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Capítulo 11: El peso del apellido Kanzaki

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La oficina del director permanecía completamente en silencio. Solo se escuchaba el zumbido constante del aire acondicionado y el tictac rítmico del reloj de pared, que marcaba el paso de los…

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La oficina del director permanecía completamente en silencio. Solo se escuchaba el zumbido constante del aire acondicionado y el tictac rítmico del reloj de pared, que marcaba el paso de los segundos con una precisión implacable.

 

Detrás de su enorme escritorio de madera oscura, Ryuuji Aoyama no apartaba la vista de la pantalla del monitor. Una y otra vez reproducía la misma grabación tomada por las cámaras de seguridad en la entrada principal. El video apenas duraba tres minutos, pero ya lo había revisado más de veinte veces, analizando cada gesto, cada mirada, cada movimiento con una minuciosidad casi obsesiva.

 

Primero aparecían Ayaka Kamizaki y Reika Tsukishiro, esperando inmóviles junto al portón. Luego, al final de la calle, surgía la figura de Yuuto Kanzaki, caminando despacio, encorvado, oculto bajo ropa demasiado grande. El muchacho se detenía, sacaba un pequeño papel, lo entregaba. Reika lo leía, Ayaka sonreía y le entregaba una caja envuelta con cuidado. Finalmente, los tres atravesaban juntos la verja como si nada fuera de lo común.

 

Aoyama detuvo la reproducción. Su reflejo quedó dibujado sobre la pantalla negra, y por primera vez en mucho tiempo, la máscara de calma y autoridad imperturbable se desdibujaba levemente. No había rabia descontrolada ni gritos, sino algo mucho más frío y profundo: una molestia calculada, contenida con esfuerzo, que le apretaba el pecho.

 

—Esto no debía ocurrir —murmuró en voz baja, sin dejar de mirar su propia imagen en el cristal.

 

Se quitó los lentes con movimientos lentos y precisos, los dejó sobre el escritorio y se levantó. Comenzó a caminar por la habitación con pasos firmes y medidos, cada uno sonando seco sobre el suelo de madera pulida.

 

Para él, la Academia Seishin no era solo un edificio con aulas y profesores: era una obra construida con años de esfuerzo, sacrificio y una visión muy clara. No había llegado a ser una de las instituciones más prestigiosas del país por casualidad. Sus alumnos obtenían los mejores promedios, accedían a las universidades más exigentes y destacaban en todos los ámbitos, porque allí se enseñaba algo más que materias: se enseñaba orden, jerarquía y responsabilidad.

 

Y el orden, según su forma de ver las cosas, no se mantenía solo con reglamentos escritos en libros. Las reglas explícitas servían para los casos evidentes; pero lo que realmente garantizaba el funcionamiento de toda la estructura era lo que él llamaba la disciplina silenciosa.

 

—Para que una institución funcione —se dijo a sí mismo, como si repasara una lección que consideraba irrefutable—, todos deben saber hasta dónde pueden llegar. Destacar está bien… pero solo si se hace dentro del molde. Quien se sale de los límites, quien se niega a adaptarse, pone en riesgo el equilibrio de todos.

 

El miedo, pensaba, no era algo negativo ni cruel: era la herramienta más eficaz para educar. Un alumno que comprendía que había consecuencias al actuar de forma distinta, no solo se corregía a sí mismo, sino que servía de ejemplo para cientos de compañeros que observaban y aprendían. Y eso era exactamente lo que había ocurrido con Yuuto Kanzaki.

 

Aoyama se detuvo frente al gran ventanal y miró hacia el patio. Abajo, los estudiantes caminaban en grupos ordenados, con uniformes impecables, sin ruidos innecesarios, respetando cada espacio y cada horario. Todo estaba en su lugar, tal como debía ser.

 

—Él nunca rompió una norma —admitió con frialdad, reconociendo el hecho—. No hay faltas, no hay peleas, no hay daños materiales. Solo se escondía, no hablaba, se aislaba del resto. Pero precisamente por eso era perfecto.

 

Para él, el problema no era lo que Yuuto hacía, sino lo que representaba: una diferencia que, si se toleraba, podía sembrar dudas. Así que había tomado la decisión que consideraba más lógica y beneficiosa para el conjunto: no intervenir. No había dado órdenes para que lo excluyeran, no había difundido mentiras, solo había dejado que la dinámica natural de la escuela hiciera su trabajo. Los rumores aparecieron solos, las miradas de rechazo surgieron por sí mismas, y poco a poco el aislamiento se convirtió en su realidad.

