La pequeña cafetería L’Arôme olía a canela, cacao fresco y granos seleccionados. En una esquina iluminada por la luz suave que atravesaba el ventanal, Samantha leía con atención. A sus veinticuatro años, la joven de origen francés poseía una belleza singular: piel morena, tez fina, figura delgada y una compostura natural que transmitía elegancia y serenidad.
Samantha estaba en su cuarto año de odontología en Suiza, pero su mente era un mosaico de pasiones: la natación, el tenis, la escritura y, sobre todo, el arte y la literatura. Mientras hojeaba la novela entre sus manos, levantó la vista levemente para tomar un sorbo de su bebida dulce.
En ese instante, Andrew cruzó la puerta. Su porte atlético, la pulcritud de su rostro cuidado y la mezcla de sencillez y lujo en su atuendo llamaron de inmediato la atención de Samantha. Observó con ojo clínico la fina argolla de matrimonio que brillaba en la mano izquierda del hombre. "Elegante, sin duda casado, de unos veintiocho o treinta años", pensó ella con serenidad antes de volver la mirada a su libro.
Andrew, por su parte, se acomodó en una mesa cercana. No solía fijarse en extraños, pero la devoción con la que esa joven leía lo cautivó. Había algo en la dulzura de su sonrisa y en la calma de sus gestos que le sugería que no era una persona común. Pese a saberse un hombre profundamente casado y enamorado de Elena, Andrew se permitió admirarla en silencio, apreciando la escena como si contemplara una obra de arte abstracta.