Últimamente me resuena algo en la mente; paso horas estando alerta continuamente, pero me sigue viniendo la misma idea: ¿cuál era el propósito de todo esto?
Hace seis años comenzó. Yo era apenas un crío de 19, trabajaba con mi padre en una pequeña verdulería en mi pueblo; no era una vida de muchos lujos, pero a sabiendas de lo que terminaría pasando posteriormente, lo hubiera apreciado más.
Un día aparentemente normal pasó: mi padre y yo estábamos acomodando los productos en sus respectivos lugares para iniciar la jornada y, entre charla y charla, lo escuchamos en la radio. Nos heló la sangre: un comunicado oficial daba la noticia de que nuestro país entraba en guerra.
No fueron muchos los días en que posteriormente comenzó el reclutamiento. Para mi infortunio —que en ese momento no lo veía así—, me tocó a mí ser reclutado para «luchar por nuestra soberanía y el bien de mis seres queridos». Mi inmadurez no me hizo ver en lo que me estaba metiendo; las lágrimas de mi madre y la deprimente expresión en la cara de mi padre eran evidencia de lo que se avecinaba para mí.
Recuerdo que la primera vez que pisé el frente, uno de mis compañeros, por intentar desertar, salió del intento de trinchera que nos habían obligado a hacer; fue alcanzado por quién sabe qué en todo su rostro. Un enorme chorro de líquido rojizo me cayó en la cara: fue chocante lo rápido que abrí los ojos y me di cuenta de dónde estaba realmente.
La primera vez que arrebaté una vida fue dos semanas después de ese traumático suceso. Estaba escondido porque me había quedado solo por mi falta de experiencia; mis oídos estaban tan alerta que escuchaba hasta cómo las hormigas daban pisadas. Junto a ese sonido noté otra clase de pisadas; mi corazón comenzó a latir tan rápido que actué sin darme cuenta. Imprudentemente salí de mi escondite con mi cuchillo y, por suerte, encontré a esa persona de espaldas. Cada articulación, cada vena y cada fibra de mi brazo se movieron por cuenta propia y, en ese momento, lo sentí: sentí cómo la punta atravesaba cada capa de piel y carne de su cuello. Mi mente tardó en procesar lo que había hecho, pero mi corazón ya lo sabía.
Hoy me vienen dudas todo el tiempo: ¿por qué sigo vivo?, ¿merezco estar vivo luego de todo lo que hice? Estas dudas son espontáneas, pero aparecen cada día. No tengo ni idea de si mis padres seguirán vivos o si tal vez mi pueblo ya se convirtió en cenizas. En unos meses creo que se cumplirán siete años de esta farsa; no estoy seguro, pues ya hace mucho tiempo dejé de pensar en eso. Tampoco sé si tendrá alguna clase de final, solo sé que no nos diferenciamos tanto de un puñado de hormigas haciéndole caso ciegamente a su reina...