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Capítulo 14: Un almuerzo diferente

DNavarrete
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El reloj de la pared marcó con claridad el inicio de la hora del almuerzo. Al instante, los pasillos de la academia comenzaron a llenarse de movimiento: puertas de aulas que se abrían y cerraban,…

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El reloj de la pared marcó con claridad el inicio de la hora del almuerzo. Al instante, los pasillos de la academia comenzaron a llenarse de movimiento: puertas de aulas que se abrían y cerraban, risas que resonaban por todos lados y el sonido de cientos de pasos dirigiéndose hacia la cafetería, el patio o los rincones más tranquilos del edificio.

 

—Entonces nosotras vamos por la comida —anunció Ayaka con decisión, ajustando un poco el borde de su falda—. Hoy me toca invitar, así que no se hable más.

 

—Yo también voy con ustedes —agregó Shiori, sonriendo con esa calma que la caracterizaba mientras recogía sus cosas.

 

De pie junto al grupo, con su imponente figura que ya destacaba entre la multitud, Goro dio un paso adelante sin decir nada al principio.

 

—Las acompaño —dijo finalmente con su voz grave y pausada.

 

Ayaka levantó una ceja, un poco sorprendida.

 

—¿Nos acompañas? ¿Por qué? No hace falta que cargues nada.

 

Goro dirigió la mirada hacia el final del pasillo, donde se veía la entrada de la cafetería con una fila que ya se extendía casi hasta la puerta.

 

—Habrá mucha gente —explicó con total seriedad—. Si voy primero, será más fácil pasar y encontrar un lugar.

 

Shiori tardó apenas un segundo en comprender a qué se refería, y cuando se dio cuenta, no pudo evitar una pequeña sonrisa. De hecho, en cuanto comenzaron a caminar, el resto también lo entendió perfectamente.

 

A medida que avanzaban hacia la cafetería, los estudiantes que esperaban su turno levantaban la vista, miraban primero a las dos chicas, y luego fijaban la mirada en la figura inmensa que las seguía. Como por arte de magia, la fila comenzó a abrirse sola, dejando un pasillo libre sin que nadie tuviera que pedir permiso.

 

—Pasen… pasen ustedes —decían algunos, apartándose rápidamente.

 

—No hay problema, adelante —añadían otros, sin atreverse a protestar ni a reclamar nada.

 

Desde una esquina, un grupo de alumnos observaba la escena con asombro.

 

—Creo que ya contrataron guardaespaldas oficiales —comentó uno en voz baja.

 

Su compañero asintió con total convicción.

 

—Tiene todo el sentido del mundo. La presidenta, la vicepresidenta y Shiori-san son las más populares de toda la escuela; necesitan alguien que las proteja de tanta gente.

 

Otro negó con la cabeza, mirando a Goro con una mezcla de admiración y diversión.

 

—Yo diría que no es así… más bien parece que él protege a toda la escuela de ellas.

 

La frase provocó risas contenidas entre los más cercanos, aunque nadie se atrevía a decírselo en voz alta.

 

Mientras tanto, Goro caminaba con paso firme, aparentemente ajeno a todos los comentarios y miradas. Sin embargo, si se fijaban bien, su espalda estaba un poco más erguida y su postura más recta que apenas unos minutos antes.

 

Ayaka lo miró de reojo, luego intercambió una mirada con Shiori, y ambas tuvieron que girar la cara hacia el otro lado para no soltar una carcajada en pleno pasillo.

 

—Está encantado de que lo noten —susurró Ayaka con una sonrisa contenida.

 

—Y muy orgulloso, además —añadió Shiori en el mismo tono—. Se le nota hasta en la forma de caminar.

 

En ese momento, Goro se giró ligeramente hacia ellas, con esa expresión inmutable de siempre.

 

—¿Ocurre algo? ¿Hay algún problema?

 

—Nada en absoluto —respondieron las dos al unísono, casi sin respirar.

 

—Muy bien —contestó él, y volvió a mirar al frente, aunque ahora caminaba todavía más erguido que antes.

 

Aquello terminó de romper la poca compostura que les quedaba, y ambas tuvieron que taparse la boca con una mano para no reírse en voz alta.

