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EL ANTEPECHO DE LAS SOMBRAS

agustin
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Contenido de la publicación

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  • ELENA (La madre; desde su juventud lozana hasta la senectud miserable)

  • MATEO (Primer marido; frío, severo, incapaz de soportar la debilidad)

  • JULIÁN (Segundo marido; piadoso, desgastado por la pena hasta volverse un espectro)

  • SANTIAGO (Tercer marido; brutal, oportunista y cruel)

  • SOFÍA (Hija de Elena; dulce, agonizante)

  • VECINA / VOZ EN LA PENUMBRA

ACTO I: LA LECHE HELADA

(Escenario sumergido en una luz azulada y enferma. Una recámara miserable. En el centro, una cuna pequeña de mimbre. Se escucha el caer incansable de una lluvia de invierno sobre el tejado de paja. Elena, de veinte años, viste una camisa de noche manchada de sudor y leche. Abraza desesperadamente un bulto pequeño envuelto en mantas. Mateo permanece junto a la puerta, con las botas cubiertas de barro y los brazos cruzados).

ELENA: (Apretando el bulto contra sus pechos desnudos, balanceándose con frenesí) Toma, vida mía, toma... Aún está caliente. Bebé un poco más. Solo un trago, mi Gabriel, solo un trago para que la sangre te vuelva a las mejillas. Mateo, dile que me mire. Dile a tu hijo que me abra los ojos, que los tiene cosidos por una sombra pesada...

MATEO: (Sin mover un solo músculo, con voz seca y cortante) Deja de apretar esa carne muerta, Elena. El niño no te escucha. Tiene la boca morada y los miembros rígidos como ramas de roble seco. Soltalo.

ELENA: (Lanzando un alarido de fiera herida) ¡No está muerto! ¡Dios no tendría las manos tan sucias como para sacarme de las entrañas a mi primogénito! Siente su pecho... (Le agarra la mano a Mateo a la fuerza y se la pone sobre el bebé) Siente cómo...

MATEO: (Retirando la mano como si hubiera tocado hierro ardiente) ¡Está frío! Frío como la escarcha de la madrugada. La fiebre de anoche le derritió la vida por dentro mientras tú rezabas avemarías inútiles. Tenías que haberle lavado la frente con vinagre, tenías que haber salido a buscar al médico bajo la tormenta. Pero te quedaste dormida abrazada a él. Tú lo ahogaste con tu propio calor, Elena. Tú lo mataste.

ELENA: (Cayendo de rodillas, golpeando el suelo de tierra con la frente hasta sangrar) ¡No! ¡Yo le di la respiración boca a boca hasta que el aire se me volvió hiel! Le supliqué a la muerte que me llevara a mí, que me abriera la garganta y me secara los pulmones, pero la muerte se burló de mi vientre. Mateo, por compasión, abrázame... el frío de la cuna se me está metiendo por los huesos...

MATEO: (Abriendo la puerta; la luz gris del amanecer entra violentamente) Yo me casé con una mujer para fundar un linaje, no para cuidar a una plañidera sobre una fosa. Tus pechos gotean leche para un muerto, Elena. Hueles a tumba. Me voy al pueblo a buscar hombres que me ayuden a cavar el hoyo. Cuando vuelva, no quiero verte la cara. No puedo acostarme en la misma cama con una hembra que solo parió silencio.

(Mateo sale azotando la puerta. Elena se arrastra hacia la cuna, mete la cabeza dentro de la estructura de mimbre y emite un gemido ahogado, abriéndose la camisa y restregándose la leche materna contra el rostro limpio del bebé extinto).

ACTO II: EL AGUA MUDAS

(Diez años después. Una casa modesta cerca de la orilla de un río salvaje. Se escucha el rugido del agua embravecida. Julián está sentado junto a una mesa, golpeándose la cabeza con los puños cerrados. Elena, demacrada, con hilos de plata en el cabello, sostiene una bota pequeña y llena de cieno).

JULIÁN: (Llorando sin contención) El río bajaba con la fuerza de tres caballos desbocados, Elena. Los pescadores tiraron las redes en el recodo del puente... y sacaron su sombrerito de paja. Nada más. El agua se lo tragó. Nuestro Lucas... nuestro niño de ocho años...

ELENA: (Mirando fijamente la bota con una serenidad aterradora, con voz grave y desprovista de modulaciones) No digas que se lo tragó. El agua no tiene dientes, Julián. A mi hijo se lo llevó la culpa. Me miró esta mañana antes de salir y me dijo: "Madre, ¿por qué a veces miras al fondo del pozo y suspiras?". Yo no le respondí. Estaba pensando en Gabriel, en el hermanito que la tierra se comió hace diez años. Le contagié mi peste. Mis hijos nacen marcados por un hilo negro que los arrastra hacia abajo.

