La sala del Comité Disciplinario era sorprendentemente silenciosa. Sus paredes estaban cubiertas por altos archivadores metálicos, todos perfectamente ordenados y etiquetados. En el centro, sobre una mesa larga de madera oscura, descansaban varios expedientes abiertos, informes de convivencia y reportes de conducta de distintos alumnos.
En medio de todo, Ryouji Takamura permanecía sentado con la espalda recta y la postura impecable. Sus ojos grises recorrían con calma el contenido de una carpeta en particular, una que había estado revisando con detenimiento durante días: la de Yuuto Kanzaki.
A su lado, Mizuki Saegusa deslizaba el dedo por la pantalla de una tableta electrónica, donde aparecían registros académicos, historiales de asistencia y notas de observación. El ambiente era tan tranquilo que solo se escuchaba el suave roce del papel al pasar y el leve zumbido del equipo electrónico.
Hasta que una voz clara y relajada rompió el silencio de golpe.
—Veo que siguen ocupados con el famoso caso del “raro”.
Ninguno de los dos levantó la vista de inmediato. Sakura Kirishima acababa de entrar en la sala sin llamar, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa tranquila en los labios, como si estuviera en su propia habitación.
—¿No aprendiste a tocar antes de cruzar la puerta? —preguntó Mizuki sin apartar la mirada de la pantalla, con un tono que dejaba claro que no le hacía ninguna gracia la interrupción.
—¿Y perderme sus caras de sorpresa? —respondió Sakura con una media sonrisa—. Sería demasiado aburrido.
Takamura cerró lentamente la carpeta que tenía entre las manos, apoyándola sobre la mesa con suavidad pero firmeza.
—¿Qué necesitas, Sakura?
Sakura se acercó y apoyó ambos brazos sobre el borde del escritorio, inclinándose ligeramente hacia ellos.
—El Club de Periodismo tiene curiosidad. Últimamente toda la escuela habla de Yuuto Kanzaki, y queremos saber qué piensa al respecto el Comité Disciplinario.
Hubo unos segundos de silencio, mientras Takamura medía sus palabras.
—Entonces tendrán que seguir esperando —respondió con total serenidad.
Sakura arqueó una ceja, sin darse por vencida.
—Vamos… seguro que ya te has formado una opinión al respecto.
Takamura cruzó las manos sobre el expediente.
—Sí. La tengo.
Sakura sonrió con satisfacción, creyendo que tenía terreno ganado.
—Ya me lo imaginaba. Entonces dímelo claramente: ¿es peligroso o no?
Takamura la miró fijamente a los ojos, sin titubear.
—No juzgo a las personas por rumores. Solo por hechos comprobados.
La sonrisa de Sakura perdió un poco de su fuerza, aunque no desapareció del todo.
—Siempre tan estricto y distante —se encogió de hombros con indiferencia—. Pero de tantas historias que se cuentan, alguna debe tener un poco de verdad, ¿no crees?
Mizuki levantó finalmente la vista de su tableta, apoyando un codo sobre la mesa.
—En eso tienes razón.
Sakura recuperó el ánimo y sonrió de nuevo.
—¿Lo ves? Alguien con sentido común…
Pero Mizuki continuó con la misma calma, cortándola antes de que siguiera hablando:
—El problema es que te equivocas al decidir cuáles de esas historias podrían ser ciertas.
La sonrisa se borró por completo del rostro de Sakura.
Mizuki tomó la carpeta que tenía Takamura delante y la abrió con cuidado.
—Aquí tienes los hechos tal cual los tenemos documentados. Desde que llegó a esta escuela, Yuuto Kanzaki pasó prácticamente aislado: no tenía amigos, comía solo, y la mayoría de sus compañeros prefería mantener distancia. Eso sí está registrado.
Pasó unas cuantas hojas y señaló un apartado en particular.
—También consta que nunca recibió una sanción disciplinaria. Nunca inició una pelea, nunca fue denunciado por usar la violencia, y nunca hubo una víctima formal que presentara una queja respaldada por pruebas.
Sakura frunció el ceño, buscando una respuesta.
—¿Y qué hay de su antigua escuela? Allí sí debieron tener razones para que cambiara de centro.
Takamura tomó entonces otro expediente más del estante lateral y lo colocó sobre la mesa.