 

Y el resultado había sido exactamente el esperado. Durante un año entero, los demás alumnos aprendieron la lección sin necesidad de que nadie se la explicara: “No seas diferente. No llames la atención. Si te alejas del grupo, te quedas solo”. El efecto fue inmediato: menos conflictos, más obediencia, mayor rendimiento académico. Todo funcionaba como un reloj perfecto.

 

Hasta esa mañana.

 

Aoyama apretó lentamente los puños a los costados de su cuerpo. No le importaba el destino del muchacho en sí, ni sentía odio personal hacia él. El verdadero problema era el mensaje que acababa de enviarse a toda la escuela con aquella escena.

 

Volvió a mirar la pantalla donde se congelaba la imagen: Ayaka y Reika, las dos figuras de mayor influencia estudiantil, esperándolo, recibiéndolo, dándole la bienvenida frente a todos. Con un solo gesto, habían destruido un año entero de trabajo silencioso.

 

—El mensaje ya no es el mismo —susurró, comprendiendo la gravedad de lo que veía—. Antes, ser distinto significaba quedarse solo. Ahora… parece que incluso alguien que se ha aislado durante tanto tiempo puede ser aceptado, puede tener apoyo, puede volver.

 

Y eso, en su lógica, era infinitamente más peligroso. Si los estudiantes empezaban a creer que podían salirse del molde sin consecuencias, si comenzaban a hacer preguntas sobre por qué ocurrían las cosas, si dudaban de las reglas no escritas… entonces todo el sistema que había construido con tanto cuidado empezaría a resquebrajarse.

 

—No puedo permitirlo —afirmó con convicción, como si tomara la decisión más responsable para el bien de la academia.

 

No pensaba expulsarlo: una expulsión oficial generaría preguntas, levantaría sospechas, podría llevar a investigaciones o quejas por parte de los padres. Eso sería contraproducente. Lo que necesitaba era que la salida de Yuuto pareciera algo natural, voluntario, sin intervención de la dirección. Todo estaba planeado para que su madre pidiera el traslado, y así el caso se cerraría en silencio, sin dejar huellas.

 

Pero Aoi Kanzaki había cambiado las reglas del juego. Había retirado la solicitud, su hijo había vuelto a clases y, para empeorar la situación, ya no volvía solo: venía respaldado por la presidenta y la vicepresidenta del Consejo Estudiantil, dos figuras que tenían la confianza de profesores, alumnos y familias.

 

Aoyama regresó a su escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera pulida. Por primera vez en muchos años, sintió que algo escapaba por completo de su control. Y para alguien que había construido su carrera y su reputación sobre la base de dominar cada detalle, cada situación y cada persona, esa sensación era inaceptable.

 

—No importa quién lo respalde —dijo con voz firme y fría—. Si el equilibrio de esta escuela depende de que él se vaya… entonces encontrará la forma de que se vaya. Porque el bien de la institución está por encima de todo. Y esa es la única forma de mantener la excelencia.

 

Para él no era una conspiración ni una maldad: era simplemente la lógica de quien cree que, para que el todo funcione, a veces hay que sacrificar una sola pieza. Y estaba decidido a que nada, ni nadie, cambiara esa regla.

 

El regreso de Yuuto no pasó desapercibido. Desde que cruzó el portón junto a Ayaka y Reika, decenas de miradas comenzaron a seguirlo por los pasillos, y los murmullos crecían con cada paso que daba. Pero esta vez, el chico intentaba con todas sus fuerzas no prestarles atención.

 

Sujetaba con sumo cuidado la pequeña caja de onigiris entre ambas manos, manteniéndola pegada a su pecho, mientras caminaba por el pasillo principal acompañado por las dos jóvenes. Ninguno de los tres hablaba, pero no hacía falta: esa sensación de tranquilidad y protección mutua ya era suficiente para calmar sus nervios.

 

Al doblar la esquina del último pasillo, justo antes de llegar a la puerta de su aula, Yuuto se detuvo en seco.

 

Ayaka también frenó el paso de inmediato. Reika levantó lentamente la vista, y en cuanto vio lo que había frente a ellos, esbozó una media sonrisa de comprensión.

 

Allí, justo delante de la entrada del salón, esperaba Shiori Amakawa. Con sus 16 años, estudiante de segundo año y bibliotecaria oficial de la academia, tenía una presencia tranquila pero inconfundible. Su largo cabello oscuro con reflejos violáceos caía en ondas sueltas sobre sus hombros, sostenido en la parte superior por una diadema del mismo tono, y llevaba unos lentes de montura fina que le daban un aire inteligente y sereno. Vestía su uniforme impecable, con el lazo morado bien colocado, y sostenía un libro grueso contra el pecho con ambas manos. Su expresión, en ese momento, era completamente neutra, casi impasible, pero sus ojos violetas observaban con una intensidad que no dejaba lugar a dudas.

