El edificio del Comité Disciplinario permanecía tan silencioso como siempre, casi como si el tiempo fluyera a un ritmo distinto al del resto de la academia. A diferencia de los pasillos principales, llenos de risas, pasos apresurados y conversaciones entre estudiantes, aquí reinaba un orden casi estricto, casi militar. Las puertas de madera oscura estaban perfectamente alineadas, los archivadores metálicos brillaban por su limpieza y cada expediente estaba clasificado, numerado y guardado en su lugar exacto. En la pared del fondo, un gran reloj de pared marcaba el inicio de la jornada con una precisión absoluta, sin que el menor ruido rompiera la calma.
Mizuki Saegusa caminó por el pasillo con paso firme y medido, llevando contra su pecho una carpeta marrón de cuero con el sello oficial de la institución. Tenía 17 años, cursaba el tercer año de la clase A y, como miembro del comité desde hacía dos años, se movía por esos espacios con la misma soltura que en su propia habitación. Su cabello de un tono azul oscuro, casi índigo, caía en dos largas coletas ordenadas sobre sus hombros, y unos lentes de montura fina le daban un aire aún más analítico y atento. Vestía el uniforme reglamentario impecable: saco oscuro con el escudo bordado en el pecho, camisa blanca, corbata a rayas y falda recta, todo complementado con guantes negros de cuero que nunca se quitaba mientras trabajaba. Su mirada, de un violeta intenso, no perdía detalle de nada a su paso, y su expresión se mantenía seria, fría y reservada, tal como correspondía a su cargo.
Se detuvo frente a la puerta del despacho principal, levantó una mano y golpeó suavemente tres veces, siguiendo el protocolo establecido.
—Presidente Takamura.
Desde el interior llegó una respuesta tranquila, grave y firme, sin rastro de prisa.
—Adelante.
Mizuki giró el pomo y entró.
El despacho era amplio, con paredes cubiertas de estanterías llenas de libros de derecho, reglamentos escolares y tomos de criminología. En el centro, tras un escritorio de madera maciza perfectamente ordenado, se encontraba Ryouji Takamura, presidente del Comité Disciplinario. Con 17 años, también de tercer año de la clase A, era la máxima autoridad del organismo estudiantil. Su cabello negro estaba algo desordenado, con mechones que caían ligeramente sobre su frente, y sus ojos de un gris frío y penetrante parecían capaces de analizar cualquier situación en cuestión de segundos. Vestía el mismo uniforme, pero con un saco más largo y elegante, guantes negros ajustados y la placa de identificación del comité bien visible en el bolsillo del pecho. Su postura era erguida, seria y distante; a primera vista parecía inalcanzable, alguien que no se dejaba llevar por emociones ni juicios precipitados.
En ese momento tenía frente a sí varios informes apilados, revisándolos con una concentración absoluta, sosteniendo una pluma estilográfica de tinta dorada entre los dedos. Al oír entrar a su compañera, no levantó la vista de inmediato, limitándose a hacer una pequeña marca al margen de un documento antes de hablar.
—¿Qué ocurre, Mizuki? ¿Algún incidente que requiera nuestra atención?
La joven se acercó al escritorio y depositó la carpeta marrón justo en el espacio libre frente a él, con un movimiento preciso.
—No es un caso habitual, presidente. Hace apenas unos minutos llegó esta solicitud directamente desde la oficina del director Aoyama. Sin pasar por la recepción, sin intermediarios: vino firmada y sellada por él mismo.
Esa frase hizo que Takamura detuviera por completo lo que estaba haciendo. Levantó lentamente la cabeza, y sus ojos grises se fijaron en la carpeta con mayor atención. No era nada común que el director enviara órdenes o peticiones directamente al comité; por lo general, se limitaba a aprobar las decisiones que ellos mismos tomaban.
—¿Directamente de él? —repitió, con un tono que denotaba sorpresa, aunque manteniendo la compostura—. Eso sí es inusual.
