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Capítulo 5: Lo que no dijimos

DNavarrete
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La puerta se cerró.

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La puerta se cerró.

 

Y el sonido resonó por toda la sala.

 

Un ruido simple.

 

Suave.

 

Cotidiano.

 

De esos que pasan desapercibidos cualquier otro día, pero que en aquel momento pareció más fuerte que cualquier grito. Porque Yuuto ya no estaba allí, había desaparecido detrás de esa madera corriendo, huyendo de ellas, de sus palabras y de sus miradas. Y aun así, su presencia seguía llenando cada rincón de la habitación; se sentía en el aire, en la luz que entraba por las ventanas, en el espacio vacío donde había estado de pie.

 

Ninguna de las dos habló.

 

Ayaka permanecía inmóvil junto a la mesa.

 

Reika seguía de pie donde había intentado detenerlo.

 

Y entre ambas solo existía silencio.

 

Un silencio pesado.

 

Incómodo.

 

Doloroso.

 

Como si, de repente, todas las palabras que conocían hubieran perdido todo significado. Como si ya no sirviera hablar de nada, porque una sola frase seguía resonando una y otra vez dentro de sus cabezas, grabada a fuego, imposible de borrar:

 

Lo siento.

 

Una disculpa.

 

Nada más.

 

No una acusación.

 

No un reproche.

 

No una queja, ni un grito, ni un reclamo por todo lo que le habían hecho. Solo una disculpa, y eso era precisamente lo que más dolía, lo que les desgarraba el pecho, porque entendían por fin que esas palabras no eran por él, sino por ellas.

 

Reika fue la primera en moverse.

 

Retrocedió lentamente hasta una de las sillas.

 

Y se dejó caer sobre ella.

 

No con elegancia.

 

No con la compostura que todos esperaban de ella.

 

Simplemente se dejó caer, rindiéndose, como alguien que acababa de descubrir una verdad que no quería ver, una verdad que le pesaba demasiado para mantenerse de pie. Sus ojos permanecieron fijos sobre la puerta cerrada, esperando, mirando fijamente la madera, como si una parte de ella creyera que en cualquier momento Yuuto volvería a entrar y todo volvería a ser como antes.

 

Pero la puerta no volvió a abrirse.

 

Y el silencio continuó.

 

—No lo entiendo...

 

Su voz apenas fue un susurro.

 

Roto.

 

Débil.

 

Ayaka levantó ligeramente la mirada.

 

Sus ojos brillaban con confusión y dolor.

 

—¿Qué cosa?

 

—Nada encaja.

 

Reika bajó la vista hacia sus propias manos.

 

Todavía temblaban.

 

—Los rumores.

 

—Las historias.

 

—Todo lo que escuchamos durante este año.

 

Negó lentamente con la cabeza, sintiendo asco de sí misma por haber creído en todo aquello sin cuestionar nada.

 

—Nada era cierto. Ni una sola parte.

 

Ayaka no respondió.

 

Porque ella también lo sabía.

 

Habían pasado meses preocupadas, investigando, buscando algo.

 

Una explicación.

 

Una razón.

 

Cualquier cosa que justificara todo aquello.

 

Y al final, después de verlo, después de haberlo tenido desnudo de barreras frente a ellas... no habían encontrado nada de lo que buscaban. Nada excepto tristeza, una tristeza tan profunda, tan antigua y tan inmensa, que todavía seguía oprimiéndoles el pecho solo de recordarla.

 

Reika cerró los ojos.

 

Y recordó la reunión.

 

Las preguntas.

 

Las acusaciones.

 

La insistencia.

 

Y de pronto comprendió algo que le atravesó el corazón como una espada. Nunca había intentado defenderse. Ni una sola vez. No porque fuera culpable, sino porque ya estaba acostumbrado. Acostumbrado a que lo juzgaran, a que no le creyeran, a que nadie estuviera de su lado.

 

La realización la golpeó con fuerza.

