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Capítulo 4: Las palabras que nunca debieron existir

DNavarrete
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El silencio se instaló en la sala.

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El silencio se instaló en la sala.

 

Denso.

 

Pesado.

 

Como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido.

 

Ninguna de las dos eras capaces de romperlo, ni siquiera con un suspiro, y la luz de la mañana seguía entrando por los grandes ventanales iluminando el espacio con la misma calma de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero para Reika y Ayaka todo había cambiado por completo; allí seguía Yuuto, la misma persona, el mismo estudiante del que toda la escuela hablaba, y sin embargo, sentían que nunca antes lo habían visto realmente hasta ese instante.

 

Ayaka apretó los dedos con fuerza, mientras un nudo doloroso le cerraba la garganta.

 

Fue entonces cuando bajó la vista.

 

Y lo vio.

 

Todavía sostenía en su mano el cubrebocas, arrugado y fuera de forma, el mismo que ella le había arrancado con brusquedad unos minutos antes. En ese momento comprendió, con una claridad que le dolió en el pecho, que aquello no era una máscara para ocultar nada malo, sino un escudo, una protección que él había construido con mucho cuidado y que ella acababa de destruir sin piedad, sin pensar en las consecuencias, sin entender que detrás de esa barrera no había peligro, sino solo miedo.

 

Al levantar la vista de nuevo, pudo verlo tal como era.

 

Sus manos temblaban tanto que apenas lograban mantener la libreta apretada contra su pecho.La abrazaba como si fuera lo único que le quedaba.

 

Su último refugio,

 

ahora que le habían quitado todo lo demás.

 

Una sensación de culpa inmensa la invadió al darse cuenta de que, durante todo ese año, nadie se había detenido a conocerlo realmente: miles de alumnos, decenas de profesores, toda una comunidad entera, y todos habían preferido creer en rumores, en historias inventadas y en mentiras, porque era mucho más fácil imaginar un monstruo que intentar entender a una persona que sufría en silencio. Y ella, que siempre se había creído justa y observadora, que se jactaba de ver más allá de las apariencias, había hecho exactamente lo mismo que el resto: juzgar sin saber.

 

Reika permanecía inmóvil junto a la mesa, observando cada pequeño movimiento de Yuuto, cómo evitaba mirarlas, cómo intentaba hacerse pequeño, cómo el miedo se le notaba en cada gesto y en cada temblor de sus hombros. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una vergüenza profunda y ardiente al comprender que había estado tan convencida de estar haciendo lo correcto, tan segura de que estaba resolviendo un problema y manteniendo el orden, que nunca se preguntó por qué alguien elegiría vivir oculto y en silencio, ni qué dolor lo obligaba a aislarse de esa manera.

 

Ahora entendía la respuesta.

 

Porque el mundo podía ser cruel.

 

Y ellas mismas acababan de demostrárselo con sus palabras y sus acciones.

 

Yuuto bajó la mirada hacia su libreta, pasó las páginas con dedos inestables y comenzó a escribir con una lentitud que revelaba el esfuerzo que le costaba cada trazo, como si cada letra fuera un peso difícil de llevar. Ayaka sentía el corazón desbocado, una mezcla de miedo y necesidad de saber qué iba a decir, aunque al mismo tiempo deseaba no tener que leerlo, porque presentía que esas palabras iban a dolerle más de lo que ya le dolía todo lo que había pasado.

 

Cuando él giró la libreta,

 

solo había una frase.

 

Corta.

 

Simple.

 

Dolorosa.

 

    Lo siento.

 

Esas palabras fueron suficientes para que algo se rompiera dentro de Ayaka, porque no era una disculpa por haber ocultado cosas, ni por haber causado problemas, ni por haber roto ninguna regla. Era una disculpa por haber sido visto, como si mostrar su rostro fuera un error, como si él fuera el culpable de todo, como si ellas fueran las víctimas en todo aquello y él hubiera cometido un delito al dejar que lo conocieran.

 

—No... —logró susurrar ella, con la voz rota.

