Y tuve que ser fuerte,
con un vacío en el pecho,
un nudo en la garganta
y mis ojos desbordados en lágrimas.
Tuve que ser fuerte,
sintiendo que no iba a poder,
porque era mi propia decepción,
lo último que tenía era confianza en mí.
No odiaba a nadie,
porque nunca creí en el odio,
pero sí me odié a mí.
Sin quererlo hacer... lo hice.
Me insulté,
me lastimé,
me detesté,
sentía que era de poco valor.
Si para los demás no valía,
¿por qué para mí sí?
Y ese era el pensamiento errado:
para la única persona que no servía era para mí.
Estaba dañada,
porque no sabía cómo modificar ese pensamiento.
Tras palabras de odio venían palabras de valoración;
había sido tanto el tiempo de autodespreciarme,
que mi mente no entendía lo contrario.
No podía resetear mis pensamientos.
Mi alma rota quería sanar,
y mi voluntad insistía,
mi corazón lo sentía,
mas mi mente resistía.