 

Yuuto tragó saliva de golpe. Sin darse cuenta, retrocedió un pequeño paso, como si quisiera ocultarse detrás de las dos chicas que lo acompañaban.

 

Ayaka observó esa reacción y luego intercambió una rápida mirada con Reika. Ambas tuvieron que hacer un esfuerzo por no reír en ese instante. Era la primera vez que veían a Yuuto realmente asustado, y no era por los rumores, ni por las miradas hostiles, ni siquiera por la autoridad del director. Era simplemente por Shiori.

 

La bibliotecaria permaneció en silencio durante varios segundos, mirándolo fijamente sin moverse ni un milímetro. Yuuto, por su parte, apretó con más fuerza la caja de comida, su cuaderno de notas y hasta el borde de su uniforme, como un niño pequeño que espera recibir un regaño merecido.

 

Ayaka tuvo que girar ligeramente la cabeza para esconder la sonrisa que ya se le dibujaba en los labios. Reika se mordió suavemente el interior de la mejilla para no soltar una carcajada. Era increíble ver que aquel chico que había soportado un año entero de aislamiento y malos comentarios sin quejarse ni una sola vez, estuviera completamente intimidado por la bibliotecaria más amable y tranquila de toda la escuela.

 

Shiori dio un paso al frente. Luego otro, hasta quedar justo a pocos centímetros de distancia de él.

 

—Yuuto —dijo con voz suave, pero firme, demasiado tranquila para que no fuera inquietante en ese momento.

 

Él bajó inmediatamente la cabeza, clavando la mirada en sus propios zapatos.

 

—¿Sabes cuánto me preocupaste? —preguntó ella sin alterar el tono.

 

Yuuto asintió despacio, sin levantar la vista.

 

—Saliste corriendo de la biblioteca sin decir nada el día anterior.

 

Otro asentimiento, un poco más rápido.

 

—No apareciste en toda la tarde, ni siquiera para recoger tus cosas.

 

Asintió de nuevo, con los hombros ligeramente encorvados.

 

—Y ayer no viniste en absoluto.

 

El muchacho parecía querer hundirse en el suelo y desaparecer del pasillo en ese mismo instante.

 

Ayaka se tapó la boca con una mano, y Reika hizo exactamente lo mismo. La escena era demasiado tierna para ser verdad.

 

Shiori soltó finalmente un largo suspiro, y al hacerlo, toda la rigidez de su postura se desvaneció por completo. Negó suavemente con la cabeza, dejando ver en sus ojos todo el alivio que sentía.

 

—Qué niño más problemático… —murmuró con cariño.

 

Antes de que Yuuto pudiera reaccionar o levantar la cabeza, sintió cómo unos brazos delgados pero firmes lo rodeaban con mucha suavidad. Shiori lo abrazó con cuidado, como lo haría una hermana mayor que, después de horas y horas de incertidumbre, por fin encuentra a su hermano sano y salvo. Apoyó una mano en su espalda, con movimientos lentos y tranquilizadores, y la otra sobre su cabeza, acariciando levemente la tela de la capucha.

 

—Gracias por volver —susurró con voz apenas audible, llena de alivio y afecto—. No vuelvas a hacerme esperar así, ¿de acuerdo?

 

Yuuto permaneció inmóvil durante unos segundos, como si no supiera muy bien qué hacer. Pero poco a poco, muy despacio, levantó los brazos y le devolvió el abrazo con mucha delicadeza, solo lo suficiente para que ella entendiera que también se alegraba de verla.

 

Ayaka y Reika sonrieron con ternura, observando la escena. Aquello les confirmaba algo que ya empezaban a sospechar: Yuuto no estaba tan solo como él mismo creía.

 

Shiori se separó lentamente, pero sin alejarse demasiado. Con total naturalidad, le acomodó la capucha que se había movido un poco durante el abrazo y le dio un golpecito suave en la frente con la punta de un dedo, sin fuerza ninguna.

 

—Y la próxima vez que quieras desaparecer un rato —añadió, dejando ver por fin una sonrisa cálida y sincera en sus labios—, al menos pásate por la biblioteca a decirme que estás bien.

 

Yuuto asintió con rapidez, una, dos y tres veces seguidas, como si quisiera dejar bien claro que lo había entendido y que no volvería a hacerlo.

 

Aquella reacción hizo que Shiori soltara una pequeña risa clara y suave. Y al verla reír, Ayaka y Reika tampoco pudieron contenerse más y terminaron sonriendo también.