Extendió una mano enguantada, tomó la carpeta y la abrió con cuidado. En la primera página solo figuraba un nombre escrito con letra clara: Yuuto Kanzaki.
Comenzó a leer despacio, deslizando la mirada por cada línea con esa minuciosidad que lo caracterizaba. Primero revisó los datos básicos: historial académico, notas, asistencia a clases. Todo estaba en orden, sin retrasos, sin faltas injustificadas, sin ningún registro de sanciones, amonestaciones o infracciones al reglamento.
—Sin llamadas de atención, sin altercados, sin incumplimientos —murmuró para sí mismo, pasando a las hojas siguientes.
Llegó entonces al apartado de observaciones: “Mantiene una conducta aislada. Evita el trato con sus compañeros. Existen rumores constantes sobre su actitud y su apariencia. Su presencia genera inquietud en algunos sectores del alumnado.”
Y finalmente, al final del documento, la petición expresa: “Se solicita al Comité Disciplinario que observe detenidamente al alumno Yuuto Kanzaki durante el periodo siguiente, analice su comportamiento y determine si representa un mal ejemplo para la buena convivencia y la imagen de la institución. En caso de considerarlo necesario, colaborar con el Consejo Estudiantil para encauzar la situación con la mayor brevedad posible.”
Takamura terminó de leer, cerró la carpeta con suavidad y apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos frente a su rostro. Permaneció en silencio unos segundos, procesando cada palabra.
—¿Eso es todo lo que dice? —preguntó finalmente, mirando a Mizuki.
Ella asintió con la cabeza, ajustándose un poco los lentes.
—Así es. No hay anexos, no hay declaraciones de testigos, no hay pruebas concretas. Solo el resumen que el propio director redactó. Y nos pide que empecemos a vigilarlo desde hoy mismo.
Takamura frunció ligeramente el ceño, un gesto casi imperceptible pero que revelaba su desacuerdo con lo que leía. Volvió a abrir la carpeta y repasó una vez más las primeras páginas, buscando algo que se le hubiera escapado. Nada: ni una sola falta, ni un solo hecho que pudiera ser motivo de sanción.
—Curioso… —volvió a decir, en voz más baja esta vez.
Mizuki se inclinó un poco hacia adelante, interesada en su análisis.
—¿Qué le parece extraño, presidente?
—Todo este informe habla de aislamiento, de rumores, de sensaciones —explicó Takamura, señalando con un dedo las líneas del texto—. Pero no hay ni un solo hecho. No hay peleas, no hay daños a la propiedad, no hay interrupciones en clase, no hay agresiones, ni siquiera comentarios ofensivos. Solo lo que la gente dice, lo que imagina o lo que cree ver.
Se recostó en el respaldo de su silla, cruzando los brazos sobre el pecho con aire pensativo.
—Sabes perfectamente, Mizuki, que para el comité las palabras no valen nada si no van acompañadas de pruebas. Los rumores son solo eso: veneno para quienes no saben buscar la verdad. Y en este caso, todo el caso se sostiene sobre rumores.
Ella asintió lentamente, comprendiendo al instante su punto de vista.
—Tiene razón. Nuestro trabajo es juzgar hechos, no suposiciones. Pero el director lo presenta como una situación que debe atenderse con prioridad.
Takamura sonrió apenas, una sonrisa breve y fría, sin alegría.
—El director tiene sus propios motivos para pedir esto, eso está claro. Pero nosotros tenemos nuestro propio criterio. No vamos a actuar solo porque alguien diga que algo “no se ve bien”.
Volvió a mirar la carpeta, y por un instante sus ojos grises se volvieron más intensos.
—Si Yuuto Kanzaki realmente está haciendo algo que va contra las reglas, lo encontraremos. Pero si solo se trata de que no se ajusta a lo que otros esperan de él… entonces tendremos que decirle al director que no hay nada que corregir.
