niña me sonreía. No parecería algo raro, pues sé todo lo que pasará en mi historia, pero lo raro estuvo en que no sabía que ella haría eso. ¿Está acaso mi destino cambiando sin que yo me dé cuenta?
Pasan los días y veo cómo cada vez ocurren más cosas que no sé qué serán. ¿Podría ser que mi sentencia esté terminando? Poco a poco recupero mi alma: puedo sentir, puedo imaginar y puedo soñar.
Ahora soy un anciano, estoy listo para partir. Pude vivir mi vida sin saber qué pasará; es gracioso el detalle de que ahora estoy agradecido con ese castigo que tuve hace mucho, pues al quitarme la incertidumbre de mi destino, también me habían quitado la capacidad de vivir.
Sé bien ahora que el tiempo es inalcanzable, que mi futuro lo pude dictar yo y que, para comenzar a vivir, a veces hay que dejar de pensar en el fin...