En el estudio, Samantha comenzó a escribir una serie de relatos inspirados en la arquitectura de los sentimientos, mientras Andrew diseñaba bocetos de espacios dedicados a la luz y al arte.
A pesar de la intimidad y del afecto sincero que se profesaban, jamás hubo reproches ni exigencias de tiempo. Samantha sabía exactamente cuál era su lugar en la estructura de Andrew: la musa, el alma gemela, el secreto más dulce y refinado.
—A veces me pregunto si no es una locura esto que construimos —dijo Samantha un día, deslizando sus dedos sobre el hombro de Andrew mientras él dibujaba.
—No es una locura si nace de la honestidad de lo que somos —respondió él, girando la cabeza para mirarla a los ojos—. Con Elena tengo mi vida, mi lealtad, mi compromiso de construir una familia y un imperio. Contigo tengo la resonancia de mi alma. A ninguna de las dos las traiciono en lo que les ofrezco, porque a ambas les doy lo mejor de mí en sus respectivos mundos.