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Capítulo 12: “El rumor que partió el mundo”

DNavarrete
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Las clases de la mañana transcurrían con aparente normalidad. Los profesores continuaban sus lecciones, escribiendo en la pizarra y explicando los temas con la misma rutina de siempre. Los…

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Las clases de la mañana transcurrían con aparente normalidad. Los profesores continuaban sus lecciones, escribiendo en la pizarra y explicando los temas con la misma rutina de siempre. Los estudiantes intentaban concentrarse en sus cuadernos, aunque en el fondo todos tenían la mente puesta en lo que había ocurrido a primera hora. Y mientras tanto, los rumores seguían recorriendo los pasillos con la misma rapidez que el viento, transformándose y creciendo a cada paso.

 

De repente, el sistema de altavoces de toda la academia emitió ese sonido agudo y característico que anunciaba un comunicado oficial.

 

—Se solicita la presencia inmediata de la presidenta del Consejo Estudiantil, Ayaka Kamizaki, y de la vicepresidenta, Reika Tsukishiro, en la oficina del director. Favor presentarse sin demora.

 

El anuncio resonó en cada rincón del edificio, y en todas las aulas comenzaron los murmullos.

 

Ayaka levantó lentamente la vista desde su pupitre, apartando la mirada de sus apuntes. Reika hizo exactamente lo mismo al instante. Las dos se cruzaron con una sola mirada, apenas un segundo, pero fue suficiente. No hacía falta preguntar el motivo ni intercambiar palabras: ambas sabían perfectamente por qué las llamaban.

 

Pocos minutos después, las enormes puertas de madera de la oficina del director se cerraban con un golpe suave pero firme detrás de ellas.

 

Ryuuji Aoyama permanecía de pie frente al gran ventanal, de espaldas a la entrada. No las invitó a sentarse, no las saludó con la amabilidad habitual, ni siquiera se dio vuelta de inmediato. Mantenía las manos entrelazadas detrás de su espalda, observando el patio con una calma que parecía demasiado forzada.

 

—Supongo que ya imaginan por qué las llamé —dijo finalmente, sin volverse todavía. Su voz sonaba tranquila, controlada, pero tenía un matiz helado que no se le escapó a ninguna de las dos.

 

—Sí —respondió Ayaka con la misma serenidad, sin vacilar.

 

Entonces el director giró lentamente sobre sus talones para mirarlas de frente. Su expresión seguía siendo impecable, la de siempre: autoritaria, seria, sin rastro de emociones visibles, como si aquella conversación fuera un trámite administrativo más.

 

—Entonces ahorraremos tiempo.

 

Caminó despacio hasta el escritorio, tomó una tableta electrónica y la dejó sobre la mesa para que pudieran ver la pantalla. Allí se reproducía de nuevo la grabación de las cámaras de seguridad de esa misma mañana: la imagen de Ayaka y Reika esperando en la entrada, luego la llegada de Yuuto, el intercambio de la nota, la entrega de la caja con comida y, finalmente, los tres cruzando juntos el portón principal.

 

—¿Podrían explicarme exactamente qué fue esto? —preguntó con tono neutro, aunque su mirada se había vuelto más aguda.

 

Ninguna respondió de inmediato. El silencio se prolongó durante varios segundos, denso y pesado.

 

Fue Reika quien habló primero, con voz firme y medida.

 

—Recibimos a un estudiante que regresaba a clases.

 

Aoyama soltó una risa seca, sin ninguna alegría.

 

—No. No es tan sencillo. Recibieron a ese estudiante.

 

Su mirada se volvió más fría y penetrante.

 

—Quiero saber por qué. ¿Por qué decidieron hacer algo que altera todo lo que hemos construido aquí?

 

Ayaka sostuvo su mirada sin apartarla ni un instante.

 

—Porque es un alumno registrado de esta academia, con todos sus derechos y obligaciones al día.

 

—No se hagan las ingenuas —replicó el director, dejando la tableta con un golpe leve sobre la madera—. Las dos saben perfectamente que Yuuto Kanzaki representa un problema para esta institución.

 

Reika frunció ligeramente el ceño, sin mostrar miedo.

 

—¿Un problema? ¿En qué sentido?

