Juré y prejure sobre los escombros calcinados de mi propia alma no volver a alquilarle mi pecho a un amor que no fuera el mío. Juré cerrar la puerta con siete llaves, tapiar las ventanas y no dejar entrar jamás a ningún extraño a saquear lo poco que quedaba de mí.
Pero él llegó para destrozar la coartada. Desvistió mis ojos con ese andar suyo, un andar torcido, caótico y magnético. Él era un incendio desbocado y mi vida entera ya era una ruina humeante; quizás por eso su destrucción encajaba con la precisión macabra de dos abismos que colisionan en la penumbra.
No eran solo las horas huecas de lo casual lo que nos encadenaba en la madrugada. Era la violencia silenciosa de su mirada clavándose en lo más hondo de mis entrañas, descifrando mapas, leyendo los patrones malditos que yo había jurado llevarme a la tumba, jamás expuestos ante la obscenidad del público. Era el peligro de sus brazos rodeándome, y esa manera tan devastadora, tan trágicamente cálida, de hacerme sentir por un segundo que volvía a ser una niña pequeña, a salvo del mundo, al amparo de algo real.
Quizás nos consumimos en el juego macabro de las citas fantasma, las que él juraba y yo prejuraba en voz baja, mientras los dos, con una sonrisa cínica y rota, sabíamos que eran solo mentiras hermosas condenadas a no cumplirse jamás.
Porque en el fondo, él se agachaba esquivando las balas que le tiraba la vida, y yo... yo ya me había blindado con placas de plomo desde el día exacto en que mi inocencia fue usada como un títere de cartón.
Quizás por eso mismo, el anhelo febril de ser amada se pudrió y ahora solo sobrevive como un fantasma en los sótanos muertos de mi pasado.
Quizás por eso ya no tengo memoria: olvidé por completo qué se siente amar... y jamás, en toda mi maldita existencia, supe lo que es ser amada.