 

—No estaba escondiéndose de nosotros...

 

Ayaka la observó.

 

Confundida.

 

—¿Hm?

 

—Estaba protegiéndose.

 

La sala volvió a quedarse en silencio.

 

Porque ambas sabían que era verdad.

 

Todo aquello.

 

La capucha.

 

Los guantes.

 

El cubrebocas.

 

La libreta.

 

No eran barreras para alejar a otros.

 

Eran escudos.

 

Escudos construidos poco a poco.

 

Después de demasiados golpes.

 

Después de demasiadas miradas.

 

Después de demasiado tiempo estando solo.

 

Habían visto toda esa ropa como una forma de rechazo, como un muro que él levantaba contra el mundo, pero ahora entendían la realidad: cada capa de tela, cada objeto que usaba para cubrirse, era una protección que había aprendido a usar para sobrevivir. Para que nadie pudiera herirlo más de lo que ya lo habían hecho.

 

Ayaka bajó lentamente la vista hacia su mano.

 

Su mano derecha.

 

Todavía podía sentir la tela del cubrebocas.

 

Aunque ya no estuviera allí.

 

Todavía podía recordar el instante exacto en que lo arrancó.

 

La expresión de Yuuto.

 

La forma en que cerró los ojos.

 

Como si supiera exactamente lo que iba a pasar.

 

Como si ya hubiera vivido aquella escena demasiadas veces.

 

Sus dedos se cerraron lentamente.

 

Apretándose hasta dolerle.

 

Odiándose a sí misma.

 

—Yo fui quien lo hizo.

 

La voz salió más baja de lo habitual.

 

Más débil.

 

Más humana.

 

—Ayaka...

 

—Yo fui quien le quitó el cubrebocas. —Las lágrimas por fin se deslizaron por sus mejillas—. Fui yo quien le arrancó su protección. Fui yo quien pensó que tenía derecho a saber, a ver, a juzgar.

 

Reika no encontró palabras.

 

Porque tampoco podía negarlo.

 

—Pensé que estaba resolviendo el problema.

 

Ayaka soltó una pequeña risa.

 

Una risa amarga.

 

Vacía.

 

—Qué arrogante.

 

Por primera vez desde que se conocían...Reika no discutió.

 

Porque ella también había sido arrogante.

 

Había creído que entendía la situación solo por leer informes.

 

Había creído que sabía qué era lo mejor.

 

Había creído que podía arreglarlo todo.

 

Y al final... ni siquiera se había tomado el tiempo de conocer a la persona que tenía delante. Ni se había preguntado qué había debajo de toda esa ropa oscura, ni qué sentimientos se escondían detrás de ese silencio eterno. Solo había visto un caso, un problema, una situación que resolver, y nunca a un chico que sufría en soledad.

 

—Lo dejamos solo.

 

Ayaka bajó la cabeza.

 

—Durante un año entero.

 

Reika recordó los pasillos.

 

Las miradas.

 

Los rumores.

 

Las risas.

 

Los murmullos.

 

Todo aquello había ocurrido delante de ellas.

 

Día tras día.

 

Mes tras mes.

 

Y nunca hicieron nada.

 

Nunca dijeron nada.

 

Nunca defendieron a ese estudiante que estaba bajo su responsabilidad.

 

Porque era más fácil pensar que no era asunto suyo.

 

Porque era más fácil asumir que Yuuto estaba bien.

 

Porque era más fácil ignorarlo.

 

Y ahora sabían cuánto había costado ese silencio.

 

Ahora entendían que al mirar hacia otro lado, habían sido parte del dolor que él cargaba.

 

La presidenta cerró lentamente los ojos.

 

Y por primera vez en mucho tiempo sintió vergüenza.

 

No por haber cometido un error hoy.

 

Sino porque aquel error había estado ocurriendo durante un año entero.

 

Y ella nunca lo vio.

 

—Tenemos que encontrarlo.

 

Ayaka levantó la cabeza.

