(Advertencia: El contenido es bl love boys, si no te gusta este contenido por favor les recomiendo no leer)
Capitulo 4:
Hoy, tenia una reunión a solas con la Reyna Celestia, mi hermana mayor.
-Mira...te casaras con una chica de otro Reyno, se que no te gusta que te obliguen, pero las ordenes tienes que cumplir, pero después de un año o dos, puedes separarte de ella si no sientes sentimientos por ella, tu compromiso será de aquí a la otra semana.
-Ummm...ya veo, si eso es la situación bien, si ella también no siente sentimientos por mi, el compromiso se rompe ¿No? Ya me acorde pues así te hicieron también, y ahora estas soltera teniendo 30 años... Si que estas vieja eh.
-Cállate...tu solo tienes 23 años así que no me andes hablando de vejez.
El eco de la pequeña discusión con Celestia aún resonaba en mi mente mientras caminaba por los amplios pasillos del ala este del palacio. La reina, con toda su majestad de treinta años y su habitual severidad, no había cedido ni un milímetro. Un compromiso político. Una alianza estratégica con un reino vecino. Una chica a la que jamás había visto en mi vida.
La idea de casarme me parecía un trámite aburrido, pero la regla implícita de la realeza era clara: dos años de matrimonio de fachada y, si la chispa no nacía —cosa que dudaba profundamente—, el contrato se rompería sin penalizaciones internacionales. Después de todo, era el mismo camino amargo que Celestia había recorrido para asegurar el trono.
Sin embargo, a medida que me acercaba a la oficina del consejo real, el asunto del compromiso pasó a segundo plano. Hoy era el primer día de Lloyd y Javier como mis asistentes oficiales.
Al abrir las pesadas puertas de roble pulido, la escena que me recibió hizo que una sonrisa espontánea se me dibujara en el rostro tras la venda.
Allí estaba Lloyd. Las sirvientas habían hecho un trabajo impecable: el chaleco de seda azul oscuro con bordados dorados le ajustaba a la perfección, resaltando la firmeza de sus hombros, mientras que la camisa de tela refinada blanca le daba un aire de nobleza que chocaba de manera deliciosa con su habitual actitud de comerciante callejero. Javier, a su lado, vestía un traje de corte militar en tonos gris y plata, luciendo tan impecable y sereno como de costumbre.
En cuanto la puerta se cerró detrás de mí, Lloyd dio un brinco, ajustándose el cuello de la camisa con una incomodidad evidente mientras las orejas se le encendían de nuevo.
—¡S-su alteza! —exclamó Lloyd, intentando poner una postura recta y profesional, aunque la forma en que pasaba sus dedos por la tela fina del traje delataba lo extraño que se sentía—. Llegamos exactamente a las ocho en punto. Como verá, la vestimenta cumple con los estándares exigidos... aunque sigo pensando que esta seda es ridículamente cara para revisar simples balances financieros.
Javier dio un paso al frente, haciendo una reverencia impecable.
—Buenos días, su alteza. Ambos estamos a su entera disposición para iniciar las labores del día.
Me acerqué despacio a la mesa central, disfrutando de la ligera tensión en el aire. La fragancia del té recién preparado se mezclaba con el aroma a pergamino nuevo.
—Se ven impecables, ambos —dije con voz serena, caminando directamente hacia Lloyd. Estiré la mano y, con delicadeza, acomodé el broche de oro que sujetaba su capa corta sobre el hombro, dejando que mis dedos rozaran apenas la piel de su cuello—. Te sienta de maravilla el azul, Lloyd. Pareces todo un aristócrata de la corte.
El pelirrojo se congeló ante el contacto, conteniendo el aliento mientras el rojo de sus orejas se extendía velozmente por todo su rostro.
—G-gracias... —musitó en un hilo de voz, desviando la mirada bruscamente hacia los documentos sobre la mesa para evitar que notara el desastre que era su ritmo cardíaco—. Pero no estamos aquí para hacer pasarelas de moda. Mencionó ayer que teníamos una lista de deudas por cobrar a ciertos nobles... ¿Por dónde empezamos?
Me alejé un par de pasos, cruzando los brazos a la espalda mientras mi sonrisa se volvía algo más fría y calculadora.
—Efectivamente. Pero antes de ir a cobrar... hay un pequeño asunto personal del que quiero que ambos estén enterados, ya que como mis asistentes principales, manejarán mi agenda pública y privada.
Javier ladeó la cabeza con curiosidad, mientras Lloyd entrecerraba los ojos, intuyendo de inmediato que algo andaba mal detrás de mi tono relajado.