—Solicité sus registros completos hace tres días. —Desplegó varias hojas—. El patrón fue exactamente el mismo: aislamiento, rumores sin fundamento y, finalmente, el cambio de escuela. Pero al igual que aquí, no aparece ni un solo antecedente disciplinario, ni una amonestación por mala conducta.
Sakura cruzó los brazos con impaciencia.
—Eso no significa nada. Hay varios testigos que afirman haberlo visto atacando a una estudiante en ese lugar.
Takamura asintió con calma, sin negarlo.
—Es correcto. Ese informe existe. —Sacó una hoja con el encabezado del centro anterior—. Ocurrió durante el segundo semestre, en la biblioteca de la escuela.
Sakura volvió a sonreír, pensando que tenía la razón.
—Entonces…
—Pero también existen otros testimonios —interrumpió Takamura, y su voz hizo que la sonrisa de ella se desvaneciera de nuevo.
—¿Qué testimonios?
Mizuki se inclinó un poco hacia adelante.
—Son pocos, es cierto, pero existen. Según lo que relataron en su momento, ese mismo día hubo un sismo leve, lo suficientemente fuerte para hacer temblar los estantes y derribar varios libros.
Sakura se quedó en silencio, escuchando con atención.
—Esos testigos afirman que Yuuto no atacó a la estudiante. Al contrario: la empujó con fuerza para apartarla justo en el momento en que un estante cargado de libros iba a caer sobre ella. Y como no tuvo tiempo de apartarse por completo, recibió el golpe en su propio cuerpo.
La sala quedó en un silencio pesado. Sakura tardó unos segundos en reaccionar, buscando una forma de desmentirlo.
—Eran muy pocos. Quizás se confundieron por el susto, o quizás él los convenció después para cambiar la versión de los hechos.
Mizuki soltó un pequeño suspiro, como si estuviera acostumbrada a esa forma de pensar.
—¿Y si es exactamente al revés?
Sakura la miró con el ceño fruncido.
—¿A qué te refieres?
—¿Y si la mayoría se equivocó desde el principio? —continuó Mizuki con voz serena pero firme—. ¿Y si esos pocos fueron los únicos que realmente vieron lo que pasó? ¿Y si el resto solo aceptó el rumor porque ya habían decidido de antemano que Yuuto era un chico problemático y peligroso?
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Eso ocurre más seguido de lo que la gente cree. Alguien inventa una etiqueta: “es agresivo”, “es raro”, “da miedo”. Y a partir de ahí, todo lo que hace se interpreta bajo esa idea, aunque los hechos digan otra cosa.
Takamura cerró definitivamente la carpeta, dejando claro que el tema estaba cerrado por ahora.
—Por eso el Comité Disciplinario no trabaja con rumores ni con suposiciones. Solo con pruebas. Hasta el día de hoy, no existe un solo documento, una denuncia formal o una evidencia que confirme que Yuuto Kanzaki cometió alguno de los actos de los que se le acusa. Solo tenemos versiones contradictorias. Y mientras no cambie esa situación, no pienso tratarlo como si fuera un culpable.
Sakura permaneció en silencio unos segundos, apretando levemente los dedos sobre su propia carpeta. Luego enderezó la espalda y respondió con tono desafiante:
—Ya veremos cuánto duran esas dudas. Porque yo pienso encontrar la verdad, sea cual sea.
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y salió de la sala cerrando la puerta con un golpe seco pero contenido.
En cuanto se fueron sus pasos por el pasillo, Mizuki soltó un suspiro largo y cansado.
—Esa chica ya decidió de antemano cuál es la verdad. Ahora solo se dedica a buscar cualquier cosa que le sirva para confirmar lo que ya cree.
Takamura volvió a abrir con calma el expediente de Yuuto, y sus ojos se detuvieron unos segundos en la fotografía que aparecía en la primera página: un joven de mirada tímida y postura encorvada, cubierto casi por completo por su ropa.
—Y ese suele ser el peor error que puede cometer cualquiera que intente averiguar algo —respondió en voz baja—. Cuando uno empieza por la conclusión, deja de buscar la verdad. Solo busca aquello que le da la razón.
Sakura caminaba por los pasillos con pasos rápidos y decididos. La carpeta que llevaba bajo el brazo golpeaba suavemente contra su pierna a cada zancada, marcando el ritmo de su frustración. Su expresión no había cambiado desde que salió de la sala del Comité Disciplinario: seguía visiblemente molesta, contrariada y, sobre todo, profundamente inconforme con lo que acababa de escuchar.