Mizuki tomó su cuaderno de anotaciones y su bolígrafo de tinta violeta, lista para registrar sus instrucciones.
—¿Cuál es el plan entonces?
—Empezaremos observando, tal como se nos pide —respondió Takamura con firmeza—. Pero con nuestra propia forma: revisaremos cada registro, hablaremos con quienes estén cerca de él, veremos cómo se comporta realmente en el día a día. No nos dejaremos llevar por lo que escuchemos en los pasillos.
Señaló la carpeta nuevamente.
—Este caso no es un expediente disciplinario, por ahora. Es una investigación preliminar. Y recuerda: buscamos hechos, no historias.
Mizuki asintió con determinación.
—Entendido. Me encargaré de recopilar cualquier información objetiva que encontremos.
Takamura hizo un gesto con la mano, indicándole que podía retirarse.
—Muy bien. Mantengamos esto en reserva por el momento. No queremos que el alumno sienta que lo persiguen antes de tener motivos reales.
Mizuki hizo una pequeña reverencia respetuosa, guardó su cuaderno y salió del despacho en silencio, cerrando la puerta tras de sí.
Una vez solo, Takamura volvió a tomar la carpeta y la abrió por última vez, mirando fijamente el nombre escrito en la portada.
—Yuuto Kanzaki… —susurró en voz baja—. Veremos qué hay de verdad detrás de todo esto.
Y con esa duda en mente, comenzó a anotar sus propias observaciones en su cuaderno personal, consciente de que este caso, por extraño que pareciera, iba a ser muy distinto a todos los que habían tratado hasta el momento.
—Azotea de la Academia—
El viento fresco de la mañana recorría con tranquilidad la azotea de la Academia Seishin. Desde allí podía observarse prácticamente todo el recinto: los patios arbolados, las canchas deportivas, los jardines cuidados al detalle y, sobre todo, la entrada principal, por donde cada día ingresaban cientos de estudiantes con prisa o charlando animadamente. Era un lugar apartado, silencioso y libre del bullicio habitual de los pasillos, por lo que dos alumnos habían convertido ese rincón en su punto de encuentro favorito antes de que sonara la primera campana.
Uno de ellos permanecía apoyado sobre la reja de seguridad, con ambos brazos cruzados sobre el pecho. Era Goro Shimizu, de segundo año, miembro activo del Club de Cocina. Medía más de un metro ochenta, tenía una complexión musculosa y robusta que le daba un aspecto imponente a primera vista; su cabello negro corto y algo despeinado se movía con la brisa, y en su rostro, de rasgos marcados, se notaba una pequeña cicatriz en una mejilla que solía hacer que muchos lo miraran con desconfianza. Sin embargo, sus ojos oscuros transmitían una calma y una bondad que desmentían esa apariencia intimidante. Vestía el uniforme escolar, aunque llevaba la camisa ligeramente desabrochada y las mangas arremangadas hasta los codos, con la corbata algo floja, como era su costumbre.
A su lado, sentado con comodidad sobre uno de los bancos de concreto, estaba Kaito Aizawa, también de segundo año. Era más delgado y esbelto, aunque de estatura considerable, con el cabello negro algo revuelto que le caía sobre la frente y unos ojos grises claros y muy expresivos, siempre atentos a lo que ocurría a su alrededor. Su postura era relajada: tenía una pierna apoyada sobre la otra y giraba con calma un pequeño llavero entre los dedos. Tenía una mirada tranquila y madura, que pocas veces se dejaba llevar por las apariencias o los rumores, y solía observar todo lo que pasaba a su alrededor con una curiosidad reservada.
—¿Ya viste eso, Goro? —preguntó Kaito en voz baja, sin apartar la vista de lo que ocurría en la entrada.
Goro desvió lentamente la mirada hacia abajo.
—¿Qué ocurre, Kaito? ¿Algún problema?