 

Yuuto bajó la libreta rápidamente, se agachó para recoger lo que había en el suelo y volvió a colocarse el cubrebocas con movimientos apresurados y nerviosos, como alguien desesperado por volver a estar protegido, por volver a ser invisible, por corregir el "fallo" de haberse dejado ver. Luego se puso la capucha, cubriendo poco a poco su cabello y su rostro, ocultando de nuevo todo lo que había sido expuesto ante ellas, capa tras capa, muro tras muro, hasta volver a convertirse en esa figura silenciosa y distante que todos conocían y que nadie se atrevía a comprender.

 

Y Reika comprendió con tristeza que habían sido ellas mismas quienes lo habían obligado a esconderse aún más profundo.

 

Yuuto dio unos pasos hacia atrás sin mirarlas y se giró hacia la puerta, dispuesto a irse para siempre de ese lugar donde solo había encontrado juicio y falta de comprensión.

 

—¡Yuuto! —gritó Reika.

 

Fue la primera vez que lo llamó por su nombre, como a una persona y no como a un problema o a un expediente, pero él se detuvo solo un instante, una pausa breve y silenciosa que bastó para confirmar que la había escuchado, aunque no giró la cabeza, ni respondió, ni se quedó. Siguió caminando hacia la salida, con la cabeza baja y el paso apresurado, mientras ella intentó decir una última cosa.

 

—¡Espera! —gritó de nuevo, dando un paso hacia adelante.

 

Pero sus piernas se quedaron clavadas en el suelo, porque sabía que ya no tenía derecho a pedirle nada: no después de haberlo acorralado, no después de haber roto su confianza, no después de haberle hecho daño creyendo que estaban haciendo lo correcto.

 

La puerta se abrió y se cerró suavemente, dejándolas solas en el silencio de la sala. Por primera vez desde que tomaron sus cargos, ni Reika ni Ayaka sabían qué hacer, ni cómo arreglar lo que habían destruido, porque acababan de descubrir una verdad dolorosa: el problema nunca había sido Yuuto. El problema era todo lo que lo rodeaba.

 

Y ellas habían sido parte de ello.

 

La puerta del Consejo Estudiantil se cerró tras él con un golpe seco, que resonó como el final de todo lo que conocía.

 

Y Yuuto corrió.

 

No caminó.

 

No intentó mantener la calma.

 

No intentó aparentar que estaba bien.

 

Simplemente corrió.

 

Sus pasos resonaban con fuerza por los pasillos vacíos, un sonido rápido y desesperado que rompía la tranquilidad de la escuela. Con una mano, apretaba la capucha contra su cabeza, bajándola más, cerrándola más, ocultándose más, como si al hacerlo pudiera borrar lo que acababa de ocurrir allá arriba. Como si pudiera volver atrás en el tiempo. Como si pudiera hacer desaparecer aquellas miradas que lo habían desarmado, juzgado y desgarrado en cuestión de minutos.

 

Las piernas apenas seguían el ritmo frenético de sus pensamientos. Todo dentro de su cabeza era un caos: las palabras que le habían dicho, las expresiones en sus rostros, el momento exacto en que le arrancaron la protección, el instante en que lo vieron desnudo de barreras, y luego... cómo volvieron a mirarlo.

 

Exactamente igual que siempre.

 

Igual que todos los demás.

 

Yuuto apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula.

 

No.

 

No quería pensar.

 

No quería recordar.

 

No quería ver a nadie.

 

Los pocos estudiantes que se cruzaban en su camino apenas tenían tiempo de reaccionar ante esa figura oscura que avanzaba como una tormenta.

 

—¡Oye, cuidado!

 

—¿Eh? ¿Qué le pasa?

 

—¡Aparta, déjalo pasar!

 

La gente se hacía a un lado rápidamente, sorprendida por esa prisa que no encajaba con nada de lo que conocían de él. Algunos se quedaban observándolo confundidos, otros simplemente se apartaban por instinto, con esa mezcla de miedo y curiosidad que siempre provocaba. Nadie entendía qué estaba ocurriendo, pero todos podían sentir que algo estaba terriblemente mal.