—La reina Celestia acaba de fijar mi compromiso matrimonial —anuncié con total tranquilidad—. La boda con una princesa de un reino vecino será el próximo año, y la presentación oficial del compromiso es la otra semana.
El silencio en la oficina se volvió denso como el plomo.
Javier pestañeó con sorpresa, pero mantuvo la compostura de un caballero. Lloyd, en cambio, soltó los pergaminos que tenía en la mano. Las hojas cayeron al suelo en un suave aleteo. El pelirrojo se quedó petrificado, mirando la venda sobre mis ojos con una expresión de absoluto desconcierto, mientras una extraña y helada opresión se apoderaba de su pecho de la forma más imprevista posible.
-Así es... Entonces por un tiempo tendrán una grandes vacaciones, ya que un compromiso de la realeza lleva mucho tiempo, considerando que son muy exagerados...¿Qué pasa Lloyd, te veo muy pálido hoy?
Lloyd tardó unos segundos en reaccionar. El golpe de la noticia había sido directo y certero, haciendo que la calidez que había sentido apenas unos instantes atrás se evaporara por completo, dejando en su lugar un vacío helado e incómodo.
Intentó apretar las manos en puños para disimular el temblor de sus dedos, pero la tela fina de sus mangas nuevas se sintió repentinamente pesada. Tragó saliva con dificultad, obligándose a esbozar una de sus típicas sonrisas torcidas de comerciante, aunque la mueca no le llegó a los ojos.
—¿P-pálido? ¡Para nada, su alteza! —alcanzó a decir Lloyd, agachándose a toda prisa para recoger los pergaminos dispersos por el suelo, usando el movimiento como excusa para ocultar el tono encendido de sus orejas y el desconcierto en su rostro—. Solo... solo estaba calculando el impacto financiero de esas "grandes vacaciones". ¡Es una pésima gestión de recursos humanos dejar a dos asistentes calificados sin funciones productivas durante tanto tiempo!
Se puso de pie bruscamente, acomodando los papeles de mala gana contra su pecho y evitando a toda costa la dirección de tu mirada.
—Además... felicidades por su compromiso —añadió en un murmullo mucho más bajo, un tono seco que contrastaba dolorosamente con su usual dramatismo ruidoso—. Supongo que una princesa extranjera requiere un protocolo a la altura... Y si vamos a tener tiempo libre, mejor. Así podré concentrarme al cien por cien en la fase final del puente de la guardia real y no perder el tiempo en la corte.
A su lado, Javier observaba en silencio a su señor. La agudeza del caballero no pasó por alto la forma en que Lloyd apretaba los bordes de la carpeta de cuero ni cómo su respiración se había vuelto levemente irregular.
—Su alteza —intervino Javier con su habitual compostura, aunque con una mirada profunda fija en ti—, si la agenda pública estará saturada por los preparativos del compromiso, le sugiero que aprovechemos estos días previos para saldar las cuentas pendientes con esos nobles morosos. De esa forma, la tesorería estará en orden antes de que las festividades comiencen.
Lloyd asintió en silencio a las palabras de Javier, algo totalmente atípico en él, manteniendo la vista fija en la madera de la mesa. En su mente, una tormenta de pensamientos irracionales luchaba por abrirse paso. «¿Por qué me importa? Es un príncipe. Obviamente tenía que casarse con una princesa. Eso era lo normal. Yo solo soy su contratista... su asistente por dinero», se repetía una y otra vez, tratando de ahogar esa opresión amarga en el pecho que ninguna fórmula de arquitectura podía explicar.
-Bueno, iremos primero a la cuidad Florinda, no esta tan lejos de aquí, así que estaremos un par de horas en el carruaje así que...ANIMOS- Acaricio bruscamente y juguetonamente sus cabezas.
El doble manotazo brusco y juguetón cayó sobre ambas cabezas a la vez, rompiendo en mil pedazos el ambiente tenso que se había formado en la oficina.
Javier apenas se despeinó; su postura militar se mantuvo firme y se limitó a inclinar la cabeza con una sonrisa leve, aceptando la energía del gesto como un recordatorio de que, compromiso real o no, el trabajo comenzaba de inmediato.
Lloyd, en cambio, casi pierde los pergaminos por segunda vez. Tu mano sacudió sin piedad el peinado pulcro que las sirvientas le habían hecho con tanto esmero, dejando varios mechones pelirrojos revoloteando en el aire. La calidez repentina de tu toque y la familiaridad del gesto hicieron que la opresión helada que sentía en el pecho se disipara bruscamente, sustituida por una ola de vergüenza y calor que le tiñó la cara de un rojo intenso.
