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Capitulo 7:
La mañana de la boda comenzó con un desorden majestuoso en el vestidor del ala real. Trajes de seda bordados en hilo de plata, casacas de terciopelo y capas con el escudo del reino cubrían casi cada mueble de la habitación.
Lloyd, con el cabello rojo revuelto y vistiendo apenas unos pantalones de vestir y una camisa de lino a medio abotonar, caminaba de un lado a otro sosteniendo dos sacos de alta costura.
—¡Es que no tiene ningún sentido técnico! —protestaba Lloyd, comparando las telas frente al espejo de cuerpo entero—. El azul noche resalta la dignidad del consorte, pero el de tonos dorados combina con la decoración del altar y evita que la reina me mire como si fuera un mendigo que se coló a la fiesta. ¡Javier! ¿Cuál de los dos optimiza mejor mi imagen sin costar una fortuna en mantenimiento de tintorería?
Javier, impecablemente vestido con su uniforme de guardia de gala, permanecía de pie junto a la puerta con los brazos cruzados. Observaba el colapso estilístico de su jefe con su habitual rostro inexpresivo, aunque en sus ojos brillaba una genuina e intrigada curiosidad.
—El azul le queda bien, señor Lloyd —respondió Javier con voz pausada y serena—. Aunque, si me permite una pregunta de carácter personal antes de que entremos al templo real...
Lloyd se detuvo en seco, girándose hacia él con un saco en cada mano.
—¿Qué pasa? Si es sobre tu salario, ya te dije que el príncipe prometió mantener tus vacaciones intactas.
—No es sobre mi salario —intervino el caballero, ladeando levemente la cabeza—. Llevo años a su lado. Conozco su devoción casi religiosa por el dinero, su aversión a la aristocracia y su capacidad para ver el mundo únicamente a través de planos, toneladas de grava y monedas de oro. Por otro lado, Su Alteza es una figura reservada, rodeada de secretos y con una responsabilidad inmensa sobre sus hombros.
Javier dio un paso al frente, mirando fijamente al ingeniero.
—Señor Lloyd... ¿Cómo rayos ocurrió esto? ¿Cómo fue que usted terminó enamorándose perdidamente de él... o cómo es que él terminó fijándose precisamente en alguien tan ruidoso como usted?
El rostro de Lloyd pasó del pánico de la moda a un sonrojo instantáneo y voraz. El color rojo le subió por el cuello hasta la punta de las orejas. Soltó un tosido seco para intentar recuperar la compostura, aunque apretó la seda del saco azul contra su pecho.
—¡¿Q-qué clase de pregunta es esa a dos horas de la ceremonia?! —tartamudeó Lloyd, desviando la mirada hacia la ventana mientras intentaba armar una respuesta que no sonara demasiado sentimental—. ¡No fue un plan! ¡Fue... una serie de accidentes financieros y emocionales!
Se quedó en silencio un segundo. La expresión del pelirrojo se suavizó por completo, y una sonrisa honesta, casi torpe, se dibujó en sus labios.
—Al principio solo era el príncipe... alguien elegante pero inalcanzable —murmuró Lloyd en un tono mucho más bajo, recordando cada momento—. Pero luego vi lo mucho que cargaba a solas. Es un idiota que trabaja hasta el cansancio para que su propio poder no lo consuma, alguien que no tenía tiempo para sonreír... hasta que empecé a hacer mi habitual desastre a su alrededor.
Lloyd miró la tela azul entre sus manos, recordando la calidez de tus manos, el peso de tu confesión y la luz multicolor de tus ojos arcoíris.
—Él me escuchó cuando nadie más lo hacía. No le importó si yo era un simple ingeniero o si venía de una familia modesta... me miró a mí, con todo mi ruido y mis quejas. ¿Y sobre por qué se enamoró él de mí? —Lloyd soltó una pequeña risa, recuperando un destello de su arrogancia habitual—. Bueno... supongo que el reino era demasiado aburrido hasta que llegué yo a despeinarle la vida. Además, ¿Quién podría resistirse a un talento administrativo de mi nivel?