 

Mientras tanto, en una de las bancas de madera del patio, bajo la sombra de un gran árbol, Yuuto permanecía sentado junto a Kaito. A su alrededor, el bullicio del almuerzo llenaba el aire: risas, conversaciones, el sonido de las bandejas y los pasos de quienes paseaban, pero entre los dos reinaba una calma tranquila y cómoda, como si el ruido exterior no pudiera alcanzarlos.

 

Yuuto abrió despacio su libreta de tapas duras, tomó el lápiz y escribió con trazo suave y ordenado. Cuando terminó, giró el cuaderno hacia Kaito para que pudiera leerlo:

 

    “Al principio, Goro da un poco de miedo, ¿verdad?”

 

Kaito leyó la frase y soltó una risa suave, moviendo la cabeza de lado a lado.

 

—Te aseguro que a todo el mundo le pasa lo mismo. La primera vez que lo ves, piensas que va a romper todo lo que encuentre a su paso.

 

Yuuto volvió a escribir sin perder tiempo, y mostró la nueva línea:

 

    “Pero en el fondo es muy amable. Y más aún con las chicas.”

 

La sonrisa de Kaito se volvió más serena y sincera, y asintió con firmeza.

 

—Eres de los pocos que se da cuenta de eso desde el primer día. La mayoría solo ve su tamaño, su cara seria y su voz grave, y no se detienen a mirar más allá.

 

Le devolvió la libreta y señaló con la mirada hacia la entrada de la cafetería, donde podían ver a Goro esperando pacientemente, bloqueando con su figura cualquier posible aglomeración para que Ayaka y Shiori pudieran pedir su comida con tranquilidad.

 

—Siempre ha sido así —añadió en voz baja—. Se preocupa por los demás, pero no lo dice con palabras. Lo demuestra con lo que hace, aunque casi nadie lo entienda.

 

Yuuto levantó de nuevo el lápiz, pensó un instante y escribió:

 

    “¿Lo conoces desde hace mucho tiempo?”

 

—Desde que éramos niños —respondió Kaito con una sonrisa nostálgica—. Somos vecinos de toda la vida, así que prácticamente crecimos juntos. Jugábamos, estudiábamos y nos metíamos en líos como cualquier otro par de amigos.

 

Yuuto levantó un poco la vista, con los ojos muy abiertos, como si esa información le pareciera algo increíble.

 

Kaito soltó una risa divertida y lo señaló con el dedo.

 

—Ya sé exactamente qué estás pensando.

 

Yuuto negó rápidamente con la cabeza, intentando disimular, pero lo hizo con tanta prisa que solo consiguió llamar más la atención.

 

—¡No intentes ocultarlo! —exclamó Kaito entre risas—. Esa mirada de sorpresa la conozco perfectamente.

 

Yuuto bajó un poco la cabeza, sintiéndose descubierto, y escribió despacio:

 

    “No es exactamente lo que piensas…”

 

—Pero sí un poquito, ¿verdad? —insistió Kaito con una sonrisa traviesa.

 

Yuuto se quedó inmóvil unos segundos, y finalmente asintió muy despacio, con timidez.

 

—No te preocupes, de verdad —le dijo Kaito con calma—. Todo el mundo se hace la misma pregunta cuando nos ve juntos por primera vez. ¿Cómo alguien tan hablador y pequeño como yo puede ser amigo de alguien tan callado y grande como él?

 

Se recostó sobre el respaldo de la banca, cruzando los brazos detrás de la cabeza, y miró a su amigo con mucho cariño.

 

—Si quieres conocer realmente a Goro, tienes que olvidarte de su tamaño, de su cara seria y de lo que dicen los demás. Solo tienes que tomarte el tiempo de conocerlo. Para mí, es el mejor amigo que puedo tener, y no lo cambiaría por nadie en el mundo.

 

Su voz perdió todo tono de broma en ese momento, y sonó completamente sincera, sin ninguna duda.

 

Yuuto volvió a mirar hacia la cafetería, observando la figura inmensa que seguía esperando, tranquila y atenta. Después de unos segundos de silencio, escribió en su libreta:

 

    “Se nota que lo aprecias mucho.”

 

Kaito sonrió satisfecho, como si le hubieran dado la razón.

 

—Claro que se nota. Y además… —añadió de repente, recuperando ese tono juguetón de antes—, tener un amigo como él tiene muchísimas ventajas, créeme.

 

Yuuto levantó la vista con curiosidad, sin entender a qué se refería.