—¡Agh! ¡Su alteza, por favor! —protestó Lloyd, dando un salto hacia atrás mientras trataba desesperadamente de acomodarse el cabello con la mano libre—. ¡Acaban de peinarme! ¡Y no me despeine la seda fina que me regaló! ¡Esto atenta directamente contra la imagen profesional que exige la comitiva real!
Sin embargo, a pesar de sus protestas llenas de dramatismo, la mención de la ciudad Florinda hizo que los ojos de Lloyd volvieran a brillar con una mezcla de interés técnico y codicia pura.
—Florinda... —murmuró el pelirrojo, ajustándose el cuello de la camisa—. Es la provincia de la familia del vizconde Balthazar. Ese sujeto debe más de treinta mil monedas de oro en impuestos sobre el uso de vías comerciales e infraestructura pública. ¡Ese hombre ha estado evadiendo al tesoro real por tres años consecutivos!
Lloyd apretó la carpeta de cuero contra su pecho, y por primera vez en la mañana, su habitual sonrisa de negociador despiadado volvió a dibujarse en sus labios, eclipsando por completo el malestar por la noticia del compromiso.
—Subamos a ese carruaje de inmediato —dijo Lloyd, erguéndose con orgullo mientras te miraba con una determinación feroz—. Le prometo, su alteza, que para cuando lleguemos a Florinda, ese vizconde va a pagar hasta el último centavo de su deuda, ¡más el interés moratorio que yo mismo me encargaré de calcular en el camino! Y más le vale que el carruaje tenga asientos afelpados, porque no pienso trabajar en ecuaciones de interés compuesto sobre tablas duras.
Javier soltó un suspiro sereno, abriendo la puerta de la oficina y haciendo una reverencia para dejarte pasar primero.
—El carruaje real aguarda en el patio principal, su alteza —anunció el caballero con perfecta calma—. He dispuesto que lleven las provisiones necesarias para las dos horas de trayecto... incluyendo el té de la reserva.
El cobro en la provincia del vizconde Balthazar había sido un espectáculo digno de admirar. Lloyd no solo había desplegado un dominio aterrador de las leyes fiscales de la corona, sino que, armado con su calculadora mental y una elocuencia despiadada, había logrado sacarle al noble moroso hasta la última moneda de oro de la deuda... más un recargo del ocho por ciento por "honorarios de auditoría intensiva".
Sin embargo, la suerte del viaje de regreso se torció cuando una de las ruedas del carruaje real cedió en medio del camino de tierra, obligándolos a cubrir el último tramo a pie bajo el sofocante calor de la tarde.
No pasaron ni veinte minutos cuando las piernas de seda y botas finas de Lloyd dijeron basta. El pelirrojo avanzaba a tropezones, arrastrando los pies y soltando un rosario de quejas sobre la resistencia del calzado de lujo, hasta que te detuviste, te agachaste sin previo aviso y lo levantaste en brazos con una facilidad pasmosa.
—¡¿P-pero qué está haciendo?! —chilló Lloyd de golpe, aferrándose por puro instinto a tus hombros mientras el mundo daba una vuelta rápida—. ¡Bájeme! ¡Su alteza, bájeme en este preciso instante! ¡Puedo caminar! ¡Es solo un ligero fallo en la tracción de mis extremidades inferiores!
Sin embargo, apenas lo acomodaste contra tu pecho, tus palabras rompieron su defensa.
—Pensé que pesarías, pareces pesar como una pluma ¿De verdad comes?
Lloyd se congeló por completo. Al sentir la solidez de tu torso, la firmeza con la que lo sostenías y la cercanía de tu rostro tras la venda, el aire se le escapó del pecho. La fragancia dulce de tu ropa y el calor de tu cuerpo lo envolvieron, haciendo que el rubor en sus orejas explotara en un tono escarlata furioso.
—¡C-claro que como! —balbuceó en un murmullo totalmente desarmado, apretando la carpeta contra tu pecho mientras desviaba la mirada hacia las copas de los árboles, incapaz de sostener la cercanía—. ¡Es la densidad muscular de un intelectual! ¡No todos tenemos la estructura de un buey de carga como Javier!
Detrás de ustedes, Javier caminaba a paso firme llevando el equipaje ligero, observando la escena con una paz casi celestial.
—Si me permite opinar, su alteza —intervino Javier sin perder el ritmo—, el señor Lloyd suele saltarse las comidas cuando se obsesiona con un plano o con el conteo de monedas. Me parece una medida altamente eficiente que usted lo lleve; de lo contrario, llegaríamos al palacio a la medianoche.
