- No debí conocerte. – Le dije en una de las conversaciones mantenidas por la madrugada.
Dicen que en la vida tenemos tres amores. La primera es aquella en la cual experimentas el amor de manera intensa debido a que se siente por primera vez. El segundo amor es aquel que no conoces, y nunca llegas a ver porque que las fuerzas del universo hacen que sus caminos se separen, viviendo realidades distintas. El tercer amor es aquel que conoces probablemente con quien te llegues a casar.
Cuando le dije eso a Hana, pensaba meditabundo sobre si era ella mi segundo o tercer amor. Es raro, dado a que supuestamente el segundo amor no se llega a conocer y la conclusión la tuve en frente de mí cuando ella por fin me aclaró algo a lo cual temía: la edad.
En nuestra primera plática me lo preguntó.
- ¿Cuántos años tienes?
Pude mentir para que no huya de mí, dado a que ella parecía menor de edad. Pero decidí decirle la verdad.
- Tengo 25 años. ¿Y tú?
- 18 años. Me llevas por 7 años…
He ahí la primera traba a nuestra historia.
Qué difícil es tomar decisiones en cuestiones de amor. Pensamos en todas las personas que nos rodean, y somos nosotros la última de nuestras prioridades. Pero aún sabiendo la gran barrera y el abismo que se abría entre nosotros, continué con la aventura emprendida.
¿Es realmente la edad un factor que limite el surgimiento del amor entre dos personas cuya capacidad de dar y recibir amor es innato? Bueno, depende la persona, pensé. De acuerdo a lo poco que indagué, mucha gente piensa que compartir una vida con una persona mayor es mejor porque es más madura y se puede aprender muchos de ellos. Pero otros piensan que la diferencia de edad en una relación si influye negativamente, sobre todo por el complot que recae en el qué dirán de los que nos rodean.
Cuando Hana se dio cuenta que estaba sintiendo lo que sea que fuese, me lo dijo.
- Lo nuestro es imposible. Eres mucho mayor que yo. Decepcionaré a mi madre y no creo que esté lista para esto.
Esto lo expresó un día cuando técnicamente rompió conmigo. Sí, tuvimos algo por horas y ello empezó días anteriores cuando nos dimos cuenta que en realidad nos gustábamos demasiado, y sin planearlo, nos empezamos a buscar en nuestros sueños. Sentíamos la necesidad de poseernos, pero ello no era suficiente.
Diablos, lo sabía, pero no tuve mayor remedio que aceptarlo.
Eso me llevó a la reflexión si fue mi segundo o tercer amor. No debí conocerla, porque si fue mi segundo amor significó que forcé al destino a conocerla. Ello definitivamente trajo consecuencias en mí, entre ellas lo que sucedió más adelante.