JULIÁN: (Levantándose, tomándola por los hombros y sacudiéndola) ¡Reacciona, por todos los santos! ¡Llora, grita, maldice! ¡Pero no te quedes así, como una estatua de sal! Tu silencio me está volviendo loco. Salí a la orilla conmigo, vamos a buscar su cuerpo entre las piedras, vamos a meter los brazos en la corriente hasta que los dedos se nos queden congelados.

ELENA: (Soltándose con una lentitud espectral) No hay nada que buscar en el agua, Julián. El agua lava la carne, borra los rastros. El río sabe que yo no merezco sostener la mano de un niño cuando camine. La primera vez me quitaron a mi hijo del pecho; esta vez me lo quitaron del aire. ¿Qué pecado cometió esta matriz para ser un matadero?

JULIÁN: (Cayendo de rodillas ante ella, agarrándose a sus faldas) Sálvame a mí entonces, Elena... Sálvame tú a mí. No me dejes hundir en esta casa donde las paredes devuelven el eco de los pasos de Lucas. Hagamos otro hijo... sanemos esta tierra...

ELENA: (Mirándolo con unos ojos desorbitados, llenos de un horror milenario) ¿Otro hijo? ¿Para darle más carne a las alimañas? ¿Para criarlo durante ocho años, amar cada pestañeo suyo, y luego entregárselo a la tierra o al agua? Eres un monstruo, Julián. Quieres que vuelva a abrir mis entrañas para alimentar a la muerte. No te quiero en mi cama. Tu aliento me huele a fango de río.

JULIÁN: (Poniéndose de pie lentamente, con la mirada quebrada por completo) Entendí todo, Elena. Tú ya estás muerta. Te moriste con el primer bebé y la que vive aquí es solo una sombra que devora a los hombres que la aman. Me voy. Preferiría ahogarme yo también en ese río antes que pasar una noche más escuchándote respirar al lado mío como un cadáver postergado.

(Julián camina torpemente hacia la noche nocturna. El sonido del río aumenta hasta ser ensordecedor. Elena abraza la pequeña bota embarrada contra su vientre y empieza a mecerse rítmicamente en la oscuridad).

ACTO III: LA CARNE CORROMPIDA

(Doce años después. La casa está desmantelada, en ruinas. Un candil agonizante ilumina una cama de hierro. Sobre ella yace Sofía, de dieciocho años, pálida, con llagas en el rostro y la respiración fatigosa de quien agoniza por una plaga consumitiva. En el otro extremo de la habitación, Santiago, un hombre rudo y con aliento a aguardiente, revuelve un arca de madera buscando monedas).

ELENA: (Con el rostro surcado de arrugas profundas, limpiando con un paño sangriento la frente de Sofía) Resiste, mi niña, resiste un poco más. La luna ya está bajando. Cuando salga el sol, la peste te soltará la garganta. Te voy a hacer una sopa de hierbas dulces... como las que te hacía cuando eras pequeña...

SOFÍA: (Con voz penas perceptible, un susurro agónico) Madre... me duele el aire al entrar... Me quema el pecho como si me hubieran tragado brasas... ¿Por qué mis hermanos me llaman desde la ventana?

ELENA: (Desesperada, besando las manos ulceradas de la muchacha) ¡No los escuches! ¡Ciérrales los oídos! Gabriel y Lucas están en el cielo, pero tú te quedas conmigo. Tú eres mi última raíz. Si tú te secas, Sofía, la tierra se va a abrir debajo de mis pies y me va a tragar entera. ¡Pídele a Dios! ¡Gritale a la Virgen!

SANTIAGO: (Tirando cobijas y muebles con violencia) ¡Déjate de estupideces, mujer! ¡¿Dónde guardaste el dinero de la venta de los terneros?! La chica se está muriendo, ¿no lo ves? Tiene la peste podrida en las tripas. No hay santo ni remedio que la salve. Dame el dinero para ir a la taberna antes de que este antro se llene de gusanos.

ELENA: (Poniéndose de pie como una leona acorralada, encarando a Santiago) ¡Bestia! ¡Maldito seas mil veces, Santiago! Empeñé las sábanas, empeñé las alianzas de mis otros dos matrimonios, empeñé mi propia ropa para comprar los jarabes que el médico mandó. Ese dinero es para pagar la última medicina que van a traer del puerto.

SANTIAGO: (Agarrando a Elena del cuello y estampándola contra la pared de madera) ¡Esa medicina no sirve para nada! La muchacha está entregada desde hace una semana. Tú estás loca, Elena, siempre lo has estado. Compré esta finca pensando que me darías tierras, y solo me diste una entenada moribunda y una casa llena de fantasmas.

(Santiago encuentra una pequeña bolsa de cuero en la cornisa, la sopesa y sonríe con malicia).

ELENA: (Gateando hacia él, agarrándolo de las botas) ¡Santiago, por la memoria de tu madre! ¡No te lleves las monedas! Es la vida de mi hija. Si no le doy el tónico esta noche, los pulmones se le van a llenar de sangre. ¡Déjame salvar a uno! ¡Solo a uno de mis hijos, Dios mío!