 

El pasillo, que hasta hacía unos segundos estaba cargado de tensión y silencio, se llenó de risas tranquilas, llamando la atención de varios estudiantes que pasaban por allí. Nadie entendía muy bien qué estaba ocurriendo, pero para Yuuto era algo que no esperaba jamás: por primera vez en mucho tiempo, al volver a la escuela, lo recibían con preocupación, con cariño y con una bienvenida igual a la de cualquier otro alumno.

 

Y eso era algo que, apenas unos días atrás, jamás habría imaginado posible.

 

Frente a la puerta del salón, el timbre que anunciaba el inicio de las clases estaba a punto de sonar.

 

Shiori acomodó por última vez la capucha de Yuuto, sonriendo con esa calma suya, como quien por fin deja atrás una gran preocupación.

 

—Muy bien —dijo con voz suave.

 

Le dio un pequeño golpecito en el hombro, sin fuerza, solo para darle ánimos.

 

—Ahora entra.

 

Yuuto asintió despacio, con la cabeza todavía un poco baja.

 

Ayaka también sonrió, con un tono más alegre.

 

—Nos veremos en el almuerzo. No te escondas en ningún rincón.

 

Reika levantó ligeramente la vista hacia la libreta que Yuuto llevaba apretada entre los brazos, con una media sonrisa.

 

—Y eso significa que no intentes escaparte sin decir nada.

 

Por un instante, la mirada de Yuuto subió apenas unos centímetros, lo suficiente para parecer responder que jamás había pensado en hacerlo. Aquella reacción hizo que las tres soltaran una pequeña risa.

 

—Te estaremos esperando en el patio interior —continuó Ayaka—. Comeremos juntos, ¿de acuerdo?

 

Yuuto respondió con un nuevo asentimiento. Para él, eso ya era suficiente.

 

En ese momento, el timbre sonó por todo el edificio, marcando el inicio oficial de la jornada.

 

Shiori dio un paso atrás, dejándole paso libre.

 

—Ve. Que tengas buenas clases.

 

—Nos vemos después —añadieron Ayaka y Reika al unísono, levantando ligeramente una mano en señal de despedida.

 

Las tres pertenecían a cursos distintos, así que no podían acompañarlo más allá de la puerta. A partir de ese instante, Yuuto tendría que entrar y caminar solo por el aula.

 

Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire, y apretó un poco más contra su pecho su libreta negra y la caja de onigiris. Luego, con movimientos lentos y cautelosos, extendió la mano y abrió la puerta.

 

En cuanto cruzó el umbral, las conversaciones que había en el interior se detuvieron casi al instante. Todos los presentes levantaron la vista al mismo tiempo, y un silencio denso y pesado cayó sobre el salón.

 

Yuuto se quedó inmóvil unos segundos, enmarcado en el hueco de la puerta. A simple vista, nada había cambiado: los mismos pupitres alineados, las mismas ventanas que daban al jardín, el profesor acomodando sus documentos sobre el escritorio, y su asiento de siempre, vacío junto a la ventana, esperándolo.

 

Y, sin embargo, todo era diferente.

 

Porque ahora, cada alumno en esa sala sabía lo que había ocurrido apenas unos minutos antes en la entrada.

 

Los murmullos comenzaron casi de inmediato, muy bajos, apenas un susurro compartido entre compañeros para que no pareciera una ofensa directa.

 

—Es él…

 

—De verdad volvió hoy.

 

—¿Lo viste llegar? Iba caminando con la presidenta del consejo.

 

—No solo con ella, también con la vicepresidenta.

 

—Y antes de entrar, estaba esperándolo Shiori, la bibliotecaria.

 

—¿Shiori-san? Incluso lo abrazó y le hablaba como si fuera alguien muy cercano…

 

—¿Qué está pasando? No lo entiendo.

 

Yuuto escuchaba fragmentos de esas frases mientras avanzaba lentamente por el pasillo central entre los pupitres. No levantó la cabeza, no buscó miradas ni respondió a nada, solo siguió caminando hacia su sitio.

 

Pero esta vez, las miradas que sentía sobre su espalda eran distintas. Ya no eran solo de desconfianza, rechazo o indiferencia. Ahora había confusión, mucha curiosidad y, en algunos rostros, incluso un atisbo de culpa.

 

¿Cómo podía ser posible? Durante un año entero, todos habían asumido que Yuuto era alguien extraño, peligroso o de quien era mejor mantenerse alejado. Se lo habían repetido unos a otros, aceptando los rumores sin cuestionarlos. Y esa misma mañana, las tres personas más respetadas y confiables de toda la academia lo habían recibido como si fuera alguien importante para ellas.