—“Solo hechos…” —repitió en voz baja, imitando con tono de fastidio las palabras de Takamura—. “Solo pruebas…”
Negó con la cabeza, soltando un suspiro cargado de impaciencia.
—Qué hombre tan estricto y aburrido…
Desde que era niña, a Sakura le había apasionado descubrir lo que otros no veían. Le encantaba encontrar historias, enterarse primero de cualquier novedad y contarla con entusiasmo. Mientras sus compañeros corrían a jugar en los recreos, ella recorría los rincones de la escuela buscando los pequeños acontecimientos que, a sus ojos, tenían valor. Con el paso de los años, esa curiosidad la llevó directamente al Club de Periodismo, donde creyó que por fin encontraría su lugar.
Pero allí descubrió una realidad que cambió su forma de ver las cosas: las noticias corrientes no interesaban a nadie. Nadie se detenía a leer que un alumno había devuelto una billetera perdida, ni que otro había ayudado a limpiar un aula desordenada. Lo que realmente llamaba la atención, lo que hacía que todos hablaran y preguntaran, era el escándalo, el misterio, los rumores y las historias que parecían ocultar algo oscuro.
Y poco a poco, sin darse cuenta al principio, Sakura dejó de preocuparse por comprobar si todo lo que contaba era verdadero. Si la historia era buena, si generaba expectación y daba de qué hablar, valía la pena publicarla. Al fin y al cabo, siempre había alguien dispuesto a relatar una versión más interesante, aunque no coincidiera del todo con la realidad.
Al principio eran solo pequeños deslices: una exageración aquí, un detalle omitido allá, una interpretación un poco más llamativa. Hasta que se convirtió en una costumbre.
—Lo importante es que la noticia sea interesante —se repetía a sí misma cada vez que se sentaba frente a una hoja en blanco—. Al final, eso es lo que la gente quiere leer.
Sin embargo, había una persona que jamás compartió esa forma de ver el trabajo. Reika Tsukishiro.
Se conocían prácticamente desde la infancia, habían estudiado juntas durante años y, en su momento, llegaron a ser inseparables. Sakura siempre corría detrás de la siguiente gran historia, mientras que Reika, con esa calma que la caracterizaba, siempre le hacía la misma pregunta:
—¿Ya comprobaste que eso sea verdad?
Aquella frase llegó a desesperar a Sakura más de una vez.
—Siempre eres demasiado seria y lenta —le decía, riendo para restarle importancia.
—Y tú demasiado impulsiva y apresurada —respondía Reika con la misma firmeza de siempre.
Aun así, durante mucho tiempo lograron mantener su amistad, hasta que llegó el día que lo cambió todo.
Fue entonces cuando Sakura publicó una nota que sacudió a toda la academia: un profesor era acusado de favorecer injustamente a ciertos alumnos, otorgándoles mejores calificaciones y trato preferente. La noticia se extendió como la pólvora. Durante días, no se habló de otra cosa. Muchos felicitaron a Sakura por su “gran trabajo”, mientras otros empezaron a señalar al docente con desconfianza, destruyendo su reputación casi de la noche a la mañana.
Pero una semana después, Reika apareció en la sala del club con una carpeta llena de documentos: registros de asistencia, horarios de clases, boletas de calificaciones, firmas de entrega de notas y todo tipo de evidencias que demostraban que aquella acusación era completamente falsa. Todo había sido una coincidencia mal interpretada, y Sakura jamás se había tomado el tiempo de verificar la información antes de publicarla.
La nota fue retirada de inmediato, y el profesor recuperó su nombre, pero el daño ya estaba hecho. Y no solo para él: la credibilidad de Sakura quedó profundamente afectada. Incluso el Comité Disciplinario recibió críticas por no haber actuado antes para frenar la difusión de rumores sin fundamento. Se abrió una investigación interna, y durante semanas, toda la escuela habló del error del Club de Periodismo.
Para Sakura, aquello fue algo que nunca pudo perdonar. En su mente, Reika no solo había desmentido una noticia; la había humillado públicamente, poniendo en evidencia su forma de trabajar y destruyendo la confianza que tanto le había costado construir.
Mientras seguía caminando por el pasillo, apretó con más fuerza la carpeta entre sus manos, sintiendo cómo aumentaba su frustración.