 

—Su sola presencia altera el ambiente escolar —explicó Aoyama con seguridad, como si repitiera una verdad indiscutible—. Genera rumores, incomodidad entre los compañeros, confusión. Los estudiantes no saben cómo actuar frente a alguien que se aísla, que no habla, que se mantiene al margen de todo.

 

Ayaka cruzó lentamente los brazos sobre el pecho, manteniendo la compostura.

 

—Los estudiantes no saben cómo actuar porque durante todo un año nadie hizo nada para detener esos rumores. Nadie los desmintió, nadie explicó la verdad, nadie intervino para que se respetara su espacio.

 

La expresión del director apenas cambió, pero sus ojos se estrecharon levemente.

 

—Los rumores existen porque él mismo decidió aislarse del resto. No es culpa de nadie más que de su propia actitud.

 

—No —respondió Ayaka con una firmeza que no admitía discusión—. Los rumores existen porque todos permitieron que crecieran sin control. Y nadie tuvo el valor de cuestionarlos.

 

El silencio volvió a instalarse en la habitación.

 

Aoyama desvió lentamente la mirada hacia Reika, cambiando de tema con la misma naturalidad de quien conoce todos los detalles.

 

—También tengo entendido que la señora Kanzaki retiró la solicitud de traslado que había presentado hace dos días.

 

Reika mantuvo la espalda recta y la mirada serena.

 

—Así fue.

 

—Y esa decisión ocurrió justo después de que ustedes dos fueran a visitar su casa, ¿verdad?

 

Ninguna de las dos respondió con palabras, pero su silencio y su postura eran ya una respuesta suficiente.

 

El director respiró profundamente, dejando salir el aire con calma.

 

—Entonces ustedes intervinieron para cambiar las cosas.

 

—Fuimos a hablar con Yuuto, y con su madre, para entender su situación —aclaró Ayaka sin intentar negar nada.

 

—Ya me lo imaginaba.

 

Aoyama comenzó a caminar lentamente alrededor del escritorio, dando vueltas cortas, como si estuviera midiendo cada palabra antes de pronunciarla.

 

—Y cometieron un grave error. Uno que puede tener consecuencias serias para el orden de esta escuela.

 

Se detuvo justo frente a ellas, a pocos pasos de distancia.

 

—Ese muchacho debe abandonar esta academia. Es lo mejor para todos.

 

Reika dio un paso al frente, sin retroceder ni un milímetro.

 

—¿Por qué?

 

La pregunta fue tan directa y tranquila que incluso al propio director le tomó por sorpresa.

 

—Porque no pertenece aquí —respondió él con convicción.

 

—Esa no es una respuesta —replicó Reika, manteniendo la mirada fija en la suya—. ¿Por qué debe irse? ¿Qué regla ha roto? ¿Qué daño ha causado?

 

Aoyama habló con absoluta seguridad, como si estuviera explicando algo obvio.

 

—Porque representa un riesgo para el equilibrio y la excelencia de esta institución.

 

—¿Qué riesgo exactamente? —insistió ella sin titubear.

 

El director guardó silencio unos segundos, buscando las palabras adecuadas. Pero antes de que pudiera responder, Reika continuó con la misma calma:

 

—Si todos los rumores que circulan sobre Yuuto fueran ciertos, si hubiera hecho algo malo, si fuera realmente una amenaza o un mal ejemplo, entonces tendría motivos suficientes para expulsarlo de inmediato, siguiendo estrictamente el reglamento.

 

El despacho quedó en completo silencio. Ayaka observaba con atención cada movimiento de Aoyama, esperando su reacción.

 

El director abrió la boca para responder, pero Ayaka se adelantó con voz clara y firme:

 

—Pero no lo hace. ¿Verdad?

 

Aoyama volvió la vista hacia ella, con una expresión cada vez más tensa.

 

—¿Sabe por qué no lo hace? —preguntó ella, sin dejar espacio a dudas—. Porque incluso usted sabe que no existe una sola prueba, ni un solo testimonio veraz, que respalde ninguno de esos rumores.

 

Nadie dijo nada. El aire parecía volverse más denso.

 

Ayaka continuó, enumerando cada punto con claridad:

 

—No hay denuncias formales en su contra. No hay agresiones registradas, ni daños materiales, ni estudiantes que hayan presentado quejas por su comportamiento. No tiene ninguna sanción disciplinaria en su expediente. No hay absolutamente nada que demuestre que sea un problema. Solo rumores, nada más.

