Al fondo del templo había una luz.
Parecía la llama de una pequeña vela, pero su resplandor era tan intenso que iluminaba todo el santuario con tonos azules y celestes.
Gizmo quedó hipnotizado.
Por unos segundos no supo qué pensar.
Quizá estaba soñando.
Tal vez se había quedado dormido sobre uno de sus libros de fantasía o mitología, imaginando criaturas imposibles y mundos que solo existían en las historias.
Pero entonces escuchó una melodía.
Una melodía tan hermosa que parecía imposible que perteneciera a este mundo.
Gizmo avanzó lentamente.
Atlas y Cronos permanecieron detrás de él, atentos.
Y entonces la vio.
Frente a la luz había una criatura.
No parecía un pony.
Tampoco parecía un ave.
Su silueta recordaba a un antiguo hipogrifo, pero había algo diferente en ella.
Su cuerpo tenía una elegancia casi marina, como si hubiera nacido de las profundidades del océano. Sus alas se extendían suavemente mientras su figura permanecía rodeada por aquel resplandor azul.
No podía distinguir sus colores ni sus facciones.
Solo podía verla cantar.
Y aquella voz…
Era indescriptiblemente hermosa.
Gizmo se quedó completamente quieto.
La criatura dejó de cantar.
Por unos instantes, ninguno se movió.
Entonces aquellos ojos se posaron sobre Gizmo.
Y él sintió algo extraño.
Como si aquella criatura lo hubiera estado esperando desde mucho antes de que él llegara al valle.
Gizmo dio un pequeño paso hacia adelante.
La luz aumentó.
Las flores azules del exterior comenzaron a brillar nuevamente.
Y en ese instante comprendió algo que todavía no podía explicar.
Había llegado hasta allí siguiendo las estrellas.
Pero quizá las estrellas tampoco estaban siguiendo un camino.
Quizá estaban siguiendo a alguien.
Gizmo respiró profundamente.
Miró a aquella misteriosa criatura.
Y supo que, desde ese momento, nada volvería a ser igual.
Su destino apenas comenzaba.