—Abajo —respondió el otro, señalando con un movimiento discreto de la cabeza hacia el portón principal.
Goro siguió la dirección de su mirada. Al instante, también distinguió las dos figuras que permanecían inmóviles junto a la verja: Ayaka Kamizaki y Reika Tsukishiro, presidenta y vicepresidenta del Consejo Estudiantil.
A simple vista no había nada extraño. Los estudiantes que pasaban a su lado solo hacían una pequeña inclinación de cabeza en señal de respeto antes de seguir su camino. Parecía una inspección rutinaria, una forma habitual de dar la bienvenida al inicio de la jornada. Algo completamente normal… o al menos eso parecía para quien no prestara atención a los detalles.
Pero Goro conocía bien a ambas. Y lo que veía no encajaba en absoluto.
—Llevan ahí paradas demasiado tiempo —murmuró con voz grave y tranquila, analizando cada movimiento—. Desde que llegamos no se han movido ni un metro.
Kaito asintió con la cabeza, observándolas con su atención habitual.
—Y lo más raro es que ninguna está haciendo lo que le corresponde. Normalmente, Ayaka ya estaría organizando el paso de los alumnos, saludando y resolviendo cualquier duda que surja. Y Reika, en cuanto llega, ya tiene en la mano su libreta o algún documento para revisar mientras camina. Pero hoy… no hacen nada. Solo miran hacia la calle, como si esperaran que alguien aparezca en cualquier momento.
Goro entrecerró un poco los ojos para ver mejor.
—¿Te fijaste en lo que lleva Reika entre las manos?
Kaito sonrió levemente.
—Sí, lo he visto.
La vicepresidenta sostenía con sumo cuidado un pequeño paquete envuelto en un pañuelo blanco limpio, sujetándolo con ambas manos como si fuera algo frágil y valioso. No parecían papeles, ni libros, ni material escolar. Era una caja pequeña, de dimensiones reducidas, pero que parecía tener mucha importancia para ella.
—No es nada de trabajo —confirmó Kaito—. Es algo personal, sin duda.
Dejó escapar una risa suave y divertida.
—Esto sí que no me lo esperaba. Ver a la presidenta y a la vicepresidenta, que siempre parecen tener todo bajo control y nunca muestran nervios, esperando con tanta impaciencia.
Volvió a mirar hacia abajo, y la observación era clara: Reika miraba su reloj de pulsera cada pocos segundos, contando el tiempo con ansiedad; Ayaka, por su parte, respiraba hondo una y otra vez, apretando y aflojando los puños a los costados, incapaz de mantener la calma habitual. Incluso desde aquella altura, se notaba la tensión contenida en sus gestos.
—Quien sea la persona que esperan… debe ser alguien con mucha influencia o muy importante para la academia —comentó Kaito, más por decir algo que por estar seguro.
Pero Goro negó con la cabeza, sin dejar de observar la escena.
—No.
Kaito lo miró con curiosidad.
—¿No?
—No están esperando a alguien importante por su cargo o por su reputación —explicó Goro con voz pausada, guiándose por su instinto y su capacidad para leer a las personas—. Están esperando a alguien que les importa. Hay una diferencia enorme entre una cosa y la otra.
Aquella frase hizo que incluso Kaito dejara de sonreír y reflexionara en silencio. Volvió a mirar hacia la entrada, y al verlas con otros ojos, comprendió que tenía razón: no había en sus gestos formalidad ni protocolo, sino nerviosismo, esperanza y una mezcla de ansiedad y deseo de que el tiempo pasara más rápido. Era una espera completamente personal, no institucional.
El viento volvió a recorrer la azotea, moviendo las hojas de los árboles más altos y haciendo agitar levemente las prendas de los dos jóvenes. Ambos permanecieron en silencio, sin apartar la mirada del portón principal, con la misma duda en la mente: ¿quién sería esa persona capaz de hacer que las dos figuras más firmes y seguras de toda la academia se mostraran así de vulnerables?