 

Pero Yuuto no se detuvo.

 

No podía.

 

Si se detenía... sentía que algo dentro de él terminaría rompiéndose en mil pedazos, y ya no tendría fuerzas para volver a armarse.

 

Entonces ocurrió.

 

Giró una esquina demasiado rápido, sin mirar, sin medir el espacio, ciego por su propia desesperación.

 

Y chocó contra algo sólido.

 

Muy sólido.

 

El impacto fue fuerte, brutal, y lo obligó a retroceder varios pasos hasta casi perder el equilibrio. La libreta negra estuvo a punto de escaparse de sus manos, pero la aferró en el último segundo, recuperándola contra su pecho como si fuera su propia vida. Respiró con dificultad, tambaleándose, pero consiguió mantenerse en pie.

 

Frente a él había un estudiante.

 

Alto.

 

Mucho más alto que él.

 

De hombros anchos y físico atlético, con una presencia imponente que hacía que su uniforme escolar pareciera demasiado ajustado y pequeño para una constitución tan robusta. El muchacho lo observaba con los ojos muy abiertos, sorprendido, como si acabara de ser golpeado por una tormenta que había aparecido de la nada.

 

A su lado estaba otro estudiante, completamente distinto: más delgado, elegante, con una postura impecable y una presencia que llamaba la atención incluso permaneciendo quieto. Su cabello oscuro estaba perfectamente arreglado, y sus ojos lo observaban todo con una calma extraña, casi artificial, analizando cada detalle en silencio.

 

Eran dos personas que parecían de mundos distintos, y sin embargo, en ese momento compartían exactamente la misma expresión: sorpresa y preocupación.

 

—¿Estás bien? —preguntó el más alto, con una voz profunda y grave, dando un paso hacia él instintivamente.

 

Yuuto no respondió.

 

No podía.

 

Solo se encogió más sobre sí mismo, sujetando con más fuerza la capucha, cubriendo cualquier pequeño espacio que pudiera revelar algo de su rostro o de su expresión. Todo su cuerpo temblaba, no por el golpe, sino por la urgencia de huir, de desaparecer, de estar lejos de allí.

 

—Oye... —la voz del muchacho se hizo más suave, más lenta, intentando no asustarlo—. ¿Te hiciste daño? ¿Te duele algo?

 

Yuuto dio otro paso hacia atrás, negando ligeramente con la cabeza, sin levantar la vista del suelo.

 

No quería hablar.

 

No quería escribir.

 

No quería quedarse allí.

 

En ese momento, lo único que deseaba era dejar de existir.

 

El estudiante de cabello oscuro intercambió una mirada breve y seria con su compañero. Algo no estaba bien, era evidente, incluso para ellos que apenas lo conocían. Había algo en la forma en que se protegía, en cómo respiraba agitado, en esa desesperación que se le escapaba por cada poro de la piel, que les decía que esto no era solo un susto.

 

Y entonces, una voz que él conocía demasiado bien cortó el aire.

 

—¡Yuuto!

 

Los tres giraron la cabeza al mismo tiempo.

 

Allí, avanzando por el pasillo a toda velocidad, venía Shiori. Su largo cabello oscuro se movía detrás de ella al correr, y la preocupación era tan evidente en su rostro que dolía verla. Había salido de la biblioteca corriendo apenas lo vio salir del Consejo, y había estado buscándolo desde entonces.

 

Al verlo allí, detenido, se paró en seco apenas unos metros más atrás, con el pecho agitado por la carrera.

 

—¡Yuuto! —repitió, y esta vez su voz tembló, cargada de angustia—. Espera, por favor...

 

Yuuto reconoció aquella voz inmediatamente.

 

Era la voz suave que le había dado calma hacía apenas unos minutos.

 

Era la voz que le había dicho que estaría seguro.

 

Pero no levantó la mirada.

 

No se detuvo.

 

No respondió.