 

Ayaka Kamizaki, la presidenta del consejo, siempre justa y estricta. Reika Tsukishiro, su mano derecha, inteligente y seria. Y sobre todo, Shiori Amakawa: toda la escuela la conocía, era imposible encontrar a alguien que hablara mal de ella. Siempre estaba en su biblioteca, recibía a todos con una sonrisa, recomendaba libros con paciencia infinita y ayudaba a cualquiera sin importar su curso o reputación. Verla abrazar a Yuuto y preocuparse por él como si fuera un amigo cercano había hecho tambalear todas las ideas que los alumnos creían ciertas.

 

Si Shiori confía en él… ¿y si todo lo que se decía nunca fue verdad?

 

Esa duda empezó a crecer en la mente de muchos mientras lo veían avanzar.

 

Yuuto llegó finalmente a su asiento. Se sentó con cuidado, apoyó su libreta sobre la mesa y dejó la caja de comida en el espacio libre, alejándola del borde para que no corriera peligro. Luego se quedó quieto, mirando en silencio la madera desgastada de su pupitre, sin saber que, con solo entrar y ocupar su sitio, había logrado algo que nadie más había conseguido en todo un año.

 

Sin decir una sola palabra, sin hacer nada extraordinario, acababa de empezar a romper un año entero de prejuicios y mentiras. Y por primera vez desde que llegó a la Academia Seishin, la situación se había invertido: ya no era Yuuto quien estaba siendo juzgado. Eran todos los demás quienes comenzaban a cuestionarse si habían sido injustos con el chico que siempre había permanecido en silencio.

 

La primera hora de clases transcurría con una lentitud desesperante. El profesor escribía fórmulas y diagramas sobre la pizarra mientras explicaba la materia con la misma calma rutinaria de siempre.

 

—...como pueden observar, este procedimiento nos permite resolver incluso los casos más complejos descomponiendo el problema en pasos sencillos...

 

Su voz grave y monótona llenaba el salón, pero casi nadie estaba realmente escuchando. Una y otra vez, las miradas se desviaban disimuladamente hacia el mismo rincón: la última fila, justo al lado de la gran ventana que daba al jardín.

 

Allí, Yuuto Kanzaki permanecía sentado en su puesto exactamente igual que todos los días: la cabeza baja, la espalda ligeramente encorvada, la libreta negra cerrada sobre el pupitre y el uniforme demasiado grande cubriéndolo por completo, con la capucha bajada y el cubrebocas ocultando su rostro. A primera vista, nada parecía haber cambiado.

 

Pero después de lo ocurrido esa misma mañana en la entrada principal, nada era igual.

 

Los alumnos intentaban mantener las apariencias: miraban la pizarra, fingían tomar notas, asentían distraídamente a las palabras del profesor... y solo unos segundos después, volvían a desviar la mirada hacia él, llenos de preguntas que no se atrevían a pronunciar en voz alta.

 

¿Desde cuándo la presidenta del consejo le hablaba con tanta confianza? ¿Por qué la vicepresidenta le había entregado comida como si fuera algo habitual? Y sobre todo... ¿por qué Shiori-san, la bibliotecaria más respetada y amable de toda la escuela, lo había abrazado frente a todos sin importarle lo que pensaran?

 

El profesor suspiró en silencio para sus adentros. Era evidente que esa clase estaba perdida. Ni siquiera él lograba centrar la atención del grupo en la lección.

 

Fue entonces cuando unos golpes suaves pero firmes sonaron en la puerta.

 

—Adelante —respondió el profesor sin dejar de escribir.

 

La puerta se abrió lentamente, y en el hueco apareció Minori Hayasaka, la enfermera escolar. Llevaba el cabello castaño oscuro recogido con pulcritud, sus lentes de montura fina y su bata blanca impecablemente planchada, con la placa de identificación bien visible. Traía esa sonrisa tranquila y serena que, por sí sola, ya relajaba cualquier ambiente tenso.

 

—Buenos días, profesor —saludó con una leve inclinación de cabeza.

 

—Buenos días, Minori-sensei.

 

—Disculpe la interrupción —continuó ella con educación—. Necesito retirar al alumno Yuuto Kanzaki durante unos minutos. Es un asunto que debe tratarse en la enfermería.

 

El profesor no mostró ninguna sorpresa ni desaprobación: la enfermería tenía autorización directa para llamar a cualquier estudiante cuando lo considerara necesario.

 

—Por supuesto. Yuuto, puedes ir.

 

Al instante, toda la atención del salón volvió a concentrarse en la última fila.