 

Con el dolor todavía fresco.

 

—¿Para qué?

 

La pregunta quedó suspendida en el aire.

 

Cruel.

 

Dolorosa.

 

Porque ninguna tenía una respuesta.

 

¿Qué podían decirle?

 

¿Perdón?

 

¿Lo sentimos?

 

¿Nos equivocamos?

 

Ninguna de esas palabras parecía suficiente. Ninguna podía borrar lo que habían dicho, ni devolverle la seguridad que le habían quitado, ni reparar el daño de haberlo juzgado sin conocerlo.

 

Reika observó nuevamente la puerta.

 

El lugar por donde Yuuto había desaparecido.

 

Y por primera vez desde que comenzó todo aquello...Entendió algo.

 

El problema nunca había sido Yuuto.

 

El problema era que nadie se había detenido a escucharlo.

 

Nadie se había detenido a verlo realmente.

 

Y ellas habían sido las últimas en darse cuenta.

 

Demasiado tarde.

 

El camino a casa fue un borrón.

 

Yuuto no recordaría después cómo llegó.

 

No recordaría las calles.

 

Ni los semáforos.

 

Ni las personas que se cruzaron en su camino.

 

Todo había pasado en una especie de niebla, donde lo único que importaba, lo único que su mente repetía una y otra vez, era una sola necesidad: llegar.

 

Llegar a casa.

 

Llegar antes de que todo lo que quedaba dentro de él terminara de romperse en pedazos irrecuperables.

 

Sus manos seguían aferradas a la libreta negra.

 

Con fuerza.

 

Demasiada fuerza.

 

Los nudillos se le habían puesto blancos, sus dedos doloridos, como si soltarla significara perder lo último que le quedaba, lo único que no le habían arrebatado todavía.

 

Cuando finalmente llegó frente a la pequeña casa de paredes blancas y jardín cuidado donde vivía con su madre, sus piernas ya temblaban por el agotamiento físico y emocional. Durante unos segundos permaneció inmóvil frente a la puerta, con la cabeza gacha, intentando tomar aire, intentando recuperar el control, intentando volver a armar esa barrera que siempre lo protegía, esconder nuevamente todo aquello que estaba sintiendo y que amenazaba con desbordarse.

 

Pero ya era demasiado tarde.

 

Antes de que pudiera siquiera levantar la mano para tocar el timbre, la puerta se abrió.

 

Y allí estaba ella.

 

Aoi Kanzaki.

 

Una mujer de treinta y ocho años, de belleza serena y elegante, con el cabello oscuro con matices violáceos recogido en un moño sencillo que dejaba caer algunos mechones sueltos alrededor de su rostro. Sus ojos, de un tono violeta profundo y cálido, eran amables y expresivos, capaces de ver mucho más allá de lo que otros podían mostrar. Llevaba ropa cómoda, una blusa clara y un delantal sencillo, como si hubiera estado ocupada en alguna tarea del hogar, pero su presencia irradiaba una calma y una fuerza que llenaban todo el espacio a su alrededor. Era la mujer que cada mañana lo despedía con una sonrisa dulce, la mujer que cada tarde lo esperaba pacientemente, la mujer que, a pesar de todo lo que decían los demás, a pesar de todos los rumores y distancias, nunca había dejado de verlo. Ni una sola vez.

 

—Yuuto...

 

Su voz fue suave, apenas un susurro, cargada de una comprensión que dolía y reconfortaba al mismo tiempo.

 

No preguntó qué ocurrió.

 

No preguntó por qué había vuelto antes de la hora habitual.

 

No preguntó por qué su cuerpo entero temblaba bajo aquella ropa oscura.

 

No preguntó por qué evitaba levantar la cabeza y mirarla a los ojos.

 

Porque no necesitaba hacerlo.

 

Lo conocía demasiado bien.

 

La forma desesperada en que sujetaba la libreta contra su pecho.

 

La forma en que se escondía, encogido sobre sí mismo.