—Siempre igual… —murmuró con amargura—. Siempre creyendo que tiene la razón absoluta y que nadie más puede ver más allá que ella.
Su expresión se endureció aún más. Y ahora, la historia se repetía de nuevo. Otra vez Reika salía en defensa de alguien que, para Sakura, estaba rodeado de tantas historias extrañas y oscuras que no podían ignorarse.
Bajó la mirada hacia la carpeta que llevaba bajo el brazo. En su portada, con letra clara y marcada, había escrito un solo nombre: Yuuto Kanzaki.
Deslizó lentamente la yema de sus dedos sobre esas letras, como si ya estuviera trazando su próximo paso.
—Si Takamura no quiere investigar, si el comité se niega a ver lo que está a la vista… lo haré yo.
Una sonrisa fina apareció en sus labios, pero no era una sonrisa de satisfacción o alegría. Era la expresión de alguien que acababa de encontrar un nuevo objetivo fijo en su mente.
—Y esta vez… encontraré algo tan sólido, tan evidente, que ni siquiera tú puedas desmentirlo, Reika.
Estaba completamente convencida de que, tarde o temprano, la versión de la verdad que ella quería hallar saldría a la luz, y entonces todos tendrían que admitir que ella tenía razón.
La sala del Consejo Estudiantil permanecía en un silencio cargado de pensamientos. Las ventanas altas dejaban entrar la luz suave de la tarde, iluminando la larga mesa de reuniones cubierta por montones de papeles: horarios, presupuestos, solicitudes y planos para el próximo Festival Escolar. Era el asunto que debería ocupar toda su atención, pero ninguno de los dos se acercaba siquiera a revisarlos.
Reika estaba de pie frente a uno de los ventanales, observando en silencio el movimiento en el patio del tercer piso. Ayaka, en cambio, se había sentado sobre el borde de uno de los escritorios laterales, balanceando una pierna con una inquietud que no lograba disimular.
Pasaron varios segundos antes de que alguna rompiera el silencio.
—Así que Sakura ya empezó a moverse... —dijo Ayaka en voz baja, como si estuviera confirmando algo que ya daba por hecho.
Reika no respondió de inmediato. Solo cerró despacio la carpeta que tenía entre las manos, dejándola sobre el alféizar.
—Sí.
—Me lo imaginaba —suspiró Ayaka, soltando el aire con pesadez—. Conociéndola, no va a quedarse de brazos cruzados.
Reika apoyó ambas manos sobre el borde de la ventana, mirando fijamente hacia el exterior.
—No. Va a investigar a Yuuto.
Otra vez el silencio se extendió por la sala. Ambas sabían demasiado bien cómo funcionaba Sakura: no esperaba a que las noticias llegaran hasta ella; salía a buscarlas, las perseguía y, en cuanto encontraba algo que le parecía interesante, no descansaba hasta darle forma y publicarlo.
Ayaka bajó la vista hacia el suelo, con el ceño levemente fruncido.
—Esta vez lo tendrás más complicado.
Reika giró apenas la cabeza para mirarla de reojo.
—¿Por qué lo dices?
—Porque antes podías desmentirla con facilidad —explicó Ayaka con calma pero con seriedad—. Con pruebas, con documentos, con hechos claros y verificables. Pero ahora... —hizo una breve pausa, buscando las palabras adecuadas—, ¿cómo piensas desmentir algo relacionado con Yuuto sin tener que exponerlo?
La pregunta flotó en el aire. Ambas conocían la respuesta perfectamente.
—Si Sakura empieza a inventar historias sobre su aspecto, sobre su cuerpo, sobre por qué siempre se cubre y evita que lo vean bien... ¿cómo vamos a demostrar que miente sin tener que revelar lo que él mismo se ha esforzado tanto en ocultar?
No había forma. Cualquier explicación que sirviera para refutar las mentiras acabaría por obligarlo a mostrar aquello que llevaba dos años escondiendo para protegerse. Y eso era exactamente lo que ninguna de las dos estaba dispuesta a permitir.
Reika bajó lentamente la mirada, y por un instante se notó en su postura el peso de esa responsabilidad.
—Lo sé —respondió con voz tranquila, pero cargada de gravedad—. Si llega ese momento... no podré responder.
Ayaka alzó la vista rápidamente, con una expresión de duda.