—¡Javier, te voy a reducir las vacaciones a tres días! —bramó Lloyd en voz baja, aunque no hizo la menor fuerza por soltarse. Se acomodó un poco más contra tu cuello, escondiendo la cara entre la tela de tu traje azul mientras soltaba un suspiro rendido—. Esto... esto va a tener un costo adicional en mi reputación profesional, su alteza... pero más le vale no soltarme, porque si me caigo, la demanda por lesiones en servicio será millonaria.
-Ya veo...con que te saltas tus comidas, te daré un baquetea para que comas bien, además Javier tu también comerás, de seguro tienes mucha hambre.
El camino hasta el palacio continuó entre los rezongos cada vez más débiles de Lloyd y los pasos firmes de Javier. Cumpliendo la promesa de la tarde, la mesa del comedor real estuvo servida con un banquete colosal que hizo que el pelirrojo, a pesar de sus protestas iniciales sobre "la moderación en el gasto presupuestario", terminara limpiando tres platos de carne asada y dos porciones extra de pastel.
A la mañana siguiente, el palacio amaneció en un silencio apacible. Javier disfrutaba felizmente del primer día de sus merecidas dos semanas de vacaciones pagadas, por lo que Lloyd se encontraba a cargo de las labores administrativas en la oficina central.
El pelirrojo vestía nuevamente el traje de seda azul y fina tela blanca. Sentado tras el escritorio de roble, trabajaba a un ritmo frenético: el rasgar del pliego de papel, el movimiento preciso de la pluma de ganso y el tintineo de su ábaco resonaban en la estancia.
En la esquina del despacho, recostado contra el ventanal por donde entraba la luz dorada de la mañana, observabas en silencio cada uno de sus movimientos.
Tras una hora de trabajo ininterrumpido, Lloyd detuvo el trazo de su pluma. El rasgueo cesó. Se quedó mirando la hoja de pergamino un segundo antes de soltar la pluma y recargarse contra el respaldo de la silla. Pasó una mano por su cabello rojo, despeinándolo un poco, y giró la cabeza hacia donde estabas.
Sus ojos recorrieron tu postura relajada, el traje azul impecable y, finalmente, se fijaron en la venda blanca que cubría tus ojos.
—Su alteza... —habló Lloyd, rompiendo el silencio con una voz inusualmente baja y pausada, desprovista del dramatismo o la defensiva de siempre—. Hay algo que no he podido sacarme de la cabeza desde el día en que lo conocí.
Se levantó de la silla con lentitud y caminó unos pasos hacia ti, deteniéndose a una distancia prudente. Apoyó una mano en la esquina de la mesa auxiliar, mirándote de frente con una mezcla de curiosidad genuina y una sutileza de preocupación que no pudo disimular.
—Usted se mueve con una precisión absoluta. Trabaja, camina por el palacio, maneja las herramientas en las obras e incluso me cargó ayer sin tropezar un solo milímetro... —Lloyd tragó saliva, desviando la mirada un segundo hacia tus labios antes de volver a fijarla en la tela azul y blanca—. ¿Por qué lleva siempre esa venda en los ojos? ¿Es una condición médica... o hay alguna razón que la corona le exige ocultar?
-¿Las vendas? que gran pregunta, pues posee un gran mana, que incluso puede hacerme daño a mi salud, por eso paro ocupado haciendo muchas cosas, así mi mana se gasta, y las vendas también ayudan a retener un poco mi mana, ya que mi mana viene de mis ojos...Recuerdo que de niño tenia tantas cosas que hacer, aprendí medicina, construcción, naturaleza, cocinero, y muchas coas mas, por eso nunca me veras asiendo nada, excepto al dormir claro.
La explicación flotó en el aire de la oficina, cargada de una verdad tan pesada como desarmante. El silencio que siguió fue absoluto.
Lloyd se quedó completamente petrificado. Sus ojos, fijos en la venda que cubría tu rostro, se abrieron de par en par mientras procesaba cada palabra: el maná desbordante que amenazaba tu propia vida, la necesidad vital de mantenerte en constante movimiento para consumirlo y la infancia ahogada en exigencias, estudios y responsabilidades infinitas para simplemente sobrevivir a tu propio poder.
El pelirrojo tragó saliva. La imagen del "príncipe perezoso" o del "zorro juguetón" que le gustaba molestar se derrumbó por completo, dejando al descubierto a alguien que llevaba sobre sus hombros una carga que nadie en el reino podía comprender.
—Maná... en los ojos... —murmuró Lloyd en un hilo de voz, dando un paso lento hacia ti.