 

Reika asintió lentamente, apoyando cada una de sus palabras.

 

—Y el Comité Disciplinario también revisó su caso en profundidad. Tampoco encontró ninguna infracción que justifique su salida.

 

Ayaka sostuvo la mirada del director con toda la autoridad que le daba su cargo, pero también con la convicción de quien defiende la verdad.

 

—Nosotras también investigamos, hablamos con quienes lo conocen, revisamos cada registro. Y llegamos exactamente a la misma conclusión: Yuuto Kanzaki jamás ha quebrantado ninguna norma de esta escuela.

 

El silencio comenzó a volverse incómodo para el director. Por primera vez en mucho tiempo, Ryuuji Aoyama no tenía una respuesta inmediata, ni un argumento legal que pudiera usar para contradecirlas.

 

Ayaka aprovechó ese instante para dejar claras sus intenciones:

 

—Si algún día Yuuto hace algo que realmente rompa las reglas, si causa algún problema o afecta a otros estudiantes, entonces nosotras seremos las primeras en solicitar su sanción o incluso su expulsión, tal como lo marca el reglamento.

 

Reika completó la frase con la misma firmeza:

 

—Porque nuestro deber es proteger a todos los estudiantes por igual.

 

Ayaka asintió, y miró directamente a los ojos del director, sin dejar ninguna duda.

 

—A todos. Incluyéndolo a él.

 

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y claras. Ninguna de las dos retrocedió ni un paso, ninguna bajó la mirada ni mostró inseguridad.

 

Porque en ese momento ya no hablaban solo como presidenta y vicepresidenta del Consejo Estudiantil. Hablaban como dos personas que habían decidido que nunca más volverían a condenar a alguien únicamente por lo que otros decían de él, sin conocer la verdad.

 

Y esa decisión, tomada con tanta convicción y respaldo, era algo que ni siquiera el director podía cambiar con una simple orden.

 

Las puertas del despacho se cerraron una vez más detrás de ellas, con un sonido grave que marcaba el final de la conversación. Apenas estuvieron en el pasillo, fuera del alcance de cualquier oído, Ayaka dejó escapar un largo suspiro, como si soltara toda la tensión que había acumulado en su interior.

 

Luego, sin pensarlo demasiado, murmuró entre dientes con tono molesto:

 

—Realmente lo odio...

 

Reika giró apenas la cabeza hacia ella, con una media sonrisa tranquila.

 

—Si el director te escucha decir eso, la sancionada serás tú, no él.

 

Ayaka soltó una pequeña risa cansada, pero sincera.

 

—Lo sé... —respondió, mirando por un instante hacia la puerta que acababan de dejar atrás—. Pero no puedo evitar sentirlo.

 

Reika permaneció en silencio unos segundos, caminando a su lado con paso mesurado. Finalmente, bajó un poco más la voz, como si compartiera un secreto:

 

—Aunque... yo también siento exactamente lo mismo.

 

Las dos continuaron avanzando por el pasillo sin decir nada más. Sabían que habían dicho todo lo que tenían que decir, que habían dejado claras sus posturas, pero ahora solo quedaba esperar a ver cómo reaccionaba el director y actuar según fuera necesario.

 

El pasillo se mantenía en una calma relativa. La mayoría de las aulas seguían en clase, por lo que solo se escuchaban las voces apagadas de los profesores al otro lado de las puertas cerradas.

 

Fue entonces cuando ambas notaron un ligero movimiento al final del corredor. Reika entrecerró los ojos para ver mejor.

 

—¿Eh...?

 

Desde la esquina del pasillo, asomaba lentamente una cabeza: una capucha gris que cubría todo el cabello, dos ojos azules muy abiertos y atentos, y nada más. El resto del cuerpo permanecía completamente escondido detrás de la pared, como si quisiera pasar desapercibido.

 

Durante unos segundos, nadie dijo absolutamente nada. La escena era tan extraña y absurda que a ambas les tomó un momento procesarla.

 

Era Yuuto.