Javier observó la mirada brillante y llena de afecto de su jefe. El caballero dejó escapar un largo y casi imperceptible suspiro de satisfacción, haciendo una leve inclinación con la cabeza.
—Comprendo —dijo Javier con una cortesía impecable—. En ese caso, póngase el saco azul, señor Lloyd. Es hora de ir a casarse con el hombre que le devolvió la sonrisa a este reino.
El pasillo que conducía al gran templo real estaba adornado con finas telas blancas, tapices dorados y arreglos de flores frescas cuyo aroma llenaba el ambiente. Lloyd, vistiendo el impecable traje de gala azul noche que resaltaba su figura, avanzaba a paso firme con el corazón latiéndole como un martillo neumático en el pecho.
A su lado, Javier caminaba con su porte marcial e inquebrantable, guiándolo hacia las enormes puertas de roble marcadas con el sello de la corona, detrás de las cuales esperaba la aristocracia, la corte completa y el altar.
—Respire, señor Lloyd —murmuró Javier sin perder la vista al frente—. Está apretando los puños con suficiente fuerza como para triturar una piedra de mortero.
—¡Estoy respirando! —susurró Lloyd en un jadeo rápido, acomodándose por quinta vez el broche de plata del cuello—. Es solo que... la densidad del aire en este pasillo es inusualmente alta...
Antes de que Javier pudiera abrir las puertas dobles, una figura salió apresurada desde una de las salas contiguas.
—¡Lloyd! ¡Hijo mío!
Lloyd se congeló de golpe. Frente a él estaba su madre, luciendo un hermoso vestido de fiesta confeccionado para la ocasión. Tenía las manos juntas a la altura del pecho y los ojos brillantes, inundados por lágrimas de pura emoción.
—¡Madre! —exclamó el pelirrojo, dando un paso adelante.
Sin darle tiempo a reaccionar, su madre se lanzó a abrazarlo, rodeándole el cuello con fuerza y apretándolo contra ella sin importarle arrugar la seda del carísimo traje de gala.
—¡Mírate nada más! —sollozó ella, separándose apenas unos centímetros para tomar el rostro de Lloyd entre sus manos y examinarlo con orgullo maternal—. ¡Estás tan guapo, mi niño! Cuando llegó la invitación real en un carruaje de oro, tu padre y yo pensamos que era una orden de embargo... ¡pero no! ¡Te estás casando con el príncipe! ¡Con el hombre más maravilloso y noble de este reino!
—M-madre, por favor, no llores... me vas a manchar la solapa —tartamudeó Lloyd, intentando sonar firme, aunque el tono rojo de sus orejas y la calidez en su rostro lo traicionaban por completo. La emoción contenida amenazaba con hacerle perder la postura—. Además... no es para tanto...
—¡¿Cómo que no es para tanto?! —dijo ella, secándose las lágrimas con un pañuelo de encaje mientras sonreía de oreja a oreja—. Sé lo mucho que has trabajado, Lloyd. Sé cuántas noches te quedaste en desvelo pensando que tenías que llevar todo el peso del mundo sobre tus hombros... Y ver que encontraste a alguien que te ama tal como eres, alguien que te cuida y te hace sonreír así... es el regalo más grande que una madre podría pedir.
Lloyd se quedó sin palabras. El nudo en su garganta se apretó, y por un segundo tuvo que tragar saliva y mirar al techo para no empezar a llorar él también justo antes de cruzar la puerta.
—Él te está esperando allá adentro, hijo —continuó su madre, dándole una suave palmada en la mejilla con ternura infinita—. Ve y sé feliz. Tu padre y yo estaremos en la primera fila gritando de orgullo.
Javier observó la escena en silencio y, con una leve inclinación de cabeza hacia la madre de Lloyd, apoyó la mano en el pesado picaporte de roble.
—Es el momento, señor Lloyd —anunció Javier con voz serena y solemne.