 

La rigidez dolorosa de sus hombros.

 

La manera en que parecía intentar hacerse pequeño, desaparecer, para no molestar.

 

Todo eso le dijo más de lo que cualquier explicación habría podido decirle.

 

Algo había pasado.

 

Algo importante.

 

Algo que le había dolido en lo más profundo del alma.

 

Y eso era suficiente.

 

Yuuto permaneció quieto apenas unos segundos.

 

La miró desde abajo, con los ojos llenos de lágrimas contenidas, intentando reunir fuerzas, intentando mantenerse fuerte un poco más.

 

Solo un poco más.

 

Pero entonces, todo lo que le quedaba de fuerza desapareció de golpe.

 

Dio un paso al frente.

 

Luego otro.

 

Y terminó refugiándose directamente en sus brazos.

 

Como cuando era pequeño.

 

Como siempre había hecho cuando el mundo se volvía demasiado grande o demasiado cruel.

 

Como si ella fuera el único lugar seguro en todo el universo.

 

Aoi lo recibió sin dudar ni un instante.

 

Sus brazos rodearon a Yuuto inmediatamente, envolviéndolo por completo, con suavidad, con cariño, con la familiaridad de quien había hecho aquello cientos de veces, miles de veces, desde el mismo día en que nació. Su mano se posó en su espalda, acariciando suavemente, transmitiéndole todo el amor y la seguridad que ella podía dar.

 

—Ya estoy aquí.

 

La voz de Aoi fue apenas un susurro junto a su oído, una caricia convertida en palabras, un refugio hecho sonido.

 

Y aquello fue suficiente.

 

Completamente suficiente.

 

Porque en el instante en que escuchó esas palabras, en el instante en que sintió el calor de su madre, algo dentro de Yuuto terminó de romperse definitivamente.

 

Las lágrimas comenzaron a caer.

 

Silenciosas al principio.

 

Pequeñas.

 

Temblorosas.

 

Luego una tras otra, más rápido, más abundantes, hasta convertirse en un llanto que llevaba demasiado tiempo contenido, demasiado tiempo guardado, demasiado tiempo escondido detrás de silencio y de barreras.

 

Yuuto apretó los puños contra la tela de la ropa de su madre, aferrándose a ella como si fuera su propia vida.

 

Intentaba contenerse.

 

Intentaba disculparse.

 

Intentaba explicarle, decirle que lo sentía, decirle que no quería ser así, decirle todo lo que había pasado.

 

Pero ninguna palabra salió de su garganta.

 

El dolor era demasiado grande.

 

La confusión demasiado pesada.

 

Y Aoi no se las pidió.

 

Porque no las necesitaba.

 

Nunca las había necesitado.

 

Simplemente lo abrazó con más fuerza, protegiéndolo del mundo entero, apartando de él todo el daño, todas las miradas, todas las palabras que le habían hecho daño. Como había hecho desde el día en que nació, como había prometido hacer siempre.

 

Una mano acarició lentamente su cabello, incluso a través de la tela de la capucha, con una ternura infinita.

 

La otra permaneció firme sobre su espalda, subiendo y bajando en un ritmo tranquilo, transmitiéndole una seguridad que nadie más en el mundo podía darle.

 

—Está bien.

 

No era una pregunta.

 

No era una simple afirmación.

 

Era una promesa.

 

Una promesa de madre.

 

—Está bien, mi vida. Ya pasó.

 

Yuuto cerró los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas cayeran libremente, empapando la ropa de su madre.

 

Y por primera vez desde que salió de aquella sala del Consejo Estudiantil... se permitió llorar de verdad.

 

Sin esconderse.

 

Sin contenerse.

 

Sin miedo a ser visto.

 

Porque allí, en ese pequeño recibidor, no había rumores.

 

No había miradas juzgando.

 

No había juicios.

 

No había personas exigiendo respuestas ni explicaciones.

 

Solo estaba Aoi.