Sin saber que, en apenas unos minutos, tendrían la respuesta frente a sus ojos, y conocerían al estudiante que había logrado cambiar la expresión y la actitud de quienes parecían inalcanzables para cualquier otra persona.
La mañana avanzaba lentamente sobre la Academia Seishin, con una luz suave que se filtraba entre las copas de los árboles y alumbraba el gran portón de hierro que daba acceso al recinto. Los primeros estudiantes comenzaban a cruzarlo en pequeños grupos, charlando animadamente, revisando sus mochilas o apurando el paso para no llegar tarde. Las voces se mezclaban en un murmullo constante, llenando el aire de esa energía habitual al inicio de cada jornada.
—Buenos días, presidenta.
—Buenos días, vicepresidenta.
Reika respondía a cada saludo con una inclinación de cabeza breve y educada, manteniendo su compostura habitual. Ayaka hacía lo mismo, aunque sus respuestas eran más mecánicas; su atención no estaba en quienes pasaban a su lado, sino completamente fija en la calle que conducía hasta la entrada. Por el momento, seguía vacía.
—Buenos días.
Otro grupo pasó frente a ellas. Algunos pensaron que el Consejo Estudiantil estaba realizando su revisión rutinaria, comprobando que todos cumplieran con el uniforme y el horario. Otros simplemente asumieron que era su forma habitual de vigilar el ingreso, como cualquier otra mañana. Nadie podía imaginar la verdad: no revisaban nada, no buscaban a nadie que incumpliera las reglas, ni esperaban a ningún profesor o autoridad. Solo esperaban a una sola persona.
Reika bajó la vista hacia el pequeño paquete que sostenía con ambas manos, envuelto con cuidado en un paño blanco limpio y atado con una cinta sencilla. Lo había llevado con delicadeza desde que salió de casa, tratando de que no se moviera demasiado. Y aunque intentaba mantener la calma, en su interior no podía evitar pensar: ¿Realmente serán comestibles?
Ayaka notó esa mirada escéptica y frunció el ceño con fingida molestia.
—¿Qué miras así?
—Nada —respondió Reika, esbozando una sonrisa leve.
—No me mires con esa cara —insistió la presidenta, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Solo espero que, después de todo el trabajo, realmente sepan bien —explicó la vicepresidenta con tono tranquilo.
Ayaka abrió mucho los ojos, fingiendo indignación.
—¿Acaso no confías en mí?
Reika tardó exactamente un segundo en responder, sin dudar lo más mínimo.
—No.
—¡Oye! —se quejó Ayaka, aunque sin enfadarse de verdad.
—Es la primera vez en tu vida que cocinas algo que no sea agua caliente para el té —recordó Reika con suavidad—. Es normal que tenga dudas.
—Eso no significa que tengan que haber salido mal… —empezó Ayaka, pero se detuvo un instante antes de añadir con menos seguridad—. …creo.
Reika levantó lentamente una ceja.
—¿“Crees”?
Ayaka desvió la mirada hacia los arbustos que bordeaban la entrada, rascándose la nuca con nerviosismo y sonrojándose ligeramente al recordar lo ocurrido la noche anterior.
—Bueno… Mi mamá me explicó cada paso varias veces, me mostró cómo darles la forma, cómo poner el relleno y todo lo demás…
—¿Varias veces? —repitió Reika, sonriendo con más ganas al ver su expresión.
—Bueno… tal vez un poco más de lo necesario.
—¿Y cuántas veces se desarmaron o se rompieron antes de que quedaran con forma decente?
Ayaka guardó silencio unos segundos, como si estuviera calculando cuánto podía admitir sin perder toda su dignidad.
—Solo un poco.
—¿Cuánto es “un poco”?
—Cinco —confesó en voz baja.
Reika se quedó mirándola sin decir nada, solo esperando.