Las enormes puertas comenzaron a abrirse lentamente, dejando entrar la luz dorada del templo, el murmullo de los invitados y el majestuoso sonido de las campanas reales. Al fondo del pasillo, junto al altar, aguardaba la figura que le quitaba el aliento, lista para dar inicio al evento más importante de sus vidas.
Al ver entrar a Lloyd, sonrió levemente, no por falta de alegría. Si no alivio por verlo entrar.
-Esa vestimenta te queda muy bien, desde aquí se nota tu nerviosismo.- Me rio bajo, dando a entender, que nervios es lo que no tengo.
Las puertas de roble terminaron de abrirse de par en par, y el murmullo de la aristocracia presente en el templo se extinguió en un instante.
Lloyd avanzó por la alfombra roja a paso lento, con la espalda recta y la mirada fija al frente. Cada uno de sus movimientos transmitía una elegancia impecable con ese traje azul noche, pero la ligera rigidez de sus hombros y el brillo tembloroso de sus ojos pelirrojos delataban la tormenta de emociones que llevaba por dentro.
A medida que acortaba la distancia hacia el altar, la tensión en su rostro comenzó a disiparse. Allí estaba yo, esperándolo con una postura serena y fluida. Aunque la venda blanca volvía a cubrir mis ojos por estricto protocolo de la corte, la leve sonrisa que se dibujó en mis labios al verlo cruzar el umbral no era por falta de alegría, sino por un alivio profundo e innegable de tenerlo finalmente frente a mí.
Cuando Lloyd subió los últimos escalones del altar y se colocó a mi lado, me incliné levemente hacia él para susurrarle en un hilo de voz, lo suficientemente bajo para que solo él pudiera escucharlo:
—Esa vestimenta te queda muy bien... aunque desde aquí se nota tu nerviosismo.
Una pequeña risa baja escapó de mi garganta, dejando en claro que, mientras él parecía a punto de colapsar por la etiqueta real, yo no tenía ni un solo gramo de nervios.
El pelirrojo se congeló por medio segundo. El tono carmesí volvió a apoderarse de sus orejas con una rapidez impresionante, rompiendo toda la compostura seria que había intentado mantener frente a los nobles.
—¡S-su alt... digo, tú! —murmuró Lloyd entre dientes, manteniendo la vista al frente pero apretando levemente los puños a los costados para no dar un espectáculo—. ¡Cállate! ¡Cualquiera estaría al borde de un ataque cardíaco si tuviera a la mitad de los diplomáticos del continente evaluando hasta cómo parpadea! ¡Y además... estás ridículamente tranquilo para ser el novio principal!
—Porque sé exactamente con quién me estoy casando —respondí con serenidad, buscando con elegancia su mano para entrelazar mis dedos con los suyos.
El toque cálido e inconfundible de mi palma contra la suya hizo que el temblor en los dedos de Lloyd cesara de golpe. El ingeniero soltó un largo suspiro ahogado, y aunque intentó poner una mueca de indignación, la forma en que apretó mi mano de vuelta reveló lo mucho que necesitaba ese contacto.
El gran sacerdote del reino dio un paso al frente, desplegando el pergamino sagrado mientras el órgano de la catedral comenzaba a resonar en el recinto.
—Estamos aquí reunidos para unir bajo el juramento de la corona y la bendición del maná a...
Lloyd giró ligeramente la cabeza hacia mí. A pesar de la venda que cubría mi rostro, sabía que él podía sentir la intensidad con la que mis ojos multicolor lo miraban desde la penumbra de la tela. Una sonrisa torpe, sincera y profundamente enamorada se dibujó en los labios del pelirrojo, aceptando que ya no había marcha atrás. El contrato más importante de su vida estaba a punto de firmarse.