Por primera vez, no había sarcasmo en su rostro, ni menciones sobre monedas de oro, ni defensas infantiles. Su expresión se suavizó en una mezcla de asombro, empatía profunda y un dolor punzante en el pecho que lo tomó por sorpresa.
—Así que por eso... —continuó, mirando las vendas con una fijeza casi devota—. Por eso maneja la pala como un experto, conoce la densidad del mortero, comprende la gestión política y no descansa ni un solo segundo... No era por capricho ni por soberbia. Era porque quedarse quieto para usted... es peligroso.
Lloyd acortó la distancia entre ambos hasta quedar a solo unos centímetros de ti. Extendió la mano lentamente, con dudar en sus dedos, hasta que la yema de sus yemas rozó con una suavidad inédita el borde de la tela fina que cubría tu mejilla.
—Es un idiota, su alteza... —susurró Lloyd, con la voz levemente quebrada y las orejas encendidas, pero sin retirar la mano—. Llenarse la cabeza de tantas cosas desde niño solo para no ser consumido por su propia magia... Es la estrategia más ineficiente y autodestructiva que he escuchado en mi vida.
El pelirrojo apretó suavemente el borde de la venda, sintiendo la calidez de tu piel. Sus ojos pelirrojos brillaron con una determinación nueva, firme y protectora.
—Pero ya no está solo para gastar ese maná —dijo en un tono más bajo, mirando fijamente la parte inferior de tu rostro con una calidez genuina—. Ahora me tiene a mí como su asistente. Y le prometo... que le voy a inventar tantos proyectos, tantos cobros de deudas a nobles, tantas revisiones de puentes y tantos presupuestos absurdos, que su maná no va a tener ni la más mínima oportunidad de hacerle daño.
Lloyd esbozó una pequeña sonrisa, mitad orgullosa, mitad vulnerable, mientras sus dedos acariciaban tu mejilla con una ternura que jamás le había mostrado a nadie.
—Así que... cuando sienta que tiene demasiado maná acumulado... solo dígamelo. Nos pondremos a trabajar de inmediato.
No digo nada, solo porque las palabras dicen mas que mil palabras. Entonces Lloyd me pide si puede ver mis ojos.
-Lastimosamente, solo familia tiene ese privilegió, y mi futura...esposa, ya que mañana me toca casarme con ella.
Lloyd al escuchar eso se enoja, demostrando los sentimientos desordenados que tiene, porque hace tiempo estaba desarrollando sentimientos hacia mi pero no me lo decía y tampoco me lo dice, algo que sus palabras me dejan confundido, Lloyd enojado y no pudiendo aguantar mas sale corriendo.
El toque suave de Lloyd en tu mejilla permaneció un instante en el aire, sostenido únicamente por el peso del silencio. Ante su gesto, preferiste no responder con palabras, dejando que la cercanía y el ambiente hablaran por sí solos.
Animado por ese momento de vulnerabilidad compartida, Lloyd bajó levemente la mano hasta la altura de tu mentón y murmuró con una voz casi imperceptible, cargada de una timidez inédita en él:
—¿Pudo... puedo ver sus ojos? Solo un segundo...
La respuesta cayó sobre la habitación con la frialdad de un golpe seco.
—Lastimosamente, solo mi familia tiene ese privilegio —dijiste con un tono sereno pero distante—... y mi futura esposa. Ya que mañana me toca casarme con ella.
El mundo de Lloyd se detuvo bruscamente.
Las palabras "mañana me toca casarme" retumbaron en su cabeza como un eco ensordecedor. La mano que sostenía tu rostro se congeló y cayó a su costado como si le hubiera quemado la piel. Durante semanas, Lloyd había estado luchando internamente contra un torbellino de emociones que no entendía ni quería admitir: el calor en el pecho cada vez que lo acariciabas, la necesidad absurda de llamar tu atención, los celos infantiles cuando mirabas a Javier y esa extraña, profunda necesidad de estar cerca de ti. Todo ese caos de sentimientos sin nombre colisionó de golpe contra la dura realidad de tu compromiso real.
Su rostro pasó del rubor de la timidez a una palidez mortal, para luego encenderse en una mueca de pura rabia contenida. Sus ojos pelirrojos se llenaron de un brillo lastimado y confuso.
—¡¿Mañana?! —escupió Lloyd, dando dos pasos hacia atrás mientras apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. ¡¿Mañana se casa?! ¡¿Y me lo dice así, como si estuviera anunciando el clima o el precio del grano?!