 

Porque si la miraba...Si veía la preocupación real en sus ojos...Si veía que ella sí se preocupaba por él...

 

Sentía que ya no podría seguir conteniéndose. Que todo lo que tenía guardado, todo el dolor, el miedo y la tristeza, saldría de golpe y nunca más podría volver a guardarlo.

 

Sus dedos se cerraron sobre la libreta.

 

Con fuerza.

 

Demasiada fuerza.

 

Y antes de que cualquiera de los dos chicos pudiera acercarse para ayudarlo.

 

Antes de que pudieran decir algo más.

 

Antes de que Shiori pudiera dar un paso más y alcanzarlo.

 

Yuuto volvió a correr.

 

Pasó entre los dos estudiantes como una sombra rápida y oscura, ignorando sus llamadas, ignorando sus voces, ignorando todo lo que no fuera la necesidad de alejarse.

 

—¡Yuuto, espera! —gritó Shiori, corriendo detrás de él con desesperación—. ¡Por favor, no te vayas! ¡Solo déjame hablar contigo!

 

Su voz volvió a resonar por todo el pasillo, más fuerte, más rota, más desesperada que antes. Pero no hubo respuesta.Ninguna.

 

Solo se escuchaba el sonido de unos pasos alejándose cada vez más, perdiéndose entre los pasillos, dejando atrás una sensación fría e incómoda que se quedó flotando en el aire.

 

Porque incluso sin conocer la historia completa, incluso sin entender exactamente qué había pasado allá arriba, todos los presentes pudieron ver la verdad.

 

Aquel no era alguien huyendo de un castigo.

 

No era alguien que tuviera miedo de ser regañado.

 

Era alguien huyendo porque acababan de herirlo profundamente.

 

Alguien que se había roto un poco más, y que corría para que nadie viera los pedazos.

 

Los pasos de Yuuto desaparecieron rápidamente por el corredor.

 

Cada vez más lejos.

 

Cada vez más rápidos.

 

Hasta que finalmente el silencio volvió a adueñarse del pasillo, dejando solo el eco de una huida que nadie esperaba.

 

Shiori llegó unos segundos después.

 

Demasiado tarde.

 

Se detuvo justo donde había estado Yuuto apenas un momento antes, inclinándose hacia adelante con las manos apoyadas sobre sus rodillas para recuperar el aliento. Su respiración estaba agitada, entrecortada, pero no era por el esfuerzo de haber corrido. Era por la preocupación, una sensación que le oprimía el pecho y que crecía más y más cada segundo que pasaba.

 

Porque ella conocía a Yuuto.

 

Lo conocía mejor que nadie en toda la escuela.

 

Y sabía que algo muy malo debía haber ocurrido para que reaccionara de aquella manera, para que abandonara esa calma silenciosa y reservada que siempre lo definía.

 

Lentamente levantó la cabeza, con la mirada fija en la dirección por la que había desaparecido, como si todavía pudiera verlo corriendo.

 

—Yuuto...

 

Su nombre salió de sus labios casi como un susurro, y la angustia en su voz era imposible de ocultar.

 

Los dos estudiantes intercambiaron una mirada breve y seria. Habían visto lo suficiente para saber que aquello no era algo normal, ni un simple susto.

 

El muchacho alto, de cuerpo robusto y aspecto imponente, fue el primero en hablar.

 

—¿Lo conoces? —preguntó con su voz grave, mirándola con atención.

 

Shiori asintió inmediatamente, sin dudar ni un instante.

 

—Sí. Es... es alguien a quien cuido.

 

—¿Qué ocurrió? ¿Por qué salió así? —insistió él, confundido por la escena que acababan de presenciar.

 

Ella negó con la cabeza, sintiendo una impotencia amarga que le subía por la garganta.

 

—No lo sé. —Y esa era la peor parte, lo que más le dolía: realmente no tenía ni idea de qué había pasado tras aquellas puertas cerradas—. Lo llamaron hace un rato al Consejo Estudiantil.