 

Al parecer ya venía de regreso a su salón después de su visita a la enfermería, pero por alguna razón había decidido esconderse para observarlas. El problema era que lo hacía terriblemente mal: solo había ocultado el cuerpo, mientras que la mitad de la capucha y toda su cara sobresalían por completo del muro. Y aquellos ojos azules las miraban fijamente, sin pestañear, como un pequeño animal curioso que cree que si no se mueve, nadie lo verá.

 

Ayaka parpadeó una vez, luego volvió a mirar para asegurarse de que no se estaba imaginando cosas. Yuuto seguía exactamente igual: asomado, inmóvil, convencido de que estaba perfectamente oculto.

 

Reika sintió cómo una pequeña sonrisa comenzaba a dibujarse en sus labios.

 

—Creo que...

 

—Sí —respondió Ayaka antes de que terminara la frase, conteniendo ya una risa—. Nos está espiando.

 

Ambas guardaron silencio unos segundos más, pero Yuuto seguía sin moverse, con esa expresión inocente y fija en la mirada. Parecía pensar que la regla de oro era: “Si yo no las veo bien, ellas tampoco me ven a mí”.

 

Ayaka ya no pudo aguantar más. Se llevó una mano a la boca para no hacer ruido, pero sus hombros comenzaron a temblar por la risa contenida.

 

—¡Pff...!

 

Reika la miró de reojo, intentando mantener la compostura.

 

—No te rías, que se va a dar cuenta...

 

—¡Lo intento, lo juro! —respondió Ayaka entre pequeñas carcajadas—. ¡Pero míralo! ¡Parece un dibujo animado con patas!

 

Señaló discretamente hacia la esquina, sin dejar de sonreír.

 

Reika desvió nuevamente la vista hacia él y no pudo negarlo: la imagen era demasiado tierna y graciosa a la vez. Un chico alto y delgado, envuelto en un uniforme demasiado grande, intentando esconderse detrás de una pared mientras dejaba toda su cabeza completamente expuesta.

 

Hasta ella terminó soltando una risa suave y tranquila.

 

Al escuchar ese sonido, Yuuto pareció darse cuenta de que lo habían descubierto. Sus ojos se abrieron un poco más, como si se sorprendiera de que su plan hubiera fallado. Muy despacio, con movimientos cautelosos, asomó un poco más la cabeza, luego un hombro, y finalmente salió completamente del rincón, caminando con cierta timidez hasta quedar frente a ellas.

 

Sujetaba con fuerza su libreta negra contra el pecho, como si fuera su escudo de seguridad. Se detuvo, bajó la cabeza, abrió la libreta y escribió unas pocas palabras con rapidez. Con un leve gesto de nerviosismo, giró la hoja para que pudieran leerla.

 

    “¿Las regañaron por mi culpa?”

 

Las dos dejaron de reír casi al instante. Ayaka sintió cómo el pecho se le encogía un poco, pero por una razón muy distinta a la tensión anterior. Después de todo lo que acababa de ocurrir, después de enfrentarse al director y defender su postura, lo primero que le preocupaba a Yuuto no era su propia situación, sino que ellas hubieran tenido problemas por ayudarlo.

 

Ayaka sonrió con una ternura imposible de ocultar. Sin pensarlo demasiado, levantó una mano y le dio un par de suaves palmadas sobre la cabeza, despeinando apenas la tela de la capucha.

 

—No seas tonto —le dijo con voz cálida y relajada.

 

Reika también sonrió, asintiendo con tranquilidad.

 

—No nos pasó nada, puedes estar tranquilo.

 

Ayaka se inclinó un poco para quedar a su altura, mirándolo directamente a los ojos.

 

—Y aunque nos hubieran regañado o puesto alguna observación... valió completamente la pena.

 

Yuuto permaneció unos segundos en silencio, observándolas con atención. Luego bajó lentamente la mirada hacia sus manos, y aunque el cubrebocas seguía ocultando la mitad de su rostro, sus ojos parecían más suaves y mucho más tranquilos que antes.

 

Era como si, por primera vez en mucho tiempo, realmente creyera aquellas palabras y comprendiera que, por fin, ya no estaba solo.

 

La biblioteca volvía a ser el lugar más silencioso de toda la academia. El suave sonido de las páginas al pasar y el aroma de los libros antiguos y bien conservados llenaban cada rincón del recinto, creando una atmósfera de calma que pocos espacios lograban igualar.

