A partir de aquel día, las reuniones dominicales de una hora se convirtieron en un acuerdo implícito. Andrew descubrió las aficiones de Samantha: su fascinación por el chocolate artesanal, los postres aromáticos, el arte vanguardista y, de manera especial, los tulipanes naranjas.
Durante una visita a una pequeña galería privada que Andrew cerró exclusivamente para los dos durante noventa minutos, Samantha contemplaba un lienzo expresionista cuando él le entregó un ramo de tulipanes naranjas envueltos en papel de seda.
—El naranja representa la energía, la creatividad y la calidez —dijo Andrew mirándola con profunda empatía—. Exactamente lo que transmites cuando hablas de tus proyectos y de tu escritura.
—Nadie me había regalado tulipanes de este color —susurró Samantha, oliendo las flores y tocando los pétalos con delicadeza—. Eres un hombre transparente en tus afectos, Andrew, aunque lleves esa alianza en la mano.
—Esa alianza representa mi compromiso y mi hogar con Elena, a quien amo y respetaré siempre —explicó Andrew con absoluta honestidad—. Pero lo que siento al conversar contigo es distinto; es una afinidad del alma que no puedo ni quiero negar.
Samantha, educada en valores firmes de amor propio y madurez, entendió los límites de aquel territorio. No buscaba destruir un matrimonio ni ocupar el lugar de otra mujer; aceptó la presencia de Andrew como un regalo del destino para su intelecto y su corazón.