 

La única persona que siempre había permanecido a su lado, sin importar nada.

 

La única persona que nunca le pidió que cambiara, que fuera diferente, que se adaptara.

 

La única persona que jamás le exigió una explicación por ser como era.

 

Y mientras las lágrimas seguían cayendo silenciosamente, mientras todo el dolor de ese año, de ese día, de ese momento, salía de golpe, Aoi continuó abrazándolo.

 

Sin preguntas.

 

Sin prisas.

 

Sin intención de arreglar nada todavía.

 

Simplemente permaneciendo allí.

 

Como un refugio.

 

Como un hogar.

 

Como una madre.

 

—Sala del consejo—

 

La sala permanecía en silencio.

 

Un silencio incómodo.

 

Pesado.

 

Reika seguía sentada, con la mirada fija en la puerta por donde Yuuto había desaparecido, como si todavía esperara verlo volver a entrar.

 

Ayaka permanecía inmóvil junto a la mesa, con las manos apretadas a los bordes de la madera, sin saber dónde esconder su propia culpa.

 

Ninguna había encontrado todavía una respuesta.

 

Ninguna sabía qué hacer.

 

Y entonces...

 

La puerta se abrió de golpe.

 

—¡Espera! ¡No puedes entrar así! —la voz del secretario resonó desde el pasillo, llena de sorpresa y alarma.

 

Un segundo después, una figura atravesó la entrada sin la menor intención de detenerse, ni de pedir permiso, ni de escuchar a nadie.

 

—¡Shiori-san! ¡Las reglas... el protocolo!

 

—No ahora. —dijo ella, cortante, sin siquiera mirarlo.

 

—¡Pero...!

 

—Dije que no ahora.

 

El pobre secretario apenas pudo reaccionar, y mucho menos detenerla, antes de que la joven entrara directamente a la sala.

 

La puerta volvió a cerrarse detrás de ella.

 

Esta vez con un golpe mucho menos elegante.

 

Reika y Ayaka levantaron la vista al mismo tiempo.

 

Y ambas comprendieron inmediatamente algo.

 

Shiori estaba furiosa.

 

No era una furia explosiva.

 

No estaba gritando.

 

No estaba perdiendo el control ni lanzando objetos.

 

Y precisamente por eso resultaba mucho más intimidante.

 

Era el tipo de furia tranquila, fría, la que solo se siente cuando alguien a quien amas ha sido herido, y tú eres la única que va a defenderlo.

 

Sus ojos oscuros permanecían fijos sobre ambas, recorriéndolas con una mirada que lo decía todo.

 

Y en ellos había una mezcla explosiva de preocupación, decepción y un enojo profundo, difícil de ignorar.

 

—Shiori... —comenzó Reika, intentando buscar palabras, intentando suavizar la situación.

 

—No.

 

La respuesta fue inmediata.

 

Cortante.

 

Definitiva.

 

—No empieces. Ni con excusas, ni con cargos, ni con "lo sentimos".

 

Aquello bastó para que ambas entendieran que no había venido a escuchar explicaciones.

 

Había venido a hablar.

 

Y pensaba hacerlo hasta que entendieran.

 

Shiori avanzó hasta quedar justo frente a la mesa, separada solo por unos metros de ellas.

 

Sin pedir permiso.

 

Sin formalidades.

 

Sin preocuparse por protocolos ni jerarquías.

 

Porque en aquel momento, ella no era solo la bibliotecaria.

 

Era la hermana mayor que le habían hecho daño a su hermano pequeño.

 

—¿Dónde está? —preguntó, y su voz no tuvo ni un rastro de amabilidad.

 

Ayaka bajó ligeramente la mirada, incapaz de sostenerle la vista.

 

—Se fue. Corrió hacia la salida.

 

—Ya lo sé. —Shiori negó con la cabeza, apretando los dientes—. Lo vi. Vi cómo salía. Vi su cara. Vi cómo se escondía. Vi el miedo que llevaba en el cuerpo.