—Está bien… ¡seis! —terminó admitiendo Ayaka, levantando las manos en señal de rendición—. Y al final mi mamá tuvo que ayudarme a terminar el resto, porque si no me habría quedado sin arroz en toda la cocina.
Reika soltó una risa suave.
—Ya me lo imaginaba. Y apuesto a que no te dejó en paz mientras lo hacían, ¿verdad?
Ayaka puso los ojos en blanco de inmediato, sonrojándose aún más al recordar cada comentario.
—¡No me hables! —exclamó entre risas—. En cuanto le dije que quería preparar onigiris para alguien, empezó a mirarme con esa sonrisa de complicidad que me saca de quicio. No paraba de decirme: “¿Así que para tu novio? Qué bien, al fin te decides”, o “Ten cuidado con la sal, que si le sienta mal no querrá volver a verte”. ¡No paró de bromear en toda la hora!
Reika no pudo aguantar más y soltó una carcajada.
—¡Jajaja! ¡Claro que sí! Se lo imagino perfectamente.
—¡Y lo peor es que no podía decirle quién era en realidad! —protestó Ayaka, aunque con una sonrisa—. Solo podía ponerme roja y decirle que no era nada de eso, pero ella no me creía ni un segundo.
Ambas volvieron a quedarse en silencio, recuperando la compostura. El flujo de estudiantes continuaba, las conversaciones seguían llenando el ambiente y las manecillas del reloj de la pared de la entrada avanzaban con una lentitud que parecía interminable. Sin darse cuenta, Reika volvió a levantar la vista hacia la calle: seguía vacía.
Ayaka hizo lo mismo, y su respiración comenzó a volverse un poco más pesada y acelerada.
—¿Crees que…? —empezó a decir, pero no terminó la frase.
No hacía falta. Reika entendió perfectamente qué quería preguntar.
—Nos dijo que volvería —respondió con firmeza, aunque por dentro también sentía la misma inquietud.
Ayaka asintió con la cabeza, apretando ligeramente los puños a los costados de su uniforme.
—Lo sé. Pero… no puedo evitar pensar que tal vez, al despertar esta mañana, el miedo haya vuelto a ser más fuerte que sus ganas. Que haya cambiado de opinión en el último momento.
Reika tampoco podía apartar ese pensamiento de su mente. Toda la noche había dado vueltas a la misma duda: ¿qué pasaría si al abrir los ojos volvía a sentir que el mundo exterior era demasiado grande, demasiado ruidoso y demasiado lleno de miradas? ¿Qué pasaría si simplemente decidía que no tenía fuerzas para salir de su habitación?
Ninguna de las dos podía culparlo si fuera así. Solo habían pasado unas pocas horas desde aquella conversación silenciosa frente a su puerta, desde que le habían hecho la propuesta y él había aceptado con unas pocas palabras escritas. Era demasiado pronto para esperar que todo cambiara de golpe.
—Buenos días.
Otro grupo de alumnos pasó junto a ellas.
—Buenos días —respondió Reika automáticamente, por costumbre.
Ayaka ni siquiera apartó la vista de la calle. El paquete que sostenía entre sus manos comenzó a temblar levemente, casi imperceptible, pero lo suficiente para que Reika lo notara de inmediato.
Sin decir nada, sin llamar la atención, extendió una mano y la apoyó suavemente sobre el brazo de su amiga. Fue un gesto pequeño, sencillo, pero cargado de apoyo y calma.
—Vendrá —repitió Reika, con voz más suave pero decidida—. Ya dio el primer paso. No lo echará para atrás tan fácil.
Ayaka respiró hondo, llenando sus pulmones de aire fresco, e intentó aferrarse a esas palabras para tranquilizarse. Porque en el fondo, ambas sentían exactamente lo mismo: la misma mezcla de nervios, esperanza y miedo a la decepción.
