Llegó el aniversario de bodas de Andrew y Elena. Para la ocasión, Andrew fletó un jet privado y llevó a Elena a una villa privada en la Costa Azul durante cuatro días.
Durante todo el viaje, Andrew colmó a Elena de atenciones: desayunos en la cama, paseos en yate, cenas preparadas por chefs con estrellas Michelin y joyas diseñadas exclusivamente para ella. Elena vivía en un cuento de hadas donde su esposo era el protagonista absoluto, siempre presente, atento y apasionado.
Desde la terraza de la villa, mirando el mar Mediterráneo, Elena le dijo:
—Andrew, en estos años a tu lado jamás me he sentido desatendida ni un solo segundo. Gracias por hacerme sentir tan segura y amada.
—Te prometí cuidarte y hacerte feliz cada día de mi vida, Elena —respondió él abrazándola por la cintura—. Y esa es una promesa que mantendré hasta el último de mis días.
Al mismo tiempo, en Suiza, Samantha disfrutaba de un arreglo de trescientas rosas y tulipanes naranjas que Andrew le había dejado programado con una nota que leía: "Para mi alma gemela, cuya presencia habita en cada obra de arte que contemplo".