 

El silencio volvió a caer sobre la sala, más pesado que antes.

 

Shiori respiró profundamente, cerrando los ojos un segundo, intentando mantener la calma que se le escapaba.

 

Pero apenas lo consiguió.

 

—¿Qué hicieron?

 

Ninguna respondió.

 

Ambas bajaron la cabeza.

 

—¿Qué hicieron? —repitió, y esta vez su voz sonó más dura, más dolorosa, más peligrosa, como si cada palabra le costara decirla—. ¿Qué le hicieron para que salga así de aquí?

 

Reika cerró los ojos, sintiendo cómo la culpa le oprimía el pecho.

 

—Fue un error. Nos equivocamos al juzgar...

 

—¿Un error?

 

Shiori soltó una pequeña risa.

 

Una risa seca, amarga, sin humor alguno.

 

—¿Eso es lo que llaman a esto? ¿Un simple error? —dio un paso más cerca, inclinándose hacia ellas, como una hermana protectora dispuesta a pelear contra quien fuera—. ¿Creen que "me equivoqué" es suficiente para arreglar lo que rompieron hoy?

 

Ayaka apretó los puños sobre la mesa, sintiendo las lágrimas acumulándose.

 

—Shiori... por favor, escúchanos...

 

—No.

 

La bibliotecaria levantó una mano, deteniéndola en seco.

 

—No voy a escuchar excusas.

 

—No voy a escuchar justificaciones sobre "el bien de la escuela" o "la norma".

 

—Y definitivamente no voy a escuchar discursos sobre reglamentos o deberes.

 

Cada una de esas palabras golpeaba con precisión.

 

Porque Shiori las conocía desde hacía años.

 

Sabía cómo pensaban.

 

Sabía que creían estar haciendo lo correcto.

 

Y por eso mismo, lo que habían hecho dolía más.

 

—¿Saben qué fue lo primero que pensé cuando lo vi correr por el pasillo, casi tropezando, como si lo persiguieran demonios? —preguntó, y sus ojos se llenaron de tristeza al recordar la imagen—. Pensé que alguien había muerto. De verdad. Porque esa era la cara que tenía. No parecía alguien que se había escapado de una reunión. Parecía alguien a quien acababan de destruir.

 

La sala quedó completamente inmóvil.

 

El aire se sentía pesado, cargado de verdad.

 

—Parecía aterrado. —la voz de Shiori se quebró un instante, pero se recuperó rápido, endureciéndose de nuevo—. Parecía roto. Como si le hubieran arrancado algo que le costó años construir. Y aun así ustedes están aquí sentados, intentando entender qué pasó, intentando racionalizarlo, intentando ver dónde fallaron en su investigación.

 

Ayaka bajó la cabeza aún más.

 

Por primera vez desde que comenzó aquella discusión, no tenía nada que decir.

 

Ninguna defensa.

 

Ninguna excusa.

 

Porque Shiori tenía razón.

 

Toda la razón.

 

—No saben nada de él. —la acusación llegó sin rodeos, directa al corazón—. Nada

 

—¿Saben cuántas veces se refugió en la biblioteca porque no quería comer solo?

 

—¿Saben cuántas veces fingió estar leyendo cuando en realidad estaba esperando que terminara el recreo?

 

—¿Saben cuántas veces escuchó esos rumores y siguió sonriendo con educación?

 

Reika cerró lentamente los ojos.

 

Cada palabra dolía como un golpe.

 

Porque era verdad.

 

No sabían nada.

 

No se habían preocupado por saber.

 

—Y aun así... —Shiori las miró a ambas, una por una, con una decepción que dolía más que el grito más fuerte—, aun así decidieron que sabían qué era lo mejor para él. Decidieron que tenían derecho a meterse en su vida, en su espacio, en sus muros. Decidieron que su forma de ser era un problema que había que arreglar.

 

Shiori las observó en silencio unos segundos.