Ambas volvieron a fijar la mirada en el camino que llevaba hasta la entrada, esperando que en cualquier momento, entre la multitud que seguía llegando, apareciera esa figura que ya conocían: el uniforme un poco demasiado grande para su complexión, la capucha baja ocultando la mayor parte de su rostro y el cubrebocas cubriendo su boca y nariz.
Esperando comprobar que lo que Yuuto había escrito no había sido solo un deseo momentáneo, sino el primer paso real para volver a salir y enfrentarse al mundo que tanto le había hecho daño.
La mañana continuaba avanzando, y cada minuto que pasaba junto al portón principal se sentía interminable para quienes esperaban allí. El bullicio de los estudiantes se mezclaba con el canto de los pájaros, pero para Ayaka y Reika el tiempo parecía haberse detenido.
Entonces...
Reika dejó de respirar por un instante.
—Ayaka...
Apenas pronunció su nombre, con la voz contenida. No hizo falta señalar con el dedo; su mirada fija lo decía todo.
Ayaka siguió inmediatamente la dirección de sus ojos.
Allí estaba.
Al final de la calle, entre la luz suave de la mañana, una figura caminaba lentamente hacia la academia. Llevaba el uniforme escolar, pero le quedaba demasiado grande, como si hubiera sido diseñado para alguien de mayor estatura y complexión. La capucha estaba bajada hasta cubrir por completo su cabello plateado, ocultando cualquier rastro de su color. El cubrebocas blanco volvía a cubrir la mitad inferior de su rostro, dejando solo al descubierto la parte superior de sus ojos. Las mangas largas caían más allá de sus muñecas, escondiendo sus manos tal como hacía siempre, y sus hombros permanecían ligeramente encorvados, como si intentara ocupar el menor espacio posible.
Era exactamente igual a como todos lo veían cada día. Y, al mismo tiempo, se sentía completamente diferente.
Porque había regresado.
Ayaka sintió cómo el nudo de nervios y miedo que había llevado apretado en el pecho toda la mañana se deshacía poco a poco, dando paso a una sensación de alivio tan grande que casi le daba mareo. Reika, a su lado, dejó escapar un suspiro casi inaudible y sonrió con calma, como si finalmente hubiera recuperado la tranquilidad que le faltaba.
No dijeron nada de inmediato. Solo esperaron, inmóviles, mientras él seguía avanzando.
Los pasos de Yuuto eran lentos, cortos y un poco inseguros, como si estuviera midiendo cada centímetro que recorría. A unos metros de llegar al portón, pareció detenerse por un instante. Sus pies se quedaron clavados en el suelo, y su postura se tensó un poco más. Como si cruzar esa línea marcada por el hierro de la entrada fuera más difícil que todo el camino que había recorrido desde su casa.
Cerró los ojos bajo la capucha, respiró profundamente, llenando sus pulmones de aire fresco, y con un esfuerzo casi imperceptible, siguió caminando.
Cuando finalmente se detuvo frente a ellas, el silencio volvió a instalarse entre los tres. Nadie sabía cómo empezar. Yuuto mantenía la cabeza baja, evitando levantar la mirada hacia sus rostros. El corazón de Ayaka latía con tanta fuerza que temía que lo escuchara. Reika buscaba en su mente las palabras más adecuadas, pero ninguna parecía lo suficientemente sencilla ni sincera para el momento.
Entonces, con movimientos muy lentos y cuidadosos, Yuuto introdujo una mano entre el borde de su manga y la tela del uniforme, como si tuviera miedo de que se le viera. Sacó un pequeño trozo de papel, doblado varias veces hasta quedar muy reducido, y lo extendió hacia ellas.
Reika fue quien lo tomó con mucho cuidado. Lo desdobló despacio, y en el centro solo había una frase escrita con letra ordenada pero suave:
“Quiero mis onigiris.”