 

Kaito señaló discretamente hacia un grupo de chicas que pasaba por allí, mirando hacia ellos con interés, pero que en cuanto divisaron a Goro, desviaron la mirada y cambiaron de dirección al instante.

 

—¿Ves eso? —dijo en voz baja—. Actúa como un escudo humano. Espanta automáticamente a cualquiera que quiera acercarse a molestar, sin que tenga que hacer nada. Es perfecto.

 

Yuuto siguió la escena con la mirada, y al comprender el chiste, dejó escapar un sonido suave y breve:

 

—Pff…

 

No llegó a ser una risa clara, solo un soplido entre dientes, pero estuvo muy cerca.

 

Kaito abrió los ojos con exagerada sorpresa, se llevó una mano al pecho y señaló a Yuuto como si acabara de presenciar algo extraordinario.

 

—¡¿Lo escucharon?! —exclamó en voz alta, mirando a todos lados con dramatismo—. ¡El muchacho sabe reír! ¡Es un fenómeno único en la escuela!

 

Yuuto abrió los ojos un poco más, sorprendido de que lo hubiera notado, y se encogió un poco sobre sí mismo.

 

Kaito se inclinó hacia él, con una sonrisa enorme y brillante.

 

—¡Ahora ya está decidido! —dijo con entusiasmo—. Me he propuesto hacerte reír todos los días. Ya verás que en poco tiempo te saco más de una carcajada.

 

Yuuto escribió rápidamente en su libreta para detenerlo:

 

    “No hace falta que te esfuerces tanto.”

 

Kaito negó con energía, sin aceptar negativas.

 

—Demasiado tarde. Ya lo he dicho en voz alta, así que ya es un reto oficial.

 

Yuuto lo miró con esa expresión tranquila y un poco asombrada, mientras observaba la alegría que parecía desbordar a su nuevo compañero. Luego bajó la vista hacia la libreta, y por primera vez desde que había regresado a la escuela, pensó para sí mismo:

 

Quizás tener un amigo tan ruidoso, tan directo y tan lleno de energía… no es algo tan malo después de todo.

 

Y por un instante, en sus labios apareció una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero mucho más sincera que cualquier otra que hubiera mostrado en mucho tiempo.

 

Kaito seguía mirando a Yuuto con esa sonrisa traviesa que siempre presagiaba alguna travesura o broma sin malicia. Se inclinó un poco hacia él, manteniendo la voz baja pero con un tono de curiosidad entusiasta.

 

—Vamos, hazlo otra vez —le pidió suavemente.

 

Yuuto lo miró con expresión de confusión, sin entender bien a qué se refería.

 

Kaito señaló con un dedo su propia boca, sonriendo más ampliamente.

 

—Ese resoplido que hiciste hace un momento. Casi te soltaste a reír de verdad, ¿verdad? Quiero escucharlo de nuevo.

 

Al instante, las mejillas de Yuuto se tiñeron de un leve rubor que no se notaba bajo su cubrebocas, pero que se reflejaba en sus ojos. Bajó la vista de inmediato y, con total naturalidad, levantó su libreta hasta cubrir casi media cara, usándola como si fuera un escudo improvisado. Ya llevaba puesta la capucha, los guantes y la mascarilla, y ahora parecía querer esconderse detrás de todo lo que tenía a mano. No tenía miedo, solo sentía una timidez profunda que le hacía desear desaparecer por un instante.

 

Kaito soltó una risa suave y apoyó un codo sobre el respaldo de la banca, observándolo con cariño.

 

—¡Qué tierno eres!

 

Yuuto asomó apenas un ojo por encima del borde de la libreta para vigilarlo, sin atreverse a bajarla del todo.

 

—Ahora sí lo tengo claro —añadió Kaito con entusiasmo—: por fin encontré a un amigo realmente interesante.

 

Rápidamente, Yuuto garabateó unas líneas con el lápiz y mostró la nota:

 

    “No soy nada interesante.”

 

Kaito leyó las palabras y negó con la cabeza, divertido.

 

—Ese es exactamente el tipo de cosas que diría alguien que sí lo es.

 

Yuuto volvió a ocultarse detrás de las hojas y escribió solo tres puntos:

 

    “…”

 

—¿Ves? —insistió Kaito entre risas—. ¡Hasta tus puntos suspensivos tienen más personalidad que la de muchos alumnos de esta escuela!