 

—¿Al Consejo? —repitió el otro joven, el de cabello oscuro y porte elegante, que hasta ese momento había permanecido en silencio analizando todo con calma.

 

—Sí. —Shiori volvió a asentir, y su expresión se ensombreció por completo—. Estaba bien cuando lo vi esta mañana. Nervioso, sí, muy nervioso, pero tranquilo. Le dije que estaría bien, que no tenía nada que temer... —se interrumpió un segundo, tragando grueso—. Luego recibió el llamado, subió... y ahora...

 

Su mirada volvió a dirigirse hacia el pasillo vacío, hacia la nada. No terminó la frase. No hacía falta.

 

Los tres habían visto cómo había salido.

 

La forma desesperada en que sujetaba la capucha contra sí mismo.

 

La prisa con que huía.

 

El miedo que se le escapaba por cada gesto.

 

El estudiante alto frunció ligeramente el ceño, pensativo.

 

—Eso es raro.

 

—¿Raro? —repitió Shiori, mirándolo.

 

—Sí. —El joven se cruzó de brazos, mirando hacia donde había desaparecido Yuuto—. La presidenta y la vicepresidenta no son personas problemáticas. Todo lo contrario. Son bastante razonables, muy responsables y, sobre todo, justas.

 

A su lado, su compañero asintió lentamente.

 

—Es verdad. Son estrictas, sí, pero nunca hacen nada sin motivo. Se ganaron el respeto de todos precisamente por eso.

 

Shiori bajó la mirada hacia el suelo, donde todavía podía imaginar las huellas de los pasos de su amigo.

 

—Lo sé. —Porque lo sabía. Lo sabía mejor que la mayoría—. Reika puede parecer fría o distante, y Ayaka puede ser impulsiva y muy directa... pero ninguna de las dos es cruel. O al menos... eso era lo que siempre había creído.

 

—Entonces, ¿por qué estás tan preocupada? —preguntó el muchacho alto, notando que su angustia iba más allá de lo normal.

 

Shiori apretó suavemente sus manos, entrelazando los dedos con fuerza, como si necesitara sostenerse a sí misma.

 

—Porque Yuuto no es alguien que huya. —Su voz se volvió más baja, más cargada de tristeza y de comprensión—. No de esa manera. Él soporta muchas cosas. Demasiadas cosas, cosas que a nadie se le debería obligar a soportar, y siempre se queda callado, siempre se mantiene en su lugar, siempre aguanta.

 

Hizo una pequeña pausa, y sus ojos se llenaron de una tristeza profunda.

 

—Así que si salió corriendo como si le fuera la vida en ello... si se veía tan roto... entonces algo pasó. Algo que rompió incluso lo que él tenía construido para protegerse.

 

El silencio volvió a instalarse entre los tres.

 

Un silencio incómodo.

 

Pesado.

 

Porque incluso sin conocer toda la historia, incluso sin saber quién era realmente Yuuto o qué secretos guardaba, aquellos dos muchachos podían entender algo que parecía evidente.

 

La expresión que habían visto en sus ojos, aunque fuera por un segundo.

 

La forma en que temblaban sus manos.

 

La manera desesperada en que sujetaba su ropa como si fuera lo único que le quedaba.

 

Nada de eso pertenecía a alguien enfadado.

 

Ni a alguien culpable de algo.

 

Ni a alguien que estuviera escondiendo algo malo.

 

Era la reacción de alguien que estaba herido.

 

Alguien a quien acababan de hacer daño.

 

Y Shiori lo sabía mejor que nadie. Ella sabía que detrás de ese silencio y esa soledad había una persona que ya llevaba demasiado peso encima.

 

Por eso, mientras observaba el pasillo vacío y desolado, solo pudo pensar una cosa, una idea que le heló la sangre.

 

Tenía que encontrarlo.

 

Tenía que llegar antes que nadie.

 

Antes de que Yuuto decidiera irse a algún lugar donde nadie pudiera encontrarlo.

 

Antes de que decidiera esconderse nuevamente.

 

Y esta vez...Para siempre.

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