—¿Aunque eso signifique dejar que los rumores crezcan y se extiendan sin control?
Reika asintió con firmeza, sin dudar ni un segundo.
—Sí. Porque esa decisión no me corresponde a mí.
Giró por completo hasta quedar frente a Ayaka, y en sus ojos había una convicción inquebrantable.
—Le prometimos que no volveríamos a ponerlo en una situación como aquella.
Ayaka guardó silencio, y en su mente apareció la imagen clara de aquel día: el momento en que, sin querer, le habían quitado la capucha; el temblor en sus manos; la forma en que se había encogido sobre sí mismo y había salido corriendo con el rostro lleno de miedo y vergüenza. Habían estado a un paso de perderlo para siempre, y ninguna de las dos quería volver a correr ese riesgo.
Reika respiró hondo, enderezando la espalda.
—Ahora, después de todo lo que ha pasado, él mismo empieza a mostrarse tal cual es por su propia voluntad —dijo, y una pequeña sonrisa suave apareció en sus labios—. No porque alguien se lo pida, ni porque lo obliguen, sino porque él siente que ya puede hacerlo. Esa confianza le ha costado demasiado esfuerzo conseguirla. No pienso arrebatársela, aunque eso complique todo lo demás.
Ayaka se quedó observándola unos segundos, y luego soltó una risa breve y resignada.
—Sabía que responderías exactamente eso.
Reika arqueó apenas una ceja, con una mirada de curiosidad.
—¿Y aun así me lo preguntaste?
—Claro —respondió Ayaka, con tono seguro—. Porque necesitaba asegurarme de que ambas pensamos igual.
Bajó del borde del escritorio y comenzó a caminar despacio por la sala, como si estuviera organizando sus ideas.
—La verdad es que yo también habría decidido lo mismo —añadió, deteniéndose frente a la mesa de reuniones y apoyando ambas manos sobre su superficie—. No quiero volver a verlo escondiéndose en las esquinas, ni volver a verlo creer que tiene que desaparecer para sentirse seguro. Después de todo lo que costó que volviera a caminar por estos pasillos con la cabeza más alta, no pienso permitir que retroceda otra vez.
Reika asintió despacio, y por primera vez desde que tuvo el enfrentamiento con Sakura, sintió que no estaba cargando esa preocupación sola.
Ayaka cruzó los brazos sobre el pecho, y en su rostro apareció una sonrisa decidida, propia de quien ya tiene un plan en mente.
—Pero eso no significa que nos quedaremos de brazos cruzados esperando a que ocurra algo malo.
Reika levantó la vista, interesada.
—¿Qué propones?
—Prepararnos —respondió Ayaka con claridad—. Conozco muy bien a Sakura: si realmente ha decidido investigar a Yuuto, no se detendrá ante nada. Rebuscará en su pasado, recogerá cualquier rumor antiguo, exagerará cualquier detalle y armará una historia que le sirva, aunque tenga que inventar partes para que encaje.
Reika comprendió al instante hacia dónde iba.
—Entonces tendremos que ir un paso por delante de ella.
—Exacto —confirmó Ayaka—. No vamos a obligar a Yuuto a contar nada que no quiera, ni a revelar su secreto antes de tiempo. Pero tampoco vamos a permitir que nadie escriba su historia por él, a su manera y para su propio beneficio.
Ambas intercambiaron una mirada firme, en silencio. Ya no se trataba solo de defender a un compañero de clase; se trataba de respetar su intimidad y proteger su derecho a decidir cuándo, cómo y ante quién mostrarse tal cual era. Y esta vez, las dos estaban decididas a no fallarle.
El patio trasero del edificio principal estaba casi vacío a esa hora. Solo unos pocos alumnos aprovechaban los minutos finales del descanso para conversar o descansar antes de volver a las aulas.
Apoyado contra la baranda de hierro, Naruse Daichi soltó un bufido cargado de fastidio. Frente a él estaban, como casi siempre, los dos compañeros que rara vez se separaban de su lado: Kenta Morimoto y Yuuma Ishida. Más que amigos, eran dos chicos que se limitaban a asentir y darle la razón en todo lo que decía.
—No entiendo qué le pasa a Shion-senpai... —murmuró Daichi con evidente molestia, cruzando los brazos sobre el pecho mientras clavaba la mirada hacia el edificio de la biblioteca—. Siempre ha sido demasiado amable con todos, pero irse a acercar justo a ese tipo... —negó con la cabeza, como si la sola idea le pareciera absurda—. No tiene ningún sentido.
