En el suelo, aterrada, me vi;
el charco de sangre no paraba de fluir.
Miré y vi su sonrisa tenebrosa.
Le supliqué, le rogué, le grité:
«¡Quiero vivir! Déjame vivir, dejá de sonreir.»
Rió muy, muy fuerte.
Sus carcajadas hacían eco.
Sólo podía ver la sangre y su aterradora sonrisa.
Otra vez le rogué:
«¿Por qué? ¿Por qué no me dejas vivir, si quiero vivir?
Quiero luchar, quiero ser mejor.»
A lo que ella me respondió:
«Sólo quieres complacer»
Y ya muy, muy débil en el último suspiro...
La miré por última vez y le dije:
«¿Porque me llevaste a esto?», a lo que ella me contestó:
«El mundo no te merece, mereces descansar.»
Y ahí, en mi último suspiro, en ese reflejo en el espejo, todo se nubló.
Y la conciencia perdí.
Luego, cuando desperté, ella estaba ahí a mi lado,
me sonreía ya no era solo un reflejo en el espejo, vestida de negro,
pero esta vez con una sonrisa distinta, tierna, dulce.
Y me dijo: «Ven conmigo, ya podemos descansar.»
Y tomadas de la juntas de la mano,
por fin encontramos la paz.