 

Yuuto ya estaba a punto de escribir una respuesta más larga, pero antes de que terminara de trazar la primera palabra...

 

¡POM!

 

Algo golpeó suavemente la parte superior de la cabeza de Kaito. No fue un golpe fuerte, solo lo suficiente para hacerlo inclinarse hacia adelante de golpe.

 

—¡Ay! —se quejó llevándose ambas manos a la zona afectada, con una expresión de dolor exagerado—. ¡¿Quién fue?!

 

Una voz fría, serena y completamente tranquila respondió justo detrás de él:

 

—Yo.

 

Kaito giró lentamente sobre su asiento, y sus ojos se abrieron como platos. Allí, de pie detrás de la banca, estaba Reika Tsukishiro, la presidenta del consejo estudiantil. Su expresión era imperturbable, elegante y tranquila, y aún tenía el puño ligeramente cerrado y levantado, como si acabara de hacer algo de lo más normal del mundo.

 

Detrás de ella acababan de llegar Ayaka y Shiori, que al ver la escena tuvieron que apretar los labios para no soltar la risa en ese mismo instante.

 

—¡Presidenta! —exclamó Kaito, frotándose la cabeza con ambas manos y poniendo cara de víctima—. ¡No me pegue así! ¡Con lo inteligente que soy, voy a quedar todavía más tonto si sigue así!

 

Reika lo observó en silencio durante unos segundos, recorriéndolo con la mirada con total calma, y luego respondió sin alterarse en absoluto:

 

—Más de lo que ya estás... —hizo una breve pausa, como si realmente lo estuviera pensando—. No creo que sea posible.

 

Por un segundo, el patio quedó en silencio.

 

Kaito abrió la boca lentamente, sin saber qué responder al principio, y luego se llevó una mano al pecho como si acabara de recibir la herida más dolorosa de su vida.

 

—...

—Presidenta... —comenzó a decir con una voz que temblaba de forma exagerada—. Jamás en mi vida me habría imaginado... —levantó una mano hacia el cielo con dramatismo—. ¡Jamás pensé que usted tendría esa opinión sobre mí!

 

Ayaka ya no pudo contenerse más y soltó una risa clara y sonora. Shiori también terminó riéndose, cubriéndose la boca con una mano. Incluso Goro, que llegaba justo en ese momento cargando con cuidado varias bandejas llenas de comida, permitió que apareciera una pequeña sonrisa en sus labios, algo que casi nadie tenía oportunidad de ver.

 

Sin detenerse, Kaito siguió con su actuación: se puso de pie lentamente, manteniendo la mano sobre el corazón, y miró a Reika con una expresión de absoluta desgracia.

 

—Después de todo lo que he hecho por este consejo estudiantil... —suspiró hondo, como si le costara respirar—. ¡Así me lo paga usted!

 

Reika cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con calma.

 

—¿Y qué hiciste exactamente?

 

Kaito se quedó inmóvil de golpe. Se quedó con la boca entreabierta, pensando intensamente. Pasaron unos segundos.

 

—Bueno... —empezó a decir, rascándose la nuca—. Seguramente algo hice, ¿no?

 

Ayaka estalló en carcajadas.

 

—¡Ni tú mismo lo sabes!

 

Kaito la señaló con el dedo, fingiendo estar ofendido.

 

—¡No te rías de mí! ¡Estoy pasando por un momento de gran dolor emocional!

 

—Lo estás exagerando un poquito —comentó Shiori con una sonrisa dulce.

 

—¡Un poquito no, muchísimo! —corrigió Ayaka, todavía riendo.

 

Kaito volvió a mirar a Reika, poniendo cara de súplica.

 

—Presidenta... solo quiero decirle algo —respiró profundamente, como si fuera a pronunciar un discurso importante—: sus palabras de hace un momento han herido profundamente mi autoestima.

 

Reika lo miró fijamente a los ojos durante un instante, y luego respondió con la misma serenidad de siempre:

 

—No te preocupes.

 

Kaito levantó un poco la cabeza, esperanzado.

 

—¿De verdad?

 

—Si algún día encuentro una —añadió ella sin cambiar de tono—, te la devuelvo.