Mientras te inclinabas ligeramente hacia el gran sacerdote para intercambiar unas breves instrucciones sobre el protocolo, la luz dorada del templo real se filtraba por los vitrales, bañando tu silueta de forma casi divina. Tu cabello rubio resplandecía bajo los destellos del candelabro y la fina venda blanca cubría con elegancia la parte superior de tu rostro, dejando a la vista tus labios expresivos, tu barbilla definida y el porte impecable de tu traje de novio.
A tu lado, Lloyd se quedó completamente mudo.
El pelirrojo, que por un instante había olvidado las miradas de los nobles y el protocolo diplomático, te observaba de perfil con los ojos bien abiertos. La fascinación en su mirada era tan evidente que el sonrojo de sus mejillas amenazaba con extenderse por todo su cuello.
Por más que ya conociera la respuesta, por más que supiera que tú lo habías elegido con total convicción y que habías cancelado un compromiso diplomático solo por él, ver esa belleza pura y angelical parada frente al altar le resultaba una escena surrealista. «¿Cómo es posible que alguien así se haya fijado en mí?», se preguntaba Lloyd en un grito silencioso, sintiendo que en cualquier momento se despertaría en su modesta habitación con una montaña de planos y facturas por pagar.
Sin embargo, el calor firme de tu mano entrelazada con la suya era el único recordatorio de que esto no era un sueño, ni una ilusión de maná, ni un balance financiero mal calculado. Era real.
Al terminar de hablar con el sacerdote, volviste la postura hacia el frente y apretaste suavemente los dedos de Lloyd para indicarle que era el momento.
El gran sacerdote aclaró su garganta, elevando los brazos hacia las elevadas bóvedas del recinto.
—Ante la presencia de las estrellas, la corona y todos los testigos de esta noble tierra —proclamó el sacerdote con voz grave y solemne que resonó en todo el templo—, damos inicio al rito sagrado de unión.
El bullicio de los invitados se redujo a un silencio absoluto. Lloyd tragó saliva, tratando de recuperar la compostura mientras la calidez de tu tacto terminaba de disipar sus últimos temores. El órgano de la catedral volvió a resonar con una melodía majestuosa, marcando el momento en que dos vidas, tan opuestas pero completamente complementarias, se unían oficialmente para siempre.
La ceremonia avanzaba con una tranquilidad sorprendente. La melodía del órgano llenaba las imponentes bóvedas de la catedral, pero para mí, la verdadera atracción estaba justo a mi lado. No podía evitar sonreír de oreja a oreja debajo de la venda; era sencillamente divertidísimo ver el esfuerzo sobrehumano que hacía Lloyd por mantenerse erguido y serio. Parecía literalmente un gato erizado intentando lucir intimidante en una majestuosa cueva llena de leones.
Lloyd, en su desesperada búsqueda de algo en qué fijar la mirada para no sucumbir a la vergüenza ni a las miradas escrutadoras de los nobles, volvió a girar el rostro hacia mí.
Fue en ese preciso instante cuando el pelirrojo se dio cuenta de un detalle que se le había pasado por alto entre el pánico de la mañana: mi cabello. Me lo había cortado bastante más corto para la ocasión, dándole un aire mucho más fresco y despejado a mi rostro.
Los ojos de Lloyd se abrieron de par en par, congelándose en su lugar.
—P-pero... tu cabello... —murmuró en un hilo de voz casi imperceptible, tan bajo que solo llegó a mis oídos entre el eco del canto del sacerdote.
Su mirada recorrió fascinada el nuevo corte, admirando cómo los mechones rubios encajaban a la perfección con la línea de mi cuello y la solapa del traje. El descubrimiento fue la gota que derramó el vaso para la poca compostura que le quedaba: el tono carmesí se extendió como un fuego voraz desde sus mejillas hasta la punta de sus orejas, haciéndolo lucir aún más adorable en su papel de "gato intimidante".
—Te lo cortaste... —agregó en un murmullo ahogado, apretando mi mano con un poquito más de fuerza de la necesaria, atrapado entre la sorpresa y una fascinación absoluta que no lograbas ocultar.