 

Yuuto levantó lentamente la cabeza, sus ojos asomando apenas bajo la capucha. Por un momento sintió un pequeño nudo en el estómago, pensando que quizá había ocurrido algo malo o que alguien había presentado una queja en su contra. Aun así, se puso de pie con movimientos cautelosos, tomó su libreta negra y la caja de onigiris, hizo una pequeña reverencia al profesor y salió del aula sin levantar la vista de sus pies.

 

Apenas se cerró la puerta a sus espaldas, los murmullos estallaron de nuevo.

 

—¿Ahora también la enfermera?

 

—¿Qué está pasando con él hoy?

 

—¿Estará enfermo o tiene algún problema?

 

—No parece enfermo... más bien todo lo contrario, hoy parece que todos lo buscan.

 

El profesor golpeó suavemente la superficie del escritorio con una regla para restablecer el orden.

 

—Silencio, por favor. Continuemos con la lección.

 

Aunque en el fondo sabía perfectamente que nadie volvería a prestar atención hasta que terminara la clase.

 

El camino hasta la enfermería transcurrió en completo silencio. Minori caminaba unos pasos por delante, con su paso tranquilo y regular, y de vez en cuando giraba ligeramente la cabeza para comprobar que Yuuto seguía allí, sin apresurarlo ni presionarlo.

 

Al llegar a la puerta, la abrió con una mano y se hizo a un lado para dejarle pasar.

 

—Adelante.

 

El interior de la enfermería permanecía vacío y en calma. La luz del sol entraba por las ventanas altas, iluminando las camas con sábanas perfectamente estiradas, los estantes ordenados con frascos y medicamentos, y el escritorio limpio y libre de papeles desordenados. Todo desprendía una sensación de paz y seguridad que era difícil de encontrar en cualquier otro rincón de la academia.

 

Yuuto se detuvo justo al cruzar el umbral, sin avanzar más. No sabía por qué estaba allí, ni qué le iban a decir, ni si aquella visita era algo bueno o algo que debía temer.

 

Minori cerró la puerta con suavidad, dejando el ruido del pasillo fuera, y señaló con un gesto la silla que estaba frente a su escritorio.

 

—Siéntate, por favor. No hay prisa.

 

Yuuto obedeció en silencio. Se sentó con cuidado, apoyó la libreta sobre sus piernas y mantuvo la espalda recta, esperando con atención.

 

Minori tomó asiento frente a él, se quitó los lentes un instante para limpiarlos con un paño suave y luego volvió a ponérselos. Durante unos segundos simplemente lo observó en silencio, estudiando su postura tensa pero tranquila. Después, se inclinó ligeramente hacia adelante con mucha suavidad y le preguntó con voz baja:

 

—¿Puedo?

 

Yuuto dudó apenas un instante, sus ojos se entrecerraron un poco por la sorpresa, pero finalmente asintió con un movimiento leve de cabeza.

 

Minori levantó con muchísimo cuidado el borde de la capucha, solo lo suficiente para descubrir su frente y sus ojos, sin tocarlo bruscamente ni moverlo de más. El resto de su rostro seguía protegido por el cubrebocas, tal como él quería.

 

Yuuto permanecía completamente inmóvil, esperando recibir una advertencia, una pregunta incómoda o quizá un sermón sobre su conducta. Pero en cuanto levantó un poco la mirada para verla, solo encontró la misma sonrisa cálida y sincera de siempre, cargada de alivio y sin ninguna intención de juzgarlo.

 

—Me alegra mucho verte aquí, Yuuto —le dijo con voz suave y clara.

 

El muchacho parpadeó despacio, sin esperar aquellas palabras. No eran de reproche, ni de advertencia, ni de duda. Solo eran de bienvenida.

 

Minori sostuvo su mirada unos segundos más, como para asegurarse de que lo entendía, y luego preguntó con total naturalidad, sin rodeos:

 

—¿Te sientes un poco mejor hoy?

 

Nada más. No preguntó por los rumores que circulaban por la escuela, no mencionó lo que había ocurrido en la entrada, no habló del Consejo Estudiantil, ni del director, ni de ninguna regla o norma. Solo quería saber cómo estaba él, tal como era.

 

Yuuto sintió cómo, poco a poco, esa tensión pesada que había llevado en el pecho desde que salió de casa esa mañana comenzaba a disolverse, dejando paso a una sensación de calma que no sentía desde hacía mucho tiempo. Bajó un poco la mirada, y con un movimiento muy leve, casi imperceptible, asintió una sola vez.

 

Minori mantuvo la sonrisa unos segundos más, sin apartar la mano del borde de la capucha de inmediato. Simplemente siguió observando esos ojos de un azul profundo que, aunque todavía conservaban el cansancio de meses difíciles, ya no se veían completamente apagados y vacíos como el día que salió corriendo de la escuela sin mirar atrás.