 

Y lo que vio no fue resistencia.

 

No fue orgullo.

 

No fue arrogancia.

 

Lo que vio fue culpa.

 

Mucha culpa.

 

Una culpa real, profunda, que se notaba en cómo evitaban mirarla, en cómo sus manos temblaban, en cómo se veían pequeñas en esas sillas grandes.

 

Eso hizo que parte de su enojo disminuyera.

 

Solo una parte.

 

Porque seguía enfadada.

 

Muchísimo.

 

Pero al menos sabía que no lo habían hecho con maldad.

 

—Las conozco. —su voz se suavizó ligeramente, volviéndose más parecida a la de esa amiga que conocían desde hace años, pero que ahora estaba herida por ellas—. Sé que no son malas personas. Sé que creen que cuidan de esta escuela y de sus estudiantes. Sé que tienen buenas intenciones.

 

Ayaka levantó la vista, sorprendida de que dijera eso después de todo.

 

—Pero eso no cambia nada. —la frase cayó como una sentencia fría y dura—. Tener buenas intenciones no borra el daño. Querer hacer el bien no justifica haber hecho tanto mal. Porque hoy se equivocaron. Y se equivocaron muy feo.

 

Ninguna intentó defenderse.

 

Porque no podían.

 

Porque sabían que era así.

 

—Lo arruinaron. —dijo Shiori, y el silencio de la sala confirmó aquellas palabras—. Rompieron lo único que lo mantenía seguro. Y ahora les toca arreglarlo.

 

Reika tragó saliva, asintiendo lentamente.

 

—Queremos hacerlo. De verdad. Haremos lo que sea.

 

—Más les vale. —la respuesta fue inmediata, sin un ápice de confianza todavía—. Porque si creen que pueden ignorar esto y seguir con sus vidas como si nada hubiera pasado...—Si creen que basta con sentirse culpadas un rato y luego olvidar...—Si creen que una disculpa escrita o dicha con educación va a arreglar lo que hicieron...

 

Negó lentamente con la cabeza, mirándolas con seriedad absoluta.

 

—Entonces no han entendido nada. Nada de lo que pasó hoy. Nada de lo que él es.

 

La bibliotecaria observó la puerta una última vez, recordando la imagen de Yuuto corriendo, asustado, solo.

 

Recordó cómo siempre lo había visto: callado, amable, siempre tratando de no molestar a nadie, siempre soportando todo sin quejarse.

 

Y volvió a mirar a las dos líderes de la academia, con la determinación feroz de quien protege a su familia.

 

—Encuéntrenlo.

 

—Escúchenlo. De verdad, escúchenlo, sin juzgar, sin interrumpir, sin pensar qué es lo mejor para él.

 

—Y acepten la responsabilidad de lo que hicieron.

 

Sus ojos se volvieron peligrosamente serios, brillando con una advertencia que no admitía dudas.

 

—Porque si no lo hacen... si deciden que es demasiado difícil o que no es su problema...

 

Por primera vez desde que entró, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

 

Una sonrisa fría, calculadora, y curiosamente eso fue lo más aterrador de todo.

 

—Voy a hacerles la vida imposible. —dijo con total tranquilidad—. Se los prometo. Voy a estar encima de ustedes en todo. Voy a recordarles esto todos los días. Voy a asegurarme de que nunca se olviden de su error. Y créanme cuando les digo que sé cómo funcionan las cosas aquí, y sé exactamente dónde golpear para que les duela.

 

Ayaka parpadeó, sorprendida por esa determinación.

 

Reika también.

 

Y ambas comprendieron algo inmediatamente.

 

No era una amenaza vacía.

 

Shiori hablaba completamente en serio.

 

No era la bibliotecaria amable y tranquila que todos conocían.

 

Era la hermana mayor defendiendo a su hermano pequeño.

 

Y por primera vez en muchos años...Las dos presidentas del Consejo Estudiantil sintieron miedo de una bibliotecaria.

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