Me incliné levemente hacia él, manteniendo mi enorme sonrisa de oreja a oreja.
—Pensé que un nuevo comienzo merecía un nuevo aspecto, mi querido consorte —le susurré al oído con absoluta calma—. ¿Te gusta? ¿O te desconcentra demasiado para seguir actuando como un fiero felino real?
Lloyd soltó un pequeño jadeo indignado, aunque la calidez con la que me miraba traicionaba por completo su intento de fruncir el ceño. Desvió la vista al altar a toda prisa, tragando saliva ruidosamente enquanto intentaba en vano que su corazón no latiera tan fuerte contra su pecho.
—¡Me desconcentra todo usted, zorro vanidoso! —protestó en el susurro más bajo que pudo articular, aunque no soltó mi mano ni por un solo segundo.
Mi mano libre subió con absoluta suavidad para arreglar con delicadeza un par de mechones rojos que se habían despeinado en su frente por el pánico de la carrera y el estrés del altar.
—No grites tanto... Ya toca decir los votos —le susurré con una voz tibia, conteniendo una sonrisa mientras acomodaba su cabello.
Lloyd se quedó completamente estático bajo la caricia de mis dedos. El bullicio del recinto pareció desaparecer por completo para él en ese instante.
Con la mano aún entrelazada a la suya, me erguí con la solemnidad digna de mi sangre real, pero con la devoción pura que solo le pertenecía a él. Mi voz, limpia y clara, resonó con una calidez que envolvió las altas paredes de la catedral:
—Prometo, yo Mitordi, que nunca tendrás que enfrentar el mundo a solas; seré tu hogar, tu descanso y tu apoyo incondicional. Te elijo hoy para formar el mejor equipo, celebrando tus victorias y levantándote en tus derrotas. Antes de que me lo pidieras, mi corazón ya era tuyo; prometo serte fiel en todos los sentidos y cuidar de nuestra unión. Aprender contigo, caminar a tu lado y amarte no solo por quien eres, sino por quien decidamos ser juntos.
Las palabras flotaron en el aire del templo con un peso y una sinceridad tan aplastantes que hasta el más estirado de los nobles extranjeros guardó un silencio reverencial.
Lloyd me miró fijamente. Su pecho se elevaba y caía rápidamente, desarmado por completo por la fuerza de mis votos y, sobre todo, por escuchar mi nombre pronunciado en un compromiso de vida frente a todo el reino. Un brillo cristalino y tembloroso asomó en sus ojos pelirrojos, amenazando con derramar lágrimas de pura emoción que luchaba desesperadamente por contener.
Tragó saliva con dificultad, sintiendo que el nudo en su garganta apenas le permitía respirar. Apretó mi mano con ambas palmas, sintiendo la firmeza de mi toque y la ligera calidez de mi maná multicolores fluyendo entre nosotros a pesar de la venda.
—M-Mitordi... —murmuró Lloyd en un hilo de voz que apenas logró salir de sus labios, olvidándose por completo del protocolo, de los presupuestos y de la multitud que los observaba—. Tú... zorro tramposo... ¿Cómo pretendes que diga los míos sin que me deshaga en llanto delante de todo el mundo?
Ladeo ligeramente la cabeza, una manera burlona pero cariñosa.
-Debes decir tus votos...Y si lloras y te da vergüenza que la gente lo vea, pues te cubriré no hay problema.
Ladeé ligeramente la cabeza, regalándole una inclinación burlona pero profundamente cariñosa mientras la comisura de mis labios se curvaba hacia arriba.
—Debes decir tus votos... Y si lloras y te da vergüenza que la gente lo vea, pues te cubriré, no hay problema —le susurré con suavidad, rozando el dorso de su mano con el pulgar.
Lloyd dejó escapar un resoplido entrecortado que pareció una mezcla entre un sollozo ahogado y una risa resignada. Se secó rápidamente una lágrima rebelde con la manga del traje azul noche, inhalando profundo para juntar todo el valor del mundo. Sabía que toda la alta sociedad, los diplomáticos y su propia familia tenían los ojos puestos en él, pero al sostener mi mirada —incluso a través de la venda—, la multitud simplemente se desvaneció.