Kenta asintió de inmediato, dispuesto a reforzar sus palabras.
—Yo también lo pensé nada más enterarme. Escuché que ese tal Kanzaki ya daba problemas en su escuela anterior.
Daichi levantó una ceja, interesado.
—¿Ah sí? ¿Y qué dicen?
—Lo que se cuenta es que era un problema —respondió Kenta con tono de absoluta seguridad—. Mi primo tiene un amigo que estudió allá en su momento. Comentaban que era un acosador, que varias alumnas tuvieron que presentar quejas contra él.
Antes de que Daichi pudiera añadir algo más, Yuuma intervino con su propia versión.
—Yo escuché otra cosa.
Los otros dos volvieron la vista hacia él.
—Dicen que nadie en realidad conoce su rostro. Siempre anda oculto bajo ropa holgada: capucha, cubrebocas, guantes, incluso en días de calor. Es como si quisiera esconder algo a toda costa.
Daichi soltó una risa baja y despectiva.
—Eso sí me lo creo de verdad.
—Seguro tiene la cara llena de cicatrices o alguna deformidad fea —añadió Yuuma con una sonrisa maliciosa.
—O quizás son tatuajes —apuntó Kenta, sumándose a la especulación—. También escuché rumores de que pertenecía a una pandilla antes de tener que cambiarse de escuela.
Los tres se quedaron en silencio unos segundos, imaginando la imagen que se habían formado de él. Poco a poco, una sonrisa desagradable se dibujó en los labios de Daichi.
—¿Saben qué? —dijo, mirando a sus compañeros con ojos brillantes por la idea que acababa de cruzar su mente.
—¿Qué pasa? —preguntaron casi al mismo tiempo.
—Tal vez deberíamos hacerle un favor a toda la escuela —respondió Daichi con un tono que sonaba inocente, pero que ocultaba una intención muy distinta.
Kenta ladeó la cabeza, confundido.
—¿Un favor? ¿Cómo?
Daichi señaló con la cabeza hacia el camino que llevaba al edificio principal.
—Si tanto empeño pone en ocultar su rostro... entonces hagamos exactamente lo contrario.
Un breve silencio se apoderó de ellos. Yuuma fue el primero en comprender a qué se refería.
—¿Quieres... quitarle el cubrebocas?
—Y la capucha también —completó Daichi, ensanchando más su sonrisa—. Al fin y al cabo, toda la escuela habla de él, lo llaman “el raro” o “el que se esconde”, pero nadie sabe realmente cómo es.
Comenzó a caminar lentamente de un lado a otro mientras explicaba su plan.
—Si todos pudieran ver su cara, ya no habría misterio. Ya no sería ese chico enigmático que genera tantas historias. Sería alguien visible, alguien al que todos podrían reconocer y señalar sin dudar.
Kenta soltó una carcajada, entusiasmado.
—Eso estaría muy bien. Así se acabarían todas las dudas y las historias extrañas.
—Sí —asintió Yuuma con entusiasmo—. Además, si siempre anda escondiéndose de esa forma, es porque tiene algo que ocultar, ¿no es así?
Daichi se detuvo y miró a ambos por encima del hombro, con total seguridad.
—Exacto. Si alguien vive ocultándose del resto, es porque tiene motivos de sobra para hacerlo. Y si resulta que todo lo que dicen es mentira... —se encogió de hombros con una indiferencia que daba escalofríos—. Bueno, al menos nos quitaremos la duda de una vez por todas.
Los tres comenzaron a reír entre sí, convencidos de que su idea era la mejor solución.
Sin embargo, ninguno de los tres notó que, desde la esquina del pasillo que conectaba con la entrada de la biblioteca, una figura acababa de detenerse en seco al escuchar parte de la conversación. No había alcanzado a oírlo todo, solo unas pocas frases sueltas que bastaron para entender la intención:
“...quitarle el cubrebocas...”
“...hacer que todos vean su cara...”
Aunque esa persona no se movió ni dijo una sola palabra, su expresión cambió de inmediato: la calma dio paso a una mirada seria, firme y decidida. Quedaba claro que aquello no iba a quedar así, y que si intentaban llevar a cabo ese plan, se encontrarían con una barrera que no esperaban.