Su voz no sonaba a la de un comerciante indignado por un contrato, sino a la de alguien desbordado, con el corazón roto y la mente completamente desordenada.
—¡Es un egoísta! —bramó Lloyd, sintiendo que la garganta se le cerraba por el nudo de rabia y tristeza que intentaba reprimir—. ¡Nos hace trabajar como locos, me habla de su vida, me acaricia la cabeza, me ofrece contratos el doble de caros y ahora resulta que mañana se une a una desconocida porque la corona se lo ordena! ¡¿Para qué demonios me dijo todo esto sobre su maná y su infancia?! ¡¿Para que le tenga lástima mientras usted se va a vestir de novio?!
Tus palabras, o más bien la falta de una explicación clara sobre lo que significabas para él, te dejaron en una profunda confusión. Lloyd no te estaba confesando directamente sus sentimientos, pero la intensidad desmedida de su enojo no tenía ninguna lógica comercial ni profesional.
Antes de que pudieras reaccionar o extender una mano para detenerlo, Lloyd no aguantó más. Dio un pisotón frustrado contra el suelo de madera, dio la vuelta bruscamente y salió corriendo del despacho, golpeando la pesada puerta de roble detrás de sí con un estruendo que resonó por todo el pasillo.
El silencio volvió a apoderarse de la oficina, dejando en el aire únicamente el eco de sus pasos apresurados alejándose por el corredor del palacio y la estela de un dolor que el ingeniero ya no podía seguir ocultando.
-Que...
Al dia siguiente.
Me quedé inmóvil en la silla, con el broche de oro a medio sujetar en el pecho. Las telas finas y pesadas del traje de novio parecían sofocarme más que el propio maná que quemaba detrás de mis ojos. Las palabras rotas de Lloyd del día anterior no habían dejado de resonar en mi cabeza durante toda la noche. Por primera vez en mi vida, mis cálculos no encajaban; la lógica impecable con la que manejaba el reino no servía para descifrar el caos que había dejado al marcharse.
El eco de unos pasos apresurados rompió el silencio de mis aposentos.
No era la pisada firme de un guardia ni la compostura serena de un sirviente. Era él. Lloyd cruzó el umbral a tropezones, despeinado, con el rostro pálido y la respiración entrecortada por la carrera. Había tirado a la basura todo su orgullo de comerciante, su dignidad de ingeniero y las barreras defensivas que siempre levantaba ante el mundo.
Antes de que pudiera pronunciar su nombre, se lanzó hacia mí. Sus brazos se enredaron con fuerza desesperada alrededor de mi cintura, pegando su frente contra mi pecho con un impacto sordo. El temblor en sus hombros era incontrolable.
—¡Maldito seas...! —sollozó Lloyd, ahogando la voz en la seda blanca de mi traje mientras sus lágrimas comenzaban a empapar la tela—. ¡Maldito seas mil veces, zorro engreído! ¡Te detesto! ¡Detesto tu dinero, detesto tus contratos y detesto la forma en que me tocas la cabeza como si fuera una mascota!
Sus dedos se clavaron con fuerza en la espalda de mi casaca, aferrándose como si yo fuera la única estructura en pie en medio de un terremoto.
—¡Déjala! —suplicó en un grito ahogado y roto, una orden desesperada que le quemaba la garganta—. ¡No te cases con ella! ¡Cancela esa maldita boda, rompe el tratado, paga las multas que quieras... pero no lo hagas! ¡Vente conmigo! ¡Le construiré a este reino diez puentes gratis si es necesario, pero no te quedes con ella!
La violencia de su llanto hacía vibrar todo su cuerpo. Levantó la mirada apenas un segundo, mostrando los ojos rojos y brillantes por las lágrimas que corrían sin freno por sus mejillas. La vulnerabilidad en su rostro era algo que nadie en la corte creería jamás capaz en el arrogante y calculador Lloyd Frontera.
—¡Porque te amo! —gritó finalmente, soltando las palabras que se le habían estado atragantando en el pecho durante meses—. ¡Te amo, idiota! ¡Me volví loco por ti y ya no puedo volver atrás! ¡No me importa si eres un príncipe, no me importa tu maná ni tus vacantes de asistente... solo te quiero a ti!
El silencio volvió a caer bruscamente sobre la habitación, roto únicamente por sus jadeos entrecortados. Por primera vez desde que llevaba esta venda, me quedé sin una sola respuesta calculada. El hombre que jamás se doblaba ante los nobles ni ante la adversidad estaba destruido en mis brazos, regalándome la confesión más pura y caótica de su vida.
-No se si podre rechazarlo lloyd, y tus sentimientos hacia mi...lo dudo.