Dio un paso al frente, apretando mis manos con firmeza.
—Yo, Lloyd Frontera... —comenzó a decir, su voz tembló un segundo antes de asentarse en un tono firme, claro y lleno de una convicción absoluta que hizo eco en el templo—. Prometo ser tu compañero incondicional, la persona que no solo construya puentes para este reino, sino los cimientos para que nunca vuelvas a cargar con el peso de tus secretos a solas. Prometo cuidar tu corazón tan minuciosamente como cuido cada plano y cada moneda... porque tú te has convertido en mi mayor tesoro.
El pelirrojo esbozó una sonrisa honesta, con las orejas ardiendo pero con los ojos brillando de una calidez transparente.
—Prometo hacerte sonreír todos los días, soportar tus burlas, pelear a tu lado y recordarte que no estás solo. No soy perfecto, soy ruidoso y a veces imprudente, pero soy tuyo. Te elijo hoy, mañana y para siempre... Mitordi.
Un murmullo de emoción recorrió los asientos de la catedral. En la primera fila, la madre de Lloyd se ahogaba en lágrimas de felicidad mientras su padre le daba palmaditas en la espalda, y unos pasos más atrás, Javier mantenía una postura impecable, aunque con un leve gesto de satisfacción aprobatoria.
El gran sacerdote sonrió con beneplácito y extendió las manos sobre nosotros.
—Por el poder que me concede la corona y la bendición del maná que fluye en esta tierra... yo los declaro unidos en matrimonio de por vida. Puede besar al consorte.
Agarro un ramo de rosas rápidamente, para cubrir el rostro de Lloyd junto el mío, para que nadie vea el beso, bueno...Mas bien las lagrimas de Lloyd.
-Ya estamos casado y juntos...para siempre. Mi querido esposo Lloyd.
En un movimiento fluido e imprevisto, alcancé el ramo de rosas que reposaba a un lado del altar y lo elevé entre los dos, cubriendo nuestros rostros de la vista de la multitud, los diplomáticos y el sacerdote. La frondosa pantalla de pétalos rojos y hojas verdes nos regaló un pequeño e íntimo santuario en medio de la inmensa catedral.
Detrás del ramo, las lágrimas de emoción que Lloyd había estado luchando por contener terminaron por rodar libremente por sus mejillas.
Me acerqué a él a través de la calidez de las flores, inclinando mi rostro para buscar sus labios. El beso fue profundo, dulce y posesivo, lleno de la promesa de toda una vida juntos. Sentí el temblor de sus hombros y la calidez de sus manos sujetando las solapas de mi traje con desesperante ternura, entregándose por completo al momento mientras sus lágrimas mojaban levemente nuestras mejillas unidas.
Al separarme despacio, acaricié su mejilla con el pulgar para secarle el rastro de llanto, manteniendo el ramo de rosas bien en alto para protegerlo de la mirada curiosa del reino.
—Ya estamos casados y juntos... para siempre. Mi querido esposo Lloyd —le susurré al oído con una devoción absoluta, dejando que mi voz resonara suave solo para él.
Lloyd dejó escapar un suspiro entrecortado, apoyando la frente contra mi hombro mientras intentaba recuperar el aliento detrás del ramo. Una sonrisa boba, radiante y desarmada se dibujó en sus labios.
—Zorro malvado... —murmuró en un hilo de voz cálido y tembloroso, apretándome aún más contra sí—. Utilizar el ramo de novia como escudo arquitectónico de privacidad... solo a ti se te ocurriría. Pero... gracias.
Se separó apenas un par de centímetros para mirarme a los ojos, con el rostro ardiendo en un tono carmesí pero brillante de pura felicidad.
—Para siempre, Mitordi. Ya no hay contrato que nos separe... mi esposo.
FIN DEL CAPITULO.