 

Shiori caminaba lentamente entre los estantes altos, con movimientos cuidadosos y precisos. Con delicadeza acomodaba varios volúmenes que algunos estudiantes habían dejado sobre la mesa de devoluciones, asegurándose de que cada uno quedara en su lugar correspondiente. Era un trabajo rutinario, tranquilo y ordenado, y a ella le gustaba exactamente por eso.

 

Tomó otro libro, lo examinó brevemente para ver su clasificación y lo colocó con suavidad en el estante. Justo cuando iba a extender la mano para tomar el siguiente, una voz conocida apareció a su lado, rompiendo la quietud.

 

—Así que era verdad.

 

Shiori ni siquiera levantó la cabeza. No hacía falta. Reconocería aquel tono, con esa mezcla de confianza y suficiencia, aunque estuviera profundamente dormida. Soltó un pequeño suspiro de resignación antes de responder:

 

—¿Qué quieres ahora, Naruse?

 

El muchacho sonrió con esa expresión de seguridad que usaba siempre. Era Daichi Naruse, alumno de segundo año, alto, de cabello castaño peinado hacia atrás con una pulcritud excesiva y un uniforme impecable que llevaba con un orgullo casi exagerado. Era popular entre sus compañeros, sacaba buenas notas y se consideraba a sí mismo un candidato ideal para cualquier chica de la escuela. Y, para desgracia de Shiori, llevaba meses autoproclamándose su futuro novio, una idea que solo existía en su propia imaginación, ya que ella jamás había aceptado ni siquiera la más mínima insinuación. De hecho, era una de las pocas personas en toda la academia que realmente conseguía sacarla de su habitual compostura.

 

Naruse apoyó un brazo sobre el borde del estante, inclinándose un poco hacia ella como si quisiera tener más intimidad.

 

—Solo venía a saludarte, nada más.

 

Shiori siguió ordenando libros sin detenerse.

 

—Ya me saludaste. Puedes retirarte si no tienes nada más que hacer.

 

—También quería hablarte de tu... ¿cómo decirlo? —hizo una pequeña pausa, dejando caer las palabras con intencionalidad— ...tu hermanito adoptivo o lo que sea.

 

Aquellas dos palabras, dichas con ese tono despectivo, hicieron que la mano de Shiori se detuviera en seco. Solo por un instante, pero fue suficiente para que Naruse notara que había dado en el blanco.

 

Sonrió satisfecho.

 

—Así que los rumores eran ciertos. Ahora te la pasas todo el tiempo con ese tal Yuuto Kanzaki.

 

Shiori recuperó la calma en un segundo, y continuó colocando el libro sobre el estante con movimientos lentos y controlados.

 

—¿Y qué tiene de malo?

 

Naruse soltó una pequeña risa, como si le pareciera absurda la pregunta.

 

—No me parece una buena idea, eso es todo. Una chica tan amable, tan ordenada y respetada como tú... no debería mezclarse con alguien como ese tipo. Solo perjudicará la reputación que te has ganado aquí.

 

Shiori cerró lentamente el libro que tenía entre las manos, deslizando el dedo por el lomo hasta asegurarse de que quedara bien encajado. Por primera vez desde que él había llegado, giró completamente sobre sus talones para mirarlo de frente.

 

Naruse dejó de sonreír al instante. Aquella expresión en su rostro no la conocía. Shiori siempre tenía una sonrisa suave, siempre hablaba con tono tranquilo y siempre encontraba una forma amable pero firme de responder a sus insistencias. Pero ahora lo miraba con una mirada fría, seria y claramente molesta, sin rastro de la calidez habitual.

 

—¿Terminaste? —preguntó con una calma tan absoluta que resultaba incluso más intimidante que cualquier grito.

 

Naruse parpadeó, sorprendido por el cambio.

 

—Solo intento ayudarte, ¿no ves? —se defendió, encogiéndose de hombros—. Además, siendo sincero, no me gustaría salir con una chica que se junta con alguien de quien todos hablan tan mal.

 

Un silencio denso cayó sobre la biblioteca, interrumpido solo por el leve crujir de las hojas en otra zona.

 

Shiori entrecerró ligeramente los ojos, sin perder la compostura.

 

—Qué alivio, entonces.

 

Naruse frunció el ceño, confundido.