 

—Eso me tranquiliza muchísimo...

 

 

Retiró lentamente la mano y volvió a recostarse en su silla, adoptando una postura relajada frente a él. No tomó ninguna carpeta, ni sacó un formulario, ni preparó ningún bolígrafo para escribir anotaciones. Aquello no era una revisión médica oficial, ni una consulta, ni una evaluación. Era simplemente una conversación entre dos personas.

 

—¿Sabes por qué te llamé hoy? —preguntó con suavidad.

 

Yuuto negó despacio con la cabeza, sin levantar demasiado la mirada.

 

Minori soltó una pequeña risa cálida, sin ninguna burla.

 

—Porque ayer me preocupaste muchísimo cuando no llegaste.

 

En cuanto escuchó esas palabras, la mirada del muchacho descendió de inmediato hacia sus rodillas, y sus dedos apretaron con un poco más de fuerza la cubierta de su libreta negra.

 

—Cuando te vi salir corriendo por el pasillo hace dos dias, con la respiración agitada y sin poder detenerte... —continuó ella, bajando también un poco la vista como si recordara aquel momento—, sentí que no había hecho lo suficiente. Que no había sabido estar ahí cuando más lo necesitabas.

 

Yuuto levantó apenas la cabeza, sorprendido.

 

—Soy la enfermera de esta escuela —explicó Minori con la misma tranquilidad de siempre—, y mi trabajo no es solo curar heridas físicas, poner vendas o dar medicamentos.

 

—Sonrió con dulzura—. También es cuidar de ustedes, de cómo se sienten, de lo que llevan dentro.

 

Hizo una breve pausa, eligiendo bien sus palabras.

 

—Y ayer sentí que no pude cumplir con eso contigo.

 

Aquellas frases hicieron que Yuuto abriera un poco más los ojos, con una expresión de confusión. Era la primera vez en mucho tiempo que un adulto dentro de aquella institución parecía culparse a sí mismo por no haber podido ayudarlo, en lugar de culparlo a él por su forma de ser o de actuar.

 

Minori negó suavemente con la cabeza, como si quisiera quitarle peso a aquella preocupación.

 

—Pero hoy... —volvió a sonreír, con más luz en la mirada— hoy entraste caminando por la puerta principal, sin esconderte entre la multitud. Vi cómo Ayaka y Reika te estaban esperando desde hacía rato, y cómo te recibían con total naturalidad. También vi a Shiori acercarse a ti y abrazarte sin dudarlo un segundo.

 

Su sonrisa se hizo un poco más amplia, sincera.

 

—Y lo único que pensé en ese momento fue: qué bueno, por fin.

 

Yuuto permanecía completamente inmóvil, procesando cada palabra en silencio.

 

—Porque por fin —continuó la enfermera, apoyando ambas manos sobre la superficie limpia de su escritorio— ya no estás caminando completamente solo.

 

El silencio volvió a llenar la habitación, pero esta vez no era pesado ni incómodo; era tranquilo, cálido y reconfortante, como un refugio lejos de las miradas y los rumores.

 

Entonces Minori abrió lentamente uno de los cajones laterales de su mesa, sacando una pequeña caja metálica decorada con dibujos de flores suaves. La abrió con cuidado, y en su interior se veían varios caramelos envueltos en papeles de distintos colores y sabores. Acercó la caja hacia él, dejándola al alcance de su mano.

 

—Elige uno —le dijo con un gesto amable.

 

Yuuto la miró con expresión confundida, sin entender bien por qué le ofrecía eso.

 

Minori soltó una risa divertida.

 

—Es una tradición de esta enfermería. Cada estudiante que sale de aquí sintiéndose un poquito mejor que cuando entró... se lleva un caramelo para el camino.

 

El muchacho dudó unos segundos, extendió despacio la mano y finalmente tomó uno envuelto en papel amarillo, de sabor a limón.

 

—Muy buena elección —aprobó ella, satisfecha—. Ese te queda perfecto.

 

Yuuto inclinó ligeramente la cabeza a modo de agradecimiento, sosteniendo el caramelo entre sus dedos. Ya se disponía a guardarlo en su bolsillo y levantarse para volver a clase, cuando Minori habló una última vez.

 

Su voz seguía siendo suave y tranquila, pero ahora tenía un matiz más serio y firme, para que no hubiera dudas.

 

—Yuuto.

 

Él se detuvo y volvió a mirarla a los ojos.