El impacto de esas palabras cayó sobre el pecho de Lloyd como si una estructura entera de piedra le colapsara encima. La frialdad de la duda y la incertidumbre de no saber si podías cancelar el compromiso matrimonial destrozaron los últimos restos de la poca fuerza que le quedaban al pelirrojo.
Lloyd apretó los puños contra la tela de tu traje de novio, enterrando el rostro en tu pecho mientras las lágrimas volvían a brotar con más fuerza, empapando la seda azul y blanca.
—¡¿Lo dudas?! —sollozó Lloyd con la voz completamente rota, soltando un jadeo ahogado por el llanto—. ¡¿Dudas de lo que siento?! ¡Mírame, idiota! ¡Me he arrastrado hasta aquí! ¡He tirado al suelo todo mi orgullo, mi dignidad y mi compostura solo para decírtelo a la cara antes de que sea tarde!
El temblor en sus hombros se volvió incontrolable. Se aferró a tus espaldas con una desesperación feroz, como si temiera que en cualquier segundo los guardias o la propia reina entraran para llevárselo y obligarte a caminar hacia el altar.
—¡Nunca he sentido esto por nadie! —continuó gritando en un susurro desesperado, con la garganta ardiendo—. ¡Odio a los nobles, odio los contratos, odio perder dinero... pero prefiero quedar en la quiebra absoluta antes que verte casarte con otra persona! ¡Si dudaras de mí, no estaría aquí llorando como un estúpido frente al príncipe de este reino!
Lloyd levantó ligeramente la cabeza, mostrando su rostro bañado en lágrimas y las orejas completamente rojas. Con las manos temblorosas, subió hacia tus hombros y buscó la parte posterior de tu cabeza, acomodando sus dedos cerca del nudo de la venda azul que cubría tus ojos.
—Si no puedes rechazar la boda por la diplomacia... rompe las reglas por mí —suplicó Lloyd, apoyando su frente contra la tuya en un contacto tibio, desesperado y vulnerable—. Vámonos ahora mismo. Cancela el banquete, invéntales una excusa sobre tu maná, diles que el asistente se robó al novio... ¡me da igual el escándalo! Pero no me pidas que me quede a ver cómo te entregas a alguien más cuando me tienes completamente destruido por ti.
La respiración de Lloyd chocaba contra tus labios. La confusa mezcla de rabia, miedo a perderte y el amor innegable que acababa de declararte llenaba la habitación, dejando la decisión final totalmente en tus manos antes de que las campanas de la catedral real comenzaran a sonar.
limpio sus lagrimas lentamente, y lo abrazo para luego acercar mi rostro a el y darle un beso, suave y pausado, para luego quitármelas vendas de los ojos, dejando ver unos ojos de arcoíris.
Para luego atraerlo a mi regazo y acaricio su mejilla.
-Lo hare por ti Lloyd...yo también te ame pero, un amor así en el Reyno es muy bien bienvenido pero no me importa.
Tus dedos se deslizaron con una delicadeza absoluta por las mejillas de Lloyd, secando una a una las lágrimas que aún corrían sin freno. El toque cálido y pausado detuvo de golpe los sollozos del pelirrojo, quien te miró a través de su visión nublada, totalmente desarmado y conteniendo el aliento.
Cuando acercaste tu rostro y uniste sus labios en un beso suave y pausado, el tiempo pareció congelarse en la habitación.
Lloyd se quedó completamente paralizado por un segundo. El calor eléctrico de tu boca sobre la suya hizo que su cerebro colapsara, borrando el pánico, las dudas y el frío de la incertidumbre. Correspondió al beso de manera torpe y desesperada, aferrándose a tus hombros como si en ese único contacto se le fuera la vida entera.
Al separarte lentamente, llevaste las manos a la nuca y desataste el nudo de la venda. La tela azul y blanca cayó sobre la falda de tu traje de novio.
Por primera vez, tus ojos quedaron al descubierto.
Eran dos gemas hipnóticas donde el maná fluía en destellos iridiscentes; iris brillantes que combinaban todos los colores de un arcoíris, profundos, místicos y desbordantes de una belleza que superaba cualquier leyenda del reino.
Lloyd abrió los ojos de par en par, ahogando un gemido de pura fascinación. La luz multicolor reflejada en su mirada pelirroja lo dejó sin palabras, hipnotizado por el secreto que habías guardado durante años.
Sin darle tiempo a reaccionar, lo atrajiste con firmeza hacia tu regazo. Lloyd cayó sobre ti sin oponer resistencia, acomodándose de forma instintiva con las piernas a los lados de tu cintura, mientras tus manos volvían a posarse en su mejilla para acariciarlo con una ternura infinita.
