Al atravesar la frontera de los árboles, Dark Lord se detuvo.
Por un instante, olvidó respirar.
Ante sus ojos se extendía un lugar que parecía arrancado de las leyendas más antiguas. Era como si la belleza del mismísimo Olimpo hubiera descendido a la tierra y hubiera decidido esconderse allí, lejos de los ojos mortales.
Las luces brillaban con un fulgor casi celestial, bañando los caminos con destellos dorados. Las enormes paredes reflejaban la luz como si hubieran sido construidas con la misma nobleza de los dioses. Todo tenía una perfección extraña: las columnas, los jardines, las construcciones... incluso el aire parecía diferente.
No era simplemente hermoso.
Era majestuoso.
Dark Lord permaneció inmóvil, contemplándolo todo con los ojos abiertos de par en par. Durante toda su vida había pensado que las criaturas que veía eran producto de su imaginación. Que los seres imposibles, los paisajes que aparecían ante sus ojos y todas aquellas cosas que nadie más podía ver eran simplemente parte de su mente.
Pero aquello...
Aquello estaba frente a él.
—¿Este es el Santuario Mestizo? —preguntó finalmente, casi en un susurro.
Nevado se detuvo y giró lentamente hacia él.
Durante unos segundos no dijo nada.
Solo lo observó.
Y entonces Dark Lord comprendió algo.
La expresión de Nevado no era la de alguien que acababa de mostrarle un refugio.
Era la de alguien que sabía que acababa de abrirle la puerta a algo mucho más grande.
Dark Lord volvió la mirada hacia aquel mundo desconocido.
Quizá el Santuario Mestizo no era el final de sus preguntas.
Quizá era apenas el comienzo.