 

—Quiero que recuerdes esto: no importa si un día vuelves a sentirte mal, si te invaden los nervios o la ansiedad. No importa si en algún momento vuelves a querer salir corriendo para escapar de todo. No importa si sientes que todo pesa demasiado y no puedes más. —Hizo una pausa para que sus palabras calaran hondo—. Puedes venir aquí cuando quieras. No necesitas pedir permiso a nadie, ni inventar una excusa, ni decirle a nadie dónde vas. Solo entra, cierra la puerta y siéntate. Y yo estaré aquí para escucharte. Sin hacerte preguntas que no quieras responder, sin juzgarte, sin darte sermones. Solo escucharé lo que quieras compartir.

 

Yuuto permaneció inmóvil unos segundos, asimilando cada una de esas palabras. Luego, muy despacio, llevó una mano hasta su libreta negra, abrió una página en blanco y escribió con letra ordenada y suave apenas una línea. Cerró la libreta, la giró hacia ella para que pudiera leerla.

 

    “Gracias, Minori-sensei.”

 

Minori leyó aquellas pocas palabras escritas con tanta delicadeza, y no respondió de inmediato. Cerró lentamente la libreta con suavidad y la empujó de vuelta hacia él, sin prisa.

 

—No tienes que agradecerme —le dijo con esa calma inalterable que siempre la caracterizaba.

 

Su sonrisa seguía ahí, tranquila y sincera.

 

—Porque esto no es un favor que te haga.

 

Apoyó los antebrazos sobre la superficie del escritorio, inclinándose un poco hacia adelante para que sus palabras llegaran con mayor claridad.

 

—Es mi trabajo, podría decirse.

 

Hizo una pequeña pausa, y luego negó despacio con la cabeza, como si estuviera corrigiéndose a sí misma.

 

—No... mejor dicho, no es solo un trabajo. Es lo que decidí hacer el día que me convertí en enfermera escolar.

 

Yuuto permaneció inmóvil, escuchando cada sílaba sin apartar la mirada del suelo.

 

—Los profesores se encargan de enseñarles materias, conocimientos que les servirán en el futuro —explicó ella con voz suave—. El director administra la escuela y mantiene el orden. El consejo estudiantil vela por los derechos y la convivencia entre todos.

 

Sonrió con dulzura y se señaló ligeramente el pecho con la punta de un dedo.

 

—Y yo... yo me encargo de cuidar de ustedes. No solo de sus cuerpos, sino también de lo que llevan dentro.

 

Volvió a recostarse en el respaldo de la silla, relajada.

 

—Así que mientras sigas estudiando en esta academia, recuerda que siempre tendrás un lugar aquí: un rincón tranquilo donde descansar un rato, donde nadie te obligará a hablar si no quieres, donde nadie te hará preguntas que no deseas responder, donde no tendrás que fingir nada ni ocultarte más de lo que tú decidas. Un lugar donde podrás simplemente... ser Yuuto.

 

El muchacho bajó lentamente la mirada, sintiendo cómo esas palabras se quedaban grabadas en su mente. Eran frases que nunca antes había escuchado dentro de las paredes de esa escuela, donde siempre había sentido que debía encajar, callar o desaparecer para no molestar.

 

Minori volvió a sonreír, y señaló con un gesto amable hacia la puerta.

 

—Y ahora sí, ya puedes volver. Ve antes de que tu profesor empiece a pensar que te he secuestrado aquí.

 

Por primera vez en todo el tiempo que llevaba allí, los ojos de Yuuto parecieron curvarse suavemente bajo la sombra de la capucha. No fue una sonrisa completa, ni se le vio el rostro, pero estuvo peligrosamente cerca de serlo.

 

Minori soltó una pequeña risa alegre al notarlo.

 

—Mucho mejor. Ahora sí reconozco al chico que se esconde detrás de esa libreta negra.

 

Yuuto inclinó la cabeza con educación, tomó con cuidado la caja de onigiris, su libreta y guardó el pequeño caramelo de limón en el bolsillo interior de su uniforme. Luego dio media vuelta y caminó hacia la salida.

 

Cuando ya tenía la mano en el pomo de la puerta y estaba a punto de cruzarla, la voz de Minori volvió a detenerlo suavemente.

 

—Yuuto.

 

Él giró apenas la cabeza, sin darse la vuelta por completo.

 

—Bienvenido de nuevo.

 

No añadió nada más. No hacía falta.

 

Por primera vez desde que puso un pie en la Academia Seishin, un adulto le estaba dando la bienvenida de verdad. No al alumno registrado en los libros, no al expediente que guardaban en la oficina, no al problema o la anécdota que circulaba entre los pasillos. Simplemente... a Yuuto Kanzaki.

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