Ayaka soltó de golpe todo el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta. Una sonrisa sincera, relajada y un poco tímida apareció en sus labios, y su voz salió mucho más suave de lo habitual.
—Claro... aquí están.
Extendió hacia él la pequeña caja envuelta en el pañuelo blanco, atada con una cinta sencilla.
Yuuto la observó unos segundos, luego la tomó con ambas manos, sujetándola con un cuidado casi exagerado, como si estuviera recibiendo algo mucho más valioso que comida, algo que no debía romperse ni caerse. No escribió nada más, no hizo ningún gesto extraño; solo hizo una pequeña inclinación de cabeza en señal de agradecimiento, y sin más, continuó caminando hacia el interior del recinto.
Los tres atravesaron juntos el portón principal.
Muy por encima de ellos, en lo alto de la azotea, el viento seguía moviendo las hojas de los árboles y las prendas de ropa. Allí, apoyados en la reja, Kaito y Goro observaban toda la escena con atención.
—Así que... es él —murmuró Kaito, con una mezcla de curiosidad y sorpresa en la voz.
Goro no respondió de inmediato. Siguió con la mirada cómo el chico de capucha caminaba entre Ayaka y Reika, sin que ninguno de los tres hablara ni intercambiara más gestos. Y aun así, en el aire se respetaba una especie de entendimiento silencioso.
—Curioso... —dijo finalmente, con tono pensativo—. No parece que lo estén acompañando como a alguien que vigilan o guían.
Kaito lo miró de reojo.
—¿Entonces cómo lo ves?
Goro esbozó una sonrisa muy leve, tranquila.
—Parece que simplemente están caminando a su lado. Nada más, pero nada menos.
Kaito se quedó observando unos segundos más, y al final soltó una risa suave.
—¿Quién iba a decir que esas dos, que siempre parecen tenerlo todo bajo control, terminarían esperando a alguien con tanta paciencia y nervios?
En otro rincón del edificio, en la oficina del Comité Disciplinario, la luz de la mañana entraba por la ventana. Ryouji Takamura permanecía de pie frente al cristal, con los brazos cruzados, mientras la carpeta con el expediente de Yuuto seguía abierta sobre su escritorio. A su lado, Mizuki también miraba hacia el patio, con la mirada atenta y analítica.
—Es él —confirmó ella.
Takamura asintió lentamente, sin apartar la vista. Observó cómo Ayaka le entregaba el paquete, cómo Yuuto lo recibía con tanto cuidado, cómo ninguno de los tres parecía necesitar hablar para entenderse.
—No coincide con la descripción que recibimos —comentó Mizuki, cruzándose de brazos con expresión escéptica.
Takamura no respondió enseguida. Seguía observando cada detalle, hasta que una pequeña idea empezó a tomar forma en su mente. Cerró la carpeta con un golpe suave y seco.
—Interesante... el informe describía un problema, Lo que acabo de ver...parece una consecuencia.
Mizuki guardó silencio, porque esa escena sencilla, tranquila y sin problemas, no encajaba en absoluto con la imagen negativa y aislada que habían descrito en el documento.
Mientras tanto, en la enfermería, Minori Hayasaka también estaba de pie junto a la ventana, con una taza de té caliente en la mano. En cuanto vio esa figura familiar, con la capucha baja y el paquete entre sus manos, sonrió con calma.
—Así que cumpliste tu promesa... —susurró para sí misma.
Luego vio el paquete que llevaba entre sus dedos y no pudo evitar reírse bajito, con un toque de diversión.
— Bienvenido de nuevo, Yuuto.
Apoyó suavemente una mano sobre el cristal, y su sonrisa era mucho más relajada y esperanzadora que la del día anterior.
Porque esa mañana, Yuuto no estaba entrando solo a la academia. Aquella mañana, Yuuto creyó que simplemente había regresado a clases. Lo que no sabía era que, sin proponérselo, acababa de despertar el interés de quienes terminarían cambiando su vida.