 

El silencio volvió a instalarse por un segundo, pero esta vez fue seguido de una explosión de risas. Ayaka se dobló casi por la mitad, riendo sin parar. Shiori tuvo que agarrarse del brazo de Goro para no perder el equilibrio. Incluso el gigante soltó una risa grave y profunda que resonó suavemente.

 

Kaito se quedó completamente inmóvil, con la mirada fija en el vacío, como si su alma acabara de abandonar su cuerpo por un instante.

 

Desde su escondite detrás de la libreta, Yuuto observaba toda la escena con mucha atención. Poco a poco, sus hombros comenzaron a temblar ligeramente, contenidos por el esfuerzo de no hacer ruido.

 

Kaito notó ese movimiento de reojo y señaló a Yuuto al instante, recuperando el aliento.

 

—¡No! ¡Tú tampoco te rías!

 

Pero Yuuto ya no pudo aguantar más. Dejó escapar otro resoplido, esta vez más claro y fuerte, que sonaba inconfundiblemente como una risa suave y sincera.

 

Y por primera vez desde que todos se reunieron en aquel rincón tranquilo del patio, las risas de los seis jóvenes se mezclaron bajo el cielo despejado, llenando el aire de calidez y complicidad. En ese momento, aquel lugar dejó de ser solo un rincón de la escuela para convertirse en un espacio donde todos se sentían cómodos, aceptados y, sobre todo, como en casa.

 

Al caer la tarde, el camino de regreso a casa se volvía tranquilo y silencioso. Las calles del barrio comenzaban a teñirse con los tonos anaranjados y dorados del atardecer, mientras una brisa fresca y suave movía las hojas de los árboles y arrastraba el aroma húmedo de la tierra.

 

Yuuto caminaba con la mochila colgada al hombro, sin prisas, con los pasos pausados y, por primera vez en mucho tiempo, sin bajar la cabeza tanto como solía hacer.

 

Cuando llegó frente a la puerta de su casa, sacó la llave, abrió con suavidad y entró. En cuanto cruzó el umbral, lo recibió de inmediato el olor cálido y reconfortante de la cena que ya se estaba preparando.

 

No pronunció ninguna palabra, como era costumbre. Simplemente se agachó para dejar los zapatos ordenados junto a la entrada, y luego se quitó la gruesa chaqueta larga que usaba sobre el uniforme. Al dejarla caer sobre el perchero, quedó al descubierto su cabello: completamente plateado, brillante y sedoso, que bajo la luz cálida de la casa parecía destellar como la plata pulida.

 

Debajo llevaba solo la camisa del uniforme escolar, una talla demasiado grande para su complexión: las mangas le sobraban y se doblaban un poco en las muñecas, el cuello quedaba holgado y la tela ocultaba un cuerpo mucho más delgado, esbelto y delicado de lo que cualquiera podría imaginar al verlo caminar por los pasillos de la escuela.

 

Yuuto soltó un pequeño suspiro de alivio, sintiéndose más libre sin tanta ropa encima. Luego dirigió la mirada hacia otro gancho del perchero, donde, como todos los días, lo esperaba su prenda favorita: una chaqueta de tela suave y ligera, de color crema, con unas pequeñas orejas de gatito en la capucha y un bordado sencillo de un gato dormido en uno de los bolsillos. Su madre siempre la dejaba lista antes de que él regresara, sin necesidad de hablar ni de recordárselo.

 

Una sonrisa muy leve apareció en sus labios. Se la puso con naturalidad y, al instante, sintió que le quedaba perfecta, mucho más cómoda y cálida que cualquier prenda del uniforme. No se cambió el pantalón, solo se acomodó la chaqueta, tomó aire y caminó hacia el comedor.

 

Allí, Aoi terminaba de servir la comida en la mesa. Al verlo entrar, levantó la vista y le dedicó esa sonrisa suave y cariñosa que lo acompañaba siempre.

 

—Llegaste justo a tiempo —le dijo con tono alegre—. Si tardabas cinco minutos más, habría tenido que salir a buscarte.

 

Yuuto negó suavemente con la cabeza, dejó la mochila apoyada en el respaldo de una silla y se sentó frente a ella.

 

La cena transcurrió con la misma calma y paz de siempre: solo se escuchaba el sonido suave de los cubiertos, el vapor que subía lentamente de los platos y esa sensación de seguridad que solo existía dentro de esas cuatro paredes.