SANTIAGO: (Dándole una patada en el pecho que la deja sin aire en el suelo) Púdrete en tu miseria, vieja loca. Búscala en el cementerio mañana por la mañana. A ti no te quiere ni la muerte porque hasta la muerte se empacha de tu dolor.

(Santiago sale dando un portazo. Se escucha el sollozo rasgado de Sofía en la cama).

ACTO IV: EL ÚLTIMO SUSPIRO DE LA RAÍZ

(Misma escena, minutos después. El silencio es denso. Elena, golpeada, se arrastra por el suelo hasta la orilla de la cama de Sofía. Toma la mano de la joven, que está perdiendo la temperatura).

SOFÍA: (Mirando fijamente al techo con los ojos cristalizados) Madre... ya no me duele...

ELENA: (Con la voz rota, ahogada en llanto) ¿Ves, mi amor? Ya está pasando... El dolor se va...

SOFÍA: El aire huele a flores secas... Mateo está en la puerta... y Julián sostiene la linterna... Y dos niños... dos niños vestidos de blanco me están agarrando del vestido... Dicen que es hora de irnos todos...

ELENA: (Gritando con la boca pegada al pecho de su hija) ¡No los sigas! ¡Sofía, quédate aquí! ¡No me dejes sola en este desierto! Yo te cuidé, yo me desollé las manos para comprar tu pan... ¡Sofía!

(Sofía emite un último estertor largo y desgarrador. Su cabeza cae hacia un lado. Los ojos permanecen abiertos, fijos en la nada. El candil se apaga repentinamente, dejando la escena envuelta en un tono penumbroso).

ELENA: (En el silencio absoluto. Pasa sus manos lentamente sobre el rostro de Sofía para cerrarle los ojos. Luego, se incorpora despacio. No llora. Su voz baja una octava, volviéndose grave, espectral, como nacida del fondo de la tierra).

Se acabaron. Ya no hay más. Mi vientre quedó limpio como un plato raspado por perros. Tres hijos parí para regar la tierra con su sangre. Tres hombres tuve para que me enseñaran las distintas formas del abandono. Mateo me dejó por orgullo; Julián me dejó por cobardía; Santiago me dejó por codicia. Y Dios... Dios me dejó porque se cansó de escuchar mis alaridos.

(Se encamina hacia un rincón, toma tres muñecos hechos de trapos viejos y paja, y los sienta en la mesa).

ACTO V: EL CEMENTERIO DE CARNE

(Años más tarde. La casa está sumida en la ruina total. No hay techo; el cielo nocturno y helado se ve directamente arriba. Elena es una anciana decrépita, cubierta de harapos negros, con las manos deformadas por la artritis. Camina en círculos alrededor de tres tumbas improvisadas hechas con montículos de tierra y cruces de madera tosca en medio de lo que solía ser la sala).

ELENA: (Hablando a la nada, sonriendo con una demencia senil y pálida) Gabriel... ponte el abrigo, que la fiebre de la noche es traicionera. Lucas... no te acerques a la orilla, que el río tiene ojos de serpiente y te va a llamar por tu nombre. Sofía... peínate ese cabello largo, que hoy vienen los pretendientes a pedirte la mano...

(Se detiene frente al montículo central. Se deja caer de rodillas, hundiéndose en el barro frío).

¿Saben lo que es ser una madre sin hijos? Es ser un árbol que sigue dando frutos rotos que nadie come. Es tener el pecho lleno de leche rancia que se vuelve veneno en las entrañas.

(Acaricia la tierra de las tumbas con una devoción desgarradora).

Mis tres maridos huyeron porque no pudieron soportar la sombra de mi luto. Querían mujeres vivas, mujeres que reyeran con el sol. Pero yo no era una mujer: yo era un cementerio con voz. Mateo me dio el dolor de la primera despedida. Julián me enseñó la desesperación del agua. Santiago me demostró que el hombre puede ser más cruel que la peste.

(Elena se recuesta sobre la tierra húmeda, abrazando las tres cruces de madera contra su pecho gastado. Se escucha el viento aullar fuertemente entre las maderas rotas de la casa).

Ya voy... No me llamen más desde la sombra. Ya no tengo más lágrimas para darles. Me gasté el llanto a los veinte años, me gasté la voz a los treinta, y a los cuarenta me gasté el alma. Ahora solo me queda esta carcasa de huesos viejos.

(Elena estira una mano hacia el cielo estrellado. Sus dedos se contraen levemente y luego caen inertes sobre la tierra húmeda. El viento apaga el murmullo final).

Escuchen... El silencio por fin es perfecto. La cuna ya no se mueve. El río ya no ruge. La peste ya no quema. Por fin... por fin soy la madre de la nada.

(Una luz cenital blanquecina y fría enfoca el cuerpo inmóvil de Elena abrazado a los tres montículos de tierra mientras baja lentamente el telón).

TELÓN