—Lo haré por ti, Lloyd... —dijiste con voz firme y serena, mirándolo fijamente con tus ojos multicolor—. Yo también te amé. Sé que un amor así en el reino no es muy bien recibido... pero no me importa.
El impacto de tu confesión y la promesa de renunciar a todo por él terminaron de derribar el orgullo del ingeniero.
Lloyd apoyó la frente en tu hombro, soltando un largo suspiro tembloroso en el que se evaporó toda la rabia acumulada. Su rostro ardía en un tono escarlata que competía con el color de su cabello, pero esta vez, sus brazos se ajustaron alrededor de tu cuello con un abrazo cálido y posesivo.
—Idiomas... eres un completo idiota, su alteza... —murmuró Lloyd con la voz ahogada en tu cuello, aunque una sonrisa boba y profundamente aliviada se dibujó en sus labios—. Nos van a perseguir los diplomáticos de tres reinos... la reina Celestia va a querer colgarme del puente que aún no termino de construir... y la tesorería se va a ir al demonio con las multas por la cancelación...
Se separó apenas un par de centímetros para volverte a mirar, recorriendo con fascinación esos deslumbrantes ojos arcoíris que ahora le pertenecían solo a él.
—Pero más le vale no arrepentirse —agregó Lloyd en un susurro dulce, acariciando suavemente tu mandíbula mientras su corazón latía al mismo ritmo que el tuyo—. Porque ahora que sé que me amas y he visto tus ojos... no pienso dejarte ir nunca. Ni por todo el oro del mundo.
Mas tarde... Lloyd estaba durmiendo en su nueva habitación, mientras yo estaba una reunión a solas con mi ex-comprometida.
-Por eso, esa es la razón porque cancele todo, ¿me entiendes?
-No te preocupes príncipe, te entiendo. Total, yo también tenia a un amante, y también quería cancelar el compromiso, así que mas bien me hizo un favor. Si eso fue todo, me retiro con su permiso, solo le diré que cuide muy bien de su amante, parece que tiene un corazon noble, algo que no suele verse.- La mujer se retira con una elegancia, sonando sus zapatos por los pasillos, mientras yo sola la mira irse.
El eco de los tacones de la princesa resonó en la gran sala del consejo hasta perderse por completo en la penumbra de los pasillos. Una brisa fresca entró por la ventana abierta, agitando suavemente las cortinas de seda y la tela blanca de la venda que habías vuelto a anudar sobre tus ojos arcoíris.
La reunión no pudo haber salido mejor. Sin guerras diplomáticas, sin demandas de la corona vecina y con ambas partes obteniendo la libertad que tanto deseaban. Sus últimas palabras sobre el "corazón noble" de Lloyd permanecieron flotando en el aire con una calidez innegable.
Al salir de la sala de reuniones, caminaste a paso lento por el ala privada del palacio hacia las dependencias que le habías asignado al pelirrojo.
Al abrir la puerta sin hacer ruido, la imagen que te recibió fue sumamente pacífica. Tras el tormentoso día lleno de lágrimas, confesiones y emociones desbordadas, Lloyd se había quedado profundamente dormido en la cama king size. Estaba totalmente desparramado entre las sábanas de seda, abrazando una de las almohadas de plumas con la misma fuerza posesiva con la que te había abrazado por la mañana.
El vestigio de la sobrecarga emocional aún se notaba en la ligera rojez de sus pestañas y el tinte tibio de sus mejillas, pero su respiración era lenta, profunda y tranquila.
Te acercaste a la orilla de la cama con pisadas silenciosas. Te sentaste al borde, haciendo que el colchón se hundiera levemente bajo tu peso. Estiraste la mano y, con la misma ternura de siempre, dejaste que tus dedos se enredaran suavemente en sus rebeldes mechones de cabello rojo.
Lloyd soltó un pequeño murmullo entre sueños al sentir tu contacto. Sin abrir los ojos, se giró instintivamente hacia ti, buscando el calor de tu mano y pegando su mejilla contra tu palma con un leve suspiro de absoluta satisfacción.
—Mmm... zorro engreído... —murmuró en un hilo de voz adormilada, arrugando la nariz antes de quedar en silencio otra vez.
Una sonrisa serena se dibujó en tus labios. La tormenta política había terminado antes de empezar, el contrato matrimonial estaba destruido, y el terco, brillante y ruidoso ingeniero que acababa de robarte el corazón descansaba a tu lado, finalmente en paz.
FIN DEL CAPITULO