Por las tardes de los martes, cuando los horarios de la facultad de odontología y los proyectos arquitectónicos de Andrew coincidían, ambos se refugiaban en un estudio privado que Andrew había acondicionado en el último piso de un edificio histórico.
El lugar estaba decorado con tulipanes frescos y obras de arte contemporáneo. Sobre una mesa de madera maciza, Andrew siempre dejaba una caja de chocolates suizos artesanales rellenos de licor y crema de naranja, los favoritos de Samantha.
—¿Cómo van tus exámenes de cirugía bucal? —preguntó Andrew mientras la observaba pintar un pequeño lienzo.
—Excelentes —sonrió ella, probando un trozo de chocolate—. Me apasiona la precisión que exige la odontología, pero este lugar, este chocolate y estas charlas contigo son el aire que respira mi lado artístico.
Andrew se acercó y le apartó suavemente un mechón de cabello. En la mirada de Samantha encontraba una paz silenciosa, una resonancia exacta con sus propios pensamientos más profundos. Eran almas gemelas compartiendo un universo paralelo resguardado del resto del mundo.