 

—¿Cómo dices?

 

—Que es un alivio —repitió ella con claridad—. Porque yo tampoco saldría jamás con alguien que juzga a una persona sin conocerla, que cree en rumores sin pruebas y que solo se preocupa por lo que digan los demás.

 

La sonrisa arrogante de Naruse desapareció por completo, sustituida por una expresión de enfado.

 

—Shiori, no exageres...

 

—Y una cosa más —añadió ella, manteniendo la voz baja y tranquila, pero sin dejar espacio a dudas—. No vuelvas a hablar así de Yuuto delante de mí. Ni a él, ni a nadie más. ¿Quedó claro?

 

Naruse abrió la boca para responder, listo para replicar con más argumentos, pero en ese mismo instante una sombra enorme y oscura cayó sobre él desde atrás. Una presencia pesada, inmóvil y silenciosa que hizo que la temperatura pareciera bajar unos grados.

 

Shiori levantó apenas la vista por encima del hombro de Naruse y, sin perder la serenidad, esbozó una pequeña sonrisa de alivio.

 

—Buenos días, Goro.

 

Naruse sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Giró lentamente, con mucho cuidado, y se encontró cara a cara —o mejor dicho, mirando hacia arriba— con Goro Takemura.

 

Era un alumno de tercer año, de casi dos metros de altura, con una espalda ancha y hombros fuertes que hacían que su uniforme pareciera demasiado pequeño para él. Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado y una expresión completamente seria, sin rastro de emoción alguna, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en él.

 

Goro no había dicho absolutamente nada. Ni una sola palabra. Solo lo observaba desde arriba, en silencio. La diferencia de tamaño era tan evidente que Naruse sintió cómo se le secaba la garganta de golpe.

 

—¿H-hay... hay algún problema? —preguntó, intentando mantener la compostura pero sin poder evitar que su voz temblara un poco.

 

Goro permaneció callado unos segundos más, como si estuviera evaluando la situación. Luego respondió con una voz grave, profunda y con una calma inquietante:

 

—Sí.

 

Naruse tragó saliva con dificultad.

 

—¿Cuál es?

 

—Estás haciendo demasiado ruido.

 

El comentario fue tan sencillo, tan fuera de lugar y tan firme al mismo tiempo, que la biblioteca volvió a quedar en un silencio absoluto.

 

Shiori tuvo que desviar un poco la mirada hacia los estantes para ocultar una pequeña sonrisa de satisfacción. Conocía muy bien a Goro: sabía que acababa de salvarla de tener que seguir discutiendo con alguien que no escuchaba razones. Y también sabía que, aunque Goro jamás levantaría la mano contra nadie ni usaría la fuerza, su sola presencia imponente bastaba para que la mayoría de las personas decidieran marcharse por su propia voluntad antes de que la situación empeorara.

Thoughts

  • argumentoFlojo

    El caso del director descansa entero en una frase, que su presencia altera el ambiente. Le quitas eso y no le queda nada parado, y él lo sabe. Por eso nunca lo expulsó: le sale más barato esperar a que se vaya solo.

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  • calleyplaza

    Me pesa más el año entero en que nadie desmintió nada. Ni un comunicado, ni quince minutos con el salón para cortarlo. Eso costaba una mañana y no lo hizo nadie, y ahora hacen falta dos chicas plantándose en un despacho para deshacerlo. Aoyama no va a volver a plantear el tema de frente, va a dejar de firmar cosas, que es mucho más difícil de pelear.

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  • Ovid

    La nota de Yuuto preguntando si a ellas las regañaron por su culpa se me quedó pegada. Acaban de defenderlo delante del director y lo primero que hace él es preocuparse por el problema que les causó. Un año aguantando rumores y todavía calcula lo que cuesta que alguien lo ayude. ¿Vas a publicar la continuación por aquí?

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  • cvillar213

    El director pide que se vaya por riesgo y ellas le contestan con el expediente: cero denuncias, cero sanciones, cero quejas. Ahí queda claro que nunca estuvo pidiendo pruebas, estaba pidiendo que aceptaran una decisión sin ellas. Yo sostengo que ese expediente vacío es lo único que le queda a un chico que no le cae bien a nadie, y el día que deje de contar, cualquiera con el salón en contra se va a la calle.

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