Sin dudarlo un segundo, la princesa se quitó la mochila de la espalda, buscó en su interior una libreta de tapas de cuero junto con un bolígrafo y, con trazo firme, escribió:
"No conozco la lengua de señas, pero si me lo permites, estoy dispuesta a aprender todo un idioma solo por ti."
Le extendió la página abierta. El joven tomó el cuaderno, leyó el mensaje en silencio y, al levantar la vista, su sonrisa volvió a encenderse con más fuerza, esta vez acompañada de un leve sonrojo que hizo resaltar el tono de sus pecas.
Tomó el bolígrafo de la mano de Clarisse y escribió justo debajo:
"Mi nombre es Leo. Y la primera seña que te enseñaré hoy será cómo decir 'gracias'."
En ese pequeño pueblo donde Clarisse no buscaba nada, terminó encontrándolo absolutamente todo en el espacio de un silencio.