 

Aoi levantaba la vista de vez en cuando mientras comía, observando a su hijo con una mezcla de ternura y orgullo. No podía evitar notar cuánto había cambiado a lo largo de los años: aquellos rasgos cada vez más delicados, las facciones suaves y armoniosas, las pestañas largas y oscuras que enmarcaban sus ojos azules, y ese cabello plateado que ya era parte de él. Ya no era el niño pequeño que recordaba, pero en el fondo seguía siendo el mismo: tranquilo, dulce y de buen corazón. Y para ella, eso era lo único que realmente importaba.

 

Nunca hacía preguntas que pudieran incomodarlo, ni presionaba para que hablara si no quería. Las conversaciones eran sencillas, como las de cualquier madre e hijo.

 

—¿Te dejaron mucha tarea hoy? —preguntó con naturalidad.

 

Yuuto tomó su libreta, abrió una página limpia y escribió con trazo firme:

 

“Matemáticas y literatura.”

 

Aoi asintió con la cabeza.

 

—Entonces tendrás trabajo después de cenar.

 

Yuuto respondió con una pequeña inclinación de cabeza, como diciendo que lo tenía en cuenta.

 

Siguieron comiendo en silencio un rato más.

 

—Y no olvides darte un buen baño antes de ir a dormir —añadió ella, con ese tono de recordatorio cariñoso.

 

Él volvió a asentir despacio.

 

Aoi sonrió. Aquella rutina diaria nunca cambiaba, y precisamente por eso la valoraba tanto: le daba estabilidad y seguridad a los dos.

 

Terminó otro bocado y, con la misma tranquilidad, formuló la pregunta que hacía todas las tardes:

 

—¿Y cómo estuvo tu día en la escuela?

 

Al oírla, Yuuto llevó la mano automáticamente hacia su libreta. La abrió, tomó el lápiz y se preparó para escribir, como siempre hacía. Pero en ese momento, algo lo detuvo. Se quedó inmóvil, con la punta del lápiz suspendida en el aire, sin tocar el papel.

 

Aoi dejó los palillos sobre la mesa con suavidad. Lo conocía demasiado bien para no notar que algo era diferente. Sabía cuándo estaba pensando, cuándo tenía dudas o cuándo quería decir algo que le costaba expresar.

 

Despacio, Yuuto bajó un poco la libreta y la sostuvo justo frente a su rostro, cubriendo solo sus labios, como si quisiera esconderlos por timidez.

 

Aoi lo miró en silencio, esperando con el corazón latiendo un poco más rápido.

 

Y entonces ocurrió.

 

Los labios de Yuuto se movieron apenas, con mucha suavidad y casi sin hacer fuerza. De ellos salió una voz pequeña, delicada, todavía insegura y temblorosa, como si tuviera miedo de romper el silencio con su sonido. Fue un susurro tan bajo que parecía querer desaparecer en el aire, pero llegó claro y nítido hasta los oídos de su madre.

 

    “Fue divertido.”

 

Aoi abrió los ojos lentamente, sorprendida. El tenedor que sostenía se le escapó de los dedos y cayó sobre el plato con un sonido metálico suave: clink. El ruido resonó en toda la habitación, pero a ella no le importó.

 

Hacía casi dos años que no escuchaba esa voz. Desde aquel día difícil en que decidió dejar de hablar por miedo, inseguridad y dolor, se había acostumbrado a comunicarse solo con sus notas.

 

Yuuto levantó un poco la vista, y sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. Rápidamente volvió a bajar la libreta, ocultando parte de su rostro, esperando quizás haber hecho algo malo o haber hablado demasiado pronto.

 

Pero Aoi permaneció inmóvil, con los ojos llenándose poco a poco de lágrimas que brillaban con luz propia. No dijo nada al principio, no quería asustarlo ni romper ese momento tan especial. Solo le dedicó una sonrisa amplia, temblorosa, llena de alivio y de una esperanza que hacía mucho tiempo esperaba.

 

Porque, después de tanto silencio, esa pequeña frase, dicho en un susurro tímido, había sido el sonido más hermoso que podía volver a escuchar. Nadie más en el mundo había podido oírlo, pero para ella, esa voz significaba que su hijo comenzaba a encontrar de nuevo su propia voz, su confianza y su alegría.

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